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viernes, 16 de octubre de 2015

Sección NOTICIAS LITERARIAS. "Literatura, política y periodismo". Alberto Manguel. Sobre la nueva Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich

Svetlana Alexiévich

   En "El País":

Desde 1901, la Academia Sueca de Letras otorga el más prestigioso de los premios literarios a un autor que, a su juicio, haya producido “en el campo literario la obra más destacada en pos de un ideal”, según reza el testamento de Alfred Nobel. Esas cinco palabras finales han producido un sin fin de controversias. Proust, Kafka, Borges, para nombrar a tres incontestables genios literarios del siglo XX, no obtuvieron el premio. Sully Prudhomme, Grazia Deledda y Winston Churchill, sí. Si acaso el sentido que debemos dar a las palabras finales de Nobel es el de una obra literaria que propone o defiende un ideal social en pos de un mundo políticamente mejor, los últimos tres nombres pueden quizás defenderse, y los primeros tres no, o no tan fácilmente. Pero si el ideal es artístico, si por esas palabras debemos entender una obra que alcance un grado superlativo de perfección literaria, entonces la justificación debe ser invertida y no cabe duda que Franz Kafka hubiese sido más merecedor del premio que Jacinto Benavente, quien lo obtuvo en 1922, dos años antes de la muerte del autor de La Metamorfosis.
Si nos atenemos al sentido artístico, hay hoy escritores que a mi parecer merecerían recibir el premio Nobel de literatura: Cees Nooteboom, Ismail KadarÉ, Ian McEwan, Margaret Atwood, entre ellos. Pero el premio otorgado este año a Svetlana Alexiévich es por cierto muy merecido si aceptamos el primer sentido. Todo dictador necesita una voz que lo denuncie, y frente a Vladimir Putin, quien se considera quizás a justo título el Napoleón de este miserable siglo, entre las varias valientes voces que no le permiten cometer sus atrocidades en silencio, la de Alexiévich es una de las más pertinentes, agudas y audaces. Las infamias competidas por el incompetente gobierno ruso anterior y posterior a Putin en Chernóbil son denunciadas en Voces de Chernóbil (el único de sus libros traducido al castellano); las crónicas de la infernal guerra del ejército ruso en Afganistán componen su libro Muchachos de zinc; la política de Putin y sus trágicas consecuencias son reveladas en El fin del hombre rojo, un ensayo esencial para entender la Rusia de hoy.
Svetlana Alexiévich es la primera periodista juzgada merecedora del premio y, tal como en 2013 la Academia sueca decidió, con inteligencia, premiar a la escritora canadiense Alice Munro, autora exclusivamente de relatos cortos, reconociendo así la nobleza del menospreciado género, ahora la Academia otorga al periodismo literario, otro género poco valorado, su sillón en el Parnaso. A partir del premio concedido a Alexiévich, los periodistas literarios pueden ufanarse de un linaje prestigioso: sus antepasados son Herodoto y Tomás Eloy Martínez, Truman Capote y Gabriel García Márquez. Como ellos, Alexiévich ha logrado crear una obra convincente e informativa, pero en un estilo que le es propio, a la vez sobrio e indignado, de una complejidad delicada y sutil con la que denuncia implacablemente los horrores más intolerables y atroces. Los libros de Svetlana Alexiévich dan voz a quienes han sido condenados al silencio: las víctimas pertenecientes a comunidades minoritarias, los soldados obligados a combatir en campañas injustas e imposibles, los muertos.
Esperemos que en años futuros la Academia sueca (digo esto sin intento irónico) premie también los auténticos valores de géneros literarios aún desatendidos como el cómic y la novela gráfica. En cuanto se refiere al galardón de este año, si el reconocimiento del coraje de quienes nos cuentan, con admirable estilo literario, lo que ocurre en las tinieblas de la política fuera el único mérito del premio concedido por la Academia sueca este año, eso ya sería suficiente para justificarlo.

viernes, 9 de octubre de 2015

Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura 2015

Svetlana Alexiévich

   "He buscado durante largo tiempo el género que respondiera a cómo veo yo el mundo. A cómo están hechos mi vista, mis oídos...
   Y escogí el género de las voces humanas... Yo construyo mis libros y los recojo de la calle. Desde la ventana. En ellos diversas personas reales hablan sobre los diferentes acontecimientos de su tiempo: la guerra, el hundimiento del imperio soviético, Chernóbil, y todos juntos reflejan en las palabras la historia del país, la historia común. La vieja y la más reciente. Y cada uno, la historia de su pequeño destino humano".
                              Palabras de Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015.
                                       Fuente

Sección NOTICIAS LITERARIAS. "Para leer a Svetlana Alexiévich"

