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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Sección ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. Novela negra, Raymond Chandler y realidad: "Gran dormida". David Trueba

David Trueba

   En "El País":

Gran dormida

Raymond Chandler permanece en el tiempo como un escritor admirado

Raymond Chandler permanece en el tiempo como un escritor admirado por sus frases impresionistas dentro de libros de género. Sus ráfagas de literatura plástica presiden historias donde quizá quedan hilos de trama sin resolver, pero sobra atmósfera y talento. En una hermosa descripción de estado de ánimo, el narrador nos dice: “Encendí un cigarrillo que me supo como el pañuelo de un fontanero”. A veces, en la España de hoy, uno tiene esa misma sequedad agria en la boca ante la decrepitud y la insolvencia de quienes están al mando de la nave. Y a uno le sabe la realidad como el pañuelo de un fontanero. Cuando el antiguo presidente de Cajamadrid, Miguel Blesa, pasa unas horas en la cárcel, hay todo un rosario de sensaciones acumuladas, que explican la gran dormida de estos últimos 20 años. El big sleep del que hablaba Chandler.
Si nos detenemos a mirar alrededor, posiblemente encontramos un antes y un después de la expulsión del juez Garzón de su plaza. Pese a los errores y defectos, su impulso por combatir ciertas impunidades fue un hito que lo ha hecho famoso en el mundo entero. Por la fisura que deja su ausencia, determinados jueces están empeñados en la regeneración. Se topan casi siempre con las más altas autoridades, empeñadas en devolver el favor a los políticos e intereses que les situaron en la cima. De ser cierto que la reforma judicial concederá al Gobierno más margen para nombrar a los miembros de los tribunales superiores, estaremos presenciando cómo se lleva a cabo precisamente lo contrario de lo que se presume de estar haciendo. Lograr la independencia es la clave de la reforma, no lo opuesto.
En la trama de corrupción sigue quedando sin explorar una línea argumental fuerte: cómo algunos bancos se vaciaron en beneficiarios escogidos, cómo las finanzas públicas desmadradas engordaron a algunos ungidos por el don de la impunidad.
Las novelas de Chandler siempre acaban en una digna derrota. De los jueces independientes, con un margen de maniobra local que exprimen desde la fe en su oficio, depende que nuestra derrota también termine por ser digna. Al menos, narrada con precisión y luz. Y sacarnos de una vez fuera de la boca este regusto a pañuelo de fontanero.

viernes, 16 de octubre de 2015

Sección NOTICIAS LITERARIAS. "Literatura, política y periodismo". Alberto Manguel. Sobre la nueva Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich

Svetlana Alexiévich

   En "El País":

