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viernes, 22 de enero de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Reseña de "La herencia de Eszter", de Sándor Márai

La herencia de Eszter

Sándor Márai

Premio Blanco Amor. Alianza, 2000. 154 páginas


La herencia de Eszter
se anticipa en el estilo depurado que más extensamente desarrollará Marai. Sea muy bienvenida esta recuperación

BEATRIZ HERNANZ | 21/02/2001 |  Edición impresa


Existen heridas que el tiempo no puede sanar. Y seres abocados a la derrota, habitados por un amor que se instala en el centro de sus emociones para ocupar toda una vida en su autodestrucción. De esa fatalidad se ocupa esta hermosa y extraña narración, protagonizada por una mujer madura, Eszter, que ya no espera nada sino la muerte y quiere recordar la historia determinante de un día de su vida, en que fue desposeída de sus esperanzas, un día en el que vuelve a aparecer Lajos, el amor de su vida, viudo de su hermana, tras años de ausencia.

Escrita en primera persona, como un testamento emocional y psicológico, Eszter va desgranando una existencia truncada, talada de raíz en sus más legítimas aspiraciones. Como si de una novela de suspense se tratara, el lector no puede detenerse en la narración, que se configura en un crescendo de inexorabilidad. El regreso de Lajos, el mentiroso, fascinante y vividor, le recuerda a Eszter su mediocre y tranquila vida: "Sentí que todo lo que caracteriza a un ser humano -su fuerza, su manera de comportarse- hace revivir en sus adversarios unos determinados momentos de sus vidas pasadas" (pág. 60). Y de esta manera repasa su existencia, las personas que han habitado sus años malgastados. También esos muertos que parecen acabados, pero que un día reaparecen y vuelven a actuar en nuestras vidas.

Con precisión de entomólogo, la narradora va diseccionando los comportamientos, el carácter de las personas que la rodean en ese día decisivo, en los desaparecidos que también interactúan en el desenlace final. Hace recuento de su vida y erige su derrota como si de un pendón de victoria se tratara. Ese pesimismo resignado impregna la aceptación de su destino, la fatalidad de un amor que la ha marcado hasta el final: "En la vida nada llega a tiempo [...]. Sin embargo, un día nos damos cuenta de que todo ha ocurrido determinado por un orden perfecto [...]" (págs. 142-143).

Sándor Márai, nacido en la ciudad húngara de Kassa, hoy perteneciente a Eslovaquia, en 1900, es un autor que ha sido redescubierto en nuestro idioma cuando Emecé (ahora Salamandra) publicó El último encuentro hace un año, su novela más conocida, escrita en 1942. La herencia de Eszter, redactada en el simbólico año de 1939, se anticipa en el estilo depurado, exacto y muy personal que más extensamente desarrollará nuestro autor. Sea muy bienvenida esta necesaria recuperación de una escritura que analiza la psicología de sus personajes hasta el límite, porque hasta en la historia más anodina de un hombre nos encontramos en el territorio fronterizo de las pasiones del ser humano, en su esencia. Márai en esta novela nos acerca a los confines de esa indagación, a la metáfora terrible del individuo y su relación con el otro en una época que resume las contradicciones del siglo XX: "el tiempo lo quema todo en nosotros, todas las mentiras. Lo que queda es la realidad" (pág.146). 

domingo, 27 de diciembre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Crítica de "El último día de Terranova", la nueva novela de Manuel Rivas. José-Carlos Mainer

CRÍTICA / LIBROS

Historia y pasión de una librería

Rivas denuncia el fin de una forma de transmisión cultural. Los libros son frágiles y quedan solo en manos de la fe y la gloria


La librería Terranova está en “liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante relación de términos amenazadores. No es una de aquellas librerías de los años finales del franquismo, que se llamaban Rayuela, Macondo o Jarama porque tenían dueños jóvenes, progresistas y entusiastas. Esta lo ha sido también, pero su pedigrí era mucho más veterano y Manuel Rivas cuenta que la fundaron en 1935 un grupo de amigos: Amaro Fontana, galleguista y profesor de lenguas clásicas, ensayista certero y oculto, miembro del venerable Seminario de Estudos Galegos, que se suicidó al final de una vida de frustración y contumacia, y Comba, su tenacísima esposa, apasionada desde niña por los libros; con ellos estuvo un marinero en tierra, Eliseo, que siempre ocultó su condición homosexual y fantaseó sobre los viajes imaginarios que le llevaban a pasear por La Habana Vieja con Lorca, Guillén (Nicolás), ­Langston (Hughes) y Lezama (Lima), o a conocer a Borges en Buenos Aires y a María Zambrano y su hermana Araceli en Roma. El sucesor y heredero, Vicenzo Fontana, ya en la sesentena, carga ese fardo esplendoroso al que suma una dramática huella de la zarpa franquista: fue víctima de uno de los crónicos episodios de poliomielitis, que el Gobierno español minimizó, y vivió años en un pulmón de acero. Sobrevivió al tratamiento y fue un rebelde —hasta donde pudo— en los años locos en que escribió letras de rock y la librería tuvo incluso un confidente policial de plantilla. Ahora, Vicenzo, víctima del rebrote de la enfermedad de su infancia, se enfrenta a algo peor que la persecución ideológica: la especulación urbanística que tiene cercado a su negocio y ha señalado su fin.
Nos hallamos ante una animada rapsodia de la historia intelectual y moral de A Coruña, y de Galicia, salpicada de historias picarescas, fantasiosas y alguna muy trágica: hay un cura exclaustrado al que llaman Sibelius, un drogadicto imaginativo y rebelde, Dombodán, otros perdularios de diversa condición, un perro que nunca ladra y un montón de gatos, que quizá suplen la imagen de las alimañas sacrificadas a finales de los cincuenta por estúpida orden gubernativa. De esos años, queda también la huella de una mujer joven, Garúa, una argentina cuya “forma de andar era giratoria”. Se parece —sueña Vicenzo— a Dita Parlo, el personaje de L’Atalante, la película mítica de Jean Vigo, pero también tiene mucho de la Maga de Julio Cortázar, arbitraria, imprevisible, libre. Ella “anhela, implora realidad” aunque, en rigor, habita la fantasía para evitarla: huyó de Argentina en los setenta pero volvió para morir a manos de una policía que tiene contactos importantes con la española. En el horizonte de Madrid estaba entonces la sombría inminencia del 23-F, y en Buenos Aires, el sangriento episodio de las Malvinas y el naufragio de la dictadura.