   En "letraslibres.com":

Para leer a Svetlana Alexievich

Octubre 8, 2015 |

   El Parlamento Internacional de Escritores, que en su momento presidió Salman Rushdie –y luego Wole Soyinka y ahora Russel Banks– se propuso dar asilo y protección a escritores perseguidos mediante la instalación de Casas Refugio. Algunas, como la de la ciudad de México, tienen además excepcionales proyectos, pues sirven también a la comunidad como lugares de encuentro entre escritores, aprendices del oficio y simplemente la comunidad interesada en la literatura. Ese fue el espíritu con el que en 2003 abrimos la Casa del Escritor de Puebla. Sería un espacio para escritores perseguidos pero también un lugar único para la contigüidad con lo literario. A la inauguración asistió el entonces secretario de la organización, el francés Cristian Salmon, quien había sido secretario privado de Milan Kundera, el Premio Nobel africano Wole Soyinka y una escritora refugiada que daría testimonio de lo útil que había sido para ella la protección del Parlamento en épocas difíciles de su vida: Svetlana Alexievich.
Comparada con la exuberancia física y verbal de Soyinka, Alexiévich asombraba particularmente por su reserva. Era una mujer pequeña, pero de complexión fuerte, como una pieza de granito que aún no ha sido tallada. Hablaba quedo, pero sus frases en inglés eran precisas. Narró sus dificultades para publicar en su país antes de la perestroika y las prohibiciones de sus otros libros, particularmente después de su valiente denuncia de la catástrofe de Chernobyl. En preparación para esa visita yo había leído uno de sus libros en inglés —Los chicos de cinc, dedicado a la presencia soviética en Afganistán, pero desconocía los otros (después leería Voces de Chernobyl, el que había obligado a ese exilio temporal y más recientemente El fin del hombre rojo, publicado en francés y ganador del Premio Médicis en 2013). Luego, Svetlana, quien vivía refugiada en París, en un departamento de la red del Parlamento Internacional de Escritores nos habló de su método de trabajo y de cómo este tiempo fuera de territorios de la antigua Unión Soviética limitaba su trabajo de escritura que requería cientos de horas de entrevistas de campo. Lo que detalló me pareció fascinante, pues no se trataba solamente de periodismo de investigación, sino de literatura sin ficción, de novela sin un solo protagonista. En su trabajo eminentemente coral había una narradora, ciertamente, pero su papel consistía en dejar hablar, en que las voces de los sobrevivientes de la catástrofe estuvieran allí casi sin mediación (a veces entrevista hasta 700 personas para un libro). Una suerte de montaje cinematográfico –dijo entonces–, que a mí me pareció muy cercano al documental y pensé inmediatamente en el chileno Patricio Guzmán. Svetlana Alexievich, sin embargo, refirió sus inicios en la universidad, en Ucrania, estudiando periodismo y dijo algo sobre quien consideraba su maestro, Alés Adamóvich. El nombre me quedó allí, grabado, pero no lo leí hasta hace tres años cuando investigaba para La amante del ghetto. Me encontré con un libro suyo, en inglés, Kathyn. Una novela terrible con un niño polaco como protagonista. El método de Alexievich, es cierto, estaba allí ya. Adamóvich utilizaba elementos del archivo hasta antes clasificados y sobre todo recuentos y testimonios de las propias víctimas. La diferencia era que su discípula, Sevetlana misma, hacía las entrevistas.
Sería absurdo preguntarse –pero sé que muchos lo harán– si el periodismo es literatura. O mejor, qué es lo que hace que algunas formas de periodismo puedan ser consideradas literatura. No se trata solamente de los procedimientos periodísticos, sino de la capacidad de ver, por encima de la cotidianidad de lo actual la universalidad de la experiencia humana, en este caso de la tragedia.
Svetlana Alexievich ha trabajado con esa memoria de la catástrofe que significa estar vivos en medio de la tragedia, es cierto, pero también, particularmente en el último libro –el año pasado en la Feria de Frankfurt los libreros alemanes le dieron el Premio de la Paz quizá por esto– sobre las vidas de quienes vivieron dentro de la utopía soviética mientras sufrían el horror de sus errores. “No estábamos preparados para esto”, insiste ella, para el fin de ese tiempo de la Unión Soviética. “Estamos separados en distintos estados y hablamos distintas lenguas, pero todos somos hijos de esa utopía fracasada”. En su búsqueda por encontrar los sentimientos humanos en un género literario que no existía y que ella buscó afanosamente hasta encontrar una forma que lo contuviese (afirmaba desde su visita a Puebla que el arte había sido insuficiente para encontrar a ese ser humano más allá de la guerra, más allá del suicidio, más allá de Chernobyl).
Sin la muerte no puede entenderse la vida, ha pensado siempre Svetlana Alexievich y ha escrito ese único libro en los seis que ha publicado. El libro del dolor y el sufrimiento que significa estar vivos.

