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lunes, 12 de octubre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "La zona de interés", última novela de Martin Amis. "Frivolidad y nihilismo". Ignacio F. Garmendia


   En "El Día de Córdoba":

Frivolidad y nihilismo

IGNACIO F. GARMENDIA | ACTUALIZADO 11.10.2015 - 05:00
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Sabemos desde hace mucho que a Martin Amis le gusta provocar, pero al margen del ruido mediático las novelas se defienden solas y esta última, donde vuelve a tratar del Holocausto, aunque de forma mucho más explícita y arriesgada que en La flecha del tiempo, es una obra sin duda valiosa, tanto más dada la dificultad de llevar la ficción a un territorio demasiado real en el que la intensidad del horror no admite calificativos. La Zona de Interés no sólo aborda la más delicada de las materias, sino que lo hace en clave de sátira y para contar la historia de un amor no consumado, doble salto mortal del que Amis sale sorprendentemente ileso. La clave está en que no se burla de las víctimas, sino de los verdugos, y aunque esa burla contiene momentos de una ligereza que habrá quien juzgue inadmisible o sobre todo exige mostrar lo que el pudor ha confinado a los libros de Historia, el novelista ha sabido hacerlo con una extraña sobriedad, que no recurre a las veladuras o los sobreentendidos -vemos, oímos, olemos, casi tocamos: dice uno de los cautivos que el gusto era el único sentido no extinto, entre quienes habitaban los campos de la muerte- pero tampoco se permite el patetismo. 

El escenario inequívoco es Auschwitz, transmutado por Amis por el genérico Kat Zet, entre los años 1942 y 1943, cuando se ha puesto en práctica la Solución Final y la maquinaria del exterminio funciona a pleno rendimiento. Tres narradores se alternan en el relato: el brutal comandante del campo Paul Doll -inspirado en la abominable figura de Rudolf Höss-, el joven oficial Angelus Golo Thomsen -sobrino de Martin Bormann, secretario personal de Hitler y uno de los hombres más poderosos de la cúpula nazi- y el desdichado Szmul, jefe de los Sonderkommandos, formados por judíos que colaboraban a la fuerza en la aniquilación de sus compañeros de raza: "los hombres -dice él mismo- más tristes de la historia del mundo". Cada vez con mayor distancia, asqueado en el fondo pero sin pasar por ello de la ambigüedad o el cinismo, Golo cumple con su cometido, que se centra en poner en marcha una fábrica de caucho y combustible sintéticos, aunque su verdadero interés está en seducir a la mujer de Doll, Hannah, la cual detesta a su marido. Apodado el Viejo Bebedor, el comandante es un hombre tosco y de escasas luces que cultiva la autocompasión, se lamenta todo el tiempo de lo pesadas que son sus responsabilidades y se jacta de no ceder al "falso sentimentalismo". 

Obsesionado por un antiguo amante de Hannah -Dieter Kruger, catedrático y agitador comunista, cuya presencia fantasmal atraviesa toda la novela-, Doll empezó en Dachau su carrera en la "jerarquía de la custodia" y se ha convertido en un veterano victimario sin cargo ninguno de conciencia: "El bien y el mal, lo bueno y lo malo son conceptos que tuvieron su momento, y que han pasado a la historia". Desprovisto de escrúpulos morales, sus problemas se refieren a la incomprensión de los mandos, al sacrificio no reconocido o a las dificultades técnicas que plantea la espantosa tarea que tiene encomendada, aludida con los conocidos eufemismos que cosificaban a las víctimas -los cadáveres, por ejemplo, eran "piezas" (Stucke)- hasta extremos repugnantes. Muchos de los episodios que aparecen en La Zona de Interés -otro eufemismo- resultarán familiares a quienes hayan leído algo sobre la dinámica y las distintas fases del Holocausto: los engañosos discursos de bienvenida en la rampa de llegada de los trenes, la inmediata "selección" que discriminaba a los pocos aptos para el trabajo, el desenterramiento e incineración de decenas de miles de cuerpos -sepultados antes de la instalación de los hornos crematorios- para destruir las pruebas, pero la maestría de Amis se manifiesta sobre todo a la hora de reconstruir la atmósfera, mezcla de frivolidad y nihilismo, en la que los ejecutores, corrompidos hasta la náusea, realizaban su "trabajo". 