Desde 1901, la Academia Sueca de Letras otorga el más prestigioso de los premios literarios a un autor que, a su juicio, haya producido “en el campo literario la obra más destacada en pos de un ideal”, según reza el testamento de Alfred Nobel. Esas cinco palabras finales han producido un sin fin de controversias. Proust, Kafka, Borges, para nombrar a tres incontestables genios literarios del siglo XX, no obtuvieron el premio. Sully Prudhomme, Grazia Deledda y Winston Churchill, sí. Si acaso el sentido que debemos dar a las palabras finales de Nobel es el de una obra literaria que propone o defiende un ideal social en pos de un mundo políticamente mejor, los últimos tres nombres pueden quizás defenderse, y los primeros tres no, o no tan fácilmente. Pero si el ideal es artístico, si por esas palabras debemos entender una obra que alcance un grado superlativo de perfección literaria, entonces la justificación debe ser invertida y no cabe duda que Franz Kafka hubiese sido más merecedor del premio que Jacinto Benavente, quien lo obtuvo en 1922, dos años antes de la muerte del autor de La Metamorfosis.
Si nos atenemos al sentido artístico, hay hoy escritores que a mi parecer merecerían recibir el premio Nobel de literatura: Cees Nooteboom, Ismail KadarÉ, Ian McEwan, Margaret Atwood, entre ellos. Pero el premio otorgado este año a Svetlana Alexiévich es por cierto muy merecido si aceptamos el primer sentido. Todo dictador necesita una voz que lo denuncie, y frente a Vladimir Putin, quien se considera quizás a justo título el Napoleón de este miserable siglo, entre las varias valientes voces que no le permiten cometer sus atrocidades en silencio, la de Alexiévich es una de las más pertinentes, agudas y audaces. Las infamias competidas por el incompetente gobierno ruso anterior y posterior a Putin en Chernóbil son denunciadas en Voces de Chernóbil (el único de sus libros traducido al castellano); las crónicas de la infernal guerra del ejército ruso en Afganistán componen su libro Muchachos de zinc; la política de Putin y sus trágicas consecuencias son reveladas en El fin del hombre rojo, un ensayo esencial para entender la Rusia de hoy.
Svetlana Alexiévich es la primera periodista juzgada merecedora del premio y, tal como en 2013 la Academia sueca decidió, con inteligencia, premiar a la escritora canadiense Alice Munro, autora exclusivamente de relatos cortos, reconociendo así la nobleza del menospreciado género, ahora la Academia otorga al periodismo literario, otro género poco valorado, su sillón en el Parnaso. A partir del premio concedido a Alexiévich, los periodistas literarios pueden ufanarse de un linaje prestigioso: sus antepasados son Herodoto y Tomás Eloy Martínez, Truman Capote y Gabriel García Márquez. Como ellos, Alexiévich ha logrado crear una obra convincente e informativa, pero en un estilo que le es propio, a la vez sobrio e indignado, de una complejidad delicada y sutil con la que denuncia implacablemente los horrores más intolerables y atroces. Los libros de Svetlana Alexiévich dan voz a quienes han sido condenados al silencio: las víctimas pertenecientes a comunidades minoritarias, los soldados obligados a combatir en campañas injustas e imposibles, los muertos.
Esperemos que en años futuros la Academia sueca (digo esto sin intento irónico) premie también los auténticos valores de géneros literarios aún desatendidos como el cómic y la novela gráfica. En cuanto se refiere al galardón de este año, si el reconocimiento del coraje de quienes nos cuentan, con admirable estilo literario, lo que ocurre en las tinieblas de la política fuera el único mérito del premio concedido por la Academia sueca este año, eso ya sería suficiente para justificarlo.

jueves, 15 de octubre de 2015

NOTICAS LITERARIAS. El poeta Rafael Cadenas logra el premio García Lorca

   En "El Día de Córdoba":

El venezolano Rafael Cadenas logra el premio García Lorca


EFE GRANADA | ACTUALIZADO 14.10.2015
zoom
El poeta Rafael Cadenas.
El poeta y ensayista venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) fue galardonado ayer con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca-Ciudad de Granada en su duodécima edición, según el fallo del jurado, presidido por el alcalde de la ciudad, José Torres Hurtado, y que destacó la obra "siempre lúcida, deliberadamente marginal y muy callada" de uno de los grandes creadores de la poesía en español de los últimos sesenta años. 

"Para mí fue una sorpresa porque no tenía idea de que yo figuraba entre los candidatos. Debo dar gracias a Granada por esa distinción; es algo que realmente agradezco mucho", dijo Cadenas, que confirmó que irá a recoger el premio en mayo de 2016. 

"Coincido con lo que dice el fallo porque yo siempre he preferido tener lo que llaman bajo perfil, claro que cuando se trata de un premio no puedo esconderme", sostuvo el poeta, que es un confeso detractor del gobierno de Nicolás Maduro, presidente de su país. 

La de Cadenas, Premio Nacional de Literatura de Venezuela (1985) y Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de Guadalajara (México), es una obra intelectual "muy arriesgada e incómoda con cualquier manifestación totalitaria del poder", según Carlos Pardo, portavoz del jurado. 

Considerado uno de los autores más influyentes en la poesía joven que se hace hoy día en España y Latinoamérica, Cadenas publicó su primer poemario en una imprenta local de Barquisimeto en 1946. Desde joven combinó la pasión por la literatura con la militancia política en Venezuela, motivo por el que sufrió cárcel y exilio durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. 

Se refugió en la isla de Trinidad hasta 1957, y fue en Caracas donde escribió y publicó Una isla (1958) y Los cuadernos del destierro (1960), años durante los que formó parte del grupo de debate político y literario Tabla Redonda junto con Manuel Caballero, Jesús Sanoja Hernández y Jacobo Borges, entre otros. 

