Mostrando entradas con la etiqueta Ferrante Elena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ferrante Elena. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de noviembre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Entrevista a la escritora Elena Ferrante

Elena Ferrante: “Escribir es una apropiación indebida”

La fiebre Ferrante alcanza un nuevo pico con la publicación de 'La niña perdida', última entrega de la serie Dos amigas. La autora sigue escondida tras un seudónimo


Ilustración de Eva Vázquez.


 Se propuso desaparecer sin dejar rastro. Lila no avisó, simplemente se borró a conciencia de un día para otro: vació los armarios, recortó su imagen de las fotos, no quedó nada. Su íntima amiga de la infancia, la escritora Elena Greco, Lena, es la única dispuesta a llevarla la contraria con el ahínco, la rabia y el coraje del que solo son capaces las mujeres cuando se empeñan en que otra no se salga con la suya. Así arranca la tetralogía ‘Dos amigas’ que ha convertido a la misteriosa Elena Ferrante en un fenómeno literario internacional.
La niña perdida (Lumen)  --que acaba de llegar a las librerías este octubre-- pone fin a las cerca de 2000 páginas de esta saga, en las que Lena la narradora, desgrana la historia de su magnética amiga, súbitamente desaparecida, y recorre cerca de seis décadas de sus vidas: desde el Nápoles de la posguerra en el que ambas crecieron, hasta casi el presente. A las dos mujeres las acompañan un amplio repertorio de personajes del barrio y el trasfondo de la historia de Italia en el último medio siglo. “Dos amigas’ continua la tradición de las novelas decimonónicas (Balzac, Austen, Zola, …) pero al mismo tiempo son muy modernas por su estilo y su descarnada sinceridad”, apunta la editora italiana de Ferrante, Sandra Ozzola.
Saludada por la crítica estadounidense como la nueva Elsa Morante y aclamada como la mejor escritora italiana de su generación, la fiebre en torno a esta autora inunda librerías y aeropuertos. Pero Elena Ferrante mantiene su identidad en secreto desde que en 1992 publicó su primera novela El amor molesto. Ozzola, que ha trabajado con ella desde entonces, confiesa que esto complica su trabajo. Pero la fama y el prestigio del que goza Ferrante no ha cambiado las cosas: con un empeño por desaparecer similar al de su personaje Lila, se esconde tras un pseudónimo, no concede entrevistas en persona a ninguna persona que no sean sus editores, ni siquiera por teléfono, y nunca ha promocionado sus libros, ni ofrecido lecturas. Las especulaciones sobre su verdadera identidad apuntan en los círculos literarios italianos al escritor napolitano Domenico Starnone o a que detrás de Ferrante se esconde una pareja (el propio Stranone y su esposa, la traductora Anita Raja), algo que ha sido desmentido una y otra vez. De forma excepcional Ferrante accede a contestar a BABELIA una serie de preguntas por correo electrónico. Su agente advierte que las preguntas no deben abordar el tema de su anonimato, y, claro está, no habrá posibilidad de réplica a sus respuestas.

Mi generación es la primera que ha dejado de creer que para escribir grandes libros hacía falta ser hombre”
Pregunta: A medida que iba escribiendo las novelas de ‘Dos amigas’ la popularidad de estos libros iba creciendo. La tercera entrega fue nominada al Premio Strega y cuando ha salido La niña perdida la saga se ha convertido en un fenómeno literario. ¿Afectó esto su escritura? ¿Lee las reseñas y críticas de sus obras?
Respuesta: Suelo leer atentamente todo lo que se escribe sobre mis novelas, pero solo cuando tengo la impresión de que el libro ya se ha alejado lo bastante. En este caso no ha sido posible. Dos amigas estupendas es para mí una sola novela muy larga, muy compacta. Pero su publicación en cuatro volúmenes –uno al año- ha hecho que, mientras yo estaba a punto de completar la historia, ya había reseñas y cartas de los lectores. Se trata de una experiencia sobre la cual aún debo reflexionar.
P. ¿Tenía una claro lo que les pasaría a Lena y a Lila cuándo empezó a escribir? ¿Cómo trabajó la trama?
R. Nunca escribo desarrollando de manera diligente un esquema. En general, de una historia conozco de manera bastante sumaria el destino final y algunas estaciones intermedias importantes, pero de los incontables apeaderos no sé nada, y los identifico mientras escribo. Si no fuera así –si lo supiera todo de episodios y personajes-, me aburriría y lo dejaría. Algo que, por otra parte, me sucede muy a menudo. Trabajo durante mucho tiempo ateniéndome al armazón del relato y a la escritura. Luego, me doy cuenta de que no me estoy acercando a ninguna verdad, que estoy dando una especie de falso testimonio, y lo dejo. En eso me veo muy lejos de Lena. La obsesión con que todo se sostenga con coherencia y distinción, me parece un pecado capital contra la verdad.
P. ¿Hasta qué punto se identifica con las dificultades que su personaje Lena afronta como escritora?
R. Siempre he escrito muchísimo. Concibo la escritura como un arte que precisa de una práctica continua. Ejercitarme para mejorar es algo que no me angustia. Sin embargo, sigue angustiándome publicar. De hecho, cuando decido publicar lo hago plagada de incertidumbres y solo cuando creo que la verdad se impone en el relato. Reconozco la verdad literaria. Si llega, lo hace cuando he agotado todos mis recursos de escritura y ya he dejado de esperarla.

