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lunes, 30 de mayo de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre tres novelas de Fernando del Paso, Premio Cervantes 2015. Jordi Soler



Tres novelas

JORDI SOLER  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 180 - ABRIL 2016

© Astromujoff
© ASTROMUJOFF
Fernando del Paso ha escrito tres de las novelas más importantes de la lengua española. También ha escrito otras cosas, una novela policiaca (Linda 67) situada en San Francisco, California, y un montón de ensayos, como ese reciente, y muy apabullante (Bajo la sombra de la historia, 2011) donde reflexiona, en casi mil páginas, sobre el islamismo y el judaísmo. Pero si alguien me preguntara qué es necesario leer de Fernando del Paso diría que sus tres novelas magistrales. Su mundo novelístico, un universo complejo y exuberante que exige la total atención, y devoción, de sus lectores, empieza con José Trigo, una historia cuyo centro, si es que tiene uno solo, es una huelga de ferrocarrileros, en 1959, que fue una suerte de parteaguas en la historia contemporánea de México, porque replanteó las jerarquías que hasta entonces articulaban la relación entre el Estado y los trabajadores, entre los líderes sindicales y el poder. El narrador de esta novela busca todo el tiempo a José Trigo en el campamento ferrocarrilero. “¿José Trigo? Era un hombre. Era un hombre cada vez más grande y cada vez más viejo… Era cada vez una sombra más grande”. La belleza plástica de ese campamento, que crece como una mancha en las páginas de la novela, es un triunfo sobre la miseria, es una planicie en Nonoalco Tlatelolco, en el centro de la ciudad, salpicada de chabolas y de vagones vacíos y abandonados donde los ferrocarrileros se han construido sus casas. La prosa es una criatura viva llena de mexicanismos, de aztequismos, de caló, que leída desde el siglo XXI parece la base de su siguiente novela, que convierte esa oscuridad ferrocarrilera en la narrativa lúdica, sublime, explosiva de Palinuro de México, que Del Paso entregaría once años más tarde.
Esta obra maestra, de lenguaje deslumbrante, nos cuenta la historia de Palinuro, un estudiante de medicina, como lo fue el mismo Del Paso, que vive en la Plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México, con su prima Estefanía. Con una exuberante narrativa el escritor va dando cuenta, con mucho humor, de las pasiones, las pulsiones y las tribulaciones de Palinuro, con el fondo de una deliciosa paleta escatológica que abreva de su conocimiento de la medicina. Esta novela se monta en una trama política de los años sesenta, de juventud revolucionaria que termina en Tlatelolco, en la matanza del 68, en ese mismo centro geográfico, más bien espiritual, donde implota José Trigo. Aunque la crítica se ha empeñado siempre en ver aquí una novela política, Palinuro de México es mucho más que eso, es una hermosa turbulencia verbal parienta, si tuviéramos que buscarle una familia, del Tristram Shandy, de Sterne. Si alguien me preguntara cuál es la mejor novela de Fernando del Paso diría que es Palinuro de México.
Una década más tarde Fernando del Paso publicó Noticias del Imperio, una monumental novela sobre la desgraciada aventura de Maximiliano de Habsburgo, y de su mujer Carlota de Bélgica, en uno de los episodios más delirantes de la historia de México: la constitución de un imperio mexicano con monarcas europeos en el siglo XIX. Esta novela polifónica donde también reina la exuberancia, está estructurada a partir de un poderoso monólogo, dicho por Carlota, sesenta años después de la muerte de Maximiliano, desde su encierro en el castillo de Bouchout, que se va asociando con otras voces del coro y va sacando a luz intimidades de alcoba, el derrumbe de los grandes imperios europeos, reflexiones sobre el amor y el deber con el destino, y los delirios de la sangre azul enfrentados al realismo indígena del presidente Benito Juárez, que al final mandó fusilar al emperador. Si alguien me preguntara por cuál novela hay que empezar a leer a Fernando del Paso, diría que por esta, por Noticias del Imperio.

martes, 17 de mayo de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Sobre "En la orilla", de Rafael Chirbes

La gran novela de la crisis en España

Un empresario ligado a la construcción cierra su empresa y se enfrenta a un embargo

Este es el telón de fondo de 'En la orilla', la nueva novela de Rafael Chirbes

Tras retratar en 'Crematorio' la especulación inmobiliaria, llegan los escombros.

