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martes, 12 de abril de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Guerra civil española. Sobre la novela "Celia en la revolución", de Elena Fortún

Celia cuenta la verdad de la guerra

La popular niña creada por Elena Fortún relató la crueldad de la contienda civil española sin atender a ideologías. La estremecedora novela se reedita ahora, 30 años después

Rocío García   11 abril 2016
Puesto de reparto de juguetes para los niños en el Madrid republicano el día de Reyes de 1937.
Puesto de reparto de juguetes para los niños en el Madrid republicano el día de Reyes de 1937.  EFE
Elena Fortún aguantó toda la guerra civil en España. Vivió en directo el hambre atroz, las bombas, el odio, también la solidaridad y los crímenes de un bando y del otro. Republicana de corazón y anticlerical, la escritora tejió en la calle un testimonio estremecedor sobre la lucha por la vida en la retaguardia de la contienda, sin atender a ideologías ni victimismos. Celia en la revolución, el eslabón perdido de la saga de las historias de Celia, un libro buscado y perseguido por lectores y coleccionistas de la serie, sale de nuevo a la calle editado por Renacimiento.
Con una narración sencilla y directa, poética y desgarradora, la novela, escrita recién acabada la guerra, es un relato autobiográfico de Elena Fortún (Madrid, 1886-1952), una mujer poco convencional que nunca militó en ningún partido político pero que tuvo profundas convicciones republicanas. Se exilió luego a Buenos Aires. El libro se presenta en Madrid el próximo día 22 con la presencia de la alcaldesa Manuela Carmena.
“Es, sin duda, la novela que le hubiera gustado escribir a Baroja”, asegura Andrés Trapiello, autor del prólogo. El entusiasmo de Trapiello por la reedición de la obra, que publicó por primera vez Aguilar en 1987, es enorme. El libro desapareció muy pronto del mercado y solo se podía encontrar en algunas librerías de viejo a precios astronómicos. “Es una novela autobiográfica que no se decanta ni por el fascismo ni por el comunismo, sino que da voz a todos aquellos que no querían adscribirse a ninguno de estos dos bandos. Es la gran crónica del miedo y el hambre, de los desgarros, las muertes y las separaciones. Es el testimonio de una persona dispuesta a reconocer y asumir responsabilidades políticas, penales y morales. El único compromiso de Celia y Elena Fortún fue la verdad de lo que habían vivido, independientemente de la ideología. Ahí están todas las cosas de las que nadie quería hablar, incluidos sus propios crímenes. Es la crónica que cuenta los hechos y las verdades tal y como fueron, alejados de la propaganda de uno y otro bando A la chita callando, Fortún escribió una de las grandes novelas de la guerra civil”, asegura Trapiello. El escritor incluye este testimonio vital dentro del corpus de lo que él llama la tercera España, aquella de la que dieron cuenta gente como Azaña, Juan Ramón Jiménez, Clara Campoamor, Chaves Nogales o el diplomático chileno Morla Lynch. Relatos de esa tercera España por parte de unos autores que proclamaron no la equidistancia, sino la ecuanimidad y que permanecieron sepultados e inéditos durante años por el ambiente tan poco favorable a escuchar y recibir la verdad más absoluta.
La revolución que se vivió en Madrid conforma la primera parte de esta novela-crónica para luego pasar a las ciudades de Valencia, Albacete o Barcelona. “¡Esto es la revolución! Yo me había figurado las revoluciones con muchedumbres aullando por las calles…. Aquí hay silencio, polvo, suciedad, calor y hombres que ocupan el tranvía con fusiles al hombro”, cuenta en julio de 1936 Celia, esa niña de quince años que se hizo cargo de sus dos hermanas pequeñas tras la muerte de su madre y que convive con un padre republicano y un primo miembro de Falange. “A mí, unas veces me parece que tiene razón papá y otras creo que es Gerardo", asegura sincera. Las checas, las barbaridades de los fusilamientos al anochecer, los crueles bombardeos, las huidas de familias enteras, los gritos y las carreras desatinadas por debajo de los balcones... Todo sale a relucir en este desgarrador relato, en el que también hay sitio para la felicidad y la poesía, el olor a tomillo, el radiante sol de otoño o el sabor de una tortilla francesa calentita.
Celia, en una ilustración original de Molina Gallent de los años treinta.  EL PAÍS
El manuscrito de Celia en la revolución, escrito a lápiz, en cuartillas ya oscurecidas por el tiempo y con una escritura muy borrosa, fue encontrado por Marisol Dorao, doctora en Filología Moderna en la Universidad de Cádiz, en los años ochenta. Estaba en manos, recuerda hoy María Jesús Fraga, también doctora y estudiosa pertinaz de la obra de Elena Fortún, del único miembro superviviente de la familia de la autora, su nuera, una viejita despierta y locuaz que vivía en Estados Unidos y que entregó a Dorao un bolsón lleno de papeles. Ahí estaba la obra perdida, la que faltaba en la serie de Celia, la que une de manera definitiva el libro Celia, madrecita y Celia, institutriz. Algo faltaba en la saga y era Celia en la revolución. Sin él no hubieran tenido sentido las últimas palabras de Celia, madrecita: “¿Qué día es mañana? Dieciocho de julio… Ojalá vuelvas pronto, dijo el abuelo. Y el corazón se me apretó sin saber por qué”. Para María Jesús Fraga, la reedición de la obra supone un feliz encuentro con esta periodista y escritora injustamente poco reconocida: “De prosa sencilla y directa, con novelas dialogadas y muy divertidas, que se dirige al lector interpelándolo, Elena Fortún es una de las grandes de la literatura española”.

