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miércoles, 10 de febrero de 2016

CUENTO. GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. "La lengua de las mariposas", de Manuel Rivas

   Como Las bicicletas son para el verano trata el tema de la Guerra Civil Española, vamos a ir subiendo algunos otros textos de diferentes autores sobre ese asunto.

Fotograma de la película

La lengua de las mariposas
Manuel Rivas

«¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas».
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa». Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi maestro. Cuando era un «picarito», la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. «Pareces un gorrión».
Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil de carnicero. No mentiría si les dijera a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la Alameda.
«A ver, usted, ¡póngase de pie!»
El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Gorrión»
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas en las orejas.
«¿Gorrión?»
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos.
Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. «Tranquilo Gorrión, ya pasó todo».
Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «¡Me gusta ese nombre, Gorrión!». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de pie, agarró un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta».
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
«Una tarde parda y fría...»
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?»
«Una poesía, señor».
«¿Y como se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la puntuación»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve después de llover, don Gregorio».
«¿Rezaste?», preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues si», dije yo no muy seguro. «Una cosa que hablaba de Caín y Abel».
«Eso está bien», dijo mamá. «No se por que dicen que ese nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe». Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?»
Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.
«¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.
«El Demonio era un ángel, pero se hizo malo».
La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las sombras.
«El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega»
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio.
«Si ustedes no se callan, tendré que callar yo».
Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país.
Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.
«¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas», sentenció ella.
«No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque, y subíamos al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois. Y una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.
De regreso, cantábamos por las corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión».
Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. «No hacía falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta, decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tienen que ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de la República».
«¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda calentando la cabeza»
«Yo a misa voy a rezar», decía mi madre.
«Tu, si, pero el cura no»
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría «tomarle las medidas para un traje».
El maestro miró alrededor con desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una sonrisa.
«Respeto muchos los oficios», dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a las mariposas»"
Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca vi sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: «¡Arriba España!» Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.
«¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil»
«¡Santo cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, «Se dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón», oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: «Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la alameda».
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave: «Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro».
«Si que lo regaló».
«No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!»
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tu también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!». Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su fuerza para que no desfalleciera. « ¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!»
Y entonces oí como mi padre decía «¡Traidores» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!» Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida cara al maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. «¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡». Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso». Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tu también!»
Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!».

domingo, 27 de diciembre de 2015

NOTICIAS LITERARIAS. Crítica de "El último día de Terranova", la nueva novela de Manuel Rivas. José-Carlos Mainer

CRÍTICA / LIBROS

Historia y pasión de una librería

Rivas denuncia el fin de una forma de transmisión cultural. Los libros son frágiles y quedan solo en manos de la fe y la gloria


La librería Terranova está en “liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante relación de términos amenazadores. No es una de aquellas librerías de los años finales del franquismo, que se llamaban Rayuela, Macondo o Jarama porque tenían dueños jóvenes, progresistas y entusiastas. Esta lo ha sido también, pero su pedigrí era mucho más veterano y Manuel Rivas cuenta que la fundaron en 1935 un grupo de amigos: Amaro Fontana, galleguista y profesor de lenguas clásicas, ensayista certero y oculto, miembro del venerable Seminario de Estudos Galegos, que se suicidó al final de una vida de frustración y contumacia, y Comba, su tenacísima esposa, apasionada desde niña por los libros; con ellos estuvo un marinero en tierra, Eliseo, que siempre ocultó su condición homosexual y fantaseó sobre los viajes imaginarios que le llevaban a pasear por La Habana Vieja con Lorca, Guillén (Nicolás), ­Langston (Hughes) y Lezama (Lima), o a conocer a Borges en Buenos Aires y a María Zambrano y su hermana Araceli en Roma. El sucesor y heredero, Vicenzo Fontana, ya en la sesentena, carga ese fardo esplendoroso al que suma una dramática huella de la zarpa franquista: fue víctima de uno de los crónicos episodios de poliomielitis, que el Gobierno español minimizó, y vivió años en un pulmón de acero. Sobrevivió al tratamiento y fue un rebelde —hasta donde pudo— en los años locos en que escribió letras de rock y la librería tuvo incluso un confidente policial de plantilla. Ahora, Vicenzo, víctima del rebrote de la enfermedad de su infancia, se enfrenta a algo peor que la persecución ideológica: la especulación urbanística que tiene cercado a su negocio y ha señalado su fin.
Nos hallamos ante una animada rapsodia de la historia intelectual y moral de A Coruña, y de Galicia, salpicada de historias picarescas, fantasiosas y alguna muy trágica: hay un cura exclaustrado al que llaman Sibelius, un drogadicto imaginativo y rebelde, Dombodán, otros perdularios de diversa condición, un perro que nunca ladra y un montón de gatos, que quizá suplen la imagen de las alimañas sacrificadas a finales de los cincuenta por estúpida orden gubernativa. De esos años, queda también la huella de una mujer joven, Garúa, una argentina cuya “forma de andar era giratoria”. Se parece —sueña Vicenzo— a Dita Parlo, el personaje de L’Atalante, la película mítica de Jean Vigo, pero también tiene mucho de la Maga de Julio Cortázar, arbitraria, imprevisible, libre. Ella “anhela, implora realidad” aunque, en rigor, habita la fantasía para evitarla: huyó de Argentina en los setenta pero volvió para morir a manos de una policía que tiene contactos importantes con la española. En el horizonte de Madrid estaba entonces la sombría inminencia del 23-F, y en Buenos Aires, el sangriento episodio de las Malvinas y el naufragio de la dictadura.