El misterio de Ferrante

La lista de fans de Ferrante en EE UU, (desde Gwyneth Platrow a Alice Munro), no ha dejado de crecer en el último año, dando lugar a la llamada “Ferrante Fever”, lema que decoraba carteles en más de una librería. Mientras, la incógnita sobre su verdadera identidad ha seguido abierta: ¿Qué cara tendrá Ferrante? ¿Realmente es un hombre capaz estas historias?
Las discusiones y conversaciones en torno a la escritora tuvieron un momento álgido cuando la revista The Paris Review (http://www.theparisreview.org/interviews/6370/art-of-fiction-no-228-elena-ferrante) publicó la pasada primavera una de sus legendarias entrevistas con Ferrante. Era la primera vez en su historia que un autor con pseudónimo aparecía entrevistado en sus páginas. “Al principio pensamos que no saldría porque Ferrante se negaba a hablar con un entrevistador y no íbamos a hacerlo por correo electrónico”, explica el director de The Paris Review Lorin Stein. “Yo insistí en que la entrevista debía ser de viva voz”. Poco después se topó en Nueva York con los editores italianos de Ferrante y dado que ellos son los únicos que la conocen y tratan les propuso que hicieran la entrevista. Las charlas se celebraron en Nápoles y en Roma y junto al texto parecieron como suele ser la norma, varios manuscritos. “Creo que en la entrevista Ferrante explica de forma muy elocuente porque quiere preservar su intimidad y mantenerse alejada de los libros, del marketing y del mundo editorial”, dice Stein. “Tengo que decir que creo que tiene todo el sentido. Lo único que me pregunto es por qué no hay más escritores que tomen esta misma decisión”. A. A.
P. ¿Son las mujeres son más críticas con su trabajo que los hombres? ¿Son más clarividentes y duras?
R. No lo sé. Pero creo que si una escritora quiere rendir al máximo, debe imponerse cierta insatisfacción por sistema. Nos enfrentamos a gigantes. La tradición literaria masculina es milenaria, sumamente rica con obras extraordinarias, y tiene su propia forma de plantear todas las posibilidades. Quien quiera escribir debe conocer esta tradición a fondo y debe aprender a replantearla forzándola según sean sus necesidades. Como mujeres la batalla contra la materia bruta de nuestra experiencia exige ante todo capacidad. Además, debemos combatir la aprensión y buscar una genealogía literaria propia con descaro, hasta con soberbia.
P. Las protagonistas de sus libros siempre son mujeres escritoras. ¿Por qué? También la maternidad es uno de sus temas recurrentes. ¿Es difícil escribir abiertamente sobre esto?
R. Las mujeres escriben mucho, y no tanto por profesión cuanto por necesidad. Recurren a la escritura sobre todo en momentos de crisis, y lo hacen para explicarse a sí mismas. Hay muchas cosas de nosotras que no se han contado hasta el fondo o que simplemente no se han contado, y lo acabamos descubriendo cuando la vida de cada día se enturbia y sentimos la necesidad de poner orden. La maternidad, precisamente, me parece una de esas experiencias, exclusivamente nuestras, cuya verdad aún debe ser explorada.
P. Resulta irónico que en sus libros trate el tema del contacto de su personaje Lena con la prensa, y de cómo las entrevistas y la exposición pública la afectan. ¿Una forma sutil de reafirmar su postura personal?
R. No ironizo sobre la condición del escritor en la actualidad. Me limito a contar el efecto que esto tiene en mis dos protagonistas: Lena lo vive debatiéndose entre la adhesión y el desaliento, Lila choca con ella: la padece, o trata de utilizarla.
P. Al recordar sus giras promocionales Lena dice que encontró su tono y su discurso en el cara a cara con los lectores. Confiesa que a menudo improvisaba a partir de su propia experiencia. ¿Hay algo de esto en cómo usted se enfrenta a la escritura?
R. No. La escritura es diferente de cualquier exhibición pública. En estas respuestas escritas, por ejemplo, yo soy una escritora que se dirige a los lectores bajo el estímulo de sus preguntas, también escritas. No improviso respuestas como en otros intercambios, no salgo a escena. Guardo mucho, muchísimo mi individualidad, la cual, bajo formas distintas de comunicación, exhibiría sin problemas. Para mí escribir es una actividad bajo un control riguroso, que contempla una única confrontación posible: la lectura.
P. Cuando Lena recuerda las charlas y lecturas públicas, dice que echaba mano de historias que no le pertenecían. ¿La ficción siempre acarrea un sentimiento de culpa?
R. Sin duda alguna. Escribir –y no solo ficción- es siempre una apropiación indebida. Nuestra singularidad como autores es una pequeña nota al margen. Todo el resto lo tomamos de de quienes han escrito antes que nosotros, de las vidas y los sentimientos de los demás. Sin autorización alguna.

Concibo la escritura como un arte que precisa de una práctica continua. Ejercitarme para mejorar es algo que no me angustia"
P. Lena habla de sus libros y de lo que escribe Lila, pero como lectores de la novela nunca llegan a verlo. En sus libros hay un cierto rechazo a los hechos en favor de la memoria y el sentimiento. ¿Esta abierta subjetividad hace que una historia sea más realista y contundente?
R. Descarté casi de entrada introducir fragmentos de los libros de Lena, y de los cuadernos de Lila. A efectos del relato, su objetividad cuenta poco. Lo que importa es que Lena, a pesar del éxito, sienta sus obras como una pálida sombra de aquellas que Lila habría escrito; es más, que ella misma se perciba como así. La fuerza de los relatos no está en mimar de modo verosímil a personas y hechos, sino en captar la confusión de las existencias, cómo se hacen y deshacen las creencias, cómo colisionan esquirlas de procedencia diversa en el mundo y en nuestras cabezas.
P. A medida que avanza este cuarto libro, La niña perdida, el personaje de Lila parece encarnar Nápoles. ¿Fue algo que se propuso?
R. Sí, pero es una idea que descarté. No quería que Lila quedara cifrada como esto o lo otro. Lo que deseaba es que la dispersión continua de todos los personajes, desde la infancia a la vejez, acabara derramándose sobre la topografía del barrio y de toda la ciudad. Nápoles es difícil de explicar porque no es lineal, los opuestos se difuminan entre sí, su belleza maravillosa se torna fea, su exquisita cultura se hace trivial, su famosa cordialidad se invierte como violencia.
P. ¿Quiénes son las escritoras que más admira? ¿Y los personajes femeninos que la atraparon?
R. La lista sería interminable, prefiero ahorrárselo. Pero sí quisiera subrayar que a lo largo del siglo XX la tradición de las mujeres escritoras se ha fortalecido extraordinariamente, y no solo en Occidente. Creo que mi generación es la primera que ha dejado de pensar que para escribir grandes libros hacía falta ser un hombre. Hoy podemos pensar con serenidad que es posible salir del gineceo literario en el que se tiende a encasillarnos y que podemos enfrentarnos a la comparación.
P. La amistad entre mujeres es un tema que apenas ha sido tratado en la literatura. ¿Por qué?