MUJER DESDICHADA

Todos dicen que Elena Fortún- su nombre real, Encarnación Aragoneses, lo cambió y tomó el seudónimo de una de las obras de teatro de su marido, un militar mucho mayor que ella - fue una mujer desdichada. Su biógrafa, Marisol Dorao, habla de su condición de lesbiana como una de las causas de la infelicidad en su matrimonio que, sin embargo, nunca rompió. De sus dos hijos, uno murió con diez años y el segundo se suicidó en Estados Unidos, país en el que se exilió tras la guerra. Años antes, el marido de la escritora también había decidido quitarse la vida en Buenos Aires, donde se había instalado la pareja. Al final de su vida (muere en Madrid en 1952) abrazó la religión católica. Aún conocida por los libros de Celia, que empezó a escribir por capítulos en un suplemento infantil de un periódico de la época, Elena Fortún fue una prolífica autora de todo tipo de ensayos, reportajes y novelas, muchos de ellos hoy todavía desconocidos e incluso alguno inédito. Abelardo Linares lleva años buscando y revisando la obra de esta escritora dentro de la Biblioteca Elena Fortún, dirigida por María Jesús Fabra y Nuria Capdevila-Argüelles . En breve se publicarán dos nuevos libros: la novela inédita Oculto sendero, un valiente testimonio autobiográfico en torno al lesbianismo y el descubrimiento de su orientación sexual y una recopilación de reportajes, publicados en un periódico en los años treinta, con entrevistas reales a niños trabajadores, bajo el título Un amigo en cada sitio.

domingo, 3 de abril de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. "El porvenir de los vencidos". Antonio Muñoz Molina

Una mujer baña a su hijo en un balde, en un barrio de chabolas a las afueras de Madrid en abril de 1940.
Una mujer baña a su hijo en un balde, en un barrio de chabolas a las afueras de Madrid en abril de 1940.  EFE

El porvenir de los vencidos (Pulsar en el título para leer texto completo)
Antonio Muñoz Molina. 2 abril 2016

Nunca he estado con el historiador Antonio Cazorla, pero estoy seguro de que si nos conociéramos encontraríamos de inmediato todo un mundo de recuerdos comunes. Él nació en una familia trabajadora de Almería, yo en una de la provincia de Jaén. Los dos pertenecemos a una generación española que tiene el extraño privilegio de haber vivido plenamente en dos mundos, o de haber crecido en uno y vivido luego en otro que no se le parecía nada, y cuya existencia ni siquiera sospechábamos antes de vernos sumergidos en él. El atraso general del país era más grave aún en nuestra Andalucía interior. Por eso nos parece que tenemos recuerdos anteriores al tiempo de nuestras vidas. Hay una diferencia menor entre nosotros, pero significativa: la diferencia en los años de nuestro nacimiento. Yo nací en 1956, en lo que todavía era en gran medida la posguerra; Cazorla en 1963, de modo que cuando llegó al uso de razón vio ya algunos de los grandes cambios que habían empezado con la década. He comprobado que esos pocos años determinan diferencias muy notables en los recuerdos. Mi hermana nació en octubre de 1961, y mi mujer en enero de 1962. Ellas, como le pasará a Cazorla, no llegaron a conocer el aislamiento y la pobreza de los que yo todavía fui testigo, y menos aún el siniestro integrismo católico, anterior al Vaticano II, que sí probamos amargamente los nacidos tan solo unos años atrás.
[…]

lunes, 7 de marzo de 2016

POESÍA. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "Ciudad cero", de Ángel González (1925-2008)




CIUDAD CERO

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años —que eran
la quinta parte de toda mi vida—,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales         
después de la explosión,                                           
Ángel González
y el casi incomprensible 
dolor de los adultos, 
sus lágrimas, su miedo, 
su ira sofocada, 
que, por algún resquicio, 
entraban en mi alma 
para desvanecerse luego, pronto, 
ante uno de los muchos 
prodigios cotidianos: el hallazgo 
de una bala aún caliente, 
el incendio 
de un edificio próximo, 
los restos de un saqueo 
—papeles y retratos 
en medio de la calle... 

Todo pasó, 
todo es borroso ahora, todo 
menos eso que apenas percibía 
en aquel tiempo 
y que, años más tarde, 
resurgió en mi interior, ya para siempre: 
este miedo difuso, 
esta ira repentina, 
estas imprevisibles 
y verdaderas ganas de llorar.

miércoles, 24 de febrero de 2016

CUENTO. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "La Ley", de Max Aub (1903-1972)