La librería Terranova está en “liquidación final de existencias por cierre inminente”: una impresionante relación de términos amenazadores
El último día de Terranova es un voto sentimental por haber podido habitar aquel mundo, aunque fuera desde el puente de mando de aquella extraña librería, poblada por sentimentales comprometidos e irresponsables que ven el mundo a su manera, desde su “cámara estenopeica” (en rigor, tal cosa es la más primitiva forma de cámara fotográfica — una caja oscura, que concentra los rayos y una superficie en que reflejarse—). De esa vida vicaria se alimentan… Y, por supuesto, de los libros que traen con riesgo y que venden y prestan, o que les roban… Porque si esta novela es la elegía de una forma de vida —a veces, demasiado tocada de sentimentalismo retrospectivo—, El último día de Terranova también es una denuncia del fin de una forma de transmisión cultural, basada en la frágil solidez de los libros, la fe de los lectores y la gloria de quienes los escribieron. Al hilo de estas páginas, los libros brillan como fuegos de San Telmo en una navegación peligrosa: alguien ha pedido que le traigan un ejemplar de Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus; una joven policía confiesa que robó en su juventud losHimnos a la noche; unos recuerdan los bonitos libros de la Fabril Editora porteña, y otros, cómo llegaban de Coimbra los ejemplares deA criaçâo do mondo, de Miguel Torga, o celebran la (poco verosímil) vecindad de la revista gallega Alfar y la surrealista Minotaure. Pero incluso la imprecisión cronológica añade calidez a este alegato… Otra novela de Rivas, Los libros arden mal (2006), fue la conmovedora epopeya de la muerte y supervivencia de la letra impresa en tiempos bélicos; esta de ahora es el aviso de que también puede morir en la guerra que le ha levantado la incultura galopante.
El último día de Terranova. Manuel Rivas. Traducción de Dolores Torres París. Alfaguara. Madrid, 2015. 219 páginas. 18,90 euros.

