domingo, 10 de enero de 2016

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. Sobre la novela negra. Eugenio Fuentes


   En "revistadelibros.com":

       












En En Engeneral, se da por aceptada la tesis de que sobre la novela negra, más que sobre ningún otro género, recae la responsabilidad de reflejar el malestar social, especialmente dañino e insidioso en momentos de crisis como los actuales. No hay periodista que no formule esa pregunta a los escritores que incursionan en el género, dando por hecho una respuesta afirmativa, y en las reseñas literarias apenas hay crítico que no abunde en dicha responsabilidad.
Pero, a mi entender, esta tesis, sin ser errónea, es incompleta para definir los atributos del género negro, y me pregunto si no se trata de una de esas ideas que en un momento dado alguien aplicó a algunas novelas negras con tan buen criterio y perspicacia que enseguida adquirió velocidad e inercia y, al ir rodando de reseña en reseña, ya nadie sabe de dónde proceden, pero se extienden de modo generalizado abarcando a todo el género. En las páginas que siguen intentaré matizar esa consolidada estereotipia y exponer que la violencia y el delito consustanciales al género negro nacen de dos tipos de malestar: el social y el individual, y que ambas fuentes son igualmente inspiradoras y fructíferas.
Aunque en cada autor puede apreciarse el predominio de uno u otro impulso, las fronteras entre ambos no siempre están delimitadas: ni el escritor más convencido de que las circunstancias y ambientes sociales explican los comportamientos personales está exento de conceder alguna influencia al carácter individual, ni el escritor más convencido de que es en el alma donde residen las últimas razones del mal mantiene una total indiferencia por el mundo y desdeña la influencia de lo que sucede en las calles.

Malestar social
Sobre este aspecto, ya escribí en Revista de Libros que, en buena medida, los motivos sociológicos están en la raíz del actual éxito, auge y pujanza del thriller: vivimos tiempos sombríos, pesimistas, oscuros, en los que la crisis económica afecta a toda la sociedad e invade los terrenos afectivos y emocionales. Se diría que, de ser una sociedad de consumo, hemos pasado a ser una sociedad de rebajas. Parece evidente que la injusticia social y los desequilibrios económicos favorecen el delito y, como consecuencia, imponen su presencia en la narrativa policial. La inseguridad ciudadana es tanto mayor cuando mayor es la inseguridad social, que aumenta en la misma proporción en que aumenta la distancia entre los muy ricos y los muy pobres. Como afirma Tony Judt en su magnífico ensayo Algo va mal, en los últimos treinta años se ha incrementado la desigualdad –que en Occidente había ido limándose desde finales del siglo XIX hasta 1980–, con el consiguiente aumento de pobreza, desempleo, delincuencia, obesidad, enfermedades mentales y angustia personal. Parece que hemos olvidado que las naciones más felices, donde los ciudadanos gozan de mayor bienestar, no son las más ricas y poderosas, sino aquellas en que hay menos distancia entre los muy ricos y los muy pobres.
En los tiempos de crisis hay una pérdida de confianza del individuo en las estructuras del poder y en las instituciones públicas que no han sabido impedir aquélla, si es que no han contribuido a su agravamiento. No hay seguridad de que los banqueros guarden nuestro dinero, de que los políticos se esfuercen por el bien común e incluso, en ocasiones, se sospecha de la imparcialidad de los jueces. Es en este marco –y en el subsuelo que oculta– donde encaja la novela negra. Las crisis económicas y sus secuelas de desencanto y pesimismo, de conflictos laborales, de aumento de la marginalidad y de la delincuencia, crean unos yacimientos de ideas, sucesos y personajes donde el género encuentra una jugosa cantera para la inspiración. El delito –o la sospecha de delito– se convierte en objeto narrativo, que nace, según esta interpretación de carácter social, de la desigualdad, de la corrupción y abuso del poder.
La novela negra objetiva e ilustra con historias concretas, con personajes a quienes pone nombre y ambienta en la realidad, ese temor nebuloso que flota en las sociedades occidentales del bienestar, la sospecha de que, a pesar de nuestras previsiones, todo es precario y puede derrumbarse en cualquier momento. La novela negra denuncia el creciente abismo entre los muy ricos y los muy pobres, el endurecimiento de las condiciones laborales y, en general, el desamparo del individuo frente a cualquier tipo de poder. La novela negra arroja luz sobre los callejones que no iluminan las farolas del alumbrado público, con ese acento de insolencia que tiene este género para dudar de las verdades oficiales. Pero –y esta diferencia la separa de escritores como Charles Dickens o Victor Hugo– en sus páginas no se ofrece la salida que la caridad individual, la generosidad navideña o la filantropía de un personaje todopoderoso ofrecían en la novela decimonónica, con lo que resulta más sombría.
A los personajes que protagonizan otros géneros y que ignoran los males del mundo, la novela negra opone el detective que baja a la calle a fajarse contra esos males y, en este sentido, casi siempre defiende unos valores morales. Ahora bien, lo hace a título individual, puesto que el detective no es un ingenuo quijote que crea que el orden moral de una sociedad puede ser impuesto por acciones individuales ni, por otra parte, jamás se organizará en una cooperativa o en un sindicato. El detective-héroe, incapaz de permanecer inmóvil, inmerso en la contemplación de su interior, es un hombre que ha perdido el optimismo social, la fe en la organización pacífica de la convivencia. Sabe que no puede intervenir sobre las estructuras del poder ni puede modificarlas para un mayor equilibrio, puesto que son mucho más poderosas que su capacidad correctiva, y, consciente de que las injusticias sociales previas al descubrimiento del cadáver continuarán existiendo cuando en el desenlace se hayan resuelto los enigmas del delito, al menos procura con su aportación recuperar el equilibrio individual, no el equilibrio colectivo, por lo que nunca podrá echarse a descansar. También sabe que tan difícil es el dominio y perfeccionamiento de las causas sociales del padecimiento como el dominio y el perfeccionamiento de las pasiones individuales, y que ambas pueden ser igualmente dañinas. De ahí el desconsuelo, el pesimismo global que impregna el género.
Veamos un ejemplo clásico, cuyo valor literario está unánimemente aceptado: Philip Marlowe, el protagonista de las novelas de Raymond Chandler. Como muchos otros detectives, Marlowe es un solitario que ni representa a la sociedad ni lo pretende, no al menos como en la antigua épica cristalizaban en el héroe los anhelos de la comunidad, que veía en él un espejo de sus aspiraciones colectivas. El héroe pretende con su sacrificio alcanzar un bien para su pueblo, pero, en cambio, el detective ha perdido el formato heroico de la epopeya y ya no aspira a sacrificarse por una sociedad en la que no cree. El detective representa la desheroización del paladín clásico y se niega a soportar sobre sus hombros todo modelo ejemplificatorio. Y de ahí que a menudo aparezca teñido con defectos que nunca ensombrecerían al héroe épico: es bebedor, pesimista, problemático, discordante, antisocial, con una biografía sentimental poco estable…
En estas novelas que dan primacía al ambiente y que quieren ofrecer una radiografía de los males sociales, el yo del autor no tiene cabida, desplazado a las sombras por la poderosa presencia de la realidad empírica, por la tradición de un Realismo que niega que el valor y la originalidad del texto están en la subjetividad del autor y que afirma que eso son zarandajas y que lo más importante es la representación del mundo, que un escritor debe únicamente escribir sobre aquello que ve y oye; que cualquier vagabundeo emocional, caprichoso y discursivo de un yo al que le gusta deambular en libertad, dejándose llevar por el fluir de su pensamiento, es todo lo contrario al cálculo necesario para construir una pieza de precisión como es la novela negra.