Dotado de una refinada sensibilidad, Cadenas, también profesor universitario, destaca por una obra densa y estrechamente vinculada al pensamiento filosófico que, según el jurado, parece fusionar los derroteros de la actitud reflexiva con la inspiración pura. 

Su poema más famoso, Derrota, que pasó de copia en copia por España y toda América Latina en los años 50 -trascendió como la marca poética de la generación de los 60-, dio paso a obras como Falsas maniobras (1966), Memorial (1977) o Amante (1983). 

Y en todas ellas, una poesía "esencial, muy exigente con el idioma, muy coloquial, casi minimalista pero directa, que puede entenderse pero que es a la vez muy exigente", según Pardo. 

Autor de algunas de las reflexiones más lúcidas sobre el lugar que ocupa el poeta en el mundo contemporáneo, la poesía latinoamericana y española de los últimos 60 años "no puede entenderse" sin la obra de Cadenas, resume Pardo, para quien el mundo de la literatura debe al venezolano "algunos de los momentos más importantes de la antipoesía de los años 50". 

El premio, dotado en la actualidad con 30.000 euros, nació siendo el de mayor cuantía económica en su género y este año han concurrido a él 43 autores de 18 nacionalidades. Rafael Guillén y Eduardo Lizalde fueron los ganadores en los últimos años.

domingo, 11 de octubre de 2015

Sección ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. Sobre Raymond Chandler y "El largo adiós"


   En "El País":
Junto con Dashiell Hammett es el escritor de novelas negras de mayor prestigio y, probablemente, popularidad. Los dos, aunque primero Hammett, dignificaron un género que hasta entonces era, básicamente, pasto de los lectores de las revistas y las ediciones baratas de usar y tirar. Chandler tenía una formación más rigurosa y académica de lo habitual, pues pese a nacer en Chicago se educó en Londres y completó su formación académica en Francia y Alemania. Regresó a Estados Unidos y trabajó en diversos oficios hasta que en 1932, con 44 años de edad, y tras ser expulsado de la empresa petrolera en la que era ejecutivo, decidió dedicarse exclusivamente a la literatura. En 1954 publicó su novela más afamada y respetada, El largo adiós (...) y en la que el protagonista volvería a ser su detective Philip Marlowe, un héroe romántico, hombre de honor y caballero escéptico, personaje central de toda su producción novelística. (...)

viernes, 9 de octubre de 2015

Sección ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. "El poder de la palabra escrita". Amparo Gil

Romeo y Julieta. Théodore Chasseriau (1819-1856)


El poder de la palabra escrita

La lectura, además de entretenernos y agrandar nuestros horizontes, nos permite comprender e interpretar de manera equilibrada el mundo