Las mujeres escriben mucho, y no tanto por profesión cuanto por necesidad. Recurren a la escritura sobre todo en momentos de crisis, y lo hacen para explicarse a sí mismas"
R. La amistad masculina cuenta con una larga tradición literaria y un código de comportamiento muy elaborado. En cambio, la amistad femenina cuenta con un mapa de tanteo que no ha comenzado a precisarse hasta hace poco. Existe el riesgo de que el atajo del lugar común se imponga al esfuerzo de otros trayectos más arduos.
P. Lena habla de su distanciamiento del feminismo. ¿Cuál es su postura al respecto?
R. Sin el feminismo aún estaría como cuando era chiquilla: sobrecargada con una cultura y subcultura masculina que asumía como pensamiento propio y libre. El feminismo me ha ayudado a crecer. Aunque hoy veo que las nuevas generaciones se burlan de ello. No saben que con muy poco se puede volver atrás. Nuestras conquistas son muy recientes y, por tanto, frágiles. Lo saben bien y todas las mujeres a las que he narrado en mis libros.
P. En La niña perdida el ritmo se acelera, Lena narra décadas enteras rápidamente. Parece que le cuesta más describir a medida que se acerca al presente. ¿Ha sido difícil concluir esta historia?
R. Es difícil hablar del presente, porque es volátil por naturaleza. Lo he narrado imaginándolo como un precipicio, como el agua que se evapora en una cascada. Aun así, el libro más difícil de escribir no ha sido el cuarto, sino el tercero. Aún es demasiado pronto para sentir realmente distancia de estos libros. De hecho, es como si estuviera todavía escribiendo.
P. Hay un eco de destino fatal y tragedia griega que en sus libros. ¿Hasta qué punto le han influido las obras clásicas?
R. Estudié Lenguas Clásicas y de joven traduje mucho, por placer, tanto del griego como del latín. Quería aprender a escribir y se me antojaba un ejercicio perfecto. Luego no tenía tiempo suficiente y lo dejé. Dice que se nota esa formación en los libros y la creo gustosamente, pero siempre he pensado que mis mujeres, más que atrapadas en el destino, estaban encerradas en compartimentos histórico-culturales.
P. ¿Trabaja en un nuevo libro?
R. Sí, es raro que pase sin escribir periodos largos. Terminar un libro, sin embargo, no es algo que me suceda tan a menudo. Y cuando sucede, publicar no me entusiasma. Escribir me pone de buen humor, publicar no.

NOTICIAS LITERARIAS. Reseña de "La niña perdida", novela de Elena Ferrante


Alta temperatura dramática

La novela es un fresco histórico y social desde abajo llevado con pulso maestro




Esta novela es la cuarta y última de una tetralogía que narra las vidas y amistad de dos niñas nacidas en un barrio pobre de Nápoles a mediados del pasado siglo. Las anteriores se titulan, por orden cronológico, La amiga estupendaUn mal nombre y Las deudas del cuerpo. La cuatro están contadas por una de las mujeres, Elena Greco, Lenù, lo que supone un relato retrospectivo cuidadosamente narrado por ésta desde fecha actual, principios del siglo XXI, ya no lejos de la ancianidad.
Lenù era una niña tranquila, adaptable, más pasiva que su inquieta, valerosa y dominante amiga Lila (o Lina). La elección de narradora es importante porque Lenù, desde su supuesta inferioridad, es una observadora privilegia del escenario que las rodea: un barrio duro, violento, empobrecido e inculto, donde las gentes son buenas y malas a la vez. Cuando esta cuarta novela se inicia ellas son ya dos mujeres maduras y templadas por el sufrimiento; han tenido hijos de parejas de las que se han separado, Lenù convive con un tipo que la engaña y Lila con un hombre a quien no ama, pero con quien se entiende bien, y las dos se encuentran distanciadas entre sí por acontecimientos anteriores. Sin embargo, su relación, por zarandeada que haya sido, sigue siendo imborrable.
Lenù va alcanzando una cierta notoriedad como escritora, lo que supone una apertura al mundo exterior; Lila, en cambio, permanece encerrada en el barrio, donde pretende cambiar las cosas frente al dominio de unos mafiosos: los hermanos Solara.
Desde ambas, Elena Ferrante hace un despliegue formidable de la vida en el barrio, un poderoso esfuerzo de creación de un escenario lleno de pasión, de conflicto, de vida, contado con una agudeza y sugestión inolvidables, asentado en nueve familias. Todos los personajes, principales y secundarios, convierten el relato en un mosaico vivo de impresionante variedad y colorido. Las interrelaciones entre todos y cada uno confluyendo a su vez en las dos amigas, la integración del ambiente en ellas y de ellas en el ambiente, convierten la novela en un fresco histórico y social desde abajo llevado con pulso maestro. Lila y Lenù han vivido etapas decisivas de la vida italiana porque su barrio no es más que el espejo de la corrupción emocional, sentimental y política del país. Los intereses creados, la miseria y la maldad, la mezquindad y la generosidad, los odios y los afectos... van tramando el tejido social en el que esta honda historia se desenvuelve, que los envuelve a todos, del que todos participan, donde ninguno es de una sola pieza y todos representan la fascinante complejidad humana de un suburbio de las ciudades actuales. Y todos con identidad propia.
Pero la cumbre del relato la alcanza la creación de estos dos personajes femeninos centrales que muestran la penetración psicológica de la autora, su mirada implacable. Es una novela realista que debe mucho al neorrealismo italiano, pero la tentación costumbrista queda completamente superada por la insuperable capacidad de Ferrante de extraer dramatismo de la cotidianeidad sin rozar siquiera el maniqueísmo. Esa es una virtud impagable. La otra, la creación de personajes; baste ver las oscilaciones de Lenù en su contradictoria relación con Nino, de una complejidad y riqueza extremas. O la movediza personalidad de Lila (“Esa era la Lila a la que yo tenía cariño. Sabía asomar de repente del interior de su propia maldad para sorprenderme”) para que la inteligencia de Ferrante invada al lector. La tetralogía se cierra aquí definitivamente bajo una creciente, lúcida y poderosa temperatura dramática que la convierte en una de las grandes narraciones de nuestro tiempo.
La niña perdida. Elena Ferrante. Traducción de Celia Filipetto Isicato. Lumen. Barcelona, 2015. 544 páginas. 24,90 euros.

FRAGMENTOS LITERARIOS. "La niña perdida", de Elena Ferrante



LA NIÑA PERDIDA (DOS AMIGAS 4)

Elena Ferrante

0

Fragmento

Índice de personajes y breve descripción
de sus circunstancias


LA FAMILIA CERULLO (LA FAMILIA DEL ZAPATERO):
Fernando Cerullo, zapatero, padre de Lila.
Nunzia Cerullo, madre de Lila.
Raffaella Cerullo, llamada Lina o Lila. Nació en agosto de 1944. Cuando desaparece de Nápoles sin dejar rastro, tiene sesenta y seis años. Se casa muy joven con Stefano Carracci, pero durante unas vacaciones en Ischia se enamora de Nino Sarratore, por el que abandona a su marido. Después del naufragio de la convivencia con Nino y el nacimiento de su hijo Gennaro, Lila abandona definitivamente a Stefano al enterarse de que este espera un hijo de Ada Cappuccio. Junto con Enzo Scanno se muda a San Giovanni a Teduccio y al cabo de unos años, con Enzo y su hijo Gennaro, se traslada otra vez al barrio.
Rino Cerullo, hermano mayor de Lila. Está casado con Pinuccia Carracci, hermana de Stefano, con la que tiene dos hijos. El primogénito de Lila se llama Rino, como él.
Otros hijos.