Malestar individual
Es probable que, por la similitud del itinerario, cualquier persona que, durante el verano del 2015, cogiera un vuelo que desde Barcelona o Madrid sobrevolara los Alpes hacia Centroeuropa recordara a Andreas Lubitz y se preguntara por las razones que lo llevaron a estrellar contra la montaña el avión que pilotaba. Al menos, a mí me ocurrió cuando, pocos días después de la tragedia, también volaba hacia Basilea. ¿Qué impulsó a Lubitz a cometer esa locura? No era un gánster, ni un terrorista, ni quería acabar con la vida de un determinado pasajero. Ante él, nos enfrentamos ante un agujero negro en el que habitan fuerzas irracionales, ante un misterio del corazón, esa compleja y enigmática víscera sobre la que tanto se ha disertado y escrito sin llegar a desentrañar su funcionamiento.
Aunque la novela negra, como hemos comentado más arriba, sea un género idóneo para expresar el malestar comunitario, para reflejar las inquietudes y temores de la sociedad y denunciar sus taras, porque se adhiere con facilidad a la época y la refleja mejor que otros, no puede limitarse a esa virtud. Está muy bien que la incluya, porque la literatura del compromiso ha ofrecido páginas extraordinarias, pero reducida a esa expresión resultaría insuficiente y conformista, además de efímera: si un texto sólo es social, corre el peligro de dejar de interesar cuando hayan desaparecido los intereses sociales que lo inspiraron. Al insertar en el texto unas referencias temporalmente caducas, está introduciéndose un elemento perecedero en el corazón de un organismo que aspira a perdurar. ¿No le ha pasado algo de eso a Manuel Vázquez Montalbán, que tantas alusiones a la actualidad política, deportiva o gastronómica introducía en sus novelas de Carvalho? El reflejo de una realidad ingrata y la denuncia de los males sociales no siempre aportan a un libro las calorías literarias suficientes para mantenerse en pie durante mucho tiempo: se necesitan otras virtudes añadidas. Las grandes novelas, negras o blancas, no tienen como única destinataria a la sociedad del momento, sino que aspiran a interesar al ser humano de todas las épocas, de hoy y de mañana. En este sentido abunda Stendhal en Rojo y negro cuando escribe: «La política es una piedra atada al cuello de la literatura y que, en menos de seis meses, la sumerge. La política, cuando existen intereses de imaginación, es un pistoletazo en medio de un concierto»1.
Por otro lado, cabe preguntarse si no es un tanto pretencioso por parte del escritor atribuirse la función de portavoz de las inquietudes de la comunidad, al considerar que puede acaparar la verdad y decir a sus contemporáneos lo que deben pensar, tal vez porque no está claro que, hoy por hoy, haya intelectuales con el coraje moral de Albert Camus, de George Orwell, de Czesław Miłosz o de Günter Grass, o como antes lo habían hecho Voltaire o Denis Diderot en Francia y Gotthold Ephraim Lessing en Alemania, capaces de levantar la voz desde una independencia no viciada por los partidismos, es decir, buscadores imparciales de la verdad que no se ponían a pensar desde posturas preconcebidas por alguna alineación previa con una u otra opción ideológica. ¡Qué difícil resulta condensar en un relato y poner en boca de unos personajes de ficción la moral de una época! ¡Cuánto talento se necesita para diagnosticar la realidad sin dejarse perturbar por los reclamos de lo contingente!
La dialéctica sobre compromiso o esteticismo tiene tras de sí una larga trayectoria. Ya en el Teeteto Platón distingue entre los pensadores comprometidos y los que «desconocen desde su juventud el camino que conduce al ágora y no saben dónde están los tribunales ni el consejo ni ningún otro de los lugares públicos de reunión»2. Pero parece actualizarse en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se extreman las posturas entre el subjetivismo esteticista de Oscar Wilde y la declaración de la famosa undécima proposición de las Tesis sobre Feuerbach (1888), donde Karl Marx pedía un compromiso social a los creadores: «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».
En la novela negra, la insatisfacción del alma es tan esencial como el malestar social. La frecuencia con que a menudo las relaciones personales son hostiles –por más que se cuiden las formas de protocolo social– da pie al predominio de la psicología sobre la denuncia, del estudio de las pasiones del alma sobre las tensiones colectivas. Incluso en una sociedad perfecta siempre aparecerá la íntima imperfección del hombre que termina generando conflictos provocados por sus creencias y sus decisiones morales, y no por el hecho de que los personajes pertenezcan a la nobleza, a la burguesía o al proletariado.
En la novela negra, la insatisfacción del alma
es tan esencial como el malestar social
Hay, pues, otros escritores que renuncian a concederle todo el protagonismo a la realidad social, que se niegan a que el género negro sea la dinamita social de la literatura, cada novela una máquina de guerra y cada una de sus páginas una barricada. No encuentran una causa objetiva por la que la novela negra tenga que ser enviada por las elites literarias como avanzadilla para identificar y denunciar los males sociales. Una obra de Lorenzo Silva o de Alicia Giménez Bartlett no tiene por qué ser ni más ni menos comprometida que otra de Belén Gopegui, de Rafael Reig o de Isaac Rosa Camacho, que un artículo de Manuel Vicent o de Juan José Millás, o que un poema de Jorge Riechmann o de Luis García Montero. La novela negra no tiene la obligación de ser el vigía moral de la sociedad, y sería peligroso que se dejara en sus manos algo tan importante. George Orwell, a quien no le gustaba nada el rumbo ideológico que habían tomado algunas violentas novelas estadounidenses, está de acuerdo en calificar como «puro fascismo»3 la exitosa novela El secuestro de Miss Blandish, de James Hadley Chase, donde se practica una violencia desnuda al margen de cualquier ética. No menos irritantes son los libros protagonizados por Mike Hammer, el detective creado por Mickey Spillane, un personaje violento, machista, profundamente anticomunista y partidario de la guerra del Vietnam, que no duda en tomarse la justicia por su mano.
Así pues, hay otros autores de novela negra que se niegan a asumir el papel de speaker de la crisis económica, del vocero que se inclina hacia el micrófono para enumerar las corrupciones de poderosos y banqueros, las artimañas de los hackers, de los tunantes que bailan como derviches en medio de las aguas turbulentas, las dificultades que genera un ambiente socialmente conflictivo y que pueden culminar en la marginalidad o en el delito, porque creen que esa focalización los aleja de su principal objetivo: desvelar el mundo interior de cada personaje. Sospechan que recurrir a las estructuras sociales y económicas para explicar el malestar o el delito es un procedimiento más fácil y cómodo que hurgar en la propia condición humana, porque las estructuras sociales y económicas ya han sido bien estudiadas y, en cambio, nadie ha sabido desvelar la misteriosa naturaleza anímica y emocional del hombre. No detectan en lo que sucede en las calles una explicación global al delito, por lo que vuelven la mirada hacia el interior del hogar, hacia el salón, hacia el dormitorio o la cocina. En lugar de merodear circularmente en torno al personaje y sus circunstancias, intentan penetrar sagitalmente en su conciencia. La atención, entonces, se aleja de la polis y de sus conflictos comunitarios para dirigirse hacia el oikos y sus pasiones privadas. Conscientes de que los mismos estímulos generan distintas reacciones, pues hay diferencias entre el individuo y los perros de Pavlov, y de que una misma época en un mismo país y en un mismo contexto social da lugar a diferentes visiones en el alma individual, del mismo modo que los fractales reflejan distintos colores y dibujos a partir de una misma luz, estos otros autores desdeñan la uniformidad de la historia social de sus criaturas para hurgar en su historia individual, retratan el malestar de la conciencia antes que el malestar económico y afirman la irreductibilidad del comportamiento humano, del carácter y de las acciones del individuo, de los estados de ánimo y del poder de los instintos frente a cualquier determinismo del ambiente. Si los activistas creen que el delito surge porque la sociedad es injusta, los quietistas creen que el delito surge porque el hombre no es feliz.
Esta otra corriente, no menos importante que la social, incide sobre el malestar emocional, no necesariamente originado por motivos económicos, aunque esta focalización no supone indiferencia social. El compromiso del detective es con la honradez del que sufre, con la soledad de las víctimas, con la indefensión de los inocentes acusados por la astucia del malvado. Y, para ese propósito, el relato no necesita hundirse siempre en una acción compulsiva que arrastre a los personajes de una a otra peripecia. La acción se remansa y da tiempo a que los personajes respiren, sin perder de vista la afirmación de Arthur Schopenhauer: «Una novela será tanto más elevada y noble cuanta más vida interior y cuanta menos vida exterior contenga […]. El arte consiste en que con la menor cantidad posible de vida exterior se ponga en el más fuerte movimiento la interior, porque lo interior es lo que verdaderamente interesa»4.
El realismo social, objetivo, como estilo literario, entonces, también puede resultar insuficiente. Frente a la casi absoluta desaparición del yo en la escritura que focaliza el conflicto sobre el malestar social, en estas otras historias el autor lanza cargas de fondo de su propio mundo, emite guiños de sus ideas o de su carácter, tal como en los cuadros de los pintores clásicos, entre el grupo de personajes que asisten al entierro de un noble o a una ceremonia áulica, de pronto se descubre en la penumbra de la segunda fila a un personaje –el único– que mira al espectador y a quien el pintor utilizó para insertar su autorretrato. Así, en la amoralidad de Tom Ripley se ve la sombra de pesimismo y desengaño de Patricia Highsmith; o en la mirada y el vocabulario con que Sam Spade observa la corrupción que impregna la sociedad norteamericana se detecta la voz y el compromiso político personal de Dashiell Hammett.
En febrero de 1931, Georges Simenon publica la segunda novela del comisario Maigret: La muerte del señor Gallet (Monsieur Gallet, décédé), una de las más citadas por Maigret en sus Memorias. La acción transcurre en los diez días que van del 27 de junio al 6 de julio de 1930, coincidiendo con la visita del rey español Alfonso XIII a París. El libro aparece, pues, en tiempos de una profunda depresión económica que está acabando con la pujanza, el optimismo y la alegría de los felices años veinte, cuando París era una fiesta, en palabras de Hemingway.
El matrimonio Gallet vive en un pueblo de Seine-et-Marne, Saint-Fargeau, sin relacionarse con los vecinos, como confirma la viuda de la víctima: «¡Ni enemigo ni amigo! ¡Vivimos distanciados, como todos los que han conocido una época distinta de la época brutal y vulgar después de la guerra!»5La muerte del señor Gallet, pues, pertenece a ese grupo de novelas en las que Maigret realiza sus investigaciones en la Francia profunda y rural, de la que un colega policía le comenta: «¡Usted no conoce el campo, señor comisario! Tal vez en él hay peores tipos que en los bajos fondos de París»6.
Pero ni es la crisis económica mundial, ni es el ambiente rural cerrado y opresivo, ni es la sociedad la que genera la muerte en este caso, sino los motivos individuales. Muy pronto Maigret es consciente de esa situación y por eso responde a uno de los implicados una frase sobre la que no quiero pasar de puntillas: «Sabré quién es el asesino cuando conozca bien a la víctima»7. Y sus preguntas, sin obviar el entorno, van dirigidas hacia el conocimiento de los caracteres de quienes rodeaban a monsieur Gallet.
Si bien en la novela las circunstancias económicas de los personajes tienen un papel trascendente, la historia no se nutre de ninguna injusticia social o explotación laboral, puesto que la víctima, al contrario, es un legitimista partidario de la restauración borbónica, cuya ideología no lleva en su programa medidas precisamente progresistas ni menciona la lucha de clases. Socialmente, monsieur Gallet se encuentra a medio camino entre la aristocracia realista y la baja burguesía. El meollo dramático no está en la carestía del trigo ni en la imposibilidad de encontrar trabajo, sino en el desajuste familiar, en la enfermedad, en las máscaras. De hecho, ni siquiera se trata de un asesinato. El complicado montaje de monsieur Gallet para ocultar su suicidio y la astucia con que borra sus huellas sólo persiguen la seguridad económica de su familia. De modo que ni Simenon está con el oído dirigido hacia la ventana abierta para escuchar lo que sucede en las calles, ni a Maigret le queda otra salida que dejar que el expediente se hunda en el limbo de los polvorientos archivos de los casos no resueltos.
Valga otro ejemplo, muy distinto, en el que se aprecia nítidamente la complejidad del concepto de «compromiso literario» y de la dificultad para establecer una separación entre una y otra tendencia: Órdenes sagradas, de Benjamin Black, séptima entrega de la serie protagonizada por Quirke, el forense que una y otra vez se ve envuelto en las investigaciones policíacas de su entorno, el autodestructivo patólogo que tiene problemas con el alcohol y que es alérgico a todo compromiso personal o gregario, a toda exaltación ideológica o moralista.
Órdenes sagradas arranca con el asesinato de un periodista, Jimmy Minor, que ya había aparecido como personaje secundario en novelas anteriores de la serie. La investigación va desentrañando un turbio asunto de abusos sexuales a menores, que también afectaron a Quirke en su infancia. En principio, nada más privado e íntimo en cada uno de nosotros que nuestra sexualidad, una fuente de placer y de felicidad, pero también en ocasiones de fantasmas y amargura. Y, sin embargo, la novela trasciende lo individual para revelar un problema social, particularmente nocivo en Irlanda: los abusos del estamento religioso. Si la denuncia de Banville-Black sobre el lamentable papel de la iglesia irlandesa resulta conmovedora y efectiva, no es tanto por su aversión hacia los abusos o por su intención justiciera cuanto por la altura literaria con que la emite.
Todas las novelas protagonizadas por Quirke están construidas en torno a los problemas que generan los lazos familiares y en todas aparece con mayor o menor protagonismo su propia familia. Si uno de cada cuatro de los dos mil personajes de La comédie humaine de Balzac aparece más de una vez, en las novelas de Benjamin Black este porcentaje es bastante mayor. La suya no es una narrativa que a través de la adición de peripecias callejeras ocurridas a diferentes personajes vaya mostrando un repertorio de los males comunitarios de la época, sino una insistencia en las pasiones del ámbito privado, de los microcosmos familiares. Ahora bien, lo que hace que estas novelas sean magníficas es que, a partir de esos mimbres, también asoman las cuestiones sociales. Y, aunándolo todo, un estilo profundamente bello y literario sin necesidad de ser colorista ni enfático, con una hermosa tapicería verbal para cubrir las paredes de la estructura de estas excelentes narraciones.