En el reportaje El aula del futuro, que publicó la revista Newsweek en octubre de 2001, Steve Jobs comentaba que, si pudiera, cambiaría toda su tecnología por una tarde con SócratesEsta portentosa declaración, contextualizada en la importancia que el fundador de Apple concedía a los profesores, confirma que, sea cual sea el descubrimiento que intente transformar a la sociedad, nunca será tan revolucionario como la manera de enseñar a razonar, a reflexionar, a imaginar y a pensar con criterio, con ética y responsabilidad social. Qué duda cabe que esa grandeza reside en los libros, en la lectura y, para que ésta sea productiva, los educadores somos un instrumento muy eficaz para guiar a las nuevas generaciones en el apasionante mundo de la literatura, de la escritura, en definitiva, de la creatividad.
Con un libro en las manos, sea cual sea su formato o su textura, iniciamos un viaje, no solo por los sentidos y emociones sino también por el conocimiento. Las experiencias personales que vivimos con los libros, y las ensoñaciones que nos provocan, pueden ser tan enriquecedoras como las que practicamos en nuestras vidas. Quienes así lo hemos sentido alguna vez debemos ser capaces de pasar el testigo, de manera tan natural como atractiva, a los más jóvenes. Invitarles a que lean y a que disfruten de esa aventura que en estos momentos resulta algo costosa por la influencia del audiovisual. Hay que expresarles que la lectura conlleva una exigencia inicial pero que pronto se convierte en una pasión, en una necesidad vital. Por ello es importante que los padres y profesores hagamos esfuerzos y dediquemos tiempo a este compromiso sin fecha de caducidad que comportan las letras. Debemos explicarles que la cultura televisiva es menos reflexiva que la cultura textual. Cuando la sociedad se instala en ese modelo de comodidad en el que la imagen pesa más que la palabra, advertimos cómo nacen nuevos comportamientos en los individuos que obedecen simplemente a una cuestión neurológica como asegura el valenciano Pascual Leone, profesor e investigador en la Universidad de Harvard. Básicamente lo que viene a constatar es que las personas imitamos lo que vemos debido a las denominadas neuronas espejo. Por tanto, en estos momentos la imagen tiene más poder de persuasión que la palabra. Si esto es una tendencia, quienes lean en un mundo donde la sociedad está sometida en gran medida a impactos visuales cada vez más monopolizados, tendrán una capacidad mayor para, como escribe Harold Bloom en su libro Cómo leer y por qué, “limpiarse la mente de tópicos”. Siendo así, no deberíamos de perder ni un minuto más en persuadirles para que participen de la naturaleza única de los personajes del realismo mágico de Cien años de soledad, de los poderosos diálogos de las novelas negras de Raymond Chandler, del lenguaje sublime de Shakespeare, de la delicadeza de los versos de Cernuda, de la fantasía de Borges, de la desbordante imaginación de Saint-Exupéry, de los grandes relatos de Dostoievski, de la fragilidad de los relatos de Andersen, o de las indescriptibles habilidades lingüísticas de nuestro universal Miguel de Cervantes. “Hay una versión de lo sublime para cada lector”, continúa afirmando Bloom. Los educadores tenemos que identificarla en función de la personalidad de nuestros alumnos e hijos.
La lectura, además de entretenernos y agrandar nuestros horizontes, en mi opinión, nos permite comprender e interpretar de manera equilibrada el mundo a la vez que enriquece nuestro vocabulario y mejora nuestra ortografía. Así mismo, los lectores contamos con más recursos para empatizar con las vidas de otros ya que la literatura eleva nuestras habilidades sociales. Por último, y volviendo a Steve Jobs, creo que estaría de acuerdo en que la mayéutica, esa técnica socrática que nos ayuda a cuestionarnos los convencionalismos para alcanzar un conocimiento alejado de prejuicios, la podemos poner en práctica en cada viaje literario que emprendemos. Somos lo que leemos, por eso conviene tener muy en cuenta el desarrollo de un plan lector, no solo en los centros educativos , sino, fundamentalmente, en cada hogar.
Amparo Gil es directora de Caxton College

Sección NOTICIAS LITERARIAS. Sobre la premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, y la literatura de no ficción

Svetlana Alexievich

   En "El País":

La isla de Ellis de la literatura

El galardón a Alexievich reconoce a uno de los géneros más importantes del siglo XX, la no ficción