                              Max Aub

LA LEY

Manuel García Cienfuegos se cuadró a su pesar:
—¿Yo, defensor?
—Sí.
Miró a su comandante con fijeza y arqueó las cejas.
—Y no pongas esa cara de imbécil.
—No he estudiado derecho.
—¿Comercio, no?
—Unos años; otros medicina. Pero soy perito agrónomo.
—Lo que eres es capitán. Y vas a defender a esos individuos.
—Nos ha amolado…
—Ahora sí, te cuadras, das media vuelta y te vas. Tienes un par de horas para estudiar el sumario. Te advierto que estoy obrando con todas las de la ley. Puedo nombrar defensores de oficio, escogiéndolos entre los oficiales, si faltan letrados.
—Como quieras. Salud.
Manuel saludó, se encogió de hombros y salió de la cocina de la masía, que era —desde hacía tres días— puesto de mando del batallón.
Afuera no se veía ni gota; noche de noviembre cerrada y el agua, cayendo mansamente, sin repiqueteo, aumentaba el silencio y el espesor de la oscuridad. Se envolvió en su poncho y, a tientas, se fue hacia la techumbre que resguardaba la paja sobre la que dormía.
«Nos ha fastidiado el gordo ese. ¿Qué se ha creído? ¿Que para despachar a esos dos al otro mundo tiene necesidad de fastidiar a los demás?».
Desechó la mala intención, que fue una de las cosas que primero se le ocurrieron. ¿Por qué? No, Santiesteban no la tenía tomada con él, ni los presos eran particularmente amigos suyos; lo cual podía justificar el que se le hubiese escogido por defensor de su causa perdida. No: la casualidad, el primer nombre que se le debió ocurrir entre los agregados al Estado Mayor.
Llevaban dos semanas de retirada y a aquellos dos imbéciles se les había ocurrido pasarse al enemigo. No eran los primeros, ni serían los últimos. Pero lo hicieron tan mal…
Desertores cogidos in fraganti, el resultado del consejo de guerra no podía dejar lugar a dudas, pero había que cumplir con las formalidades de rigor. (¿De rigor? —se preguntaba Manuel—. Hay palabras que ni pintadas…). El paripé: los jueces, el fiscal, el defensor. El defensor era él. Había hecho muchas cosas en su vida, y pensado ser muchas, pero eso de verse convertido en abogado nunca se le había ocurrido. Además, ¿defender a unos desertores? «¿Entonces, qué? ¿Voy a tener que identificarme con su manera de ser, con su manera de pensar? Me parece que es lo correcto. ¿De otra manera, cómo podría hacerlo? ¡Qué sumario ni qué narices! Lo que debo hacer es hablar con ellos».
—Oye tú, Germán, déjame tu lámpara.
Los tenían encerrados en una porqueriza. El uno se llamaba Primitivo Ramírez, el otro Domingo Soria. Primitivo era cocinero. Domingo había llegado con la última remesa de movilizados. Era un hombre de treinta y cinco años que ya peinaba canas, chato, taciturno y malhumorado, alto, cargado de hombros; con su media nariz subrayada por un bigote regularmente poblado, el hablar quedo y tamañas manazas. Agente de aduanas, hijo de familia sin familia: tíos y gracias, pero la mitad de las acciones de la empresa era suya; agencias en Port Bou y en Irún, despachos en Barcelona, en Bilbao, en Madrid, en Valencia. Un buen negocio, saneado, sin preocupaciones, fundado en 1882.
Solía vivir en Barcelona, pasar los veranos en San Sebastián y, al socaire de la Concha, examinar el estado de cuentas de las agencias próximas. Tenía amigos, ninguno íntimo; amigas, ninguna querida. Se guardaba y resguardaba de todo, y una manía: los seguros. Estaba asegurado y contraasegurado de y contra todo. Nunca le había sucedido nada: nadie le robó, nunca se le incendió su automóvil. Pero vivía tranquilo: la sociedad y las sociedades le resguardaban. Además, obtenía condiciones muy ventajosas, porque la índole de su negocio le obligaba a asegurar las mercancías que pasaban por las manos de sus empleados. Desapercibido, todos le respetaban. Nunca fue nadie como no fuera, como sucedió, soldado de cuota. Y aun en eso tuvo suerte, que salió libre. Era de la quinta del 22 y pudieron haberle enviado a Marruecos. Se libró de todo sin hacer nada. Los hay con suerte, se decía, sintiéndose asegurado.
Le gustaba la ópera y le bastaba con la temporada del Liceo. A Francia iba de cuando en cuando, para que no dijeran, dejando aparte las estancias obligadas en Perpiñán y en Bayona, por aquello del negocio.
Tuvo una aventura con una francesa: divorciada, en Tolosa, que amenazó durar. Cortó por lo sano; no se sentía seguro con una mujer que sólo chapurreaba español con tal de amarrarlo —o así se lo figuró.
De política no se había ocupado nunca, jamás votó, y le tenía sin cuidado lo que le parecía una cosa sin importancia. Mandaran liberales o conservadores, rigiese la constitución o una dictadura, estuviese al frente de la nación un rey o un presidente, lo mismo le daba; ni siquiera el cataclismo de 1936 le hizo tomar partido, hijo que era de castellanos, nacido en Port Bou. Más le importaban las revistas del Principal, pero sin entusiasmo. Había leído alguna novela de Pedro Mata, otra de Alberto Insúa. El mundo era inmutable y los pequeños cambios superficiales no podían afectar, de ninguna manera, la organización secular que le sostenía a él, Domingo Soria, lo único que contaba de verdad en el mundo, además de su razón social: Soria sobrinos, sucesores de Soria hermanos.
Ni la proclamación de la República, ni los sucesos del 34 lograron hacer mella en su seguridad. El negocio seguía invariable, con sus pequeños altibajos en los beneficios, pero siempre suficientes para pagar las primas de sus cuantiosos seguros. Estaba en San Sebastián el 18 de julio de 1936, el 24 en Francia y se presentó en Barcelona el 28. En su oficina, nadie se extrañó al verle llegar. El contable principal se había hecho cargo del negocio, ya socializado. Le ofrecieron un sueldo —quince pesetas— si quería seguir acudiendo al despacho. Aceptó y nadie se metió nunca con él.
Tenía bastante dinero en sus cuentas corrientes para poder seguir viviendo como de costumbre. En el fondo estaba absolutamente seguro de que aquello duraría poco y que, al resolverse la situación, todo volvería a su cauce. Lo mismo le daba que triunfaran unos u otros, y era lo bastante prudente para callarlo. La Victoria, de Berlín, el Crédit Bancaire de Lyon y la London Assurance le hicieron saber que sus pólizas seguían en vigor y que no se preocupara por el pago inmediato de sus primas si surgían dificultades para la salida de divisas.