El componente estético
Decía más arriba que el escritor de novela negra escucha y traslada a su escritura tanto el murmullo del malestar social como los gemidos del malestar individual, que ninguno de ambos relatos es más importante que el otro y que no importa tanto la causa germinal de la historia cuanto la forma en que se narra. Con frecuencia, la gran asignatura pendiente del género negro, desde mi punto de vista, es encontrar el equilibrio entre los componentes históricos o sociológicos y los componentes estéticos. Más preocupado por la narratividad, por el argumento, por los personajes, casi siempre se echa de menos un mayor esfuerzo en el estilo, una convicción de que el lenguaje es algo más que una herramienta auxiliar al servicio de la historia que se narra. Cuando, en el tránsito entre los siglos XIX y XX, se produce la gran renovación que supuso el Modernismo, con el culto a la forma más que al tema, dicha irrupción no afectó a la novela negra, que aún no pisaba tierra firme, aún estaba en pañales y dedicaba sus primeros esfuerzos a meter los codos y abrirse hueco entre los demás géneros. Y, así, la novela negra ha sido a la gran literatura algo parecido a lo que las artes decorativas son al gran arte: reflejan la época, los gustos y las costumbres de la gente, distraen, contribuyen al bienestar cotidiano y son funcionales, con un propósito a menudo más utilitario que estético. Pero la cerámica, las artes de costura, de marquetería… casi nunca alcanzan la contundente trascendencia de las grandes artes clásicas. De alguna manera, la novela negra todavía sigue luchando por salir de ahí, de ese estrato de gama baja frente a otras escrituras de prestigio, aunque en los últimos años haya ido ganándose cierto aprecio crítico y, más aún, el aprecio de los lectores. Al menos, ya es considerado un género literario, cuando hasta no hace mucho sólo llegaba a ser un subgénero. Tal vez la novela negra sea el género que más contribuyó a limpiar, en la primera mitad del siglo XX, la retórica prosaica y grandilocuente que dejó el agotamiento de la gran novela del XIX, la escombrera folletinesca y sentimental en que derivó el naturalismo.
Pero ocurre que a menudo se pasa de frenada y cae en un exceso de sequedad, de dureza lingüística. Se impone entonces una prosa metálica y llena de astillas, de frases contundentes, una escritura pasada por el alambique que renuncia a todo entusiasmo de vocabulario, en la que los personajes hablan como si dispusieran de pocas oportunidades o de poco tiempo y tuvieran que aprovecharlos al máximo antes de que el autor les retire la palabra. Predomina así, por encima de idiomas y de temas, un estilo breve y seco, casi indigente, que huye del adjetivo como si fuera algo venenoso y galopa a lomos de los verbos persiguiendo la acción, sin detenerse a contemplar todo lo que desfila alrededor; una insistencia en reducir las palabras a su sustancia elemental, a despojarla de connotaciones y a impedir que se encuentren en una esquina de cualquier línea un sustantivo con un adjetivo inesperado, como si los autores temieran que de ese contacto salieran ambos entrechocando y confundiendo a los lectores.
La novela negra tiene algunas exigencias y corsés: la aparición de un enigma, del delito, del daño. Pero no es obligatorio aceptar que baje la ambición o la altura del estilo, ni que autores que han demostrado un alto grado de dominio del lenguaje en otros géneros reduzcan su nivel de exigencia al enfrentarse al negro, como si temieran que un lenguaje elaborado estorbara el desarrollo de la historia, o como si consideraran que el lector de este género tuviera que conformarse con menos. Pero nunca un buen estilo es una jaula de oro ni una ratonera que aprese o inmovilice u obstaculice la narración. Al contrario, un buen estilo rompe las cadenas semánticas, ensancha el significado del relato, lo llena de matices. A este respecto, el cuidado y la precisión del diálogo como recurso narrativo tienen una especial importancia. Al igual que el ritmo es un instrumento esencial del poema, así el diálogo resulta el recurso idóneo y connatural a la novela policíaca, donde la investigación sobre un enigma exige un juego de preguntas y respuestas8.
El detective suele ser un tipo solitario, por más que en la mayoría de los casos su hábitat natural sea la ciudad y viva rodeado de miles o millones de personas de todas las razas y creencias, agrupadas en edificios y sujetas a todo tipo de intereses. El detective es alguien aislado entre la multitud, en quien se da una paradoja: es muy eficaz en sus investigaciones para resolver los problemas de sus clientes, pero no suele lograr el mismo éxito en su vida privada. Aunque haya excepciones, como la de un Maigret siempre bien acompañado por Madame Maigret, que le tiene preparada sus blanquettes de veau cuando llega al hogar, fatigado por los agobios laborales, en general el detective es alguien solitario. Y, a priori, la expresión natural del solitario es el monólogo, por más que en sus investigaciones se vea obligado a dialogar con muchos personajes diferentes, a interrogarlos sobre lo que ocurre en el mundo. Sin que el lector tenga que preguntar, el monólogo muestra lo que un personaje lleva en su interior: se narra desde dentro hacia fuera. Mediante el diálogo, por el contrario, un personaje aborda a su interlocutor desde fuera e intenta llegar a su interior.