La librería Terranova está en “liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante relación de términos amenazadores
El último día de Terranova es un voto sentimental por haber podido habitar aquel mundo, aunque fuera desde el puente de mando de aquella extraña librería, poblada por sentimentales comprometidos e irresponsables que ven el mundo a su manera, desde su “cámara estenopeica” (en rigor, tal cosa es la más primitiva forma de cámara fotográfica — una caja oscura, que concentra los rayos y una superficie en que reflejarse—). De esa vida vicaria se alimentan… Y, por supuesto, de los libros que traen con riesgo y que venden y prestan, o que les roban… Porque si esta novela es la elegía de una forma de vida —a veces, demasiado tocada de sentimentalismo retrospectivo—, El último día de Terranova también es una denuncia del fin de una forma de transmisión cultural, basada en la frágil solidez de los libros, la fe de los lectores y la gloria de quienes los escribieron. Al hilo de estas páginas, los libros brillan como fuegos de San Telmo en una navegación peligrosa: alguien ha pedido que le traigan un ejemplar de Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus; una joven policía confiesa que robó en su juventud losHimnos a la noche; unos recuerdan los bonitos libros de la Fabril Editora porteña, y otros, cómo llegaban de Coimbra los ejemplares deA criaçâo do mondo, de Miguel Torga, o celebran la (poco verosímil) vecindad de la revista gallega Alfar y la surrealista Minotaure. Pero incluso la imprecisión cronológica añade calidez a este alegato… Otra novela de Rivas, Los libros arden mal (2006), fue la conmovedora epopeya de la muerte y supervivencia de la letra impresa en tiempos bélicos; esta de ahora es el aviso de que también puede morir en la guerra que le ha levantado la incultura galopante.
El último día de Terranova. Manuel Rivas. Traducción de Dolores Torres París. Alfaguara. Madrid, 2015. 219 páginas. 18,90 euros.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Reseña de "Farándula", de Marta Sanz, ganadora del Premio Herralde de Novela

Faralaes y tarántulas

La última novela de Marta Sanz es corrosiva de punta a cabo. Constituye un carrusel desasosegante y necesario


La película Eva al desnudo (All About Eve, 1950) se alzó con buena parte de los oscars de aquel año. Entre ellos, los correspondientes al mejor guion adaptado y la mejor dirección, que recayeron en Joseph L. Mankiewicz, un admirable escritor que, desde Carta a tres esposas y La condesa descalza hastaLa huella, supo explorar como nadie los oscuros territorios del disimulo y el rencor, la falsedad de la vida y el placer de la venganza. Esta película y la malevolencia de su creador están muy presentes en la última novela de Marta Sanz, Farándulacuya trama habla —entre otras muchas cosas— de la preparación y el estreno de una adaptación teatral de aquel filme. En un relato anterior, Daniela Astor y la caja negra(2013), dos muchachas de 12 años soñaban el mundo bajo la impresión de las vidas de jóvenes actrices —cuerpos gloriosos y vidas erradas— de 1978: Susana Estrada y Sandra Mozarowski, Bárbara Rey o Amparo Muñoz. Pero aquí no hay lección moral tan explícita, ni la verdadera (y amarga) vida espera a nadie al otro lado de la ficción.
La farándula es, como dice la vieja Ana Urrutia, la espesa, “la síntesis de faralaes y tarántula”. El teatro (nos recuerda la autora en otro momento), ya deshechas las compañías de repertorio, sustituidos los salarios fijos por las comisiones de taquilla y el escalafón profesional por la arbitrariedad, es un reñidero de gatos y un semillero de odios. A un ritmo trepidante y nervioso, mediante flases-capítulos, Marta Sanz ha compuesto un certero friso de pobladores de ese mundo que agoniza pero todavía sobrevive. Unos son los actores que se han aventurado en la adaptación de Eva al desnudo: la ya veterana Valeria Falcón, que atisba el final de su carrera; la jovencísima e insustancial Natalia de Miguel (que lo mismo participa en un reality show que en una obra de prestigio) y su valedor (y luego marido), Lorenzo Lucas, escarmentado, pragmático y un punto cínico. Al otro lado de las candilejas, otros actores completan el reparto: la pareja compuesta por Mariana y Adolfo, que lo han hecho todo, que fueron actores reivindicativos y hoy intentan mirar los toros desde la barrera; Ana Urrutia, la actriz veteranísima a la que un ictus cerebral ha dejado en manos de todos; el matrimonio que forman la exquisita bróker Charlotte Saint-Clair y el actor de éxito mundial Daniel Valls, que, en el fondo, sabe muy bien que “es un débil mental”, como repite a menudo. Puede que esta última representación de quien alcanza la excelencia como actor, pero cuya naturaleza es simple y hasta brutal —tan fiel al pensamiento de Diderot acerca de los cómicos—, no sea el acierto mayor de este libro, aunque los lectores puedan reconocer allí —y seguramente les gustará— una visión muy satírica de quienes, sin más méritos que su vanidad y una idea elemental y aproximativa del mundo, se han convertido en iconos de la protesta contra todo.
No está mal, por supuesto, la presencia de esta dimensión de la farándula de hoy en una novela que es corrosiva de punta a cabo: desde que la abre un alucinado caleidoscopio de la Puerta del Sol (algo posterior a los indignados de 2011), que contemplamos con los ojos de Valeria cuando su tacón queda prisionero en una rejilla, hasta que se cierra el espectáculo con la misteriosa desaparición de Daniel Valls. Pero aquí y en algún otro lugar, el estilo vertiginoso, la rica fluencia verbal y la búsqueda denodada del sarcasmo se hacen demasiado mecánicos. La impresión de intensidad que se busca no suele conseguirse por acumulación, sino por el uso subrepticio del contraste y la variedad: por eso Cervantes era mejor que Quevedo. Pero debo reconocer que esa no es tacha mayor en esta buena novela. Cualquiera de sus pocos deméritos está rescatado por algunos otros momentos espléndidos: la captación de la intimidad doméstica de Adolfo y Mariana (cuando Lorenzo le lleva un dinero a su casa) es uno de ellos. Pero hay otros tres fragmentos, de los confiados al puro derroche verbal, que resultan antológicos: las reflexiones de otra actriz retirada, Mili, en el estreno de Eva al desnudo; el terrible monólogo vengador de Ana Urrutia, expulsada de casa de los Valls y vuelta al asilo, y la confesión final —escrita, no oral— de la misma Valeria Falcón en la que ha decidido “pensarme pensando dentro de otros” y que constituye el lúcido epílogo de un carrusel desasosegante e impiadoso. Esto es, necesario.
Farándula. Marta Sanz. Anagrama. Barcelona, 2015. 240 páginas. 17,90 euros.