Cuando el gobierno de la República se trasladó a Barcelona, encontró a un subsecretario amigo que le libró de la movilización afectándolo a un ministerio, al que ni siquiera tuvo que acudir. Sus amistades en la frontera y en Perpiñán le permitían importar víveres, con los que compraba pequeños favores. Los feroces bombardeos de marzo de 1938 le removieron las tripas —con las ruinas a la vista—, pensó que los rebeldes ganarían la guerra. Lo único que le importaba es que fuera cuanto antes. El fervor popular le tenía sin cuidado, pero tampoco quiso afiliarse a una organización clandestina, tal como se lo propuso Ángel Soler, vecino suyo, hombre de edad, de pronto reverdecido por el peligro.
En la segunda quincena de agosto de 1938, todos los que vivían en Barcelona comían casi exclusivamente lentejas. Domingo Soria vio bajar alarmantemente los niveles de su despensa; le tranquilizaba la espera de una buena remesa de víveres que su amigo el subsecretario había de traerle uno de los días siguientes. El 18, fecha que no olvidaría, decidió ir a cenar a un restorán, por entonces floreciente, en un sótano de la plaza de Cataluña. Dinero no le faltaba y el hombre se olía que poco había de valer al entrar las huestes de Franco en Barcelona. Comiendo pescado le sorprendió la policía militar, que andaba a la captura de desertores: faltaban hombres en los frentes. No le valió su nombramiento. Si el subsecretario hubiese estado en Barcelona es evidente que lo hubiera sacado del cuartel donde lo internaron; pero estaba en París y no volvió sino cinco días más tarde cuando ya nuestro hombre estaba en Reus. De allí, una semana después, tras haberle enseñado el manejo del máuser, lo enviaron a Tremp y de allí al frente.
Domingo Soria estaba muerto de miedo, de miedo de que lo mataran. Lo demás le tenía sin cuidado, ni siquiera le molestaban las naturales incomodidades impuestas por la situación. Referente a la comida enseguida había hecho buenas migas con Primitivo Ramírez, bilbaíno gargantúa que se había aferrado desesperadamente a la cocina desde hacía meses, bien visto de todos, porque sabía darle algún sabor a lo más desabrido. Había sido cocinero de buen hotel, que Domingo conocía.
Cuando los fascistas tomaron Bilbao, Primitivo fue a Santander; cuando ocuparon la Montaña, pasó a Asturias, de allí a Francia y luego, aquí estaba, en su fogón. La mujer se había quedado en Bilbao, a punto de parir. Ahora era padre de un niño, que es todo lo que pudo saber. Hablaba poco, y sólo de eso; socialista, porque todos los bilbaínos decentes lo eran.
Huérfano desde que tuvo uso de razón, lo recogió un pariente lejano, portero del hotel Inglés; pinche tan pronto como pudo serlo, su mundo, la cocina. Un universo cómodo. Se casó con una camarera —de Deusto era ella— y fue feliz.
—Militares tenían que ser…
Ahora había vuelto a blasfemar, vicio que Begoña le había quitado en un santiamén, muy de iglesia la moza.
Hasta ahí no le mintió Domingo Soria a Manuel García, en la porqueriza, como no fuera el asegurarle que siempre había sido republicano de pro. Por otra parte, nadie podía probarle lo contrario. Lo de pasarse al otro lado, era otro cuento. Aseguró que nunca fue esa su intención; quedaron rezagados, él y Primitivo, y se desorientaron. ¿A quién no le sucede? ¿Que por qué se quedaron atrás? No es que se quedaran, volvieron; a Primitivo se le habían olvidado unas latas de sardinas, y, en las circunstancias actuales, no era cosa de dejárselas al enemigo.
—¿Es cierto eso?
—Sí, mi capitán —aseguró el bilbaíno, tras dudar un momento.
—¿Cuántas latas eran?
—Tres —dijo el cocinero, sin darse cuenta del despropósito.
—Tres cajas de cincuenta —acudió a corregir el catalán.
Iba a protestar Primitivo cuando, a la luz de la bujía que les iluminaba, vio los ojos de su compañero y se calló.
—Y luego, en vez de irse a reunir con el batallón, se fueron hacia las líneas enemigas…
—Ya le dije que nos desorientamos, mi capitán.
—Si no es porque les sorprendió una patrulla, se pasan…
—No, mi capitán.
—Yo creo que es mejor que me digáis la verdad. Conmigo no os comprometéis, soy vuestro defensor. A ti —le dijo a Domingo— casi no te conozco; pero a ti, cocinero, sí. ¿Querías ver a tu hijo?
—Pues, sí, señor. ¿Y usted cree que nos vayan a fusilar por eso?
—Conocéis las ordenanzas. Pero yo haré todo lo que esté en mi mano.
—Usted es muy amigo del comandante…
—No creas que sirva para gran cosa.
—Pero usted puede alegar que nos perdimos —imploró Domingo.
—¿Quién lo va a creer?
—¿Qué razón tenemos, o tengo yo, para pasarme?
—Tú lo sabrás.
—La mayor parte de mis negocios están en Barcelona y en Port Bou. Además soy muy amigo de…
—Ya me lo has dicho.
—¿Y eso no sirve de nada? Él responderá.
—No creo que de aquí a dos horas se pueda consultar.
—¿No se podría posponer el consejo de guerra?
—No lo creo.
—Inténtelo. Se lo… —iba a decir «se lo agradeceré toda la vida», pero se calló.
Manuel García ni siquiera se preocupó por saber quién había sido el inductor. La cosa estaba clara. Salió encogiéndose del cuchitril y se fue a pasear por el campo. Empezaba a amanecer. Ya no llovía, pero todo el suelo era lodazal. El techo de la masía se recortaba moradísimo en un livor ajenjo. Un árbol, desnudo del invierno, calcaba las raíces de sus ramas en el hálito del día próximo. Dos hombres, encapuchados, chapoteaban alrededor del pozo. Manuel atravesó el patio —el gallinero vacío, la caballeriza vacía— y salió al campo. Cerca del portón, un arado volcado levantaba el filo de su vertedera hacia el cielo preñado de agua.
Una larga alameda atravesaba el llano mundo labrantío. Manuel, sin cuidarse de los charcos, bien protegidos los pies por fuertes botas de campo, no hallaba salida.
«Dos vidas, puñeta, dos vidas y yo su defensor. No es broma. Soy su defensor. Los tengo que defender. ¿Cómo? No soy abogado. ¿Qué sé yo de eso?». «La Ley».
Se le revolvió la sangre contra su comandante. «¿Qué tengo que ver yo con eso?». Pues sí, tenía que ver. Se ciscaba en la guerra. «Matar, bueno, un fusil en la mano, como fuera. Pero defender… ¿Al fin y al cabo no defendía a España contra los vendidos? Pero ¿defender a unos que se iban a pasar? ¿A unos desertores? El catalán ese, no me va ni me viene, pero Primitivo, el Cochinero…».
Se detuvo.