A través de Golo, el círculo familiar formado por Bormann -"el tío Martin"- y su mujer Gerda, aparece recreado conforme a la espeluznante combinación de ideas odiosas -o sonrojantes, de tan estúpidas- y suaves maneras de la que han hablado los historiadores. Sus conversaciones con el sobrino revelan los celos, intrigas y desavenencias entre los altos jerarcas del Reich, acompañados de apodos infamantes: Rosenberg el Masturbador, Himmler el Charlatán, Goering el Travesti o Goebbels el Lisiado. El propio Hitler no es mencionado por su nombre, sino en calidad de Jefe o Libertador que a partir de un momento dado -la fallida campaña de Rusia, seguida con creciente preocupación por quienes se habían considerado invencibles, marca el punto de no retorno- dirige su pulsión destructiva hacia la propia Alemania. Al otro lado, el insondable abatimiento de los Sonders, muertos vivientes -saben, por haber manipulado los cadáveres de sus predecesores, que les espera el mismo destino- cuyos ojos nunca miran de frente. En un pasaje especialmente conmovedor, Szmul cita, sin citarlo, el Non omnis moriar horaciano, "no todo yo moriré", pues sus palabras -que leemos- guardarán lo que ha pasado. Todo en la novela, impecablemente documentada, suena verosímil, lo que es decir mucho tratándose de una historia casi inconcebible. La osadía de Amis ha sido grande, pero no cabe dudar de su intención, que ha sido retratar a los asesinos como seres no sólo mezquinos y deshumanizados, sino grotescos y hasta ridículos.

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "La zona de interés", última novela de Martin Amis. "Holocausto con humor (y amor). Carlos Zanón

   En "El País":

Fábrica de armamento nazi en el campo de concentración de Dachau, donde trabajaban judíos. / AP

“Si lo que estamos haciendo es bueno ¿por qué huele tan mal?”, se pregunta uno de los personajes de la nueva novela de Martin Amis (Swansea, 1949). Un trabajo que viene, como es ya de rigor mediático, con la polémica necesaria para que no pases las hojas de cultura a golpe de bostezo. Una controversia que, una vez leído el libro, uno no acaba de entender. La Zona de Interés ha sido elogiada en Gran Bretaña y EE UU como la vuelta del mejor Amis. Cierto, aunque el peor Amis siempre suele ser más que el mejor de muchos otros. En 1991 con La flecha del tiempo ya entró, aunque fuera de modo indirecto, en este territorio del Holocausto. Aquí lo pone frente a nosotros de una manera fascinante y ese uno de los logros.
El drama es un escenario. Las víctimas son el tema, el problema, los miembros del coro que nunca pierden la dignidad por mucho que los protagonistas de la opereta bromeen, les insulten o les vejen. Ni siquiera la pierden cuando la maestría en el uso de la sátira y la comedia negra de Amis te hace sonreír y hasta divertirte. Eres consciente de que ese tipo está haciendo fácil lo que es casi imposible. Comicidad sobre una de las barbaridades más execrables de la historia. Complicidad costumbrista sobre el estrés laboral de gente que ya no sabe cómo liquidar a tantos hombres, mujeres y niños. Hacer desaparecer sus cadáveres. Erradicar de una maldita vez ese pestilente olor a carne, grasa, entidad subhumana gaseada y quemada. La clave es que no te ríes del dolor de las víctimas. No te entretiene ese drama. Sino que te lo coloca de fondo, distante al principio y que, poco a poco, te va calando como una lluvia que no notas. Sin épica, como un escenario de muertos que regresan a la vida (ya que la maquinaria asesina no da abasto: siempre hay muchos más), un walking dead judío, que tiene mucho de bosque de Birnam. A ratos, el libro recuerda aquel momento de Una noche en la Ópera en el que Harpo va cambiando los fondos de escenario mientras un cantante declama un aria a su amada. El tono no es el de esa comedia desenfrenada, pero sí, en ocasiones, de nave de locos porque quizá desde la imposibilidad de entender lo que pasó solo pueda uno convencerse de que aquello pasó.