El segundo premio Nobel de Literatura lo recibió en 1902 un ensayista, Theodor Mommsen, el gran historiador de la Roma clásica cuya obra sigue siendo esencial para entender la antigüedad latina. Sin embargo, aquel temprano galardón marcó la excepción, no la regla, porque a lo largo de la historia del premio que establece el canon de la literatura universal, la no ficción ha tenido muy poca suerte. Aunque lo ganaron filósofos como Henri Bergson (1927) o Bertrand Russell (1950), al que también se premió por su rotundo compromiso ético a favor de la paz, la Academia Sueca siempre se ha fijado en los géneros tradicionales, la novela, el teatro y la poesía (aunque Gabriel García Márquez fue un inmenso periodista el jurado reconoció sobre todo su capacidad de fabulación) y había olvidado una de las revoluciones literarias más importantes del siglo XX: el triunfo de la no ficción. Con la bielorrusa Svetlana Alexievich, ganadora en 2015, se repara en cierta medida esa injusticia: este Nobel premia un género que han cultivado (incluso se podría decir que se han inventado) autores que han modelado nuestra forma de ver el mundo, como Truman Capote, Ryszard Kapuscinski, Chaves Nogales o Rodolfo Walsh.
El periodista estadounidense Gay Talese, autor de obras monumentales como Honrarás a tu padre, el primer gran retrato de la Mafia neoyorquina, declaró en una entrevista con The Paris Review: "Los escritores de no ficción somos ciudadanos de segunda, la isla de Ellis de la literatura, de la que no acabamos de salir. Y claro que me cabrea". Una parte significativa de la mejor literatura que se ha escrito en las últimas décadas, libros como Despachos de Guerra, de Michael Herr, A sangre fríaOperación Masacre, El imperio o El emperador, son obras de no ficción. Historiadores como Georges Duby, Fernand Braudel o Jacques Le Gof escribieron en una prosa de una belleza y eficacia inolvidable. Pero, lo que es más importante, no se trata de un premio que mire al pasado, sino al futuro, porque una parte esencial de la literatura actual más interesante cultiva la no ficción, desde el francés Emmanuel Carrère o el español Javier Cercas hasta los argentinos Leila Guerriero (que ha escrito lúcidas páginas que reivindican la no ficción y maravillosas novelas reales como Los suicidas del fin del mundo) o Martín Caparrós, autor de uno de los libros del año, El hambre, un portentoso ejemplo de periodismo y literatura.
En un artículo publicado en la revista de la organización humanitaria Human Rights Watch, Alexievich se definía como una narradora de no ficción que escribía "novelas de voces, que mezclaban el reportaje con la historia oral". Ese mismo artículo recordaba que la primera vez que  fue traducida al inglés fue en la revista Granta, que entonces dirigía Bill Buford, con una historia titulada Los muchachos del zinc, en la que narraba la guerra de Afganistán desde el punto de vista de las madres que recibían los cadáveres de sus hijos muertos en el frente (el zinc hacía referencia a los ataúdes). La fuerza de Alexievich no solo reside en su capacidad narrativa, sino en los temas que escoge para sus relatos, a través de los que pretende retratar sin contemplaciones la sociedad en la que vive y denunciar los abusos del poder, los objetivos que debería marcarse el mejor periodismo.
Sin embargo, la literatura de no ficción tiene sus reglas, o debería tenerlas. Cuando una biografía de Ryszard Kapuscinski escrita por Artur Domoslawski, un reportero de Gazeta Wyborcza que fue su discípulo y amigo, reveló que el maestro polaco redondeaba sus historias (vamos, que se inventaba cosas) provocó una especie de terremoto en el periodismo. El maestro podía haberse saltado la regla de oro del oficio: no rellenar con imaginación los huecos que deja la vida. Una cosa es el debate sobre si Truman Capote se saltaba las reglas del oficio reproduciendo hasta el más mínimo detalle conversaciones y escenas en las que no había estado presente y otra es inventárselas para redondear la realidad. Abandonar la imaginación requiere un pacto con el lector que pasa por la verdad. Esa es, por lo menos, la literatura que este jueves ha sido reconocida en Estocolmo que, por fin, parece haber abandonado la isla de Ellis.

jueves, 8 de octubre de 2015

Sección FRAGMENTOS LITERARIOS. Texto del libro "Voces de Chernóbil", de Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura 2015

Svetlana Alexievich

   En "El País":

Voces de Chernóbil 20 años después

Una periodista relata el mayor accidente nuclear y recoge vivencias de los supervivientes

Svetlana Alexievich 'Voces de Chernóbil'. Siglo XXI de España Editores. Este libro se publicó en 1997 y recoge los testimonios de muchas personas afectadas por la catástrofe nuclear. Ahora se traduce al castellano puesto al día con nuevas confesiones de otros testigos que sufrieron el accidente. La autora nació en Ucrania en 1948. El libro apareció en Estados Unidos el año pasado y ha obtenido el premio del Círculo de Críticos de ese país. Otra obra de la misma autora, 'Chicos en Sink', prohibido durante diez años en su país, destruyó los mitos sobre la intervención soviética en Afganistán.
Testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko: No sé de qué hablar. ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: "Te quiero". Pero aún no sabía cómo le quería. No me lo imaginaba. Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Y otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y abajo, en el primero, estaban los coches. Unos camiones rojos de bomberos. Éste era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba.
En medio de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: "Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto".

Svetlana Alexievich 'Voces de Chernóbil'. Siglo XXI de España Editores. Este libro se publicó en 1997 y recoge los testimonios de muchas personas afectadas por la catástrofe nuclear. Ahora se traduce al castellano puesto al día con nuevas confesiones de otros testigos que sufrieron el accidente. La autora nació en Ucrania en 1948. El libro apareció en Estados Unidos el año pasado y ha obtenido el premio del Círculo de Críticos de ese país. Otra obra de la misma autora, 'Chicos en Sink', prohibido durante diez años en su país, destruyó los mitos sobre la intervención soviética en Afganistán.