Conclusión
En definitiva, si bien la novela negra es un género apropiado para reflejar el malestar social, su práctica no se limita a ese único objetivo, como un buen cocinero no se dedica únicamente a preparar platos de pescado y no desdeña otros ingredientes. Y, así, al lado de la novela negra socialmente comprometida con la realidad, que desdeña la torre de marfil en que se refugia el autor ensimismado y neutral que se muerde las uñas y hurga en su psicología y se explaya sobre la insondable profundidad de su alma, que piensa que el mundo no es algo comprensible y que su caos no puede ser paliado con ninguna intervención humana, también sigue practicándose con mayor o menor talento, sin agotarse, otra tendencia que actualiza las estructuras tradicionales de la novela de enigma.
El compromiso político o social es un elemento más de cualquier texto literario y no estorba su calidad artística mientras la escritura no se subordine a él, como Picasso no subordinó el cubismo en el Guernica para hacerlo más comprensible a más gente. El compromiso, l’engagement, no estorba siempre que no sea un pegote añadido al cuerpo del poemario, de la pieza dramática, de la novela negra. Por muy bondadosas que sean sus intenciones, o por muy necesaria que sea la denuncia social, el compromiso no debe recibir ningún privilegio y debe ser sometido al mismo control de calidad, a la misma depuración estética que cualquier otro componente de la obra. Un creador debe estar al lado de cualquier lucha social por la libertad y la justicia, pero no puede dejar que ese afán cambie ni una sola palabra adecuada a su estilo por otra palabra más adecuada a su discurso.
El arte es arte cuando no se subordina a ningún utilitarismo, a ninguna finalidad práctica, cuando no obedece a las leyes sociales, sino a las de la estética; cuando deja de ser un medio vicario para fines religiosos –como lo fue en siglos pasados– o para fines políticos o sociales, y se convierte en un fin en sí mismo. Si en una obra de ficción no luchan en igualdad de condiciones los personajes que representan el bien o el mal, la justicia o la injusticia, la inocencia o la culpa; si los primeros cuentan con la fuerza todopoderosa del autor omnisciente para distribuir culpas o razones, la obra resultante no puede ser objetiva. La intención quedará por encima del resultado artístico. Por lo mismo, tampoco puede concluirse que un escritor sea mejor que otro porque entregue los beneficios de los derechos de autor que generan sus libros a una docena de ONG. No son las intenciones las que legitiman la escritura: desde Gide para acá ya se ha dicho muchas veces. Ahora bien, predomine una u otra corriente –malestar social o malestar individual–, parece evidente que la novela negra ha elevado su nivel literario, está en auge y disfruta de un idilio entre autores y lectores.
La novela negra ha elevado su nivel literario, está en auge y disfruta de un idilio entre autores y lectores
No comparto la afirmación de Vladimir Nabokov de que al aficionado a las novelas policíacas le encanta que le engañen9. Si hay grandes escritores aficionados a la novela negra, hay otros, como Nabokov, que no la soportan. En el capítulo dedicado a su análisis de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escribe de Robert Louis Stevenson: «Es uno de los antepasados de la moderna novela de detectives. Pero la actual novela de detectives es la negación misma del estilo. Todo lo más es literatura convencional. No soy de esos profesores que, con cierto pudor, se jactan de disfrutar con las novelas de detectives; las encuentro muy mal escritas para mi gusto y me aburren soberanamente»10.
Pero, a pesar de la afirmación de Nabokov, la novela negra ya es algo más que una adicción del aficionado popular poco exigente y más que una debilidad a la que se entregan algunas mentes privilegiadas como si fuera un tanto vergonzante, después de haber trabajado sesudamente en un ensayo. Y a veces tengo la impresión de que este género está consiguiendo un efecto benéfico: saltar el abismo entre dos conceptos literarios antagónicos, romper la vieja incompatibilidad entre una literatura compleja y trascendente, pero que no tiene demasiados lectores, y una literatura popular que tiene lectores pero no tiene trascendencia.
Hay, además, otro aspecto que ha contribuido al aumento de su aceptación: el nuevo perfil de los detectives, más cercanos a la realidad de los lectores. En la novela negra tradicional, el lector no se medía con el detective, que siempre estaba muy por encima de él. El lector no tenía el arrojo, la resistencia al dolor de los Philip Marlowe o Sam Spade, ni alcanzaba la inteligencia de Auguste Dupin, de Sherlock Holmes, de Hercule Poirot. El detective estaba por encima, en otra dimensión. Sin embargo, en los últimos tiempos, con Henning Mankell, Petros Márkaris, Robert Galbraith o Benjamin Black, los detectives han bajado a la tierra. Wallander sufre problemas de diabetes, su padre está ingresado en una residencia y no sabe resolver los conflictos con su hija; Jaritos discute con Adriani y tiene dificultades para llegar a final de mes; Cormoran Strike está mutilado y es huérfano, y Quirke también es huérfano y alcohólico. Los detectives han bajado un peldaño, hasta la altura de los lectores, que los ven más humanos, comparten sus debilidades y sufren parecidas dificultades.
Por todo ello, cada día nuevos advenedizos se suman a los viejos aficionados y se amplia esa comunidad, esa cohorte anónima de lectores que devoran títulos con una entrega incondicional a algún detective que en las novelas dice lo que ellos piensan. El público lector que hace una década consumía novelas históricas protagonizadas por reyes o nobles o grandes personajes y ambientadas en épocas pasadas y en escenarios de castillos o palacios que luego visitaba en sus viajes de fin de semana, ahora prefiere novelas negras ambientadas en la actualidad y protagonizadas, en cambio, por personajes anónimos. Entre estos lectores, ciertamente, hay muchos que solo buscan el entretenimiento –lo que es muy legítimo–, pero también los hay que exigen que el libro sea literario de alguna forma, bien por la profundidad de los personajes, bien por la belleza del estilo.
Del mismo modo que en la España del Siglo de Oro o en la Inglaterra isabelina los aficionados de todos los estratos de la sociedad llenaban los corrales donde se representaban comedias que ilustraban sus creencias y su escala de valores, circunstancia a la que hace un curioso homenaje J. K. Rowling/Robert Galbraith en su estupenda novela El gusano de seda; o tal como la burguesía del siglo XIX auspiciaba y consumía una nueva novela en la que se veía retratada; o como el proletariado de estirpe soviética promocionaba un realismo social que reflejaba sus utopías, tal vez podría avanzarse –aunque nos falte perspectiva– que la actual sociedad consume y mantiene en auge una novela negra que explicita sus temores y pesadillas, ajena a la paradoja de que una mala época para la sociedad es una buena época para el género.
No faltan, como es lógico, algunas voces que califican de marketing y de operación comercial esta actualidad. Pero cuando tanto imperan las operaciones comerciales deportivas o inmobiliarias, o puramente especulativas, bienvenidas sean todas las operaciones comerciales que ayuden al fomento de la lectura, sean para el género que sean, porque quien se aficiona a leer a Chandler se va acercando a leer a Faulkner.
Para terminar, quiero volver al principio: no hay una separación tajante entre estas dos concepciones. Del mismo modo que para comprender cómo es un molusco no puede analizarse únicamente su concha, la estructura externa tras la que se protege y desde la cual establece sus relaciones con el mundo, y es imprescindible observar y describir también el cuerpo que habita y palpita dentro, también el novelista debe enfocar su escritura en ambas direcciones, intentando desvelar los mecanismos con que el malestar social intensifica el malestar individual y, al mismo tiempo, el malestar individual termina contaminando a toda la sociedad, la forma en que la bondad o la perversión de las instituciones terminan influyendo sobre la bondad o la perversión de los ciudadanos.
El género seguirá creciendo en la medida en que la libertad del escritor se imponga sobre los corsés genéricos y sepa integrar en sus páginas un interrogatorio policial con una reflexión sobre la soledad de un personaje, o una escena lírica con un atraco a un banco, si así lo quiere, o una página de un diario con la descripción de una pistola; en la medida, en fin, en que se trasciendan las fronteras de las novelas negras escritas por escritores de novela negra para lectores de novela negra en ambientes de novela negra y con los personajes-tipo de la novela negra y se dedique a profundizar, sin perder sus características genéricas, y a actualizar uno de los grandes temas universales de la novela, que viene de Cervantes, de Rousseau, de Faulkner: las relaciones siempre conflictivas entre el ideal moral del individuo y un mundo que no es nada moral.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008), Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).
25/11/2015
1. Stendhal, Rojo y negro, trad. de Emma Calatayud, Madrid, Cátedra, 2006, p. 475. 
2. Platón, Teeteto, 173d. 
3. George Orwell, Ensayos, trad. de Manuel Cuesta, Debate, 2013, p. 524. 
4. Arthur Schopenhauer, La lectura, los libros y otros ensayos, trad. de Edmundo González-Blanco y Miguel Urquiola, Madrid, Edaf, 2004, pp. 76-77. 
5. Georges Simenon, La muerte del señor Gallet, trad. de Carmen Mascasas, Barcelona, Luis de Caralt, 1968, p. 12. Esta novela tuvo diversos avatares con el título. En España también fue publicada como El difunto filántropo y como El señor Gallet, difunto. En Francia, Simenon la había titulado La chasse à l’ombre, pero el editor cambió el título por el definitivo. 
6. Ibídem, p. 19. 
7. Ibídem, p. 37. 
8. Del mismo modo que hay poemas sin ritmo ni rima, también hay excepciones de novelas negras sin diálogo: El oficinista, de Guillermo Saccomanno, donde la ausencia absoluta de diálogos no impide el interés de la historia. 
9. Su afirmación remite directamente a Nietzsche, si bien en otro sentido: «Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda la narra cuentos épicos», en Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral, trad. de Luis M. Valdés y Teresa Orduña, Madrid, Tecnos, 1990, p. 35. 
10. Vladimir Nabokov, Curso de literatura europea, trad. de Francisco Torres Oliver, Barcelona, RBA, 2012. 