jueves, 12 de noviembre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Reseña de "La niña perdida", novela de Elena Ferrante


Alta temperatura dramática

La novela es un fresco histórico y social desde abajo llevado con pulso maestro




Esta novela es la cuarta y última de una tetralogía que narra las vidas y amistad de dos niñas nacidas en un barrio pobre de Nápoles a mediados del pasado siglo. Las anteriores se titulan, por orden cronológico, La amiga estupendaUn mal nombre y Las deudas del cuerpo. La cuatro están contadas por una de las mujeres, Elena Greco, Lenù, lo que supone un relato retrospectivo cuidadosamente narrado por ésta desde fecha actual, principios del siglo XXI, ya no lejos de la ancianidad.
Lenù era una niña tranquila, adaptable, más pasiva que su inquieta, valerosa y dominante amiga Lila (o Lina). La elección de narradora es importante porque Lenù, desde su supuesta inferioridad, es una observadora privilegia del escenario que las rodea: un barrio duro, violento, empobrecido e inculto, donde las gentes son buenas y malas a la vez. Cuando esta cuarta novela se inicia ellas son ya dos mujeres maduras y templadas por el sufrimiento; han tenido hijos de parejas de las que se han separado, Lenù convive con un tipo que la engaña y Lila con un hombre a quien no ama, pero con quien se entiende bien, y las dos se encuentran distanciadas entre sí por acontecimientos anteriores. Sin embargo, su relación, por zarandeada que haya sido, sigue siendo imborrable.
Lenù va alcanzando una cierta notoriedad como escritora, lo que supone una apertura al mundo exterior; Lila, en cambio, permanece encerrada en el barrio, donde pretende cambiar las cosas frente al dominio de unos mafiosos: los hermanos Solara.
Desde ambas, Elena Ferrante hace un despliegue formidable de la vida en el barrio, un poderoso esfuerzo de creación de un escenario lleno de pasión, de conflicto, de vida, contado con una agudeza y sugestión inolvidables, asentado en nueve familias. Todos los personajes, principales y secundarios, convierten el relato en un mosaico vivo de impresionante variedad y colorido. Las interrelaciones entre todos y cada uno confluyendo a su vez en las dos amigas, la integración del ambiente en ellas y de ellas en el ambiente, convierten la novela en un fresco histórico y social desde abajo llevado con pulso maestro. Lila y Lenù han vivido etapas decisivas de la vida italiana porque su barrio no es más que el espejo de la corrupción emocional, sentimental y política del país. Los intereses creados, la miseria y la maldad, la mezquindad y la generosidad, los odios y los afectos... van tramando el tejido social en el que esta honda historia se desenvuelve, que los envuelve a todos, del que todos participan, donde ninguno es de una sola pieza y todos representan la fascinante complejidad humana de un suburbio de las ciudades actuales. Y todos con identidad propia.
Pero la cumbre del relato la alcanza la creación de estos dos personajes femeninos centrales que muestran la penetración psicológica de la autora, su mirada implacable. Es una novela realista que debe mucho al neorrealismo italiano, pero la tentación costumbrista queda completamente superada por la insuperable capacidad de Ferrante de extraer dramatismo de la cotidianeidad sin rozar siquiera el maniqueísmo. Esa es una virtud impagable. La otra, la creación de personajes; baste ver las oscilaciones de Lenù en su contradictoria relación con Nino, de una complejidad y riqueza extremas. O la movediza personalidad de Lila (“Esa era la Lila a la que yo tenía cariño. Sabía asomar de repente del interior de su propia maldad para sorprenderme”) para que la inteligencia de Ferrante invada al lector. La tetralogía se cierra aquí definitivamente bajo una creciente, lúcida y poderosa temperatura dramática que la convierte en una de las grandes narraciones de nuestro tiempo.
La niña perdida. Elena Ferrante. Traducción de Celia Filipetto Isicato. Lumen. Barcelona, 2015. 544 páginas. 24,90 euros.