LA FAMILIA GRECO (LA FAMILIA DEL CONSERJE):
Elena Greco, llamada Lenuccia o Lenù. Nacida en agosto de 1944, es la autora de esta larga historia que estamos leyendo. Al terminar la primaria, Elena sigue estudiando con éxito creciente hasta obtener la licenciatura en la Escuela Normal de Pisa, donde conoce a Pietro Airota, con quien se casa unos años más tarde y se traslada a Florencia. Tienen dos hijas, Adele, llamada Dede, y Elsa; pero, decepcionada por su matrimonio, Elena termina por abandonar a sus hijas y a Pietro cuando inicia una relación con Nino Sarratore, al que ama desde que era niña.
Peppe, Gianni y Elisa, hermanos menores de Elena. Pese a la desaprobación de Elena, Elisa se va a vivir con Marcello Solara.
El padre es conserje en el ayuntamiento.
La madre es ama de casa.

LA FAMILIA CARRACCI (LA FAMILIA DE DON ACHILLE):
Don Achille Carracci, usurero, traficaba en el mercado negro. Murió asesinado.
Maria Carracci, esposa de don Achille, madre de Stefano, Pinuccia y Alfonso. La hija que Stefano tiene con Ada Cappuccio se llama como ella.
Stefano Carracci, hijo del difunto don Achille, comerciante y primer marido de Lila. Insatisfecho por su tormentoso matrimonio con Lila, comienza una relación con Ada Cappuccio, con la que más tarde se va a vivir. Es el padre de Gennaro, que tuvo con Lila, y de Maria, nacida de su relación con Ada.
Pinuccia, hija de don Achille. Se casa con Rino, hermano de Lila, con quien tiene dos hijos.
Alfonso, hijo de don Achille. Se resigna a casarse con Marisa Sarratore tras un largo noviazgo.

LA FAMILIA PELUSO (LA FAMILIA DEL CARPINTERO):
Alfredo Peluso, carpintero y comunista, murió en la cárcel.
Giuseppina Peluso, esposa fiel de Alfredo, se suicida al morir su marido.
Pasquale Peluso, hijo mayor de Alfredo y Giuseppina, albañil, militante comunista.
Carmela Peluso, llamada Carmen. Hermana de Pasquale, fue durante mucho tiempo prometida de Enzo Scanno. Acaba casándose con el empleado de la gasolinera de la avenida, con el que tiene dos hijos.
Otros hijos.

LA FAMILIA CAPPUCCIO (LA FAMILIA DE LA VIUDA LOCA):
Melina, pariente de Nunzia Cerullo, viuda. Estuvo a punto de enloquecer al terminar su relación con Donato Sarratore, del que fue amante.
El marido de Melina, muerto en extrañas circunstancias.
Ada Cappuccio, hija de Melina. Comprometida durante años con Pasquale Peluso, se convierte en la amante de Stefano Carracci, con el que se va a vivir. De su relación nace una niña, Maria.
Antonio Cappuccio, su hermano, mecánico. Fue novio de Elena.
Otros hijos.

LA FAMILIA SARRATORE (LA FAMILIA DEL FERROVIARIO-POETA):
Donato Sarratore, muy mujeriego, fue amante de Melina Cappuccio. De jovencita, también Elena se entrega a él en una playa de Ischia, impulsada por el dolor que le produce la relación de Nino y Lila.
Lidia Sarratore, esposa de Donato.
Nino Sarratore, primogénito de Donato y Lidia, mantiene una larga relación clandestina con Lila. Casado con Eleonora, con quien tuvo a Albertino, inicia una relación con Elena, también casada y con hijas.
Marisa Sarratore, hermana de Nino. Casada con Alfonso Carracci, se hace amante de Michele Solara, con quien tiene dos hijos.
Pino, Clelia y Ciro Sarratore, los hijos más pequeños de Donato y Lidia.

LA FAMILIA SCANNO (LA FAMILIA DEL VERDULERO):
Nicola Scanno, verdulero, murió de pulmonía.
Assunta Scanno, esposa de Nicola, murió de cáncer.
Enzo Scanno, hijo de Nicola y Assunta. Mantuvo un largo noviazgo con Carmen Peluso. Se hace cargo de Lila y de su hijo Gennaro cuando ella abandona definitivamente a Stefano Carracci y se los lleva a vivir a San Giovanni a Teducci.
Otros hijos.

LA FAMILIA SOLARA (LA FAMILIA DEL PROPIETARIO DEL BAR-PASTELERÍA DEL MISMO NOMBRE):
Silvio Solara, dueño del bar-pastelería.
Manuela Solara, esposa de Silvio, usurera. Ya mayor, la asesinan en la puerta de su casa.
Marcello y Michele Solara, hijos de Silvio y Manuela. Rechazado de joven por Lila, al cabo de muchos años Marcello se va a vivir con Elisa, hermana menor de Elena. Michele, casado con Gigliola, hija del pastelero, con la que tiene dos hijos, toma como su amante a Marisa Sarratore, y con ella tiene otros dos hijos. No obstante, sigue obsesionado con Lila.

LA FAMILIA SPAGNUOLO (LA FAMILIA DEL PASTELERO):
El señor Spagnuolo, pastelero del bar-pastelería Solara.
Rosa Spagnuolo, esposa del pastelero.
Gigliola Spagnuolo, hija del pastelero, esposa de Michele Solara y madre de sus hijos.
Otros hijos.

LA FAMILIA AIROTA:
Guido Airota, profesor de literatura griega.
Adele, su mujer.
Mariarosa Airota, la hija mayor, profesora de historia del arte en Milán.
Pietro Airota, jovencísimo profesor universitario. Marido de Elena y padre de Dede y Elsa.

LOS MAESTROS:
Ferraro, maestro y bibliotecario.
La Oliviero, maestra.
Gerace, profesor de bachillerato superior.
La Galiani, profesora del curso preuniversitario.