domingo, 20 de diciembre de 2015

FRAGMENTOS LITERARIOS. "El último día de Terranova", novela de Manuel Rivas


EL ÚLTIMO DíA DE TERRANOVA

Manuel Rivas

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Fragmento

Liquidación Final

Galicia, otoño de 2014

Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.
Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girarme, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas. Que de pronto se encienda de día la linterna del Faro y un destello de luz negra, humeante, recorra la ciudad y enfoque acusador la fachada de Terranova y el letrero del escaparate en el que escribí: Liquidación final de existencias por cierre inminente.
No, no debería haber escrito ese aviso.
Imagino las miradas examinando las últimas existencias, sopesando el valor, el estado de salud, el color, la musculatura, la resistencia del lomo, y las existencias atónitas, empezando a no sentir el suelo, en un estado de desaparición.
Tengo que volver y retirarlo, el letrero.
Mejor mentir y escribir: Liquidación por defunción. Y estar allí, en primera línea.
¿Qué hace usted aquí, señor Fontana?
Esperar al muerto, como todo el mundo.
Eso tal vez provocaría un aplauso. Qué menos que un aplauso, que una ovación. Eso sería una chispa de esperanza. Yo viví esa profecía, la llevé en una chapa cuando dejé de ser el Duque Blanco: No Future. No hay futuro. Me estremece saber que teníamos razón. Era lo último que queríamos tener, la razón. Como descubrir ahora que nuestra fealdad intencionada era una forma de belleza. Que la costra de suciedad era una capa protectora.
Povertade poverina,
ma del cielo cittadina…
Qué bien me sienta este rezo. Mi poeta, Jacopone da Todi. Un regalo del tío Eliseo cuando yo estaba en el Pulmón de Acero: Y te daré pan y agua y hierbabuena, y un puñado de sal a quien venga de fuera.
Debo volver y retirar ese letrero, pero tengo miedo a irme.
Estoy hecho de agua, aire y miedo. De nuevo.
Cuando estaba allí, en el Pulmón de Acero, en el Sanatorio Marítimo, era el burbujeo de las olas el que arrullaba y adormecía mi miedo a extinguirme. La poliomielitis, ¡la polio!, me afectó a mí, pero cayó como un obús en Terranova. Había una gran epidemia de la que apenas se informaba. Cuando golpeaba cerca, la gente descubría, atónita, que la peste acechaba hacía tiempo. A mí no solo me paralizó piernas y brazos. El aparato respiratorio se olvidó de respirar.
Me salvó el Pulmón de Acero.
El cuerpo metido en un tanque cilíndrico. La máquina lo hacía trabajar y recordar. Presionaba para expulsar el aire, cedía para expandir el tórax y animarlo a entrar. Solo la cabeza permanecía fuera, sellada por el cuello. Es curioso. Observar el mundo exterior mientras la vida, tu vida, lucha en la oscuridad. Me sentía en un batiscafo, en una nave a modo de cápsula que parecía hecha a mi medida. El espejo, colocado en lo alto para ver sin tener que mover la cabeza, era mi periscopio. En esa posición, la del enfermo inmovilizado, penosa, tenía a veces la sensación de ver lo que los otros no veían. Lo invisible.
No debería haber escrito ese letrero. No debería haberlo puesto en el cristal con esa orla de esquela mortuoria.
Camino del Faro, me había ido encontrando con carteles semejantes. El kiosco de prensa Sócrates: Liquidación por cierre. La tienda de lámparas Boreal: Liquidación de existencias. La confitería Ambrosía: Liquidación obligatoria. Incluso la taberna Ovidio, ya sin letrero, cómo protestan los ojos cuando paso por delante. La lencería La Donna Moderna: Liquidación total. Esa fue la liquidación en la que más me paré. Dicen que los libreros, cuando salen de paseo, se dedican a ver librerías. Pero no es mi caso. Yo siempre me fijé más en las ferreterías, en los ultramarinos, en las tiendas de juguetes, y en las lencerías, sobre todo en las lencerías donde hay maniquíes. Ah, mi ruta de la seda. La Maja, Las Tres Bes, La Gloria de las Medias, La Crisálida. Y también la sombrerería Dandy. ¡Pruébese un sombrero, señor Fontana! Yo necesito uno de gánster, señor Piñón. No hay problema, ¡se lo hacemos a la medida