miércoles, 28 de octubre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Reseña de "Marley estaba muerto", de Carlos Zanón

La vida en negro

Carlos Zanón dibuja la negrura cotidiana y los bajos fondos en cuartos de estar que parecen pedir vigilancia policiaca. Quererse equivale a lastimarse en su música narrativa

Ilustración de los Cuentos de navidad, de Dickens. / GETTY

Más que propósito de delinquir, en las 14 historias de Marley estaba muerto, de Carlos Zanón (Barcelona, 1966), hay saña súbita: lo que se cuenta pertenece menos a la crónica criminal que a la página de sucesos, ese tipo de noticias a las que Barthes llamó “información monstruosa”. Son momentos en los que algo se sale de quicio. Lo que no tendría que pasar irrumpe en un instante de furia, aburrimiento puro o rabiosa diversión, con ingredientes clásicos de la Serie Negra: sangre, sexo y dinero. Pero Zanón practica el género de un modo distorsionado, a mi juicio entre dos puntos de referencia tan dispares como¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, y las narraciones breves y brevísimas de I Centodeliti (Demasiado tarde, en la traducción española), de Giorgio Scerbanenco.
La Serie Negra sufre desde sus orígenes una mutación incesante que asegura su vitalidad gracias a trabajos como los de Carlos Zanón. Siempre ácida, es un fruto de temporada, y ahora es época de relaciones deformes. “Cuando me abraza, me habla en voz muy baja, y veo la vida en rosa”, cantaba Edith Piaf. En las fabulaciones de Carlos Zanón la vida es en negro: negrura cotidiana, bajos fondos en cuartos de estar que parecen pedir vigilancia policiaca. Quererse equivale a lastimarse. La tensión entre los protagonistas de Marley estaba muerto es igual a la potencia de la música narrativa, casi versicular, de su creador. Lo familiar se vuelve terrible y a la vez irrisorio. La maldad irrumpe por voluntad o por destino, siempre en Navidad, la semana de la bondad universal. La figura retórica dominante en este mundo es la antítesis.
Imaginemos un Tío Noel para quien todos los días son Nochebuena, armado con un máuser y una bomba, o un rey Melchor con una bolsa llena del dinero robado a las máquinas tragaperras chinas, o una niña que resucita muertos. Viven en el mundo de Carlos Zanón, donde dominan la fatalidad y el azar, es decir, la mala suerte perseguida con los ojos cerrados, un estado de desesperanza tragable con un poco de rock and roll animal suave. Si hay asesinos en ese mundo, tienen una vena sentimental vigorosa, no muy distinta de la del abogado del turno de oficio que los defiende, Carlos, que, como sus clientes, anda descarriado por varias de estas historias, compartiendo debilidades: inocencia y perversidad por atolondramiento.
A las criaturas de Carlos Zanón les queda siempre algún deseo, aunque sea el deseo mortal de perderse. No pueden decir como Joy Division en Insight: “He perdido la voluntad de querer más”. En un hotel de mala muerte se presenta una chiquilla que dice estar embarazada del dueño o dios del hotel, que ni la conoce. “No se llamaba María. No era virgen”. ¿Es una versión del principio del evangelio de san Mateo? Un pluriasesino en potencia renuncia a su matanza después de que Dios lo mire desde los ojos de un perro. La actualidad visionaria de Marley estaba muerto se graba con óptica de cámara en mano capaz de meterse en la conciencia de los personajes y del público, que no puede dejar de mirar.
Marley estaba muerto. Carlos Zanón. RBA. Barcelona, 2015. 232 páginas. 11,40 euros.

miércoles, 14 de octubre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "Dos años, ocho meses y veintiocho noches", última novela de Salman Rushdie. "Las mil y una noches de Salman Rushdie". Juan Ángel Juristo

   En "cuartopoder.es":

Las mil y una noches de Salman Rushdie

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: 