miércoles, 6 de enero de 2016

"Drácula": temas (9)


La presencia de Medusa

     Otra criatura de la mitología griega que se utiliza para describir a la vampira Lucy es Medusa: “Las cejas [de Lucy] estaban trenzadas, como si los pliegues de la carne fueran los anillos de las serpientes de Medusa”. Medusa, en la mitología griega, convertía a la gente en piedra con una mirada, y aunque la historia de Medusa es la del bien contra el mal (Perseo contra la Medusa), de acuerdo con The Encyclopedia Mythica, “Hay un mito en particular en el que Medusa fue originalmente una hermosa doncella. Ella profanó el templo de Atenea al acostarse allí con Poseidón. Indignada, Atenea convirtió el cabello de Medusa en serpientes”. Richard Dellamora escribe sobre este mito: “Medusa es una de las primeras víctima de la agresión del macho [violada por Poseidón]; luego, una complicidad vengativa; finalmente, de la orden judicial que condena a las víctimas femeninas a guardar silencio”. Aplicada a la suerte de Lucy, Drácula es el violador, la banda de los hombres son los intrigantes vengativos, y su decapitación es un símbolo de su silencio (y posiblemente de castración).
     Los hombres regresan al cementerio en la madrugada siguiente para hacer lo que es “necesario”. De la escena de la muerte definitiva de Lucy, Showalter escribe: “Las implicaciones sexuales de esta escena son vergonzosamente claras. En primer lugar hay una violación en grupo con el impresionante instrumento fálico”, y la posterior decapitación de Lucy y el relleno de ajo en la boca sirven para “callar a la mujer”. La estaca que Van Helsing muestra a Arthur, con la que matará a Lucy –en la que habría sido su noche de bodas—, es “de dos y media pulgadas de espesor y tres pies de largo”. La escena está llena de insinuaciones sexuales.
     La cosa en el féretro se retorció y un grito horrible, que helaba la sangre, provino de los labios rojos entreabiertos. El cuerpo se sacudió, se estremeció y se retorció, con movimientos salvajes; los agudos dientes blancos se cerraron hasta herir los labios, y la boca se llenó de espuma escarlata. Pero Arthur nunca vaciló. Parecía una figura de Thor, con su brazo firme subiendo y bajando, hundiendo más y más la estaca, mientras que la sangre cayó del corazón traspasado brotó.
     De acuerdo con Belford, “El estacamiento de Lucy, que marca en la novela el verdadero clímax, viola otro tabú, ya que también, obviamente, representa las relaciones apasionadas que terminan en orgasmo”. Belford continúa: “En esta escena, el novio de Lucy, el aristócrata lord Godalming, la libera del mal al desflorarla fuera de la noche de bodas”. En la muerte de Lucy, los hombres no sólo libran al mundo de su maldad, sino que en el proceso la salvan de su propia sexualidad. Es interesante observar que las tres novias/hermanas de Drácula son asesinadas de la misma manera (por Van Helsing), mientras que el macho Drácula es “asesinado” por el cuchillo Bowie de Quincey en el corazón.

NOTICIAS LITERARIAS. "Los diez mejores libros de 2015"

   En "Babelia":

Los 10 mejores libros de 2015

Diarios, ensayo, poesía y narrativa logran los primeros puestos en la votación de los críticos y colaboradores de Babelia. 'Los diarios de Emilio Renzi', de Piglia, libro del año


De izquierda a derecha: Ricardo Piglia, Marta Sanz, Jaime Gil de Biedma, Svetlana Alexiévich, Michel Houellebecq e Inger Christensen; delante, Ian McEwan, Élisabeth Roudinesco, Sara Mesa y Chantal Maillard. / ILUSTRACIONES DE FERNANDO VICENTE

Babelia ha preguntado a una cincuentena de críticos y colaboradores cuáles son los mejores libros de 2015. Cada miembro de este jurado, formado por 24 hombres y 22 mujeres de España y América Latina, ha elegido sus mejores cinco opciones, a las que han adjudicado 5, 4, 3, 2 y 1 punto. La lista refleja un escenario variado de autores de distintos orígenes y de géneros. Destaca el reconocimiento de las memorias y diarios, así como del ensayo, un papel menor que otros años para la narrativa, y un espacio para la poesía. A continuación, los libros más puntuados. 

Los años de formación de un artista adolescente son narrados en estos diarios donde Emilio Renzi cuenta al detalle su educación formal y sentimental, transitando por una Argentina idílica, artística y política. En una escena inicial se cuenta una anécdota en la que Renzi conversa con Jorge Luis Borges y ante un comentario Borges lo descubre como escritor. Renzi (más que un alter ego de Piglia, un reflejo) va transformándose en aquello que Borges ha descubierto en él. Entre el asombro y el descubrimiento, Emilio Renzi es el mejor Piglia, el lúcido, el de la palabra precisa y la anécdota de largas consecuencias. Iván Thays

2 Farándula. Marta Sanz. Anagrama
Es el mundo de la farándula, pero es también el otro lado de la medalla, oculto a la mirada exterior, el que recorre la novela de Marta Sanz que lleva ese nombre. Espectáculo inquietante de una sociedad de consumo que lame varias heridas, la precariedad del empleo, la vulnerabilidad física, o la soledad del mundo globalizado en la lógica del mercado y el éxito individual. La autora nos muestra las grietas por las cuales se escapa el gas tóxico del desarraigo que domina el mundo del espectáculo, como si la superficie lisa de la imagen fuese también la risa sardónica de otra realidad que se yergue contra la falsedad de bienestar, contra la “sociedad del espectáculo”, esmaltada por la publicidad. Una ética de la novela realista que construye a partir de estas vidas tan brillantes como fatuas. Patricia de Souza

3 Diarios (1956-1985). Jaime Gil de Biedma. Edición de Andreu Jaume. Lumen
Coincidiendo con la reedición de las Memorias de Carlos Barral, uno de sus grandes “compañeros de viaje”, se publican los diarios completos del poeta de la llamada Escuela de Barcelona que más huella ha dejado. Hasta ahora sólo habíamos podido leer Retrato del artista en 1956.Ahora se le suman Diario de moralidades. 1956-1965, Diario de 1978 y Diario de 1985. Reunidos, constituyen ante todo la biografía moral, amén de intelectual, del poeta que en el fondo quería ser poema, del despertar de la vocación literaria a la amenaza de la muerte, encarnada en la enfermedad del siglo XX, el sida. M. Ángeles Cabré