«No. Si de veras quiero defenderlos, me tengo que poner en su lugar. ¿O no? ¿Cómo lo haré mejor? Si fuera abogado es evidente que podría asumir una posición ecuánime, ver las cosas desde fuera, sacar argumentos de la bolsa del derecho. Pero el caso es distinto: si los quiero defender —que no quiero, pero debo—, me tengo que poner en su lugar. Y hacer todo lo que pueda. ¿Y qué puedo hacer?».
No se le ocurría nada, como no fuese echar pestes del comandante.
«¿Por qué me había de tocar a mí la defensa? Y a esos dos me los van a fusilar ahí, contra la tapia. Dos seres vivos, ni mejores ni peores que yo. ¿Por qué se dejaría embaucar Primitivo por el tipo ese? Y ese Domingo del demonio… Tampoco parece mala persona. A lo mejor, al intentar pasarse los hubieran frito a tiros. Dos más a los gusanos ¿qué importancia tiene? Ninguna. Lo único es que los tengo que defender. Y Primitivo… ¿Qué hago? ¿Doy por bueno eso de que se despistaron? Lo de las sardinas no se lo va a creer nadie. ¿Me limito a pedir benevolencia al tribunal, sabiendo que no hará caso? No, puñeta, yo soy defensor, abogado defensor. ¿No es para reírse? No, no es para reírse. Son dos vidas».
Y le salían los tacos en retahíla. Además, se le helaban los pies. Ya casi era de día. El pardo de la tierra cobraba su color. De las ramas desnudas caían algunas gotas, una se le metió por el pescuezo y le produjo un escalofrío. El deseo de una taza del llamado café caliente le hizo más punzante la presencia mortal de Primitivo.
Hizo cuanto pudo. El consejo de guerra se reunió en el granero. Manuel se sorprendió de su propia elocuencia. Resultó que no tenía que defender a Primitivo, sino únicamente a Domingo Soria. La defensa del cocinero fue encargada a otro capitán que se limitó a pedir clemencia, dados los antecedentes del inculpado. Ni la parquedad del uno, ni la insistencia de Manuel García sirvieron para nada. Los hechos eran claros y la sentencia sin remedio.
Fue el defensor a pasar los últimos momentos con su defendido; cada uno de los condenados tenía ahora una porqueriza para él solo. A Manuel le había entrado un verdadero afecto por aquel hombre que iba a morir un poco por azar. («Si yo no hubiese ido a cenar aquella noche al restorán aquel de la plaza de Cataluña…». «Si el subsecretario hubiera estado en Barcelona…»). Hablaron de la ley, de lo inexorable de la guerra, de la disciplina. Enhebraron lugares comunes: la Ley, las leyes, sin leyes no se puede vivir. Hay que respetarlas. Es la norma de las cosas. El bien de todos.
Manuel se preguntaba si no estaba desvariando. No. Tenía razón. La Ley. Tal vez aquel hombre comprendía que su sacrificio era legal y aquello aplacaba sus nervios.
—¿Usted no sabe nada de seguros de vida?
—No. Francamente no. Siempre creí que se trataba de un engañabobos.
Domingo Soria defendió los seguros de vida. Pero ahora no sabía si su muerte —la clase de muerte que la suerte le deparaba— entraba en las cláusulas de sus pólizas. Y no las tenía a mano. Encargó a su defensor que entrara en posesión de las mismas, tan pronto como fuera a Barcelona, e hiciese cuanto le pareciera prudente. Así se lo prometió Manuel.
Se sorprendía de la tranquilidad del futuro muerto. En el fondo, estaba satisfecho de su comportamiento, del suyo, del de Manuel García Cienfuegos, y de lo bien que había hablado y sobre todo del acierto que había tenido, ahora, al traer a colación la ley y su inexorabilidad, sustento del mundo. Se daba cuenta de que, por instinto, había dado en el único —¿el único?— clavo sedante para su defendido. ¿Por qué no estudiar leyes al acabar la guerra? Desde luego era una barbaridad matar a un hombre por un hecho tan nimio como ese intento fallido de pasarse al enemigo. Bueno, pero ese era el punto de vista del ciudadano Manuel García, perito agrónomo. No el del capitán García Cienfuegos, menos todavía el del abogado, Manuel García Cienfuegos.
De buen grado hubiese insistido acerca de ello, si el tiempo no fuera pasado. Domingo le entregó su pluma estilográfica, su reloj y su cartera, con encargo de hacerlos llegar a sus socios. Le regaló su encendedor, en prueba de agradecimiento. El hombre no flaqueaba.
—No se preocupe, capitán, es la Ley.
La Ley que había respetado toda su vida.
—Usted hizo cuanto pudo. Se lo agradezco.
Lo sacaron al campo y, mientras se procedía a las formalidades de rigor, Manuel se acercó a su comandante.
—Oye, tú. ¿No habría manera de aplazar la ejecución? Es una persona decente.
—Por lo visto, has tomado tu nuevo oficio muy en serio.
—Si quieres. Pero, de verdad…
—A lo tuyo.
No tenía sino resignarse. No era contra la tapia, sino en pleno campo. Ya estaba formado el pelotón: cinco hombres, que no había más disponibles. El pobre Primitivo no se tenía. Manuel, que marchaba al par que Domingo, sintió cierto orgullo por la entereza del condenado, del suyo.
Marcial mandaba al pelotón.
Eso lo hizo reconciliarse a medias con el comandante. No por dar las órdenes, sino por aquello del tiro de gracia. (¿De gracia?). Podía haberle tocado a él. Prefirió su papel. Pero, de verdad, ahora que se acercaba el momento de la descarga y de la muerte de Domingo Soria, no las tenía todas consigo.
Echaba pestes de la guerra. ¿No era suficiente matar a los enemigos declarados?
El campo se abría, desolado y asolado. Ahora habían cobrado cuerpo unos cuantos setos que separaban diversas heredades.
Quién sabe por qué, a esa hora triste, el campo no parecía tener fin. La tierra era plana y el sol, invisible, estaba fijo. No habría otra noche. O, mejor, la noche ya había caído para siempre sobre Domingo Soria, y él tenía culpa en parte, en parte muy exigua, pero la tenía.
No los ataron, ni les vendaron los ojos.
—Apunten…
Domingo Soria echó a correr como un desesperado, como un conejo.
—¡Fuego!
Todos los del pelotón apuntaron a Primitivo, que no se había movido. Cayó blandamente.
Manuel García Cienfuegos, como un loco, echó a correr tras Domingo, desenfundó su pistola y vació todo su cargador contra el fugitivo. Domingo, más ligero, se perdió tras los setos.
A Manuel se le revolvía la sangre. ¿Para eso tanto respeto por la Ley? Estaba condenado, ¿no? ¡Pues a morirse como los hombres!
El comandante le miraba asombrado.
—¿Por qué no disparasteis contra él?
—Estabas tú entre el pelotón y el fugitivo.
—Pero, la Ley…
Se calló, miró a su superior, sonrió:
—Cómo cambian los hombres…
—No lo sabes bien.