"Tiraban el grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; fueron a un incendio normal"

Me da un ataque de histeria: "¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién vamos a enterrar?"
No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero. Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas, y mientras, él reptaba. Subía al reactor. Tiraban el grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal.
Las cuatro. Las cinco. Las seis. A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. A sembrar, arar. Era su trabajo favorito. Su madre recordaba a menudo cómo ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; le construyeron incluso una casa nueva. Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó sólo quería ser bombero. No quería ser otra cosa. [Calla].
A veces me parece oír su voz. Oírle vivo. Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca. Y en sueños, soy yo quien lo llamo.
Las siete. A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están contaminados, no os acerquéis. No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella noche en la central.

Prohibido pasar

Corrí en busca de una conocida que trabajaba de médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche: "¡Déjame pasar!". "¡No puedo! Está mal. Todos están mal". Yo la tenía agarrada: "Sólo verlo". "Bueno", me dice, "corre. Quince, veinte minutos".
Lo vi. Estaba hinchado, inflado todo. Casi no tenía ojos. "¡Leche! ¡Mucha leche!", me dijo mi amiga. "Que beba tres litros al menos". "Él no toma leche". "Pues ahora la tiene que beber".
Muchos médicos, enfermeras y especialmente las auxiliares de este hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas. Morirían. Pero entonces nadie lo sabía.
A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero. El primer día. Luego supimos que bajo los escombros se quedó otro, Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Entonces aún no sabíamos que todos ellos serían los primeros.
Le pregunto: "Vasia , ¿qué hago?". "¡Vete de aquí! ¡Vete! Esperas un niño". Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Me pide: "¡Vete! ¡Salva al crío!". "Primero te he de traer leche y luego veremos".
Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la primera aldea a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar, les pusieron el gota a gota. Los médicos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto la ciudad se llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras. Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos. Lavaban las calles con un polvo blanco. Me sentí alarmada: ¿cómo iba a llegar al día siguiente al pueblo para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación. Sólo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba el pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles. La vida seguía como de ordinario. Lavaban las calles con un polvo.
Por la noche no me dejaron entrar en el hospital. Un mar de gente alrededor. Yo me encontraba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre alguien entendió lo que decía: aquella noche se los llevaban a Moscú. Las esposas se arremolinaron todas en un corro. Decidimos: vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos pasar a golpes, a arañazos. Los soldados, los soldados ya habían formado un cordón de dos filas, y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú, que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no iban, y fuimos a pie, corriendo a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado. Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos.
Llegó la noche. A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle, cubierta de espuma blanca. Íbamos pisando aquella espuma. Gritando y jurando.