4 La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexiévich. Traducción de Yulia Doblovolskaia y Zahara García González. Debate
La utilización de la buena literatura para hacer periodismo no es nueva. Lo es que a alguien le concedan el Nobel por ello. Lo hizo García Márquez, que se sentía periodista antes que nada. Hace poco coincidieron Gabo desde América Latina y Kapuscinski desde la vieja Europa, y ambos confluyeron. Una síntesis es la bielorrusa Alexiévich. De ella se han traducido al castellano una crónica sobre Chernóbil, la historia de los millones de mujeres que combatieron en el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de la URSS en la vida de los verdugos y las víctimas. El mínimo común es el fracaso de la transformación del hombre antiguo en el Homo economicus. Con sólo una grabadora y una pluma, Alexiévich escribe novelas corales, de no ficción, sobre seres traumatizados por situaciones excepcionales a los que da voz y que cuentan la parte no heroica de sus vidas. Joaquín Estefanía

Sumisión. Michel Houellebecq. Traducción de Joan Riambau. Anagrama
Distopía cercana. Un profesor de la Sorbona se enfrenta al cambio. Entre la acción y la reflexión, narra la rendición que lleva a la conversión de Francia al islam. ¿Cómo? Francia 2022. El Frente Nacional va a ganar las presidenciales. Para evitarlo se une la izquierda a un partido musulmán. Vencen, nihilismo convertido en mandato. La civilización es dominio de lo salvaje, mientras que el desprecio al otro, a la mujer, es sumisión. No hay juicio, sí perfecto juego de la tensión narrativa para iluminar la tempestad. ¿Cómo? “… una especie de duda generalizada, la sensación de que no había nada de qué alarmarse”. Esther Bendahan

6 Eso. Inger Christensen. Traducción de Francisco J. Uriz. Sexto Piso
(Según sus editores) una cosmogonía, pero también un ejercicio de crítica política, una reflexión aguda y dolorosa acerca del empleo, una celebración de todo lo que existe. En un año con libros notables de Esperanza López Parada, Carlos Pardo y Rafael Espejo (por mencionar sólo españoles), Eso, de Inger Christensen, destaca por permitir acceder a su lector al lugar “donde idioma y mundo se tocan fructifican de- / forman o sea lo que sea lo que se hacen mutuamente”, que es el lugar del que proviene toda la poesía de relevancia; también (y particularmente) la que resiste intentos como éste de explicarla. Patricio Pron

La ley del menor. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama
¿Qué sucede cuando el código moral de un individuo se opone al de su sociedad? ¿De qué manera podemos defender a una persona de sus propias acciones perniciosas? ¿Cómo saber cuándo un adolescente es responsable de sus actos? ¿Cuál es la función de nuestras leyes y cómo diferenciarla de la de nuestras normas éticas individuales? En éste, su último libro, Ian McEwan destila estas vastas preguntas en novela ejemplar para nuestro preocupante siglo. La ley del menor es a la vez la crónica de un conflicto familiar y una lúcida exploración del rol de la justicia en nuestra sociedad. Una vez más, McEwan confirma su posición como el mejor y más ambicioso novelista de su generación. Alberto Manguel

8 Freud. En su tiempo y en el nuestro. Élisabeth Roudinesco. Traducción de Horacio Pons. Debate
Sigmund Freud, el padre de la interpretación de la conducta humana y para quien el psicoanálisis era el único compromiso político posible, fue víctima de un mal uso de su propia medicina. Su biógrafo oficial y uno de sus discípulos más brillantes y fieles, Ernest Jones, lo interpretó demasiado ensimismado y apegado a las drogas. Otros, como Peter Gay, no tuvieron acceso a los archivos freudianos conservados en la Biblioteca de Washington, abiertos en 2015, año en que Élisa­beth Roudinesco comienza su investigación para escribir el retrato social, intelectual y científico de un hombre cuya complejidad fue paralela a los clásicos, cuyas lecturas le enseñaron la humanidad indispensable para descender a los infiernos de la conciencia. Ángela Molina

9 Cicatriz. Sara Mesa. Anagrama
Cicatriz es una novela distinta. Está escrita en presente, un presente seco que la dota de una veladura de frialdad. Es la historia perversa de una obsesión doble, la de un hombre que accede a la vida de una mujer a través de Internet y la de una mujer que se deja atraer por la curiosidad. Es la irrupción a distancia del azar en una vida insatisfecha donde la irrealidad consentida destruye aún más que la realidad. Es una suerte de negativo de la vida en pareja y del fetichismo consumista. La narración se apoya sobre todo en detalles implacables. Una verdadera revelación. José María Guelbenzu

10 La mujer de pie. Chantal Maillard. Galaxia Gutenberg
Todo empieza con una imagen que a todos nos puede resultar familiar: la del ser querido, tumbado en la quietud de una cama enferma, y en el minuto exacto que antecede a la oscuridad. Chantal Maillard rememora la escena de la muerte de su madre en las primeras páginas de La mujer de pie —ese libro que es a veces ensayo, a veces poema, a veces diario— no para lamentarse, ni para dolerse, sino para preguntarse qué es el duelo y cuántas heridas harían falta para derribar a este cuerpo nuestro al que ella, a pesar de todo, ha aprendido a mantener en pie. Luna Miguel
-----------------------------------------------

Del 11 al 20

11. La niña perdida.Elena Ferrante. Traducción de Celia Filipetto Isicato. Lumen.
12. La habitación de Nona. Cristina Fernández Cubas. Tusquets.
13. La familia Karnowsky. Israel Yehoshua Singer. Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís. Acantilado.
14. En movimiento. Una vida. Oliver Sacks. Traducción de Damià Alou. Anagrama.
15. Cynthia Ozick. Cuentos reunidos. Traducción de Eugenia Vásquez Nacarino. Lumen.
16. La muerte juega a los dados. Clara Obligado. Páginas de Espuma.
17. Tierra negra / El Holocausto como historia y advertencia. Timothy Snyder. Traducción de Paula Aguiriano, Inés Clavero, Irene Oliva y David Paradela. Galaxia Gutenberg.
18. Por las fronteras de Europa / Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI. Mercedes Monmany. Galaxia Gutenberg.
19. Aquí. Richard McGuire. Traducción de Esther Cruz. Salamandra.
20. Virginia Woolf. La vida por escrito. Irene Chikiar Bauer. Taurus.

lunes, 4 de enero de 2016

"Drácula": temas (8)


La antimadre

     Vemos esto de forma más explícita en la muerte final de Lucy, que representa la consecuencia de su relajada sexualidad: muere en manos de los tres hombres que alguna vez desearon casarse con ella. Comienza como una buena mujer, si bien superficial, con un cabello de “rizos dorados” que es descrita en términos de dulzura y pureza. Después de ser contaminada por Drácula, sin embargo, la palabra que más a menudo se utiliza para definirla es “voluptuosa”. En su metamorfosis como La Mujer de Blanco su cabello se torna oscuro, símbolo de la luz contra la penumbra, del bien contra el mal. Como la “antimadre” que atrae a los niños al cementerio y arroja un bebé, “insensible como un demonio”, a la tierra. Es un paralelo a la representación de la antimaternidad de las tres novias/hermanas de Drácula, que con entusiasmo arrebatan el bolso que contiene un bebé que Drácula les ofrece como reemplazo de Jonathan. La reacción de los hombres a la transformación de Lucy es reveladora. Cuando Van Helsing informa a Seward de lo que pretende hacer con el cuerpo “no muerto” de Lucy, Seward escribe: “Me hizo temblar pensar en mutilar el cuerpo de la mujer a quien yo había amado. Sin embargo, el sentimiento no fue tan fuerte como yo esperaba. Yo estaba, de hecho, comenzando a estremecerme ante la presencia de ese ser, ese no-muerto, como Van Helsing lo llamó, y a detestarlo”. El deseo que Seward sentía por Lucy se había convertido en odio, y ya no había vuelta atrás. Como Carol A. Senf señala: “La rapidez de los cambios implica un grado de malignidad latente que es fácilmente desatada por la iniciación sexual”.
     En el encuentro inicial de los hombres en el cementerio con la vampira Lucy, ella llama Arthur: “Ven a mí, Arthur. Deja a los demás y ven a mí. Mis brazos tienen hambre de ti. Ven y podemos estar juntos. Ven, marido mío, ¡ven!”. Seward escribe que su voz es “diabólicamente dulce… como el tintineo del cristal cuando se golpea –la cual resonó a través de [sus] cerebros” y los encantó. Esta descripción de la voz de Lucy es similar a la de las tres vampiras que atrajeron a Jonathan con una risa que era “como el intolerable tintineo dulce de los vasos de cristal, que me causó un hormigueo en las manos”, en lo que es una clara reminiscencia a las sirenas de la mitología griega. Es un truco, la novela parece decir: esas mujeres no son dulces; son crueles y quieren matar (o al menos confundir) a los hombres con su sexualidad recién descubierta.