OTROS PERSONAJES:
Gino, hijo del farmacéutico, primer novio de Elena. Cabecilla de los fascistas del barrio, muere asesinado delante de su farmacia.
Nella Incardo, prima de la maestra Oliviero.
Armando, médico, hijo de la profesora Galiani. Está casado con Isabella, con la que tiene un hijo llamado Marco.
Nadia, estudiante, hija de la profesora Galiani, fue novia de Nino. Durante su militancia política se une a Pasquale Peluso.
Bruno Soccavo, amigo de Nino Sarratore, heredero del negocio de embutidos de su familia. Es asesinado dentro de su fábrica.
Franco Mari, novio de Elena en los primeros años de universidad, se entrega al activismo político. Pierde un ojo tras un ataque fascista.
Silvia, estudiante universitaria y activista política. Tiene un hijo, Mirko, nacido de una breve relación con Nino Sarratore.




Madurez


La niña perdida

 

1

Desde octubre de 1976 hasta 1979, cuando regresé a Nápoles para vivir, evité reanudar relaciones estables con Lila. No fue fácil. Casi de inmediato, ella intentó volver a entrar en mi vida por la fuerza y yo la ignoré, la toleré y la soporté. Aunque se comportara como si no desease otra cosa que estar a mi lado en un momento difícil, yo no lograba olvidar el desprecio con el que me había tratado.
Hoy pienso que si lo único que me hubiera hecho daño hubiera sido el insulto —eres una cretina, me gritó por teléfono cuando le conté lo de Nino, y antes nunca había ocurrido, jamás me había hablado de ese modo—, se me habría pasado enseguida. En realidad, más que aquella ofensa pesó la alusión a Dede y Elsa. Piensa en el daño que les haces a tus hijas, me advirtió, y en un primer momento no le hice caso. Pero con el tiempo aquellas palabras cobraron cada vez más peso, pensaba en ellas a menudo. Lila nunca había manifestado el menor interés por Dede y Elsa, con toda probabilidad ni siquiera recordaba sus nombres. Las veces en que le contaba por teléfono alguna ocurrencia inteligente de mis hijas, ella cortaba por lo sano y cambiaba de tema. Y cuando las vio por primera vez en casa de Marcello Solara, se limitó a echarles una mirada distraída y decirles alguna frase de compromiso, ni siquiera dedicó la menor atención a cómo iban bien vestidas, bien peinadas, a lo capaces que eran ambas de expresarse con propiedad pese a ser aún pequeñas. Sin embargo, las había parido yo, las había criado yo, eran parte de mí, su amiga de siempre: debería haber dejado algo de espacio —no digo por afecto, pero al menos por amabilidad— a mi orgullo de madre. Pero no, ni siquiera había echado mano de una pizca de afable ironía, había mostrado indiferencia, nada más. Solo ahora —por celos, seguramente, porque me había quedado con Nino— se acordaba de las niñas y quería subrayar que yo era una pésima madre, y que con tal de ser feliz causaba la infelicidad de mis hijas. Era pensar en ello y ponerme nerviosa. ¿Acaso Lila se había preocupado por Gennaro cuando se separó de Stefano, cuando dejó al niño abandonado en casa de su vecina para ir a trabajar a la fábrica, cuando lo envió a mi casa como para deshacerse de él? De acuerdo, yo tenía mis culpas pero, sin duda, era más madre que ella.


2

En aquellos años, los pensamientos de ese tipo se convirtieron en una costumbre. Fue como si Lila, que al fin y al cabo solo había pronunciado aquella única frase perversa sobre Dede y Elsa, se hubiera convertido en el abogado defensor de sus necesidades de hijas, y yo me sintiese obligada a demostrarle que se equivocaba cada vez que las desatendía para dedicarme a mí misma. Pero era solo una voz inventada por el malhumor, no sé qué pensaba realmente de mi comportamiento como madre. Ella es la única que puede contarlo, si de verdad ha conseguido insertarse en esta larguísima cadena de palabras para modificar mi texto, para introducir deliberadamente eslabones perdidos, para desprender otros sin hacerse notar, para decir de mí más de lo que yo quiero, más de cuanto soy capaz de decir. Deseo esa intromisión suya, la espero desde que empecé a escribir nuestra historia, pero debo llegar al final para someter todas estas páginas a examen. Si lo intentara ahora, desde luego me quedaría bloqueada. Escribo desde hace demasiado tiempo y estoy cansada, cada vez es más difícil mantener tensado el hilo del relato dentro del caos de los años, de los acontecimientos grandes y pequeños, de los humores. Por eso o tiendo a pasar por alto mis cosas para enredarme otra vez con Lila y todas las complicaciones que trae consigo o, algo peor, me dejo llevar por los acontecimientos de mi vida únicamente porque me resulta más fácil escribirlos. Pero debo sustraerme a esta encrucijada. No debo ir por el primer camino a lo largo del cual —dado que la propia naturaleza de nuestra relación impone que sea yo quien llegue a ella solo pasando por mí—, si me hago a un lado, acabaría encontrando cada vez menos rastros de Lila. Tampoco debo ir por el segundo. Precisamente, que yo hable de mi experiencia cada vez más por extenso es justo lo que, sin duda, ella apoyaría. Anda —me diría—, cuéntanos qué rumbo ha tomado tu vida, a quién le importa la mía, confiésalo, ni a ti te interesa. Y concluiría: yo soy un garabato tras otro, del todo inapropiada para uno de tus libros; déjame estar, Lenù, no se habla de una tachadura.
¿Qué hacer, pues? ¿Darle una vez más la razón? ¿Aceptar que ser adultos es dejar de mostrarse, es aprender a ocultarse hasta desaparecer? ¿Admitir que con el paso de los años cada vez sé menos de Lila?
Esta mañana tengo a raya el cansancio y vuelvo a sentarme a mi escritorio. Ahora que me acerco al punto más doloroso de nuestra historia, quiero buscar en la página un equilibrio entre ella y yo que en la vida ni siquiera logré encontrar conmigo misma.