de Chicago! Pero hoy, en el escaparate de La Donna Moderna, solo hay maniquíes desnudos con el letrero de Liquidación total. Una parada para el desasosiego. Y yo necesito un respiro. Mi memoria es una prolongación del aparato respiratorio. En estos casos, no hay tanta distancia entre el viejo y el niño que fui. Me apoyo, por fin, en el árbol de la horca. En el mismo parque donde colgaron al héroe de la ciudad, el general liberal Díaz Porlier, como corresponde al hijo más querido, el ahorcarlo. Y para calentarle los pies y aliviar lo incómodo de tal posición, quemaron bajo el péndulo del cuerpo sus papeles, las memorias, los manifiestos y también las cartas de amor. Ese árbol me da ánimos. Por eso no me molestó, me alegré como un héroe el día en que oí un murmullo travieso a mi espalda: ¡Qué bien cojea ese cabrón!
Ahora me siento culpable de todos los cierres. Por haber escrito ese letrero. Una rebelión de los ojos. Por haber metido la jodida mano en la intimidad de las palabras. Debería abrir día y noche. Poner luces de barco. Hace tiempo que no veo a jóvenes robando libros. Esa excitación que se produce en el cuerpo, en la mirada. Tengo que volver rápido a la librería. A lo mejor hay alguien que quiere robar un libro. Qué chasco se va a llevar. Qué desilusión.
Son los furtivos. Son ellos. Mi compañía en el fin de la tierra.
Somos, los tres, inconfundibles. Él, el guerrero, la rasqueta como lanza en ristre, arrancando las piñas de percebes en la roca que llaman Gaivoteiro. Cuando se agacha, semeja un cefalópodo. Cada vez que se yergue parece más alto, se alarga metros como un trazo vertical del horizonte. En el cinturón lleva unas bolsas de red donde guarda su captura. Cuando llena una, se la arroja a ella, a la chica menuda. Lo normal es que estén unidos por un chicote. Estoy acostumbrado a verlos así, un extraño ser anfibio con dos cuerpos. Yo, el vigía de la Línea del Horizonte, ¿qué seré para ellos?
Lo sé. Quien está mirando lo que no debería mirar. Quien está donde no debería estar.
Un ángel caído y con muletas. Una liquidación.
La razón de que estén solos en las rocas, de que aprovechen la ausencia de los otros mariscadores, de los profesionales, es el tiempo. Se acerca un temporal. Ahora mismo, nadie lo diría. Porque el mar parece inquieto, pero más frágil y resentido que poderoso y enojado. La impresión es que está a punto de hacerse añicos, tembloroso y agrietado por todas partes, escupiendo y supurando espuma.
Los pronósticos se dan ahora con mucha precisión. Dentro de poco, calculo que en dos horas y media, al paseo del Orzán, con todo el panorama de la ensenada, acudirá una multitud armada con sus herramientas de grabación. Se espera una ciclogénesis explosiva. Es decir, un temporal, incluso una tempestad. Pero esos dos términos están en desuso, como miedos antiguos.
Lo que está a punto de hundir Terranova, no obstante, es una tempestad. Es la palabra que utilizo cuando me preguntan. Me costó llegar a ese augurio trágico. Me parecía un vocablo demasiado excepcional e incluso me daba cierto pudor utilizarlo. Pero cuando lo digo, me doy cuenta de que nada ni nadie se tambalea, excepto yo y la propia Terranova. Lo que sucede, ocurre en el presente, pero cuando explico lo que nos está pasando, mi diagnóstico, me doy cuenta de que me escuchan como un murmullo ya pasado.
Veo en la Línea del Horizonte a mi tío Eliseo, enarbolando uno de sus cien paraguas. Debe de preocuparle que me tire: ¡Eh, chaval, no te derrumbes! Estoy ya viejo para suicidarme, tío. Siempre me trata así, de chaval, probablemente porque me ve otra vez con muletas. Desde que empezó el asedio a Terranova, he vuelto a necesitarlas. El Síndrome Post-Polio, dijo el doctor. La tempestad, es lo que es. Fontana, ¿por qué no compra una de esas sillas con motor?, me preguntó Old Nick, el rentista que quiere expulsarme del edificio, precisamente él. Y le contesté como un neogriego, cual digno hijo de Polytropos: Porque quiero que admiren los muslos que muestra un viejo cuando se despoja de los harapos.
¿Son nuevas?, pregunta tío Eliseo en la Línea del Horizonte.