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El escritor Salman Rushdie. / Efe
El problema de Salman Rushdie como escritor es haber publicado Los Versos satánicos porque, para bien o para mal, fue la obra que le determinó.  Perteneciente a la nueva generación de escritores británicos, donde se encuadran nombres como Julien BarnesMartin Amis Ian MacEwan, que surgió en la década de los ochenta como necesaria y justa renovación de las letras inglesas, Rushdie conoció un temprano reconocimiento desde su novela Vergüenza, porque un escritor que venía del mundo de las antiguas colonias -pero hombre perfectamente acoplado al Reino Unido y a la tradición de la literatura occidental, pero de un denso calado en las culturas india e islámica- era poco menos que un mirlo blanco para dar esa imagen de un Reino Unido cosmopolita que en sus nuevas hornadas culturales contaban con representantes excelentes de las antiguas colonias. Para colmo Salman Rushdie era autor de calidad y fue capaz -sin la evidente influencia de Cien años de soledad la cosa no hubiera sido posible- de darse a conocer internacionalmente con una novela como Hijos de la medianoche, que formaba una inexpugnable trabazón entre hechos históricos y míticos, algo que bordaba García Márquez, y que no era ajena a la tradición de la literatura anglosajona y, por supuesto, india. Todo era favorable al triunfo de ese tipo de obras. Triunfó.
Y luego se le cruzó Los Versos satánicos y su orden de asesinato que fue revocada después de muchos años y el triunfo literario cambió de signo y se hizo cuestión de estado y la claridad comenzó a enturbiarse pues ya no había manera de distinguir al escritor nato del hombre público, mundialmente conocido pero cuyo conocimiento tenía mucho que ver con una película de espías. Aún recuerdo la voz de la jefa de prensa, Carlota del Amo, llamándome para tener una cita de muy escasas personas con Rushdie en el Hotel Palace, aquello sonaba como un susurro en una novela de Le Carré, con motivo de la presentación de un libro suyo que no era una novela. Luego Rushdie publicó un hermoso libro de memorias, Joseph Anton, donde homenajeaba a Chéjov Conrad sin disimulo, autores referenciales para él, ya desde el título mismo, un libro que daba cuenta de esos diez años duros de la fatua, un libro escrito con imaginación desbordada y donde muchos esperábamos que algún día se descolgara con una narración que no desmereciera de Hijos de la medianoche.
Ahora, después de muchos años, demasiados para un escritor, Salman Rushdie ha publicado Dos años, ocho meses y veintiocho noches, en Seix Barral, donde intenta recrear de nuevo Las mil y una noches, ya que lo que ha hecho Rushdie para titular ha sido computar de forma tremendamente prosaica el mucho más sugerente título de la recopilación de relatos árabes. No le quedaba otra. El autor se siente feliz después de años sin atreverse con un libro de ficción y parece que la razón es directamente proporcional en este impulso al de la libertad de que goza, una vez revocada oficialmente la sentencia.
Cubierta de la obra.
Cubierta de la obra.
Rushdie vuelve, así, al universo creado por Los Versos satánicos y, sobre todo, por Hijos de la medianoche. Es una novela con elementos tomados del universo indio, persa y árabe y respecto a la combinación de estas culturas, bastante bien trabado y con una coherencia que va mucho más allá de lo sugerente. Con esta novela, los años de sequía de la fatua provocada por Jomeini parecen haber desaparecido y el resultado, después de ese Joseph Anton memorístico, resulta más que sugerente para transformarse en espléndido, ya que los recursos que emplea en esta novela el autor, amén de desaforados, son muy inteligentes desde un punto de vista de estructura literaria. Que Rushdie adora a García Márquez ya lo hemos dicho, pero lo que llama la atención es la perdurabilidad de esa pasión, y ello se nota en esta novela que pretende en cierta manera dar alas actuales al clásico oriental, que es plenamente árabe pero cuyo origen es persa e indio.
Por haber en la novela hay de todo, ya que transcurre en once siglos, desde la España del Al Andalus de Averroes -hay multitud de referencias a la España de la época, que no era España, sobre todo hay referencias a la ciudad cordobesa de Lucena-; hay, por haber, incluso, un dibujante de cómics que se transforma en superhéroe; hay djins, esos demonios orientales tan pródigos en Las mil y una noches, que en la batalla de la luz y las tinieblas, dan lugar a la Era de la Extrañeza, donde estamos hoy, y Rushdie no se inhibe a la hora de recordarnos que el puritanismo es lo único capaz de acabar con la felicidad humana. El libro está traspasado de humor, pero lo que conmueve es la historia del viejo, decrépito, proscrito Averroes, víctima de los fanatismos de su tiempo y nombre señero de la cultura árabe, hombre que intentó aunar fe y razón, creencia y ciencia, en contraposición al persa Al Ghazali, que se obsesionaba con encontrar la incoherencia en los pensadores que la religión parecía no tener, tanta era su sagrada condición.
No hace falta ser muy sagaz para darse cuenta de que la trasposición Averroes-Al Ghazali tiene que ver, once siglos después, con su propia experiencia vital. Averroes-Salman Rushdie, destinos similares, aunque creo que aquí la metáfora juega a favor de Rushdie, que le ha tocado vivir tiempos más felices. Por otro lado, hay que decir que Goya es otro de sus artistas más gozosos, y que aparte de Averroes y Goya, Rushdie admira a Buñuel y siente un especial afecto por su amigo Antonio Muñoz Molina. Desde luego los vínculos con nosotros no son escasos, pero hay más, y es que son intensos y sentidos. La herencia de García Márquez le viene desde joven.

lunes, 12 de octubre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "La zona de interés", última novela de Martin Amis. "Frivolidad y nihilismo". Ignacio F. Garmendia


   En "El Día de Córdoba":

Frivolidad y nihilismo

IGNACIO F. GARMENDIA | ACTUALIZADO 11.10.2015 - 05:00
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Sabemos desde hace mucho que a Martin Amis le gusta provocar, pero al margen del ruido mediático las novelas se defienden solas y esta última, donde vuelve a tratar del Holocausto, aunque de forma mucho más explícita y arriesgada que en La flecha del tiempo, es una obra sin duda valiosa, tanto más dada la dificultad de llevar la ficción a un territorio demasiado real en el que la intensidad del horror no admite calificativos. La Zona de Interés no sólo aborda la más delicada de las materias, sino que lo hace en clave de sátira y para contar la historia de un amor no consumado, doble salto mortal del que Amis sale sorprendentemente ileso. La clave está en que no se burla de las víctimas, sino de los verdugos, y aunque esa burla contiene momentos de una ligereza que habrá quien juzgue inadmisible o sobre todo exige mostrar lo que el pudor ha confinado a los libros de Historia, el novelista ha sabido hacerlo con una extraña sobriedad, que no recurre a las veladuras o los sobreentendidos -vemos, oímos, olemos, casi tocamos: dice uno de los cautivos que el gusto era el único sentido no extinto, entre quienes habitaban los campos de la muerte- pero tampoco se permite el patetismo. 