Rafael Chirbes obtuvo el Premio de la Crítica en 2008 por la novela 'Crematorio', luego convertida en serie de televisión. En la imagen, el escritor en Valencia.
Rafael Chirbes obtuvo el Premio de la Crítica en 2008 por la novela 'Crematorio', luego convertida en serie de televisión. En la imagen, el escritor en Valencia. Jesús Císcar
"La gente dice que va a pasear por el campo y lo que hace es caminar entre escombros. Miras a los lados del tren y ahí los tienes: váteres, cañerías, ladrillos”. El tren del que habla Rafael Chirbes es el que le ha traído hasta Valencia. Nacido en Tavernes de la Valldigna en 1949, vive en Beniarbeig, un pueblo de Alicante, y es imposible oírle hablar de los escombros que ve desde el cercanías y no pensar en los que llenan su nueva novela, En la orilla, que Anagrama publica la semana que viene. Escombros reales y personales: los que produce el cierre de una carpintería que, arrastrada por la codicia de su dueño y por la crisis de la construcción, pone en la calle a cinco empleados cuyos hijos tienen cuatro problemas: desayuno, comida, merienda y cena. Amarrados a los 400 euros del paro, a la beneficencia y a una rabia que crece —“vosotros lo tenéis todo, yo tengo una escopeta”—, sus voces se alternan con la del jefe, Esteban, consagrado a sus 70 años a camuflar el embargo de la empresa y a cuidar de su padre. Los obreros ven difícil llenar la nevera; el patrón, llenar lo que le queda de vida.
“Yo soy todos los personajes”, dice Chirbes, que cuenta que lo único que tenía claro al sentarse a escribir era esto: en la novela habría un pantano, el lugar al que durante décadas han ido a parar los residuos de las obras y la carroña de animales y hombres. La palabra carroña está en la primera frase de En la orilla y estaba en la última de su anterior novela, Crematorio, publicada en octubre de 2007 y premio de la Crítica la primavera siguiente. En el fondo, una es la cara B de la otra. Si Crematorio era el pelotazo y la burbuja inmobiliaria pilotados por un arquitecto valenciano que cambió ideales políticos por corrupción política, En la orilla es el largo y resacoso invierno que sigue a aquella fiesta. Y que todavía dura.
Si te pones del lado del personaje que más odias descubres tus propias contradicciones. ¿Contra quién escribo? Contra mí mismo
“Escribo de lo que veo. La relación entre las novelas viene después. En cada libro empiezas de cero: lo que en uno fue un hallazgo en el siguiente es un lastre”, subraya el novelista. “En el fondo, el tema es una excusa para las digresiones de los personajes. Por eso digo que todos son yo. Además, ninguno es del todo bueno ni malo, incluso las víctimas tienen sus mezquindades. No me gusta que los malos sean, además, tontos. ¿Un díptico con Crematorio? Pues vale. Aquella me dejó arrasado y esta me ha salido así de brutal: es mi novela más amarga”. En 2011Crematorio, corrosiva sucesión de monólogos escritos a cuchillo, fue convertida enserie de televisión por Jorge Sánchez-Cabezudo, con un soberbio José Sancho en el papel principal. Primero la emitió Canal Plus. Luego, La Sexta. A Chirbes, al que muchos vecinos de su pueblo descubrieron por la tele como escritor, le gustó: “Estaba muy bien hecha, pero tiene poco que ver con el libro. Yo quería huir por todos los medios de la parte policiaca, y la serie es muy policiaca. Tenía que ser así. Lo entiendo, una serie tiene que tener intriga. En una novela la tensión debe estar en el lenguaje y no en la trama. En el libro la corrupción está como está en la vida. Y no es ya la diferencia entre imagen y palabra, es que era televisión: el cine se puede permitir una película divagante de una sentada, pero en la tele, como no dejes a uno en este capítulo con el cuchillo en alto, al mes que viene ya no sales. Luego, cuando dicen una frase del libro, te pones colorado. Escuchas a Pepe Sancho diciendo ‘porque el bien solo tiene un camino”.