Son canadienses, tío. Articuladas. ¡Bengalas canadienses!
¡Fabuloso! Pues no desfallezcas, chaval. ¿Qué dijo Will en La tempestad?
Que el pasado es un prólogo, tío.
Y se va reconfortado, convencido de que, en última instancia, una malla de red poética protege de la caída a la humanidad.
Pobre Will, pobre Eliseo.
De modo que todos los informativos hablaron de una ciclogénesis explosiva, con un mar arbolado de olas de más de diez metros. De no ser así, pienso, de no responder el mar a esa expectación, el público se sentirá chafado con las cámaras y los móviles a punto: ¡Menudo fraude! ¡Qué birria de naturaleza! Ya los futuristas decretaron que después de la Electricidad, la naturaleza había perdido todo interés. Los nietos del capo Filippo Tommaso Marinetti dale que te pego a la PlayStation con los juegos de guerra. La guerra è bella! Debería haber escrito una letra así para que triunfasen Los Erizos.
¡Epopopoi popoi!, me gritó hoy el Nacho Potencialmente Peligroso, el jefe de una pandilla que anda por la Vereda de la Torre con uno de esos perros catalogados PPP.
¡Popoi popoi!
Cambié de rumbo, pero respondí. Por vez primera, respondí. Se quedó satisfecho, un colega. Debe de ser de los pocos que recuerdan en la ciudad que yo fui el letrista de Los Erizos, un grupo con cierto éxito en el ambiente heavy, hasta que se dieron cuenta de que no éramos heavys. Que la canción Cross a la mandíbula era una metáfora. Fue culpa mía, la puta cultura. Lo solté yo, en una entrevista, lo dije así, que Cross a la mandíbula era solo una metáfora. ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Una metáfora? En la siguiente actuación, alguien tiró una metáfora que le abrió al cantante una brecha en la cabeza. Y ahí se fue el mito al carajo, por el vertedero de los mitos. Ahora solo hago canciones mientras camino, me apoyo en el ritmo de las muletas e injerto los regalos que fui apañando al azar y amontonando en mi hospicio, como el colega de mi tío Eliseo, el loco Fijman:
¡Hospedería triste de mi vida
en donde solo se aposentó el azar!
Están cogiendo percebes. Él se mueve con una seguridad anfibia, como siempre. Cuando se inclina y golpea en la piedra con la rasqueta, parece un ser venido del mar para luchar con la tierra. Con ese traje oscuro de neopreno, agachado, moviendo con energía los brazos, tiene algo de alcatraz gigante. Cuando se yergue, parece muy alto, de una altura imposible que luego se retrae, flexible, flaco, correoso. Pero no hay nada que lo sujete a tierra. El propio mar, si tuviera ojos, podría darse cuenta de esa anomalía. Y se da cuenta.
Imagino la Ola. No una ola, sino ella, exactamente esa. La Golosa. El movimiento sinuoso de una fuerza que acecha, consciente de sí, camuflada entre las aguas. Puedo oír el ultrasonido de su rugir, la puesta a punto de ese engranaje hidráulico, bajo la superficie tranquila del mar.
Puedo verla. La chica se aleja, pero no tanto, paralizada por el asombro de ver cómo él, que se ha plantado frente a la ola gigante, inesperada, en posición de gladiador con la rasqueta, él ya no está en el sitio en que estaba. No está. No hay hombre. Solo la espuma que ha dejado la ola.
Llamo por el móvil. Uno de esos números de tres cifras. La torpeza de los dedos. Usted no tiene dedos de librero. Tiene dedos de estibador. No saben lo que es mover libros en el Sanctum Regnum. El gasto en prótidos, lípidos y glúcidos. La memoria tiene su estrategia. Me sale el de la policía, el 092. Estoy tan nervioso que no necesito dramatizar, pero digo que son dos los desaparecidos, un hombre y una mujer.
Ahí viene. El helicóptero de Salvamento Marítimo.
Ella está en el límite, con la espuma lamiéndole los pies, y grita haciendo bocina con las manos. El viento y el ruido de las aspas pulverizan las palabras y los nombres, se rompieron los senderos en el aire, y lo que me llegan son quejas, chillidos, gritos deshilachados.