El escenario inequívoco es Auschwitz, transmutado por Amis por el genérico Kat Zet, entre los años 1942 y 1943, cuando se ha puesto en práctica la Solución Final y la maquinaria del exterminio funciona a pleno rendimiento. Tres narradores se alternan en el relato: el brutal comandante del campo Paul Doll -inspirado en la abominable figura de Rudolf Höss-, el joven oficial Angelus Golo Thomsen -sobrino de Martin Bormann, secretario personal de Hitler y uno de los hombres más poderosos de la cúpula nazi- y el desdichado Szmul, jefe de los Sonderkommandos, formados por judíos que colaboraban a la fuerza en la aniquilación de sus compañeros de raza: "los hombres -dice él mismo- más tristes de la historia del mundo". Cada vez con mayor distancia, asqueado en el fondo pero sin pasar por ello de la ambigüedad o el cinismo, Golo cumple con su cometido, que se centra en poner en marcha una fábrica de caucho y combustible sintéticos, aunque su verdadero interés está en seducir a la mujer de Doll, Hannah, la cual detesta a su marido. Apodado el Viejo Bebedor, el comandante es un hombre tosco y de escasas luces que cultiva la autocompasión, se lamenta todo el tiempo de lo pesadas que son sus responsabilidades y se jacta de no ceder al "falso sentimentalismo". 

Obsesionado por un antiguo amante de Hannah -Dieter Kruger, catedrático y agitador comunista, cuya presencia fantasmal atraviesa toda la novela-, Doll empezó en Dachau su carrera en la "jerarquía de la custodia" y se ha convertido en un veterano victimario sin cargo ninguno de conciencia: "El bien y el mal, lo bueno y lo malo son conceptos que tuvieron su momento, y que han pasado a la historia". Desprovisto de escrúpulos morales, sus problemas se refieren a la incomprensión de los mandos, al sacrificio no reconocido o a las dificultades técnicas que plantea la espantosa tarea que tiene encomendada, aludida con los conocidos eufemismos que cosificaban a las víctimas -los cadáveres, por ejemplo, eran "piezas" (Stucke)- hasta extremos repugnantes. Muchos de los episodios que aparecen en La Zona de Interés -otro eufemismo- resultarán familiares a quienes hayan leído algo sobre la dinámica y las distintas fases del Holocausto: los engañosos discursos de bienvenida en la rampa de llegada de los trenes, la inmediata "selección" que discriminaba a los pocos aptos para el trabajo, el desenterramiento e incineración de decenas de miles de cuerpos -sepultados antes de la instalación de los hornos crematorios- para destruir las pruebas, pero la maestría de Amis se manifiesta sobre todo a la hora de reconstruir la atmósfera, mezcla de frivolidad y nihilismo, en la que los ejecutores, corrompidos hasta la náusea, realizaban su "trabajo". 

A través de Golo, el círculo familiar formado por Bormann -"el tío Martin"- y su mujer Gerda, aparece recreado conforme a la espeluznante combinación de ideas odiosas -o sonrojantes, de tan estúpidas- y suaves maneras de la que han hablado los historiadores. Sus conversaciones con el sobrino revelan los celos, intrigas y desavenencias entre los altos jerarcas del Reich, acompañados de apodos infamantes: Rosenberg el Masturbador, Himmler el Charlatán, Goering el Travesti o Goebbels el Lisiado. El propio Hitler no es mencionado por su nombre, sino en calidad de Jefe o Libertador que a partir de un momento dado -la fallida campaña de Rusia, seguida con creciente preocupación por quienes se habían considerado invencibles, marca el punto de no retorno- dirige su pulsión destructiva hacia la propia Alemania. Al otro lado, el insondable abatimiento de los Sonders, muertos vivientes -saben, por haber manipulado los cadáveres de sus predecesores, que les espera el mismo destino- cuyos ojos nunca miran de frente. En un pasaje especialmente conmovedor, Szmul cita, sin citarlo, el Non omnis moriar horaciano, "no todo yo moriré", pues sus palabras -que leemos- guardarán lo que ha pasado. Todo en la novela, impecablemente documentada, suena verosímil, lo que es decir mucho tratándose de una historia casi inconcebible. La osadía de Amis ha sido grande, pero no cabe dudar de su intención, que ha sido retratar a los asesinos como seres no sólo mezquinos y deshumanizados, sino grotescos y hasta ridículos.

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "La zona de interés", última novela de Martin Amis. "Holocausto con humor (y amor). Carlos Zanón

   En "El País":

Fábrica de armamento nazi en el campo de concentración de Dachau, donde trabajaban judíos. / AP

