Mostrando entradas con la etiqueta Stoker Bram. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stoker Bram. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de enero de 2016

DRÁCULA. "El príncipe de las tinieblas". Gustavo Martín Garzo

El príncipe de las tinieblas

"Drácula", la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. Pero es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro

Se ha cumplido este año, en el mes de abril, el centenario de la muerte del escritor irlandés Bram Stoker, autor de Drácula (1897), de la que Oscar Wilde dijo que era la novela más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. La novela comienza con el diario de Jonathan Harker, un agente inmobiliario que viaja a la remota región de los Cárpatos para formalizar la venta de una casa en Londres, y que no tarda en descubrir que es prisionero del extraño y monstruoso ser que le acoge en su castillo.
En uno de los pasajes de este diario, Jonathan Harker nos narra su encuentro con tres lujuriosas mujeres que irrumpen en su habitación aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Son tres vampiras y, aunque Harker se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. “Mi corazón, escribe, se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos”. Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio”. Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no sólo aparece en los merodeos nocturnos del conde sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos sólo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker, al comienzo de la novela, en la puerta de su castillo: “Entre libremente”. Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina, la prometida de Jonathan, las que llamen al conde para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y no es difícil imaginar lo que supuso en su tiempo leer unos pasajes como estos.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez le llaman a su lado pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre que no dejan de anhelar. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira; Mina logra sustraerse a su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón de este libro extraordinario.
La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas
Pero Drácula es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él, y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que ésta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es sólo sus propias vidas sino la posibilidad misma de lo humano.
Drácula representa lo que Nietzsche llamó la “gran razón del cuerpo”, que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismo de la época, terminara por resultar insignificante. Sólo el conde Drácula habla de lo que somos, sólo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
Todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad en la escena de la vampirización de Mina. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: “Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle”. A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.
El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura
Pero no sólo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: “A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de color, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto”.
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

viernes, 11 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Fragmento del Prólogo de Luis Alberto de Cuenca al “Tratado sobre los vampiros”, de Dom Augustin Calmet (1751).


   "La fuerza más importante del vampiro radica en que nadie cree que existe", solía repetir Van Helsing en la novela de Stoker. Calmet no afirma ni niega nada, pero ofrece un sinfín de testimonios. Entre ellos, el del escritor francés Joseph Pitton de Tournefort, quien fue testigo de la gran epidemia vampírica que, entre los años 1700 y 1702, diezmó la población de Mícono, pequeña isla del archipiélago de las Cícladas, en el Egeo.
   Empezaron a aparecer centenares de personas con pequeñas incisiones en el cuello y en las arterias de los brazos que daban de inmediato signos de agotamiento y que acababan por morir. Los afectados eran, indistintamente, hombres y mujeres jóvenes y niños de ambos sexos. Se utilizaron diferentes métodos curativos sugeridos por médicos y curanderos, pero sólo una acción fue eficaz para terminar con tan extraña epidemia: grupos de aldeanos armados con estacas de fresno afiladas en una de sus puntas recorrieron todos los cementerios de la isla y abrieron todas las tumbas; aquellos cadáveres que no se hallaban en evidente descomposición o que presentaban un aspecto saludable fueron atravesados con las estacas de fresno a la altura del corazón. Como la epidemia de vampirismo desapareció a partir de entonces, se generó entre los nativos y entre quienes presenciaron los hechos un argumento de peso en favor de la existencia de los muertos vivientes que, por las noches, abandonan sus tumbas para, en forma de vampiros, ir a buscar entre los vivos la sangre que les es necesaria para prolongar su precaria existencia ultraterrena.
   Los anales históricos de la Baja Hungría —sigue contando el inefable Dom Calmet— relatan otro curioso ejemplo de vampirismo. El 10 de septiembre de 1720 un grupo de ciudadanos de Krislova pidieron al comandante austriaco de la zona permiso para exhumar y destruir por el fuego el cadáver de Pedro Plogojowitz, quien varias semanas después de su muerte había sido visto en aquella ciudad lanzándose al cuello de varias personas para chuparles la sangre. Todas las personas que habían tenido el fatal encuentro habían muerto al día siguiente, dictaminando el médico "falta total de sangre". El comandante austriaco no quiso dar crédito a tan fantástico relato y denegó el permiso de exhumación. Pero tuvo que reconsiderar su decisión cuando la delegación de ciudadanos de Krislova volvió a visitarle informándole que otras nueve personas habían muerto durante los últimos días en las mismas extrañas circunstancias que las anteriores. Finalmente, el militar, precedido por el párroco, fue al cementerio e hizo abrir la tumba en que estaba enterrado el tal Plogojowitz, quien apareció intacto, con un aspecto sonrosado y con la boca llena de sangre fresca. Se trataba, por tanto, de un vampiro, y como tal se procedió con él: se afiló una estaca de fresno y se le clavó entre las costillas hasta alcanzar el corazón, y luego se quemó el cadáver.
   En el pueblo de Blow, en Bohemia, un vampiro dio muerte a mucha gente. Los campesinos abrieron la tumba del monstruo y le clavaron en tierra con un palo afilado. "Qué amables sois —dijo el vampiro— al proporcionarme un bastón con el que ahuyentar a los perros". Esa misma noche, se levantó y ahogó a cinco personas. Al día siguiente, fue entregado al verdugo, quien le atravesó varias veces con un hierro. Cuando era llevado a la hoguera en un carro, fue rugiendo todo el camino y moviendo desordenadamente los brazos y las piernas. Tras su ejecución, en 1706, el pueblo pudo vivir tranquilo. "Gracias a Dios —añade Dom Calmet— no somos crédulos como la gente sin cultivar. Pero debemos admitir, sin embargo, que la luz de la ciencia no ha sido capaz de iluminar con sus rayos un caso como éste".
   Hasta aquí algunos casos de vampirismo expuestos por Calmet en su Tratado.