En las novelas de Rafael Chirbes la crítica social es evidente, pero no maniquea, una actitud que él ilustra con una imagen tomada de D. H. Lawrence, enemigo de los escritores que ponen el dedo en un platillo de la balanza para inclinarla según sus gustos o su idea de la justicia: “Cuando escribo me importa un carajo la ideología de los personajes, la mía ya saldrá, inevitablemente. Inclinar la balanza es ir contra la literatura, que si tiene algo es que nos hace plantearnos las cosas y corregir nuestra mirada. Si te pones del lado del que más odias descubres tus propias contradicciones. Para personajes de una pieza ya tenemos a los políticos. No me gusta tratar al lector como a un gato al que se le pasa la mano a favor del pelo. Hay que pasársela a la contra, para que se levante. ¿Contra quién escribo? Contra mí mismo”. Con una voz tallada a base de Ducados, Rafael Chirbes insiste en esa idea a lo largo de la charla: mientras camina desde la estación del Norte, delante de un arroz caldoso, de paseo por Valencia (en esta iglesia hay una copia del San Pedro de Caravaggio; en ese hotel se celebró en 1937 el Congreso de Intelectuales Antifascistas; ahí estaba la librería a la que vino Max Aub en 1969…).
Para el autor de ensayos como El novelista perplejo o Por cuenta propia, una novela tiene algo de “almacén de voces”. De ahí su idea del artista como “un pararrayos que atrae las tensiones de su época”. “¿De qué va lo que escribo? Del estado del alma humana a principios del siglo XXI. Si para Balzac el alma de su tiempo eran 8.000 libras de renta, echemos cuentas”. En su opinión, el escritor que huyendo de la Historia no quiere ser testigo de su época termina siendo síntoma de ella. “Si no lo hubiera usado ya Lérmontov, el título de En la orilla podría haber sido Un héroe de nuestro tiempo”, explica. Finalmente, se inclinó por “un título de poco aspaviento; luego tú le buscas el simbolismo: en la orilla de Caronte, en la del pantano, en la de la vida, en la de la Historia”.
La Historia es importante para Chirbes: “¿No decían que el arte te lleva al psiquiátrico y la Historia, a la cárcel?”. Él, hijo de familia republicana, estudió Historia en Madrid después de pasar por Ávila, León y Salamanca como interno en colegios para huérfanos de ferroviarios: su padre murió cuando él tenía cuatro años. “Nunca he vivido con mi familia y con mi hermana no he discutido jamás, pero es cierto, la familia no deja de aparecer en mis libros, y nunca queda muy bien parada. Tal vez porque ha sido un núcleo de la historia de España. Y vuelve a serlo. Uno de los personajes de En la orilla repite eso que ahora se oye tanto: ‘Si esto no explota es porque la familia está ahí, porque los parados viven de la jubilación de sus padres”.
El escritor tiene que ser pulga y liebre para que no te atrapen. En cuanto te descuidas, te han trincado. Dicen: ‘Crematorio, ¡cómo anunciaba! ¡qué lucidez!’.
Tras años de militancia antifranquista, Carabanchel incluido, el escritor en ciernes se marchó a dar clases a la universidad de Fez. En Marruecos, sin exotismo alguno, está ambientada Mimoun, finalista del Premio Herralde en 1988. Era la cuarta novela que escribía, pero la primera que publicaba. Otras ocho vendrían luego a retratar los fantasmas de su autor, los claroscuros de su generación y las sombras de un país borracho de dinero rápido. En 1992, ese año, Chirbes publicó La buena letra, una novela corta que, protagonizada por una mujer represaliada durante la posguerra, se adelantó una década a la ola de ficciones sobre la Guerra Civil. “Una voz de mujer que le devuelve el pasado al hijo que quiere convertir la incómoda casa familiar en un solar”, así ha descrito La buena letra su propio autor, al que le gusta “bromear” diciendo que, en el fondo, era un libro contra el Decreto ley de Ordenación y Medidas Económicas aprobado el 30 de abril de 1985 y bautizado popularmente como ley Boyer, por el