3

De los días de Montpellier me acuerdo de todo menos de la ciudad, es como si nunca hubiera estado. Aparte del hotel, aparte de la monumental aula magna donde se celebraba el congreso académico en el que Nino estaba ocupado, hoy solo veo un otoño ventoso y nubes blancas en un cielo azul. Sin embargo, por muchos motivos, el topónimo Montpellier se me quedó grabado en la memoria como un signo de evasión. Ya había estado fuera de Italia, en París, con Franco, y me había sentido electrizada por mi propia audacia. Pero entonces me parecía que mi mundo era y seguiría siendo siempre el barrio, Nápoles, mientras el resto era como una excursión en cuyo clima excepcional podía imaginarme, como de hecho nunca llegaría a ser. En cambio, Montpellier, pese a ser con diferencia mucho menos emocionante que París, me dio la impresión de que mis barreras se hubiesen roto y de que yo estuviera expandiéndome. El simple hecho de encontrarme en ese lugar constituía para mí la prueba de que el barrio, Nápoles, Pisa, Florencia, Milán, la propia Italia, no eran más que minúsculas astillas de mundo, y que hacía bien en no seguir conformándome con ellas. En Montpellier advertí las limitaciones de mi visión de las cosas, de la lengua en la que me expresaba y en la que escribía. En Montpellier vi con claridad hasta qué punto, a mis treinta y dos años, podía resultar estrecho ser esposa y madre. Y durante esos días repletos de amor por primera vez me sentí liberada de los lazos que había acumulado a lo largo de los años, los debidos a mis orígenes, los que había adquirido con el éxito en los estudios, los que se derivaban de las elecciones que había hecho en la vida, en especial del matrimonio. Allí comprendí también los motivos del placer que en el pasado había sentido al ver mi primer libro traducido a otras lenguas y, al mismo tiempo, los motivos de la pena por haber encontrado pocos lectores fuera de Italia. Era maravilloso superar fronteras, dejarse llevar al interior de otras culturas, descubrir la provisionalidad de aquello que había tenido por definitivo. Si en el pasado yo había juzgado el hecho de que Lila no hubiera salido nunca de Nápoles, e incluso de que le hubiera dado miedo San Giovanni a Teduccio, como una elección discutible por su parte, y que ella como de costumbre sabía volver a su favor, ahora sencillamente me pareció un signo de estrechez mental. Reaccioné como se suele reaccionar ante quien nos insulta, usando la misma fórmula que nos ha ofendido. ¿O sea, que tú te equivocaste conmigo? No, querida mía, soy yo la que se equivocó contigo: seguirás toda tu vida viendo circular camiones por la carretera.
Los días pasaron volando. Los organizadores del congreso habían reservado con mucha antelación una habitación individual en el hotel a nombre de Nino, y como yo decidí acompañarlo en el último momento no hubo manera de convertirla en matrimonial. De modo que estábamos en habitaciones separadas, pero al final del día me duchaba, me preparaba para la noche y después, con el corazón en la boca, iba a su habitación. Dormíamos juntos, bien apretados, como si temiéramos que una fuerza hostil nos separase mientras dormíamos. Por la mañana pedíamos el desayuno en la cama, disfrutábamos de ese lujo que solo había visto en el cine; nos reíamos mucho, éramos felices. Durante el día lo acompañaba a la sala grande del congreso; aunque los ponentes leyeran páginas y páginas con tono aburrido, estar con él me entusiasmaba; me sentaba a su lado pero sin molestarlo. Nino seguía con mucha atención las intervenciones, tomaba notas y de vez en cuando me susurraba al oído comentarios irónicos y palabras de amor. Durante el almuerzo y la cena nos mezclábamos con profesores universitarios de medio mundo, nombres extranjeros, lenguas extranjeras. Claro que los ponentes de más prestigio ocupaban una mesa exclusiva y nosotros estábamos en otra con un grupo de investigadores más jóvenes. Pero me llamó la atención la movilidad de Nino, tanto durante los trabajos como en el restaurante. Qué distinto era del estudiante de otros tiempos, incluso del joven que me había defendido en la librería de Milán casi diez años antes. Había dejado a un lado los tonos polémicos, franqueaba con tacto las barreras académicas, establecía relaciones con gesto serio y a la vez cautivador. Unas veces en inglés (excelente), otras en francés (bueno), conversaba de forma brillante desplegando su antiguo culto a las cifras y la eficiencia. Me enorgullecí mucho de ver cuánto gustaba. En pocas horas le cayó simpático a todos, lo llamaban de aquí y de allá.
Hubo un solo momento en que cambió bruscamente, fue la víspera de su intervención en el congreso. Se volvió arisco y descortés, lo vi deshecho por la angustia. Se puso a criticar el texto que había preparado, repitió en varias ocasiones que escribir no le resultaba tan fácil como a mí, se enfadó porque no había tenido tiempo de trabajar más a fondo. Me sentí culpable —¿acaso nuestra complicada historia lo había distraído?— y traté de ponerle remedio abrazándolo, besándolo, animándolo a que me leyera su trabajo. Me lo leyó, y me enterneció su actitud de colegial asustado. Su ponencia no me pareció menos aburrida que otras que había escuchado en el aula magna, aunque lo alabé mucho y se tranquilizó. A la mañana siguiente se exhibió con estudiado entusiasmo, lo aplaudieron. Por la noche uno de los profesores universitarios de prestigio, un estadounidense, lo invitó a sentarse a su lado. Me quedé sola, pero no me importó. Cuando estaba Nino, yo no hablaba con nadie, mientras que en su ausencia me vi obligada a arreglármelas con mi francés rudimentario e hice amistad con una pareja de París. Me cayeron bien porque no tardé en descubrir que se encontraban en una situación no muy distinta de la nuestra. Ambos consideraban sofocante la institución de la familia, los dos habían dejado dolorosamente atrás a cónyuges e hijos, ambos parecían felices. Él, Augustin, rondaba los cincuenta años, tenía la cara sonrosada, ojos azules muy vivaces y grandes bigotes de un rubio claro. Ella, Colombe, tenía algo más de treinta, como yo, el pelo negro muy corto, ojos y labios marcados con fuerza en una cara pequeña y una elegancia seductora. Hablé sobre todo con Colombe, que era madre de un niño de siete años.
—Faltan unos meses —dije— para que mi hija mayor cumpla siete, pero este año ya cursa segundo, es muy buena alumna.
—El mío es muy despierto y fantasioso.
—¿Cómo se ha tomado la separación?
—Bien.
—¿No ha sufrido ni un poquito?
—Los niños no tienen nuestra rigidez, son elásticos.
Insistió en la elasticidad, que atribuía a la infancia, y me pareció que eso la tranquilizaba. Añadió: en nuestro ambiente es bastante común que los padres se separen, los hijos saben que es posible. Pero mientras yo le decía que no conocía a otras mujeres separadas aparte de mi amiga, ella cambió bruscamente de registro y empezó a quejarse del niño: es aplicado pero lento, exclamó, en la escuela dicen que es desordenado. Me llamó mucho la atención que se pusiera a hablar sin ternura, casi con rencor, como si su hijo se comportara de ese modo para fastidiarla, y eso me angustió. Su compañero debió de notarlo, ya que intervino; presumió de sus dos chicos, de catorce y dieciocho años, bromeó sobre cuánto gustaban los dos a las mujeres jóvenes y a las maduras. Cuando Nino regresó a mi lado, los dos hombres —sobre todo Augustin— empezaron a echar pestes sobre la mayoría de los ponentes. Colombe se entrometió casi de inmediato con una alegría un tanto artificial. Las murmuraciones no tardaron en crear un vínculo; Augustin habló y bebió mucho durante toda la noche, su compañera reía en cuanto Nino lograba abrir la boca. Nos invitaron a ir con ellos a París en su coche.
La conversación sobre los hijos y aquella invitación a la que no dijimos ni sí ni no, hicieron que pusiera otra vez los pies en la tierra. Hasta ese momento, Dede y Elsa me habían venido a la cabeza sin cesar, e incluso Pietro, pero como suspendidos en un universo paralelo, inmóviles alrededor de la mesa de la cocina de Florencia, o delante del televisor, o en sus camas. De golpe, mi mundo y el de ellos se volvieron a comunicar. Me di cuenta de que los días en Montpellier estaban a punto de tocar a su fin, y que, inevitablemente, Nino y yo regresaríamos a nuestras casas y tendríamos que enfrentarnos a nuestras respectivas crisis conyugales, yo en Florencia, él en Nápoles. El cuerpo de las niñas se unió otra vez al mío y noté su contacto con violencia. Llevaba cinco días sin saber nada de mis hijas y al tomar conciencia de ello sentí unas fuertes náuseas; la nostalgia se hizo insoportable. Tuve miedo, no del futuro en general, que ya parecía imprescindiblemente ocupado por Nino, sino de las horas que llegarían, del mañana, del pasado mañana. No pude resistirme y, aunque eran casi las doce de la noche —qué importancia tiene, me dije, Pietro siempre está despierto—, llamé.
Fue algo bastante laborioso, pero al final conseguí línea. Diga. Diga, repetí. Sabía que al otro lado estaba Pietro, lo llamé por su nombre: Pietro, soy Elena, cómo están las niñas. Se cortó la comunicación. Esperé unos minutos, y pedí a la centralita que llamara otra vez. Estaba decidida a insistir toda la noche, aunque en esta ocasión Pietro contestó.
—¿Qué quieres?
—¿Qué tal las niñas?
—Duermen.
—Ya lo sé, pero ¿cómo están?
—Qué te importa.
—Son mis hijas.
—Las has abandonado, ya no quieren ser tus hijas.
—¿Te lo han dicho?
—Se lo han dicho a mi madre.
—¿Has mandado llamar a Adele?
—Sí.
—Diles que vuelvo dentro de unos días.
—No hace falta. Ni yo, ni las niñas, ni mi madre queremos volver a verte.