      LUIS ALBERTO DE CUENCA. Prólogo al “Tratado sobre los vampiros”, de Dom Augustin Calmet (1751).

DRÁCULA. Sobre el vampiro. Louis Vax

Ilustración de Fernando Vicente

     "El vampiro es un ser ambivalente:  nos horroriza, pero nos fascina. Ha prolongado su vida más allá de los límites normales, y es bien sabido que uno de los personajes más inquietantes de la leyenda es el individuo que no envejece. Pero el hombre siente vagamente que no puede prolongar en forma indefinida su propia vida si no es hurtando una parte de la vida de los demás; deseo este que nace en el hombre y le produce horror; lo proyecta entonces fuera de sí mismo en la figura de un monstruo.”

                                                 Louis Vax. Arte y literatura fantásticas

miércoles, 9 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Opinión del poeta Luis Alberto de Cuenca (2)

Luis Alberto de Cuenca

   "... Stoker logra crear en su célebre novela un clima de terror (...)  invencible (...).  Y lo logra mezclando elementos del más puro romanticismo gótico, anclado en los mitos de siempre (ese castillo onírico del monstruo colgado entre riscos inaccesibles, el aullido de los lobos, el horror atávico de los lugareños ante su diabólico señor feudal) con otros de un ochocentismo pragmático y cientificista casi verniano (esos médicos al tanto de los últimos avances en la parcela de las transfusiones sanguíneas, personajes chapados a la última en materia de ciencias aplicadas, mujeres imbuidas de un espíritu igualitario) y con un sentido del humor devastador, muy siglo XX (...)".

                                 LUIS ALBERTO DE CUENCA. Del Prólogo al Drácula de la editorial Reino de Cordelia, ilustrado por Fernando Vicente.

martes, 8 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Opinión del poeta Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

   "-Yo no me apeo de ese burro. Es una novela excepcional. Con Drácula ocurre un poco lo mismo que con el Quijote, que son novelas escritas en estado de gracia. Cervantes hubiera sido un estupendo escritor, pero sin el Quijote jamás habría sido el gigante que hoy es. Y a Stoker le pasa lo mismo: el resto de su obra no le llega ni al talón a Drácula. Es una portentosa novela, algo que está plenamente aceptado en las universidades británicas y estadounidenses".

                                                                    LUIS ALBERTO DE CUENCA