"Drácula": temas (7)


Sexualmente agresivas

     La ansiedad por los roles de género también emerge a la superficie a través de la representación de Drácula y de la fricción que provoca la sexualidad reprimida. En la época victoriana, los impulsos sexuales estaban para ser resistidos. Como John Stuart Mill lo escribió en On Liberty: “Todas las mujeres eran educadas desde sus primeros años en la creencia de que su ideal de personaje era completamente opuesto al de los hombres; no de voluntad propia y por el manejo del autocontrol, sino por sumisión, y cediendo al control de los demás”. En Drácula, los personajes femeninos son representados como seres sexualmente agresivos, y los resultados de su agresión varían en las tres principales escenas sexualmente ansiosas de la novela: la seducción de Jonathan por las tres novias/hermanas de Drácula, la muerte definitiva de Lucy a manos de los hermanos-en el altruismo; y por la sangre que Mina bebe del pecho de Drácula.
     La lucha de finales del siglo XIX en torno de la independencia sexual de la mujer es la primera patente en Drácula en la escena en la que Jonathan es seducido por las tres novias/ hermanas de Drácula. En el Learning Channel’s Great Books: Dracula, el narrador Donald Sutherland llama a este encuentro “La pesadilla del hombre victoriano”. El deseo de Jonathan por las mujeres sexualmente agresivas que descienden sobre él ciertamente no es aceptable para un hombre victoriano comprometido, de clase media, que aspira a convertirse en un caballero. De hecho, desea y odia a las mujeres a la vez: “Sentí en mi corazón un deseo perverso, un ardor de que me besaran con esos labios rojos”. James V. Hart, guionista y coproductor de Bram Stoker’s Dracula, dirigida en 1992 por Francis Ford Coppola, observa en Great Books: Dracula, “Esa sexualidad, ese empoderamiento de la mujer, esa admisión por el hombre victoriano de que esas mujeres eran tan poderosas, y que a él le gustaban, fue toda una revelación para mí”. El concepto de que la mujer puede ser sexual es radical, pero a las mujeres de Drácula se les permite no andar en términos medios y no son necesariamente empoderadas. Las novias/hermanas son las Evas para Jonathan y está claro que, aunque él las desea, está mal lo que hace. Jonathan más adelante escribe con horror: “Estoy solo en el castillo con esas espantosas mujeres. ¡Maldita sea! Mina es una mujer, y no tiene nada en común. Son los demonios del abismo”. Encontramos, sin embargo, que las cuatro mujeres tienen más en común de lo que Jonathan cree, y que Mina tiene la capacidad de ser como ellas. Las mujeres de Drácula, por desgracia, no pueden ser sexuales sin ser también diabólicas.

NOTICIAS LITERARIAS. "Sin noticias de 'Las sinsombrero'"