La novela tiene tres voces, tres protagonistas, que ponen en marcha la narración de manera eficaz desde la primera página. Tenemos a Golo, joven oficial que llega a un Campo de Exterminio con el objeto de que la maquinaria sea más rápida, más limpia y definitiva. Tenemos al comandante Paul Doll, borracho, grotesco, mezquino y, otra muesca en el talento de Amis, creíble. Golo, una suerte de Valmond en pieza a ratos Lubitsch, se prenda y luego se enamora de la mujer de su comandante. La tercera voz es para Szmul, uno de esos judíos que hacían de vigilantes de sus hermanos y colaboradores de los nazis. El vodevil bien manejado por su autor, el diseño de las escenas en esos escenarios terribles, sobreimpresionados, los problemas del día a día, del trabajo, la noción de que la maquinaria debía seguir porque solo llevada hasta la Solución Final cabrá un armisticio con la Historia.
Los personajes masculinos siempre humanos, comprensibles, tremendos, cómicos, deleznables están gestionados por su autor con un perfecto dominio del oficio. Personajes contrapuestos a los femeninos, una amplia paleta que incluso en lo más abyecto, en lo más estúpido no dejan de ser víctimas, o fuego amigo de una tormenta generada por la violencia de padres, maridos, amantes, comandantes, dioses laicos pero siempre hombres. Mujeres que con unas pinceladas —la representación del ballet, el aborto, la valentía de Hannah— te dan emoción, verdad. Todo ello, con la satisfacción lectora de la próxima derrota –la acción se sitúa en 1942-1943-. La sensación de que los acorralados son los que acorralan, los carceleros, los matarifes los que han perdido el alma, la capacidad de amar, de tener esperanza presos de una paranoia que los va ahuecando la humanidad, como si fueran cáscaras vacías.
Tienen que ganar de una manera absoluta porque su derrota, de acaecer, será absoluta, ignominiosa, sin parangón. Serán matarifes, cobardes, basura, no carlomagnos ni napoleones. Ya no hay Dios, no hay bien ni mal, sólo actos que resultan positivos y otros no. Y ellos no consiguen ni exterminar a una raza desarmada, rota y engañada. El capricho, luego amor, de Golo por Hannah Doll no podrá ser, pero al menor les generará valor, la necesidad de verse en los ojos del otro y gustarse. Pero, claro, sigue oliendo mal allí porque no cabe la generosidad en ese amarse, hacerlo en un Campo de Exterminio, en un régimen totalitario, sin libertad, injusto, sin esperanza.
La novela abandona poco a poco el tono de sátira hacia un final de decepción sentimental. Un final bien orquestado, lógico y cerrado por su autor pero que deja un regusto a que el último fondo de escena que ha dejado colgado Harpo Marx podía ser el acertado para que saludaran los actores pero no para un último acto de una comedia negra. El tono hubiera sido demoledor sin por ello no dejar de estar controlado como en todo el libro por Amis con esos amantes, después de la guerra, que no pueden amarse porque no saben olvidarse. Martin Amis cambia el dial y pone otra emisora. La música sigue siendo excelente pero es otro tono, otra pieza, otra suite. Con todo, es de las pocas ­anotaciones en el ‘debe’ que podría señalar de esta novela rápida, distinta, literaria, divertida al mismo tiempo que siempre indagatoria. O como dice Golo Thomsen, “¿Quién eres? No lo sabes. Entonces llegas a la Zona de Interés y ella te dice quien eres”.
La zona de interés / La zona d’interès. Martin Amis. Traducción de Jesús Zulaika y Ernest Riera. Anagrama. Barcelona, 2015. 307 páginas. 19,90 euros.