ministro de Economía de Felipe González. Aquel decreto permitía, por una parte, transformar las viviendas en locales comerciales independientemente de la calificación que tuvieran en los planes urbanísticos; por otra, suprimía la prórroga forzosa de los contratos de alquiler. “En 1991, poco antes de que se publicara la novela apareció en EL PAÍS un artículo que hablaba de esa ley”, cuenta Chirbes. “Lo escribió Isabel Vilallonga [entonces portavoz de Izquierda Unida en la Asamblea de Madrid], y si lo lees ahora ves cómo anunciaba todo lo que vino luego: subida de los precios, expulsión de los pobres del centro de las ciudades, especulación”.
Pese a su calidad literaria, sociología aparte, una novela así era entonces la voz en un desierto en fase de recalificación. Malos tiempos para la memoria. Nadie necesitaba un aguafiestas. ¿Cómo se hubiese leído 10 años después? “Quizás hubiera sido parte del coro, nada más”, responde su autor. “El escritor tiene que ser pulga y liebre para que no te atrapen. En cuanto te descuidas, te han trincado. Dicen: ‘Crematorio, ¡cómo anunciaba! ¡qué lucidez!’. Te atrapan, pero nadie se da por aludido. Todo son modas. ¿Quién habla ahora de las fosas?”.
Con todo, La buena letra está detrás de un argumento que se repite cada vez que se habla de Rafael Chirbes: tiene más lectores en Alemania que en España. “Fue mérito de Reich-Ranicki, no de los libros”, dice él refiriéndose al prestigioso crítico literario que proclamó en su programa de televisión que La larga marcha, su quinta novela, era “el libro que necesitaba Europa”. Algo más tarde, cosa rara en alguien que pocas veces recomendaba dos obras de un mismo autor, se deshizo en elogios hacia La buena letra. La novela, además, protagonizó la tercera edición del programa del ayuntamiento de Colonia Un libro para una ciudad. Vendió 50.000 ejemplares en una semana. Los dos autores que habían precedido al escritor español eran Orhan PamukHaruki Murakami.
No aguanto la doble moral, y me molesta el que llega arriba y desprecia al de abajo. Hay una especie de amor por los de abajo en todos mis libros. No me acabo de curar de eso.
A aquella historia de una mujer vencida le siguió, dos años más tarde y con idéntica maestría, Los disparos del cazador, la novela de un vencedor, un padre que —“es otro de mis temas”— carga con el desprecio de su hijo por haber ganado dinero. En su caso, con la guerra. En el caso del protagonista de Crematorio, con la corrupción inmobiliaria. “Los desprecian pero aceptan su dinero”, avisa el escritor. Como dice una de las voces de En la orilla, durante la posguerra no todo fue represión, “hubo su parte de negocio”: tierras, puestos administrativos y cátedras cambiaron de manos. “La Transición no quiso revisar todo eso. Nadie devolvió nada. La memoria llevada a sus últimas consecuencias es una amenaza para el presente porque todo sale de un crimen originario. Puro Walter Benjamin”. Posguerra y Transición, padres e hijos recorren también novelas como La larga marcha (1996), La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003), que retratan la llegada al poder de una generación que, según Chirbes, rebajó sus ideales con un disolvente: el dinero. “La izquierda llegó al poder diciendo ‘no se puede porque están los militares’ y terminó ‘esto es un chollo”. De la ideología a la economía, de la resistencia a la abundancia: “Fue un ministro socialista el que dijo que España era el país de Europa en el que se podía ganar más dinero en menos tiempo”. “De la gran ilusión a la gran ocasión”, se lee en la nueva novela. “Esa frase es de Gregorio Morán. El libro está lleno de homenajes”.