“Si lo que estamos haciendo es bueno ¿por qué huele tan mal?”, se pregunta uno de los personajes de la nueva novela de Martin Amis (Swansea, 1949). Un trabajo que viene, como es ya de rigor mediático, con la polémica necesaria para que no pases las hojas de cultura a golpe de bostezo. Una controversia que, una vez leído el libro, uno no acaba de entender. La Zona de Interés ha sido elogiada en Gran Bretaña y EE UU como la vuelta del mejor Amis. Cierto, aunque el peor Amis siempre suele ser más que el mejor de muchos otros. En 1991 con La flecha del tiempo ya entró, aunque fuera de modo indirecto, en este territorio del Holocausto. Aquí lo pone frente a nosotros de una manera fascinante y ese uno de los logros.
El drama es un escenario. Las víctimas son el tema, el problema, los miembros del coro que nunca pierden la dignidad por mucho que los protagonistas de la opereta bromeen, les insulten o les vejen. Ni siquiera la pierden cuando la maestría en el uso de la sátira y la comedia negra de Amis te hace sonreír y hasta divertirte. Eres consciente de que ese tipo está haciendo fácil lo que es casi imposible. Comicidad sobre una de las barbaridades más execrables de la historia. Complicidad costumbrista sobre el estrés laboral de gente que ya no sabe cómo liquidar a tantos hombres, mujeres y niños. Hacer desaparecer sus cadáveres. Erradicar de una maldita vez ese pestilente olor a carne, grasa, entidad subhumana gaseada y quemada. La clave es que no te ríes del dolor de las víctimas. No te entretiene ese drama. Sino que te lo coloca de fondo, distante al principio y que, poco a poco, te va calando como una lluvia que no notas. Sin épica, como un escenario de muertos que regresan a la vida (ya que la maquinaria asesina no da abasto: siempre hay muchos más), un walking dead judío, que tiene mucho de bosque de Birnam. A ratos, el libro recuerda aquel momento de Una noche en la Ópera en el que Harpo va cambiando los fondos de escenario mientras un cantante declama un aria a su amada. El tono no es el de esa comedia desenfrenada, pero sí, en ocasiones, de nave de locos porque quizá desde la imposibilidad de entender lo que pasó solo pueda uno convencerse de que aquello pasó.

La novela tiene tres voces, tres protagonistas, que ponen en marcha la narración de manera eficaz desde la primera página. Tenemos a Golo, joven oficial que llega a un Campo de Exterminio con el objeto de que la maquinaria sea más rápida, más limpia y definitiva. Tenemos al comandante Paul Doll, borracho, grotesco, mezquino y, otra muesca en el talento de Amis, creíble. Golo, una suerte de Valmond en pieza a ratos Lubitsch, se prenda y luego se enamora de la mujer de su comandante. La tercera voz es para Szmul, uno de esos judíos que hacían de vigilantes de sus hermanos y colaboradores de los nazis. El vodevil bien manejado por su autor, el diseño de las escenas en esos escenarios terribles, sobreimpresionados, los problemas del día a día, del trabajo, la noción de que la maquinaria debía seguir porque solo llevada hasta la Solución Final cabrá un armisticio con la Historia.
Los personajes masculinos siempre humanos, comprensibles, tremendos, cómicos, deleznables están gestionados por su autor con un perfecto dominio del oficio. Personajes contrapuestos a los femeninos, una amplia paleta que incluso en lo más abyecto, en lo más estúpido no dejan de ser víctimas, o fuego amigo de una tormenta generada por la violencia de padres, maridos, amantes, comandantes, dioses laicos pero siempre hombres. Mujeres que con unas pinceladas —la representación del ballet, el aborto, la valentía de Hannah— te dan emoción, verdad. Todo ello, con la satisfacción lectora de la próxima derrota –la acción se sitúa en 1942-1943-. La sensación de que los acorralados son los que acorralan, los carceleros, los matarifes los que han perdido el alma, la capacidad de amar, de tener esperanza presos de una paranoia que los va ahuecando la humanidad, como si fueran cáscaras vacías.
Tienen que ganar de una manera absoluta porque su derrota, de acaecer, será absoluta, ignominiosa, sin parangón. Serán matarifes, cobardes, basura, no carlomagnos ni napoleones. Ya no hay Dios, no hay bien ni mal, sólo actos que resultan positivos y otros no. Y ellos no consiguen ni exterminar a una raza desarmada, rota y engañada. El capricho, luego amor, de Golo por Hannah Doll no podrá ser, pero al menor les generará valor, la necesidad de verse en los ojos del otro y gustarse. Pero, claro, sigue oliendo mal allí porque no cabe la generosidad en ese amarse, hacerlo en un Campo de Exterminio, en un régimen totalitario, sin libertad, injusto, sin esperanza.
La novela abandona poco a poco el tono de sátira hacia un final de decepción sentimental. Un final bien orquestado, lógico y cerrado por su autor pero que deja un regusto a que el último fondo de escena que ha dejado colgado Harpo Marx podía ser el acertado para que saludaran los actores pero no para un último acto de una comedia negra. El tono hubiera sido demoledor sin por ello no dejar de estar controlado como en todo el libro por Amis con esos amantes, después de la guerra, que no pueden amarse porque no saben olvidarse. Martin Amis cambia el dial y pone otra emisora. La música sigue siendo excelente pero es otro tono, otra pieza, otra suite. Con todo, es de las pocas ­anotaciones en el ‘debe’ que podría señalar de esta novela rápida, distinta, literaria, divertida al mismo tiempo que siempre indagatoria. O como dice Golo Thomsen, “¿Quién eres? No lo sabes. Entonces llegas a la Zona de Interés y ella te dice quien eres”.
La zona de interés / La zona d’interès. Martin Amis. Traducción de Jesús Zulaika y Ernest Riera. Anagrama. Barcelona, 2015. 307 páginas. 19,90 euros.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Sección NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "El Reino", novela de Emmanuel Carrère

   En "El Día de Córdoba":

Una historia alucinante


Partiendo de su breve experiencia como creyente, Emmanuel Carrère recrea los orígenes del cristianismo para destacar la radicalidad de su mensaje y lo inverosímil de su triunfo.
IGNACIO F. GARMENDIA | ACTUALIZADO 05.10.2015 -
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El escritor francés Emmanuel Carrère (París, 1957).
EL REINO. Emmanuel Carrère. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 páginas. 24,90 euros.