miércoles, 17 de febrero de 2016

POESÍA. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "Explico algunas cosas", de Pablo Neruda (1904-1973)

Pablo Neruda



EXPLICO ALGUNAS COSAS


Preguntaréis: dónde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?
Os voy a contar todo lo que me pasa.
Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
                                      Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
                                                        Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
                               Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
                                                   Hermano, hermano!

Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
                        pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!

Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

lunes, 15 de febrero de 2016

POESÍA. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "Galope", de Rafael Alberti (1902-1999)


                                       Alberti

GALOPE

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

viernes, 12 de febrero de 2016

CUENTO. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "Las enseñanzas", de Juan Eduardo Zúñiga





Juan Eduardo Zúñiga



Las enseñanzas

Arreciaba el frío en las calles vacías, se pegaba a las ropas y ponía en la cara agudos pinchitos que hacían lagrimear los ojos; sin embargo, la madre y el hijo seguían adelante, sujetando en el cuello el cierre de los abrigos y protegiéndose de que un mal aire no llegara donde los latidos fuertes descubrían cierta incertidumbre de encontrar o no la casa del profesor que les habían dicho estaba en la calle de Blasco Ibáñez.
Delante de una casa que se destacaba por ser más alta que las demás del barrio y por tener unos carteles en los balcones, había un grupo grande de hombres y mujeres, parecían muy jóvenes, con caras sonrientes casi tapadas por los gorros y las bufandas y las chicas con pañuelos a la cabeza, y entre ellos, alguno con ropa de soldado, y todos miraban hacia el portal y hablaban entre sí con voces fuertes, y en seguida gritaron vivas y hubo aplausos y se oyó un «Viva Rusia» que fue coreado y que la madre y el niño escucharon sin comprender lo que era aquello; se habían parado cerca porque les pareció que repartían algo de comida, un suministro espontáneo de los que a veces organizaba el Socorro Rojo si les llegaban unos sacos de arroz o lentejas, pero pronto vieron que no daban nada y el niño miró a la madre preguntándole con los ojos y ella hizo un gesto de no saber.
Cruzaron tres calles y, por fin, encontraron la casa y, efectivamente, a un lado de la puerta había el letrero «Escuela», pero no aparecía la palabra «Gratuita»; le habían dicho a la madre que así era y ante la duda vaciló en llamar, siguió con los ojos los bordes de la puerta maltratados, calculando lo que le podrían pedir por las clases, pero acabó por apretar el timbre y esperó hasta que abrió un hombre alto, de bastante edad pero no viejo, aunque tenía el pelo blanco, y vestía un mandilón de color azul marino.
La madre le preguntó con timidez, sin decir claramente lo que deseaba, pero el hombre les hizo pasar y cerró la puerta cuando entraron. Escuchó a la madre y miró al niño, que, a su vez, le miraba, atento e intimidado, y éste luego pasó sus ojos por la clase vacía, con unas filas de pupitres oscuros, sucios, sobre los que había clavados en las paredes mapas y un canelón con letras, y encima de la mesa, en la que se apoyaba de espaldas el profesor, veía el retrato de un hombre con barba blanca.
No había que pagar nada, sólo que el niño debía acudir con un delantalito que se pondría encima de la ropa de abrigo porque la clase era muy fría y todos tenían sabañones en las manos, que bien se veían cuando cogían el lápiz para ir escribiendo, Al oír lo cual ella dijo que iba bien abrigado con un abrigo nuevo y calcetines de lana que le habían regalado, y entonces el niño bajó la vista a los calcetines y a los zapatos negros, desgastados, y volvió la cabeza hacia su madre cuando ésta decía que él sabía leer y escribir pero que tenía que aprender y estudiar más cosas.
El profesor daba clase de todo lo necesario y también les enseñaba a que se llevaran bien entre sí, que fueran amigos, que no se pegaran, que si era necesario ayudaran a la familia en lo que un niño podía ayudar, que supieran lo que era el trabajo que les esperaba de mayores; también les enseñaba a odiar aquella guerra que sufrían, con tanto como estaba ocurriendo.
Lo malo era que la guerra se había metido en casa, tan cerca el frente, y los aviones causando muertos y casas hundidas, cada día todo empeorando, sin apenas qué comer y un diciembre tan frío, sin leña para encender un poco la lumbre: pues claro que así se llenaban de sabañones los dedos, la madre repetía lo que oía decir a todas horas y accionaba, de pie ante el profesor, el cual movía la cabeza, afirmando, y llevaba sus ojos hacia una de las ventanas por las que se veían las casitas del otro lado de la calle.
El niño, al fijarse en un mapa, deletreó la palabra «Rusia», y entonces tiró de la manga a la madre y cuando ésta se volvió hacia él le señaló el mapa en la pared y murmuró:
—Rusia.