Evacuación de la ciudad

Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad para tres o, a lo mejor, cinco días. Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña. La gente hasta se alegró: ¡nos mandan al campo! Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne de asar para el camino, compraba vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos. ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Sólo lloraban aquellas mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre fue como si despertara: "¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!" Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles (¡y a la semana evacuarían la aldea!). ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal.
Por la noche sueño que me llama. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: "¡Liusia, Liusia!". Pero después de muerto, ni una vez. No me llamó ni una vez. [Llora]. Me levanto por la mañana y me digo: me voy sola a Moscú. Yo que... "Adónde vas a ir en tu estado?", me dice llorando su madre. También se vino conmigo mi padre: "Será mejor que te acompañe". Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...
No recuerdo el viaje. Todo el camino también se me borró de la cabeza. En Moscú preguntamos al primer miliciano a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbil, y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí, porque nos habían asustado: no os lo dirán, es un secreto de Estado, ultrasecreto.
-A la clínica número seis. A la Schúkinskaya.
En el hospital, era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dice: "Pasa". Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le rogué, le imploré. Lo cierto es que ya estoy en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo. Encontrarlo.
Ella me preguntó enseguida:
-¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?
¿Cómo iba a decirle la verdad? Está claro que tengo que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.
-Sí -le contesto.
-¿Cuántos?
Pienso: "He de decirle que dos. Si es sólo uno, tampoco me dejará pasar".
-Un niño y una niña.
-Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado por completo; la médula está completamente dañada.
"Bueno", pensé, "se volverá algo más nervioso".
-Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido abrazaros, besaros. No te acerques mucho. Te doy media hora.
Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba sería con él. ¡Me lo había jurado!
Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, se ríen.
-¡Vasia! -le llaman.
Se da la vuelta.
-¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!
Daba risa verlo, con su pijama del cuarenta y ocho, él, que usa un cincuenta y dos. Las mangas cortas, los pantalones. Pero ya se le había ido la hinchazón de la cara. Les inyectaban no sé qué solución.
-¿Tú, perdido? -le pregunto.
Y él que ya quiere abrazarme.
-Sentadito -la médico no lo deja acercarse a mí-. Nada de abrazos aquí.
No sé cómo, pero hicimos de eso una broma. Y al momento todos se acercaron a nosotros; hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque fueron veintiocho los que trajeron en avión. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad? Yo les cuento que han empezado a evacuar a la gente, que se llevan afuera toda la ciudad por unos tres o cinco días. Los muchachos callan; pero había allí también dos mujeres, una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:
-¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué será de ellos?
Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque fuera un solo minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situación y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.
-No te sientes cerca. Toma una silla.
-Todo eso son bobadas -le dije, quitándole importancia-. ¿Tú viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué ha sido eso? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar.
-Lo más seguro es que sea un sabotaje. Alguien lo ha hecho a propósito. Todos los muchachos piensan lo mismo.
Entonces decían eso. Y lo pensaban.
Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-guión, punto-guión. Punto. Los médicos lo explicaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que aguanta uno puede que no lo resista otro. Allí donde estaban ellos hasta las paredes reaccionaban al geyger. A la derecha, a la izquierda y en el piso de abajo. Sacaron de allí a todo el mundo, no dejaron a ni un solo paciente. Debajo y encima, nadie. (...)

El fallecimiento

Una noche estoy sentada a su lado en una silla. A las ocho de la mañana: "Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco". Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación y me acuesto en el suelo -no podía echarme en la cama, de tanto que me dolía todo-, que llega una auxiliar: "¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar!". Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido tanto, me había rogado: "Vamos juntas al cementerio. Sin ti no puedo". Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik.
Era muy amigo de Vitia. Dos familias amigas. Un día antes de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la residencia. ¡Qué guapos se veían allí nuestros maridos! Alegres. El último día de nuestra vida pasada. La época anterior a Chernóbil. ¡Qué felices éramos!
Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera: "¿Cómo está?". "Ha muerto hará unos quince minutos". ¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si sólo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba: "¿Por qué? ¿Por qué?". Miraba al cielo y gritaba. Todo el hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me recobré y me dije: ¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver! Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado.
Sus últimas palabras fueron: "¡Liusia! ¡Liusia!". "Se acaba de ir. Ahora mismo vuelve", lo intentó calmar la enfermera. Él suspiró y se quedó callado.
Ya no me separé de él. Fui con él hasta la tumba. Aunque lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polietileno. Esa bolsa. En la morgue me preguntaron: "¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?". "¡Sí, quiero!". Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lugar de pies parecía tener unas bombas. También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner.

El cuerpo deshecho

Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, el hueso le bailaba, se le había separado la carne. Pedacitos de pulmón, de hígado le salían por la boca. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar!Todo esto tan querido... Tan mío. Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.
Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esta bolsa, lo colocaron en el ataúd. También el ataúd, envuelto en otra bolsa. Un celofán transparente, pero grueso, como un mantel. Y ya todo esto lo introdujeron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo dentro. Sólo quedó el gorro encima.
Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos en Moscú pañuelos negros. Nos recibió la comisión extraordinaria. A todos nos decían lo mismo: no podemos entregaros los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vuestros hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial. En unos féretros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón. Deben ustedes firmarnos estos documentos. Necesitamos su consentimiento. Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personas oficiales. Y pertenecen al Estado.
Subimos al autobús. Los parientes y unos militares. Un coronel con una radio. Por la radio oía: "¡Esperen órdenes! ¡Esperen!". Estuvimos dando vueltas por Moscú unas dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego regresamos de nuevo a Moscú. Y por la radio: "No se puede entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales extranjeros. Aguarden otro poco". Los parientes callan. Mamá lleva el pañuelo negro. Yo noto que pierdo el conocimiento.
Me da un ataque de histeria: "¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?". Mamá me dice: "Calma, calma, hija mía". Y me acaricia la cabeza, me toma de la mano. El coronel informa por la radio: "Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la esposa le ha dado un ataque de histeria"...