4

Me eché a llorar, luego me calmé y me reuní con Nino. Quería contarle lo de la conversación telefónica, quería que me consolara. Pero cuando iba a llamar a su habitación, lo oí hablar con alguien. Vacilé. Estaba al teléfono, no entendía qué decía, ni en qué lengua hablaba, pero enseguida pensé que hablaba con su mujer. ¿De modo que eso era lo que ocurría todas las noches? Cuando yo me iba a mi habitación a prepararme para ir a la suya y él se quedaba solo, ¿llamaba a Eleonora? ¿Estarían buscando la manera de separarse sin conflictos? ¿O se estaban reconciliando y una vez concluido el paréntesis de Montpellier ella se lo quedaría otra vez?
Me decidí y llamé. Nino se interrumpió, silencio; luego siguió hablando, pero en voz más baja. Me puse nerviosa, llamé otra vez, no pasó nada. Tuve que llamar por tercera vez y con fuerza para que me abriera. Cuando lo hizo, me enfrenté a él enseguida; le eché en cara que me ocultaba ante su mujer, le grité que había telefoneado a Pietro, que mi marido no quería dejarme ver a mis hijas, que yo estaba cuestionando mi vida entera y él, en cambio, arrullaba a Eleonora por teléfono. Fue una noche de discusiones, nos costó reconciliarnos. Nino trató de calmarme por todos los medios: reía nerviosamente, se enfadaba con Pietro por cómo me había tratado, me besaba, yo lo rechazaba, él murmuraba que estaba loca. Pero por más que le insistiera, nunca reconoció que hablaba con su mujer; al contrario, juró por su hijo que desde el día en que se había marchado de Nápoles no tenía noticias de ella.
—Entonces, ¿con quién hablabas?
—Con un colega que está en este hotel.
—¿A las doce de la noche?
—A las doce de la noche.
—Mentiroso.
—Es la verdad.
Me negué durante un buen rato a hacer el amor, no podía, temía que hubiera dejado de quererme. Después cedí para no tener que pensar que todo había terminado.
A la mañana siguiente, por primera vez después de casi cinco días de convivencia, me desperté malhumorada. Había que regresar, el congreso estaba a punto de concluir. Pero no quería que Montpellier fuese un paréntesis, temía regresar a casa, me daba miedo que Nino regresara a la suya, temía perder para siempre a las niñas. Cuando Augustin y Colombe nos invitaron de nuevo a ir con ellos en coche hasta París y se ofrecieron incluso a alojarnos, se lo pregunté a Nino con la esperanza de que él también quisiera aprovechar la ocasión para prolongar el viaje, demorar el regreso. Pero él negó desolado con la cabeza, dijo: imposible, tenemos que regresar a Italia, y habló de aviones, de billetes, de trenes, de dinero. En mi fragilidad, sentí decepción y rencor. No me equivocaba, pensé, me mintió, la ruptura con su mujer no es definitiva. Había hablado con ella todas las noches, se había comprometido a regresar a casa al terminar el congreso, no podía demorarse ni siquiera un par de días. ¿Y yo?
Me acordé de la editorial de Nanterre y de mi relato breve y sesudo sobre la invención de la mujer por parte del hombre. Hasta ese momento no había hablado de lo mío con nadie, ni siquiera con Nino. Había sido la mujer sonriente, aunque casi siempre muda, que se acostaba con el brillante profesor de Nápoles, la mujer siempre pegada a él, atenta a sus exigencias, a sus pensamientos. Y dije con fingida alegría: Nino tiene que regresar, pero yo tengo un compromiso en Nanterre; está a punto de publicarse —o quizá ya se ha publicado— un trabajo mío, un texto a medio camino entre el ensayo y el relato; casi que aprovecho y me voy con vosotros, así paso por la editorial. Los dos me miraron como si justo en ese momento yo hubiera empezado a existir, y me preguntaron a qué me dedicaba. Les conté, y en la conversación me enteré de que Colombe conocía bien a la señora que gestionaba la editorial pequeña pero, como descubrí en ese momento, prestigiosa. Me dejé llevar, hablé con demasiada intensidad y quizá exageré un poco con mi carrera literaria. Pero no lo hice por los dos franceses, sino por Nino. Quise recordarle que tenía una vida propia llena de satisfacciones, que si había sido capaz de abandonar a mis hijas y a Pietro, también podía prescindir de él, y no al cabo de una semana, ni de diez días: enseguida.
Él se quedó escuchando, y luego dijo serio a Colombe y Augustin: de acuerdo, si para vosotros no es molestia, aceptamos la invitación e iremos con vosotros en el coche. Sin embargo, cuando nos quedamos solos me soltó un discurso nervioso en el tono y apasionado en el contenido, cuya esencia era que debía fiarme de él, que a pesar de que nuestra situación era complicada, la resolveríamos, pero para ello debíamos regresar a casa, no podíamos huir de Montpellier a París y luego a saber a qué otra ciudad; era preciso que nos enfrentáramos a nuestros cónyuges y nos fuéramos a vivir juntos. De golpe lo noté no solo razonable sino sincero. Me quedé confundida, lo abracé, murmuré: de acuerdo. Así y todo nos fuimos igualmente a París; yo quería unos días más.