Sección NOTICIAS LITERARIAS. Sobre la premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, y la literatura de no ficción

Svetlana Alexievich

   En "El País":

La isla de Ellis de la literatura

El galardón a Alexievich reconoce a uno de los géneros más importantes del siglo XX, la no ficción


El segundo premio Nobel de Literatura lo recibió en 1902 un ensayista, Theodor Mommsen, el gran historiador de la Roma clásica cuya obra sigue siendo esencial para entender la antigüedad latina. Sin embargo, aquel temprano galardón marcó la excepción, no la regla, porque a lo largo de la historia del premio que establece el canon de la literatura universal, la no ficción ha tenido muy poca suerte. Aunque lo ganaron filósofos como Henri Bergson (1927) o Bertrand Russell (1950), al que también se premió por su rotundo compromiso ético a favor de la paz, la Academia Sueca siempre se ha fijado en los géneros tradicionales, la novela, el teatro y la poesía (aunque Gabriel García Márquez fue un inmenso periodista el jurado reconoció sobre todo su capacidad de fabulación) y había olvidado una de las revoluciones literarias más importantes del siglo XX: el triunfo de la no ficción. Con la bielorrusa Svetlana Alexievich, ganadora en 2015, se repara en cierta medida esa injusticia: este Nobel premia un género que han cultivado (incluso se podría decir que se han inventado) autores que han modelado nuestra forma de ver el mundo, como Truman Capote, Ryszard Kapuscinski, Chaves Nogales o Rodolfo Walsh.
El periodista estadounidense Gay Talese, autor de obras monumentales como Honrarás a tu padre, el primer gran retrato de la Mafia neoyorquina, declaró en una entrevista con The Paris Review: "Los escritores de no ficción somos ciudadanos de segunda, la isla de Ellis de la literatura, de la que no acabamos de salir. Y claro que me cabrea". Una parte significativa de la mejor literatura que se ha escrito en las últimas décadas, libros como Despachos de Guerra, de Michael Herr, A sangre fríaOperación Masacre, El imperio o El emperador, son obras de no ficción. Historiadores como Georges Duby, Fernand Braudel o Jacques Le Gof escribieron en una prosa de una belleza y eficacia inolvidable. Pero, lo que es más importante, no se trata de un premio que mire al pasado, sino al futuro, porque una parte esencial de la literatura actual más interesante cultiva la no ficción, desde el francés Emmanuel Carrère o el español Javier Cercas hasta los argentinos Leila Guerriero (que ha escrito lúcidas páginas que reivindican la no ficción y maravillosas novelas reales como Los suicidas del fin del mundo) o Martín Caparrós, autor de uno de los libros del año, El hambre, un portentoso ejemplo de periodismo y literatura.
En un artículo publicado en la revista de la organización humanitaria Human Rights Watch, Alexievich se definía como una narradora de no ficción que escribía "novelas de voces, que mezclaban el reportaje con la historia oral". Ese mismo artículo recordaba que la primera vez que  fue traducida al inglés fue en la revista Granta, que entonces dirigía Bill Buford, con una historia titulada Los muchachos del zinc, en la que narraba la guerra de Afganistán desde el punto de vista de las madres que recibían los cadáveres de sus hijos muertos en el frente (el zinc hacía referencia a los ataúdes). La fuerza de Alexievich no solo reside en su capacidad narrativa, sino en los temas que escoge para sus relatos, a través de los que pretende retratar sin contemplaciones la sociedad en la que vive y denunciar los abusos del poder, los objetivos que debería marcarse el mejor periodismo.
Sin embargo, la literatura de no ficción tiene sus reglas, o debería tenerlas. Cuando una biografía de Ryszard Kapuscinski escrita por Artur Domoslawski, un reportero de Gazeta Wyborcza que fue su discípulo y amigo, reveló que el maestro polaco redondeaba sus historias (vamos, que se inventaba cosas) provocó una especie de terremoto en el periodismo. El maestro podía haberse saltado la regla de oro del oficio: no rellenar con imaginación los huecos que deja la vida. Una cosa es el debate sobre si Truman Capote se saltaba las reglas del oficio reproduciendo hasta el más mínimo detalle conversaciones y escenas en las que no había estado presente y otra es inventárselas para redondear la realidad. Abandonar la imaginación requiere un pacto con el lector que pasa por la verdad. Esa es, por lo menos, la literatura que este jueves ha sido reconocida en Estocolmo que, por fin, parece haber abandonado la isla de Ellis.