Bielorrusia, tras la catástrofe

"BIELORRUSIA. PARA EL MUNDO somos una terra incógnita, tierra ignorada, aún por descubrir. La Rusia Blanca, así suena más o menos el nombre de nuestro país en inglés. Todos conocen Chernóbil, pero en lo que atañe a Ucrania y Rusia. A los bielorrusos aún nos queda contar nuestra historia...".
(Naródnaya Gazeta, 27 de abril de 1996).
El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23' 58", una serie de explosiones destruyó el reactor y el edificio del 4º bloque energético de la Central Eléctrica Atómica (CEA) de Chernóbil, situada cerca de la frontera bielorrusa. La catástrofe de Chernóbil se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX.
Para la pequeña Bielorrusia (con una población de 10 millones de habitantes) representó un cataclismo nacional, si bien los bielorrusos no tienen ninguna central atómica en su territorio. Bielorrusia seguía siendo un país agrícola, con una población eminentemente rural. Durante los años de la Gran Guerra Patria, los nazis alemanes destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas con sus pobladores. Después de Chernóbil, el país perdió 485 aldeas y pueblos: 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2,1 millones de personas, de las que 700.000 son niños. Entre las causas del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar. En las regiones de Gómel y de Moguiliov (las más afectadas por el accidente de Chernóbil), la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20%.
(Enciclopedia de Bielorrusia).

martes, 6 de octubre de 2015

PRENSA. Henning Mankell, "Maestro del 'noir' contemporáneo". Juan Cerezo

Henning Mankell

   En "El País":

Henning Mankell es el gran patriarca de la literatura policiaca escandinava, uno de los maestros de la novela negra contemporánea. En nuestro país su serie protagonizada por Wallander fue pionera en lo que ha acabado siendo una categoría del género criminal: la novela nórdica. Ha vendido más de 40 millones de ejemplares de sus obras en el mundo
Mankell destaca por su infalible capacidad de observación, tanto en cuestiones sociales candentes e incómodas como en los tipos humanos que pueblan sus novelas. Era un gran creador de atmósferas, de la estirpe del mejor Simenon. Y tenía un talento único para crear personajes indelebles, como el protagonista de su serie, Kurt Wallander, el inspector gruñón pero honesto, desastrado pero profesional, solitario pero dotado de certera intuición psicológica para descubrir los secretos que la gente oculta. Es decir, un personaje que, con todos sus problemas personales, es de una humanidad desarmante. Como muchos de los que le rodean o con los que se encuentra. Y por ello sus historias dejan poso, largo recuerdo, porque hablan de dramas humanos de la Europa contemporánea. Como dice en Arenas movedizas, sus emotivas memorias, si los escritores se dividen entre los que iluminan y los que ocultan, él siempre ha perseguido en sus obras desvelar lo que los algunos están empeñados en enterrar o esconder: “Escribir es iluminar con una linterna los rincones de penumbra.”
Autor poliédrico, demostró su talento narrativo no ya en thrillers internacionales, que han sido best sellers globales, como El chinoEl cerebro de Kennedy, sino también en subyugantes historias íntimas y familiares como Profundidades o Zapatos italianos, que tendrá continuación en su recién acabada Botas de lluvia suecas, en su serie africana, con títulos como Comedia infantil o Hijo del viento, en novelas sociales que hablan de inmigración e indocumentados, como Tea Bag, o en sagas femeninas como Daisy Sisters o Un ángel caído.
En buena medida, la validez y credibilidad de sus historias se debió a la coherencia de su actitud cívica, a su compromiso social: pasaba la mitad del año en África (con un pie en la nieve y otro en la arena, solía decir), y dirigía en Maputo (Mozambique) el teatro Nacional Avenida. Montó una editorial con su editor, Leopard, en la que publica a muchos autores del tercer mundo. Participó en la escuadrilla que quiso romper el bloqueo al pueblo palestino. En sus colaboraciones en prensa dejó clara su denuncia de las injusticias y los abusos de una sociedad, la sueca y la occidental, demasiado segura de sí misma y no tan perfecta como nos tranquilizaría pensar.
Juan Cerezo es el editor de Tusquets, sello que edita a Henning Mankell.