Y esa palabra la oyó el profesor y alzó la cabeza hacia los distintos colores que tenía aquel gran dibujo: en el centro de una mancha verde se leían cinco letras: RUSIA. Encogió los hombros y dijo, sin que apenas se le oyese:
—No me interesa eso.
Y la madre, que se había dado cuenta de lo que el niño señalaba, respondió a aquel gesto:
—Es que ahí fuera estaban gritando «Viva Rusia» —el profesor negó con la cabeza y a continuación afirmó que podía llevar al niño en cuanto preparase el delantal, pero la madre repitió—: Ahí fuera, eran chicos, gritaban eso, sí, gente joven.
El profesor frunció los labios y dijo:
—Nada tengo que ver con esos. Esta es una escuela libertaria.
Salieron del colegio y emprendieron la marcha, callados ambos, como preocupados, y a la madre le pareció que muy lejos se oían las sirenas de la alarma antiaérea, pero al cabo de unos minutos lo que oyó fue el estruendo que se acercaba de muchos aviones volando muy bajo y, en seguida, un terrible estampido que les sacudió, seguido del trueno del bombardeo allí mismo, que hacía temblar el aire y el suelo, que atontaba y ensordecía, e hizo a la madre dar una carrera casi arrastrando al niño y cobijarse en el quicio de una puerta cerrada.
De las casas salían mujeres dando gritos, y aunque se oían voces que decían ¡Al refugio!, se quedaban unos instantes mirando al cielo y señalándolo para luego correr y perderse en el estruendo que había en calles próximas.
Abrazaba al niño, apretándole contra la puerta de madera, protegiéndole con su cuerpo, diciéndole palabras de consuelo para que no se asustase, y contra ellos se agolparon otras dos mujeres, sollozando y gritando cuando se empezaron a oír los primeros disparos de los antiaéreos que estaban en un descampado de Francos Rodríguez.
Todo lo invadió un humo irrespirable como una niebla espesa y áspera que les obligó a taparse las narices con los pañuelos, y tenían que toser para no ahogarse y así esperaron hasta que cesó el estruendo, y entonces la madre y el niño corrieron hacia la parte que parecía más despejada de humo pero sin saber qué hacer, retrocedieron un par de calles, ante ellos los muros se desplomaban y las tejas venían a caer al centro de la calzada. Entonces el niño rompió a llorar desesperadamente, agarrado a la falda de la madre, sin querer andar, y ella le apretaba contra sí, temblorosas las manos.
Entre la nube de polvo, rojizo por los ladrillos rotos, vio que las casitas de Blasco Ibáñez se habían hundido y quedaban sólo algunas paredes en pie con largas grietas y por encima, las maderas del tejado, y hacia allí corrían varias personas, llamando a los que probablemente habían quedado bajo los escombros, y aparecieron otras, desfiguradas, blancas de cal, con heridas en la cabeza y la cara cubierta de sangre.
Señalaban al cielo y gritaban que eran aviones alemanes, veinte aviones enormes que volaban muy bajo; vociferaba un hombre en medio de la calle.
—¡Alemanes, canallas!
Los dos dieron unos pasos, estrechados en un abrazo que les entorpecía el andar, y los dos tosían y decían algo sin saber lo que era y se detuvieron para contemplar los hundimientos sobre los que se cernían nuevas nubes de polvo.
Llegaban hombres corriendo e iban de un sitio a otro, desorientados, pero en seguida empezaron a levantar vigas de madera y cascotes porque debajo se veían un brazo o medio cuerpo, los cuales había que sacarlos tirando de ellos, tan blandos que parecía no haber carne ni huesos bajo las ropas; brazos y piernas se doblaban, igual que si estuvieran desprendidos, y las caras aplastadas no eran ya de persona. Entre dos o tres los transportaban a un lado de la acera y en el suelo los alineaban; si era un niño, sólo uno lo llevaba en brazos y levantaba la cara para no mirar en lo que estaba convertido: todos con las ropas desgarradas, sin calzar, cubiertos de polvo.
En su aturdimiento, la madre quería tapar la cara del niño, taparle los ojos para que no viera aquello, pero no se movían de allí, estaban paralizados, les rodeaban voces, llamadas, nombres que se gritaban una vez y otra.
Llegaron dos coches y en ellos se colocaron a heridos aún con vida y los llantos de las mujeres aumentaban al verlos partir, no se sabía adónde, y a algunas tenían que sujetarlas para que no se acercasen a los sitios en los que se desescombraba porque de vez en cuando un lienzo de pared aún caía o se venía abajo una fila de tejas. Y los hombres del barrio, ya maduros —los jóvenes estaban movilizados—, separaban escombros y resoplaban, impotentes ante montañas de materiales destruidos bajo las que había personas.
—Vámonos, vámonos —dijo por fin la madre, estremecida del frío que aumentaba, y empujó al niño y le forzó a andar, y cuando habían cruzado unas calles, le miró y vio que tenía cal en el pelo y se lo sacudió con el pañuelo y luego le besó; el niño ya no lloraba, pero tenía los ojos muy abiertos, asustados. Pasaron por delante de la casa alta donde hacía un rato vieron a tanta gente frente al portal: ahora no había nadie, los carteles seguían colgando de los balcones pero se habían desgarrado con las explosiones.
Estrechó la mano del niño que llevaba cogida y le dijo:
—No te asustes, ya ha terminado todo, han tirado bombas pero no nos ha pasado nada, vámonos a casa.
Le miró otra vez, le vio muy pequeño, pálido, con su abriguillo nuevo y el pelo revuelto, y exclamó:

—Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides.

jueves, 11 de febrero de 2016

POESÍA. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "Vientos del pueblo", de Miguel Hernández (1910-1942)


Miguel Hernández


    VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN
    Vientos del pueblo me llevan,
    vientos del pueblo me arrastran,
    me esparcen el corazón
    y me aventan la garganta.

    Los bueyes doblan la frente,
    impotentemente mansa,
    delante de los castigos:
    los leones la levantan
    y al mismo tiempo castigan
    con su clamorosa zarpa.

    No soy de un pueblo de bueyes,
    que soy de un pueblo que embargan
    yacimientos de leones,
    desfiladeros de águilas
    y cordilleras de toros
    con el orgullo en el asta.
    Nunca medraron los bueyes
    en los páramos de España.
    ¿Quién habló de echar un yugo
    sobre el cuello de esta raza?
    ¿Quién ha puesto al huracán
    jamás ni yugos ni trabas,
    ni quién al rayo detuvo
    prisionero en una jaula?

    Asturianos de braveza,
    vascos de piedra blindada,
    valencianos de alegría
    y castellanos de alma,
    labrados como la tierra
    y airosos como las alas;
    andaluces de relámpagos,
    nacidos entre guitarras
    y forjados en los yunques
    torrenciales de las lágrimas;
    extremeños de centeno,
    gallegos de lluvia y calma,
    catalanes de firmeza,
    aragoneses de casta,
    murcianos de dinamita
    frutalmente propagada,
    leoneses, navarros, dueños
    del hambre, el sudor y el hacha,
    reyes de la minería,
    señores de la labranza,
    hombres que entre las raíces,
    como raíces gallardas,
    vais de la vida a la muerte,
    vais de la nada a la nada:
    yugos os quieren poner
    gentes de la hierba mala,
    yugos que habéis de dejar
    rotos sobre sus espaldas.
    Crepúsculo de los bueyes
    está despuntando el alba.

    Los bueyes mueren vestidos
    de humildad y olor de cuadra:
    las águilas, los leones
    y los toros de arrogancia,
    y detrás de ellos, el cielo
    ni se enturbia ni se acaba.
    La agonía de los bueyes
    tiene pequeña la cara,
    la del animal varón
    toda la creación agranda.

    Si me muero, que me muera
    con la cabeza muy alta.
    Muerto y veinte veces muerto,
    la boca contra la grama,
    tendré apretados los dientes
    y decidida la barba.

    Cantando espero a la muerte,
    que hay ruiseñores que cantan
    encima de los fusiles
    y en medio de las batallas.

miércoles, 10 de febrero de 2016

CUENTO. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "La lengua de las mariposas", de Manuel Rivas

   Como Las bicicletas son para el verano trata el tema de la Guerra Civil Española, vamos a ir subiendo algunos otros textos de diferentes autores sobre ese asunto.

Fotograma de la película

La lengua de las mariposas
Manuel Rivas

«¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas».
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa». Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi maestro. Cuando era un «picarito», la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. «Pareces un gorrión».
Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil de carnicero. No mentiría si les dijera a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la Alameda.
«A ver, usted, ¡póngase de pie!»
El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Gorrión»
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas en las orejas.
«¿Gorrión?»
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos.
Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. «Tranquilo Gorrión, ya pasó todo».
Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «¡Me gusta ese nombre, Gorrión!». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de pie, agarró un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta».
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
«Una tarde parda y fría...»
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?»
«Una poesía, señor».
«¿Y como se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la puntuación»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve después de llover, don Gregorio».
«¿Rezaste?», preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues si», dije yo no muy seguro. «Una cosa que hablaba de Caín y Abel».
«Eso está bien», dijo mamá. «No se por que dicen que ese nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe». Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?»
Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.
«¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.
«El Demonio era un ángel, pero se hizo malo».
La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las sombras.
«El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega»
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio.
«Si ustedes no se callan, tendré que callar yo».
Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país.
Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.
«¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas», sentenció ella.
«No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque, y subíamos al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois. Y una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.
De regreso, cantábamos por las corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión».
Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. «No hacía falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta, decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tienen que ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de la República».
«¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda calentando la cabeza»
«Yo a misa voy a rezar», decía mi madre.
«Tu, si, pero el cura no»
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría «tomarle las medidas para un traje».
El maestro miró alrededor con desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una sonrisa.
«Respeto muchos los oficios», dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a las mariposas»"
Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca vi sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: «¡Arriba España!» Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.
«¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil»
«¡Santo cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, «Se dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón», oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: «Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la alameda».
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave: «Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro».
«Si que lo regaló».
«No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!»
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tu también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!». Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su fuerza para que no desfalleciera. « ¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!»
Y entonces oí como mi padre decía «¡Traidores» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!» Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida cara al maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. «¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡». Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso». Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tu también!»
Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!».