Sin noticias de Las Sinsombrero

Publicado por 
3180530
Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
En caso de llevar sombrero, llevaría un globo atadito a la muñeca con el sombrero puesto, y así cuando me encontrara con alguien conocido, le quitaría el globo al sombrero para saludar. (Maruja Mallo)
Llevar sombrero los distinguía —los hacía de mejor clase social, más elegantes, respetables—. Así que cuando les dio a Federico García LorcaMargarita MansoSalvador Dalí y Maruja Mallo por salir sin el suyo, les gritaron de todo. ¡Maricones! Eran el tercer sexo, sin identificar. Había que apedrearlos. Les habría ido mucho mejor si hubieran llevado, atadito a la muñeca, un globo para saludar a los conocidos. Pero esta no es más que una excusa, una anécdota, para hablar de las mujeres de la Generación del 27 que quedaron extraviadas en la historia de los grandes nombres: por exiliadas y por mujeres. Con el documental Las Sinsombrero se intenta hacer justicia a todas ellas, reivindicarlas, haciendo un breve repaso por la vida y las obras de ocho mujeres que estuvieron a la altura de las circunstancias, pero no del paso subjetivo, masculinizado del tiempo.
La voz de Concha Méndez sirve de hilo. Lo que en principio tendrían que ser unas memorias se acaba convirtiendo en un relatario de anécdotas. Quizá en ninguna otra época como la que les tocó vivir —república, guerra, dictadura— se puede entender la vida de una intelectual sin referirse a los de su generación. Méndez se extraña de su propio relato, de cómo está construyendo su biografía. «Estamos haciendo una cosa muy distinta de lo que se hace en las memorias», dice. Pero cuenta que si no relata anécdotas y cuenta historias, le parece que le sale bigote. Se ríen quienes le graban; se ríe ella también. «Qué barbaridad». Aunque es cosa seria. Quizá de esa broma se entienden actitudes sociales de lo que fueron las mujeres desde que ellas fueron omitidas en la historia. La mujer se comprende a partir de las anécdotas; si no lo hace, le parece que está siendo demasiado seria… y se quita el sombrero, pero le sale bigote.
Concha Méndez, escritora (1898-1986)
Un amigo del padre de Concha Méndez va a visitar a la familia y pregunta a los niños —no a las niñas— qué quieren ser de mayores. Concha se adelanta y dice que quiere ser capitán de barco, pero le contestan que las niñas no son nada. Las niñas no son nada. Que las niñas no podían ser nada no hizo mella en el crecimiento de una mujer como Concha. Su primer novio fue Luis Buñuel y tuvo por amiga a Maruja Mallo, a los que conoce veraneando en San Sebastián y que influirán en ella de manera determinante.
Las mujeres de la época debían ser autodidactas, aprender leyendo. Aunque Concha, por su condición burguesa, estudió en un colegio francés, lo que la sociedad le requeriría como poeta formada era muy sencillo: nada. Pero nada, insisto, la frenó. Absolutamente desubicada en el núcleo social y familiar, se marchó a Londres, Montevideo y Buenos Aires. Es en Argentina donde Concha encuentra el buen nicho cultural que necesita, donde empieza a publicar un poema a la semana en el diario La Nación. Es también en Argentina donde publica un libro con ilustraciones de Nora Borges. Sí, la hermana de Jorge Luis.
Al volver a España, y gracias a que Lorca le presenta a Manuel Altolaguirre, aprende imprenta y crean La Verónica, donde editarán la revista Héroe, de gran importancia cultural. Como siempre ocurre en las poetas del 27, hay una gran necesidad por compararlas —ya que no se las conoce y a ellos sí— con los varones. Concha, pues, recibe influencia de Rafael Alberti, en la primera época, y de Antonio Machado más tarde.
Marga Gil Roësset, escultora y poeta (1908-1932)
oie_zZ6Tt62barpB
Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
Vestidas muy distintas al resto de niñas, Marga y su hermana iban siempre con unas capas y unas caperuzas que las diferenciaban de las demás. Pero no solamente la vestimenta la distinguía: a los siete años ya era una pequeña genio y una gran lectora. Ilustraba los cuentos que publicaban sus hermanas y otros familiares. Marga era autodidacta en la escultura, atreviéndose con el granito, disciplina difícil que los escultores no acostumbran a tratar al inicio de su carrera. Pero Gil Roësset tenía prisa: antes de cumplir los veinticinco años se suicidó.
Nadie espera que una mujer joven haga lo que ella hizo. Lo tenía todo para que desconfiaran de su trabajo: sexo femenino y corta edad. Pero tenía un talento, decían, viril. Como le ocurría a Alfonsina Storni, para que una mujer pudiera ser tenida en cuenta necesitaba un adjetivo que aludiera al hombre. Marga se sirve de la sensualidad y la fealdad, de la expresividad, las emociones.
Al conocer a Juan Ramón Jiménez se enamoró de él. Al momento, decidió hacer un busto de Zenobia Camprubí, la esposa del poeta. Lo que queda en el aire es el motivo de su suicidio. Por una parte, aseguran que la imposibilidad de aquel amor —puesto que era un hombre casado— hizo que se disparara en la cabeza. Por otra, versión que se defiende en Las Sinsombrero, que la imposibilidad de tener una vida artística consciente y plena la motivó a quitarse la vida. En cualquier caso, antes de dispararse, destruyó gran parte de su obra. «Parece que tendré que morirme triste», dejó escrito en su diario.
Josefina de la Torre, actriz y poeta (1907-2002)
Gerardo Diego incluyó a Josefina en una de sus antologías. En la que hizo en 1932 no había ninguna mujer. En la de 1934, Josefina de la Torre y Enriqueta Champourcín. Tal como ha ido la historia, parece relevante que los poetas hombres de su generación la tuvieran en cuenta. Pero no solo era una excelente poeta, sino que Josefina era tan polifacética que también destacó como cantante y actriz. Si Alberti era la voz andaluza de las letras, se dice en el documental, Josefina era la voz insular.
En su familia había novelistas, músicos y hombres de negocios, así que no es difícil comprender ese lado polifacético que hizo de Josefina de la Torre una mujer con múltiples caras y disciplinas. Su primer poemario tenía prólogo de Pedro Salinas. La muchacha-isla, cuando acaba la guerra civil y empieza el exilio de muchos de sus compañeros, escribe el poema «Mis amigos de entonces». En él reconoce cómo los poetas varones de su generación, la que pasó a la historia prescindiendo de los nombres femeninos, la ayudaron a sentirse una más. Luis, Jorge, Rafael, Manuel, Gustavo, Enrique, Pedro, Juan, Emilio, Federico. Todos ellos ayudaron a la blandura del que fue su nido. «Amigos que de mí hicisteis nombre»El final del poema da buena cuenta de cómo una mujer que pudo formar parte de una edad de oro ve pasar de largo su oportunidad. Dice: «ignoro en qué ciudad / y si llegará el día / en que vuelva a sentirme descubierta». Así es: la mujer necesitaba ser descubierta por el hombre para que se la tuviera en cuenta. Exiliados o muertos aquellos que la descubrieron, ¿cuándo volverán a hacer de ella, nombre?
Maruja Mallo, pintora (1905-1995)
Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
Maruja Mallo (izda.) y la periodista Josefina Carabias (dcha.). Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
Gracias a que la familia Mallo se traslada a Madrid, Maruja entra a estudiar a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se relaciona con Dalí, Lorca, Concha Méndez, María Zambrano, Margarita Manso. El documental empieza con ella contando cómo los insultaron en la plaza del Sol al quitarse el sombrero.
Maruja Mallo, que de las olvidadas es, quizá, de las menos olvidadas —junto a María Zambrano—, podría haber cobrado la importancia de Frida Kahlo, pero la historia de las mujeres de su generación y su nacionalidad la mantienen al margen. En sus cuadros aparece la mezcla que convivía en el Madrid de entonces: lo pueblerino y lo intelectual. El extrarradio, las ferias, el movimiento, las manifestaciones, la libertad. Hay color en ella y en su obra, un universo más que particular. Las mujeres que se atrevían, como ella, a dedicarse al arte, no exponían en sus obras lo que Maruja Mallo sí proyectaba. La discreción era un valor para ellas, pero Mallo era todo lo contrario a la discreción. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en la actualidad con Frida Kahlo, Maruja Mallo no es mencionada por sus compañeros. Cuando vuelve de Argentina, su exilio, nadie la reivindica como autora nacional. Al otro lado del charco había tenido un gran éxito, pero en España es una olvidada más.
La República propiciaba una sociedad más libre y democrática, apta para la revolución social y doméstica de la mujer, pero la gran oportunidad de todas ellas desapareció con la guerra y el exilio. Por suerte, algunos de sus compañeros más ilustres, como Lorca o Alberti, le dedicaron unas palabras que sí reconocen su talento. «Ascensión de Maruja Mallo al subsuelo», de Alberti, es un ejemplo.
TÚ,
tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado, dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes.
Despiértame.
Ernestina de Champourcín, poeta (1905-1999)
Ernestina era moderna. Hablaba en sus poemas de jazz, baile, velocidad. Incluso al imaginar su posible suicidio —como Marga Gil— cree que lo haría saltando de un coche en marcha. Igual que Concha Méndez, viene de una familia burguesa, lo que la convierte en la distinta. Por eso Ernestina vive diversos exilios. El primero, el familiar. Para una familia aristocrática como la suya una hija republicana es una desgracia. Así es como se produce el desapego natural con los Champourcín. No será el único, porque al morir su marido y quedar viuda, tendrá un nuevo exilio —este como crisis anímica, espiritual. El último retiro, en el que permaneció, fue el de la fe. Ernestina escribió como religiosa y consideró sus poemas como una comunicación directa con Dios. Así, quedó exiliada dentro de los exiliados, creyendo que la libertad no podía entenderse como paredes a su alrededor. La página no podía ser pared, no podía vivir tan aislada. Discípula voluntaria de Juan Ramón Jiménez, fue incluida en la antología de Gerardo Diego en 1934. La exiliada de exiliadas, «resucitó hacia dentro y fue distinta y la misma».
Entre Ernestina y Chacel se oye la voz de Concha Méndez hablando sobre dichas antologías, de las que quedaban excluidas las mujeres. «Oye, mira, tú nos excluirás, pero yo debajo de la falda… llevo un pantalón».
Rosa Chacel, escritora (1898-1994)
«Me levanto si quiero, y si no quiero no me levanto»Ana Rodríguez Fischer se pregunta qué es lo que convierte una generación en generación: ¿cómo se valora la nómina de una generación, a partir de lo que un historiador dijo, escribió o sentó? Si fuera así, las sinsombrero no cabrían en la historia de dicho historiador —algo olvidadizo. Si nos atenemos a lo que dicha generación produjo, Rosa Chacel sería una indiscutible de la del 27.
En Memorias de Leticia Valle Rosa Chacel es una escritora atrevida, valiente. Una novela poco adecuada para la España de entonces, y por eso fue acogida en Buenos Aires. El exilio permitió que muchas autoras de la época pudieran desarrollarse gracias al olvido de su propia patria, donde no habrían podido disfrutar de la misma libertad. Relaciones extramatrimoniales, incluso relaciones peligrosas como las de Lolita, habrían recibido no más que críticas, cortando la fluidez de una carrera literaria poco valorada en la actualidad. Fischer, gran conocedora de Chacel, nos presenta a la escritora como una mujer desvinculada de la línea lacrimógena. Hay una derrota en su vida, la fallida República, la única oportunidad que tenían para avanzar como sociedad y como mujeres, pero Chacel no es dada a recrearse en la desgracia —una actitud poco femenina entonces. No dio paso jamás a la nostalgia de su tierra, porque la España victoriosa que había dejado a su espalda no era la España que ella quería: ¿por qué añorarla?
María Teresa León, escritora (1903-1988)
oie_mNf9wWcSEd8m
Las Sinsombrero, 2015. Imagen: Intropiamedia / yolaperdono / TVE
El reto de María Teresa de León no era tanto como escritora, sino como partícipe del movimiento político del momento que vivió. Fue una mujer comprometida con su obra pero también con su condición de ciudadana, aunque la sociedad no se la requiriera. Secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas, también se encargó de un segundo encuentro: Intelectuales en Defensa de la Cultura. Su mirada era una mirada política y poética, y además era la mirada de una mujer: lo tenía todo para ser olvidada. No le bastaba con luchar desde la cultura, sino que además debía defenderla de los bárbaros. Por desgracia, pasará a la historia únicamente como la mujer de Rafael Alberti.
Como tantos otros, María Teresa León tuvo que exiliarse. En Memoria de la melancolía escribió: 
Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? […] ¿No comprendéis? Nosotros somos aquellos que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles desiertas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros destruidos, de torres caídas y campos devastados […] Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España […] Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos.
María Zambrano, filósofa (1904-1991)
Dicen que no hay mejor discípulo de Ortega y Gasset que María Zambrano, aunque, como dice Rodríguez Fischer, la filósofa fuera una pipiola. Para Zambrano la realidad no se da únicamente en ideas, sino que antes se da en un sentir. Bajo esa premisa, su filosofía es la filosofía de la intuición, del vitalismo. La filosofía era para ella un modo de vida. Antes de hablar de la historia social, hay que referirse a la historia personal, individual. Esta visión la aleja, como muy acertadamente apuntan en Las Sinsombrero, del filósofo estricto y serio. La acerca, pues, a la poeta y a la escritora.
María Zambrano, al contrario que la mayoría de intelectuales de la época, estaba exiliada antes de la Guerra Civil Española y vuelve al finalizarse —considera que el país la necesita. Ciertamente, después de una guerra, la cultura, como bien defendía María Teresa León, es un arma. Su razón poética es lo que necesita un país que acaba de sucumbir a una dictadura —es lo que todavía hoy necesitan las sociedades. Lo que Zambrano desea es utilizar la filosofía y la poesía para conseguir la libertad individual, la construcción personal.
Todos estaban apenados por la realidad que les había dejado tras de sí la guerra. María Teresa se lamentaba: «Pobre Federico, no puede estar con nosotros, no puede aparecer con su chistera, tan divertida… quitársela, y que vuele una paloma». Pero la poética de Zambrano es lo que persigue, es lo que propone a ese pueblo que se ha quedado sin tantos federicos: a través de la filosofía, preguntar; a través de la poesía, hallar.