Él, que parecía desaparecido, engullido por la Ola, emerge, se aúpa, trepa por las rocas, los pies son manos y las manos son garras. Llega junto a ella. Posa las manos en la esfera del vientre. Pienso que debería pararse el mundo un instante. Las aves exasperadas del mar. El helicóptero. La sirena del coche policial. Debería haber, en la vida, la posibilidad del plano congelado.
Echan a correr por ese otro mar de hierba, que mece el viento de las aspas giratorias. Se dan la mano, se sueltan, se dan la mano. Caen, se levantan. Bajan por la vega de alisos que lleva a la playa de las Lapas.
Desaparecen.
No solo desaparecen de mi vista. Me doy cuenta de que desaparecen para todos, por esas vueltas de estupor, de desconcierto, que está dando el helicóptero de Salvamento. Parece que las últimas pasadas, antes de volver a la base, de vacío, son las que dan en torno a mí, con ese vuelo enojado y escrutador de los paleópteros cuando la misión, la que sea, no tiene éxito.
Estuvo a punto de llevárselos el mar y ahora se los había tragado la tierra.
El primer guardia que bajó del coche policial me vio inquieto e intentó tranquilizarme.
No se preocupe por ellos. Son como medusas. Transparentes. Pero cualquier día se llevan un disgusto, no del mar, sino desde tierra. No tienen papeles, y hay bravos con carné que pueden romperles los dientes de la risa.
Se acercó el sargento, me saludó y no con mala cara: Así que usted es Fontana, ¡el librero de Terranova!
Por lo menos él no había leído el letrero de Liquidación Final.
No dejaba de mirarme, con curiosidad: El de la desaparición del río Monelos, ese fue un texto antológico.
Fue una denuncia, dije.
Sí, conservo una copia. Guardo copia de todas sus denuncias. La desaparición de la playa del Parrote, la expulsión de los estorninos del cielo de la ciudad, el desalojo de las embarcaciones tradicionales de la Dársena, el abandono de las casas del art nouveau, el estado ruinoso de la antigua prisión… Tiene usted razón, la vieja cárcel podría haber sido un gran taller cultural. Sí, señor. Son piezas históricas. Me refiero a sus denuncias. La otra memoria de la ciudad. ¡Lo que se aprende con ellas! Me da una gran alegría cada vez que presenta una denuncia.
Le agradezco mucho su interés estilístico, sargento. Pero alguna vez deberían abrir diligencias.
Por supuesto, siguen su curso, dijo él señalando algún punto en las alturas.
Hablando de diligencias, intervino el cabo, va a tener que pagar los gastos.
Tenía pinta de ser el más veterano, de pelo canoso, y su tono de mando no solo parecía apuntar a mí y a todo el orbe, sino también a su superior.
¿Qué gastos?, pregunté.
¿Qué gastos? Los derivados de la operación. ¿Usted sabe cuánto cuesta mover un helicóptero?
Sí, pero fue una llamada humanitaria. Estaban ahogándose. Dos personas, una de ellas, una chica embarazada.
Pues vaya escribiendo esa novela para cuando se le presenten los de la delegación del Gobierno con la factura.
Eran dos personas en peligro, insistí mirando al sargento.
Por supuesto, Fontana. Usted cumplió con el deber ciudadano, pero se dan estas paradojas en que los reglamentos legales suelen tener dos caras, una humana y otra… menos humana.
¡Yo llamé a la cara humana!
No se culpabilice, dijo el sargento.
El cabo anotaba la matrícula de la moto abandonada por los dos fugitivos, una máquina vieja con llagas, enlodada y abatida. Al acabar, miró hacia las rocas. El mar se embravecía. Se acercaba el temporal.
Ahora que no está el sargento delante, dijo, debo reconocer que a mí también me gustan mucho sus denuncias. Y siento lo de los estorninos. Yo no quise hacer de hombre-cañón para ahuyentarlos. Aunque discrepo en el asunto del río desaparecido. Era un riachuelo. Una mierda de río.
Corot, Corot, dije nervioso, Corot pintó arroyos así, y son obras de arte.
Chascó la lengua y dijo:
Pues no tendría otra cosa que pintar.
Eché a andar, pero mi desasosiego no se dio por vencido. El recuerdo se apoyaba en las muletas. De vez en cuando me adentraba en un aparcamiento subterráneo donde, en una esquina, podía oír a través del muro de hormigón el ronco canto del raudal encajonado.
Me volví hacia el cabo y le increpé apuntándole con la bengala canadiense:
¡Eh, usted! Usted no sabe lo que es el rumor de un río desaparecido.