5

Hicimos un largo viaje, soplaba un viento fuerte, llovía a ratos. El paisaje era de una palidez incrustada de herrumbre, pero el cielo se abría a tramos y todo se volvía brillante, empezando por la lluvia. Me abracé a Nino todo el tiempo, a veces me quedaba dormida sobre su hombro, otra vez, y con deleite, me sentí mucho más allá de mis confines. Me gustaba la lengua extranjera que resonaba en el habitáculo del coche, me gustaba estar yendo hacia un libro que había escrito en italiano y que, gracias a Mariarosa, salía por primera vez a la luz en otro idioma. Qué hecho extraordinario, cuántas cosas asombrosas me pasaban. Sentí aquel librito como una piedra mía lanzada con una trayectoria imprevisible, a una velocidad que no tenía comparación con la de las piedras que de pequeñas Lila y yo lanzábamos contra las bandas de chicos.
Pero el viaje no fue siempre bien, a ratos me entristecía. Además, enseguida tuve la impresión de que Nino le hablaba a Colombe con un tono que no usaba con Augustin, sin contar que le tocaba demasiado a menudo el hombro con la punta de los dedos. Poco a poco mi malhumor fue en aumento, vi que los dos se tomaban muchas confianzas. Cuando llegamos a París ya estaban en óptimas relaciones, los dos charlaban sin parar, ella se reía a menudo arreglándose el pelo con un gesto instintivo.
Augustin vivía en un bonito apartamento en el canal Saint-Martin, al que Colombe se había mudado hacía poco. Ni siquiera después de que nos indicaran nuestra habitación, nos dejaron ir a la cama. Me pareció que temían quedarse solos, sus charlas no terminaban nunca. Estaba cansada y nerviosa; yo había querido ir a París y ahora me parecía absurdo encontrarme en aquella casa, entre extraños, con Nino que apenas me prestaba atención, lejos de mis hijas. Una vez en nuestra habitación le pregunté:
—¿Te gusta Colombe?
—Es simpática.
—Te he preguntado si te gusta.
—¿Quieres pelea?
—No.
—Entonces piensa un poco. ¿Cómo puede gustarme Colombe si es a ti a quien quiero?
Me asustaba cuando adoptaba un tono ligeramente áspero, temía verme en la necesidad de reconocer que algo no funcionaba entre nosotros. Se muestra amable con quien ha sido amable con nosotros, me dije, y me quedé dormida. No obstante, dormí mal. En un momento dado tuve la impresión de estar sola en la cama; intenté despertarme, pero me hundí otra vez en el sueño. Regresé a la superficie no sé cuánto tiempo después. Nino estaba de pie en la oscuridad o eso me pareció. Duerme, dijo. Volví a quedarme dormida.
Al día siguiente nuestros anfitriones nos acompañaron a Nanterre. Durante todo el viaje Nino siguió bromeando con Colombe, hablando con indirectas. Me esforcé por no hacer caso. ¿Cómo podía pensar en irme a vivir con él si tenía que dedicarme a vigilarlo? Cuando llegamos a nuestro destino y también se mostró sociable y seductor con la amiga de Mariarosa, propietaria de la editorial, y su socia —una rondaba los cuarenta y la otra, los sesenta, ambas distaban mucho de tener la gracia de la compañera de Augustin—, suspiré aliviada. No hay malicia, concluí, trata así a todas las mujeres. Y al final volví a sentirme bien.
Las dos señoras me agasajaron mucho y preguntaron por Mariarosa. Supe que mi relato estaba en las librerías desde hacía poco pero ya habían salido un par de reseñas. La señora mayor me las enseñó; ella misma parecía asombrada de lo bien que se hablaba de mí y destacó ese aspecto dirigiéndose a Colombe, Augustin y Nino. Leí los artículos, dos líneas por aquí, cuatro por allá. Los firmaban dos mujeres —nunca las había oído nombrar, pero Colombe y las dos señoras, sí—, y realmente elogiaban el libro sin reservas. Debería haberme sentido satisfecha; el día anterior me había visto obligada a adularme yo sola y ahora ya no necesitaba hacerlo. Sin embargo, descubrí que no lograba entusiasmarme. Desde que amaba a Nino y él me amaba a mí, era como si ese amor convirtiera todo lo bueno que me estaba ocurriendo y que me ocurriría en un mero y agradable efecto secundario. Mostré mi satisfacción con mesura y musité pálidos síes a los planes de promoción de mis editoras. Deberá regresar pronto, exclamó la mujer mayor, o al menos eso esperamos. La más joven añadió: Mariarosa nos ha hablado de su crisis matrimonial, ojalá pueda superarla sin demasiado dolor.
Así descubrí que la noticia de mi ruptura con Pietro no solo había afectado a Adele, sino que había llegado a Milán e incluso a Francia. Mejor así, pensé, eso facilitará que la separación sea definitiva. Y me d ...