Estamos habituados a que los autores o los editores hagan pasar por novelas -el uso de la etiqueta parece que ayuda o al menos no asusta tanto como la indefinición genérica- libros que sólo forzando mucho el término podrían pasar por tales, pero quienes como Emmanuel Carrère han apostado por dejar de lado la ficción literaria no tienen inconveniente en decir que lo que ellos proponen es otra cosa. Sin abandonar el trasfondo real que ha nutrido su narrativa desde El adversario (2000) hasta Limónov (2011), el escritor parisino plantea en El Reino un híbrido entre el ensayo y la narración que contiene asimismo, del mismo modo que sus entregas anteriores, retazos de autoficción o de autobiografía. Su tema, vinculado por Carrère al episodio de su fugaz conversión y posterior distancia de la fe, es nada menos que el origen del cristianismo en las décadas posteriores a la muerte -y resurrección- de Jesús de Nazaret, cuando los todavía escasos discípulos del Maestro aún no tenían un nombre para definir el nuevo credo ni se habían separado del todo de la religión del Antiguo Testamento. 

La primera parte de El Reino nos muestra al escritor, pasada la treintena, en un momento de crisis, creativa, de pareja y en última instancia existencial, del que sale, al menos temporal o aparentemente, cuando se siente -él mismo lo entrecomilla- "tocado por la gracia". Durante casi tres años, a comienzos de los noventa, Carrère se convierte en un practicante estricto de misa diaria, lee y comenta el Evangelio de San Juan y al mismo tiempo asiste a sesiones regulares de psicoanálisis. Además de su mujer, con la que decide casarse por la Iglesia, dos personajes secundarios e igualmente excéntricos, caracterizados pese a las diferencias por la misma vena mística, destacan en esta primera parte, que se ofrece como una memoria de aquel tiempo que el narrador había casi olvidado: la madrina Jacqueline, una viuda, católica ferviente, que antaño tuteló a la madre de Carrère cuando esta perdió a sus padres y ejerce sobre el hijo un influjo especial, también a la hora de prevenirlo de las vacilaciones que suceden a la iluminación primera, y una medio vagabunda a la que contrata para cuidar de los niños, que conoció a Philip K. Dick -autor del que Carrère escribirá por entonces una biografía, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993)- y vive instalada en el desvarío. Al final de esta etapa finalmente infructuosa, anota el diarista: "Te abandono, Señor. Tú no me abandones". 

Toda esta parte funciona como extenso preámbulo al relato propiamente dicho, contado por un agnóstico -"No, no creo que Jesús haya resucitado. No creo que un hombre haya vuelto de entre los muertos. Pero que alguien lo crea, y haberlo creído yo mismo, me intriga, me fascina, me perturba, me trastorna"- que se acerca a la época fundacional del cristianismo para narrar, como él mismo dice refiriéndose a los en otro tiempo escandalosos libros de Renan, una historia alucinante, "el modo en que una pequeña secta judía, fundada por unos pescadores analfabetos, unida por una creencia absurda por la cual ninguna persona razonable hubiera dado un sestercio", ha perdurado "contra toda verosimilitud". Carrère no pretende saber más que los historiadores, tampoco demasiados, a los que cita, sino recontar lo que puede rastrearse a partir de fuentes muy cercanas a esa primera época, en particular el Evangelio de San Lucas, los Hechos de los Apóstoles -atribuidos al mismo autor- y las Epístolas de San Pablo. Lucas, el médico macedonio, y su maestro Pablo, antiguo perseguidor devenido en converso, son de hecho los protagonistas de El Reino, severo y dogmático el segundo, principal responsable de la apertura a los gentiles, y más moderado el primero, que lo acompañó en sus continuos viajes a las primitivas comunidades cuando estas se debatían entre la obediencia a la Ley mosaica y el nuevo camino de la Vía. Ninguno de los dos conoció a Jesús, pero ambos contribuyeron de manera decisiva a transformar la oscura figura de un rebelde despreciado por su propio pueblo y ejecutado de modo infamante, en una luminaria universal cuyo mensaje, verdaderamente revolucionario, ha marcado la historia del mundo. 

A medio camino entre el reportaje y la quest, desde una perspectiva respetuosa y a la vez distante, en todo caso nada académica, sino por momentos bastante desenfadada, la heterodoxa reconstrucción de Carrère -que interrumpe en ocasiones el relato para dejar constancia de sus dudas o de los pasajes que se ve obligado a imaginar, pero también, por ejemplo, para dar noticia de sus conversaciones con el amigo Hervé, compañero de viajes, o de sus preferencias en materia de pornografía- no teme los paralelismos anacrónicos y recurre más de una vez a la comparación entre los pleitos de los galileos, aún no desvinculados de la religión madre, y las desavenencias de los líderes bolcheviques -Pablo y Santiago, guardián de las esencias judías, como Trotski y Stalin- o el modo en que se disputan los adeptos los maestros del yoga. A decir verdad, El Reino es un artefacto de lo más extravagante que sin embargo funciona, gracias sobre todo a la fuerza de la historia -pero también a la honradez del narrador- y a la frescura y la inmediatez con la que se nos cuenta. En cierto sentido, dice Carrère, la radicalidad y el componente transgresor del cristianismo no han sido superados. Tal vez radique en ello, más que en la fortaleza de la Iglesia, el secreto de su pervivencia.