Viana y Zas

Será una operación muy rápida.
Paran la moto delante del bar restaurante. Él permanece montado, sujeta el manillar, con el motor encendido. La máquina antigua, ruidosa y humeante, que parece resistir por un rencoroso amor propio. Mira a su alrededor, en un movimiento giratorio de inspección que se diría regulado por el casco, un gran yelmo negro, con el diseño de un relámpago centelleante en la calota y pantalla transparente, una magnífica cabeza cosmonáutica con un cuerpo anfibio, ya que, por lo demás, sigue vestido de neopreno, como cuando saltó de la Línea del Horizonte, una presencia mítica, el guerrero furtivo, un cuerpo que está proclamando De mi lanza depende el pan que como, y que contrasta con la destartalada montura mecánica y el carraspeo tísico del motor al ralentí. Alguien se asoma a la puerta del establecimiento, el dueño, lo sé, el único que viste de camarero, que mira a los laterales de la calle, se pasa la mano por la cara y vuelve al interior del local. El motorista hace un gesto de asentimiento y ella, la chica que va de paquete, desciende, ágil, sí, pero con una ligereza pesada. Un embarazo asombroso. Hace unas horas, corría por el prado como una gacela, incluso por delante del macho. Pero ahora el bulto está en su cuerpo. Es un embarazo de gigante en un cuerpo menudo y flaco. En su caso, el casco es más bien cómico, metal con orejeras de trapo, con las hebillas sueltas. Lleva un vestido holgado, y tiene el andar de una mujer descalza a la que le hubiesen salido chancletas en los pies. La mochila con la que carga no es pequeña e inclina la espalda para ajustar el peso. Como era previsible, se dirige hacia la puerta del restaurante Gambernia, pero de repente se gira, enciende un pitillo y expulsa una bocanada volcánica. Atención, camina resuelta hacia mí, es evidente, pero solo me mira, y lo hace de hito en hito, cuando ya la tengo de frente con ojos de brasa, tal vez el humo ni siquiera es del pitillo, ya lo traía puesto, pero qué más da, porque me dice:
Hemos tenido que soltar toda la guita para que nos devolvieran la Ducati.
Y dispara, sin demora, la frase principal:
¡Fue culpa tuya, cabrón!
Sí, en algunas circunstancias, el tartamudeo es mi lengua más propia, así que tardo en arrancar. Ella ya había abierto la mochila y me la acercó de golpe para que oliese el aroma más animal del mar.
También hemos perdido los percebes. ¡Por tu culpa! Deberías abrir una Oficina del Gafe. Tú eres de los que se tiran al vacío y está lleno.
Me interesó esa imagen. El vacío lleno y el lleno vacío. Tenía una voz dura, algo ronca, pero no desagradable. Sentí el latigazo de la culpa en la pierna y apreté las muletas. Cómo duelen las palabras. No existía en mi cuerpo, y ella acababa de pegarme una como una pústula. Jamás habría pensado que pudiera ser un imán para la mala suerte. Qué diablos. Yo era el perjudicado por lo que acababa de pasar en el Faro. Otra cruz en mi expediente de prescindible. En revancha, la ilustraría en el arte de la caída. Le contaría la historia más triste. Más triste incluso que la del cuento del conejito de Pedro Oom, el conejito huérfano convencido de que su madre era una hermosa berza y, cuando llegó la hambruna causada por las langostas, se la fue comiendo despacito, despacito. Yo metido en el Pulmón de Acero, y mi tío Eliseo, el camarada abyecto de Pedro Oom, haciéndome llorar. A mí, a los otros argonautas de la polio, a las tres niñas jorobadas, a las enfermeras, a todo el pabellón del Sanatorio. Qué creíble era Eliseo incluso haciendo de madre berza. Lo que la hermosa berza decía al conejito: Así como tú viviste durante algún tiempo en mi seno, pasaré yo ahora a vivir dentro del tuyo. La haría llorar con mi cuento abyecto hasta que no quedase ni una lágrima en la historia del llanto.
Pero no dije nada. No contaría nada. La palabra del muerto. Antes que dar lástima, me comería las encías. Se dice que los libros no cambian el mundo. No estoy de acuerdo. A mí, por ejemplo, me están dando una buena paliza. Pero, eso sí, se lo perdono todo por un lote de ejemplares. ¿Cuántos entrarían en el baúl de los emigrantes de Vidas secas, esa familia famélica del sertão forzada a comerse el loro porque es lo único que tienen? Y lo comen porque no hablaba, esa es la excusa para poder digerirlo. ¿Y por qué no hablaba el loro? Porque ellos, padres e hijos, tampoco hablaban para no gastar hambre. No obstante, el loro algo hablaba: imitaba a la perra Baleia. ¿Por qué no se comieron a Baleia? Aparte de ser un saco de huesos, tenía nombre. No se come un animal que tiene nombre. Uno de los libros que metería en el baúl de nómada sería el Reportaje al pie del patíbulo de Julius Fučík. Ese sí que me cambió la vida, la propia forma de andar: Que la tristeza no sea nunca asociada a tu nombre.
Maldición, ¿por qué habré escrito ese letrero? Liquidación final en Terranova. De pronto, el campeón de la tristeza. El culo que se posa justo en la aguja del pajar.
Así me siento desde hace un tiempo, desde que llegó el ultimátum. Un eccehomo desahuciado, cuya única posesión son sus muletas. Y encima este desenclavo. Una chica furtiva embarazada, de mirada encendida, a la que quise ayudar, que me está fulminando c ...