“Si para algo sirve el dinero es para comprarles inocencia a tus descendientes”, dice otro de los personajes de En la orilla, cuyo protagonista es hijo de una víctima del franquismo pero íntimo del hijo de una familia franquista, un crítico gastronómico un tanto fantasma al que Chirbes ha prestado parte de su experiencia. “Sí, podría ser yo, pero engrandecido”, dice con sorna el escritor, que llegó a dirigir la revista Sobremesa. Allí publicó los reportajes de viaje —Pekín, Halifax, Leningrado, Coimbra— que en 2004 formaron el volumen El viajero sedentario. “Entrar en la revista evitó que entrara en política”, explica. “Ya no viajo. Vivo solo en Beniarbeig, fuera del pueblo, con dos perros y dos gatos. Leo, apenas escribo. Cocino. Si cocinas manchas mucho. Lo limpio. Pasa el tiempo. Ya sé que tan solo te puedes volver majara”.
Dice Chirbes que para escribir hace falta un desparpajo que a él se le ha ido. Aunque matiza: “Están las novelas, cierto, pero como son mentira… Aun así, tengo miedo de que venga un carpintero y me diga: ‘en las serradoras no se apoya uno”. El escritor sostiene que entre los valores que le quedan está la defensa de “las cosas bien hechas”, pero admite que sus libros defienden todavía ciertas ideas: “Y sobre todo, repugnan ciertos comportamientos: no aguanto la doble moral, y me molesta el que llega arriba y desprecia al de abajo. Hay una especie de amor por los de abajo en todos mis libros. No me acabo de curar de eso. Será porque vengo de clase baja. Su culpa o su inocencia se la ganan con el sudor de su frente. Aunque a veces los odias”.
Si los libros de Chirbes no dejan títere con cabeza, En la orilla deja aún menos resquicios para la esperanza. “Es una novela de sexo y dinero porque todo ya es envoltorio, una estafa”, dice el novelista, que escribe sin concesiones, pero es todo cordialidad en el trato. Cuando habla pregunta, se pregunta, se revuelve, duda. Bien pensado, como en sus libros: “Siempre había tenido momentos de emoción con las novelas. Con Mimoun estaba feliz, y cuando acabé La buena letra pasé tres meses que lloraba todos los días. Ahora, ni un instante de emoción. Ni siquiera mientras corregía, que siempre dices: ‘esto me ha quedado bien’. Nada. Como si fuera de otro, esquinado. Eso es una putada. Si no escribo, leo y doy de comer a los perros. Ya está. Antes escribía cuadernitos, ideas, lo que estaba leyendo, tonterías. Ahora ni eso. Tampoco sé la posición que tengo ante las cosas. Por eso en mis novelas haya tantas voces. Es lo que permite ver la realidad como un prisma… uf, eso sí que queda cursi; digamos que viéndole las distintas caras. No sé qué pensar. Leo: ‘las redes sociales arden’. Y se me ponen los pelos de punta. Digo: ‘esto es la Inquisición’. Clandestina y extendida. Lo mejor, estar calladito y escondido, pero ¿no será una cobardía? Digamos que he renunciado a mi vida social, lo cual está en contradicción con el hecho de que estemos hablando ahora, así que eso me provoca otra contradicción más. Como tampoco trato con gente literata, pienso: ‘vaya, por un libro cuánto revuelo’'. O sea, que estoy raro”.

 

La tramoya de la España de los últimos 70 años


Los libros de Rafael Chirbes, publicados por Anagrama, destilan un trabajo obsesivo de lenguaje y montaje, pero también dejan ver la tramoya de la España de los últimos 70 años.
La buena letra (1992). “La buena letra es el disfraz de las mentiras”, dice la narradora, que en centenar y medio de páginas dirigidas a su hijo despliega lo que el crítico Santos Alonso describió como una “dura reflexión sobre las consecuencias de la Guerra Civil en los vencidos y el poder de la cultura sobre los que no han tenido acceso a ella”. Su complemento perfecto es otra novela corta, Los disparos del cazador (1994), retrato de un viejo franquista con hijo ingrato. Sin maniqueísmos. Son la mejor manera de empezar a leer a Chirbes.
La larga marcha (1996). Guerra y posguerra; el franquismo y la lucha antifranquista de sus propios herederos. Le siguió La caída de Madrid (2000), centrada en el 19 de noviembre de 1975, el día anterior a la muerte de Franco.
Crematorio (2007). Precedida por Los viejos amigos (2003), las palabras corrupción y prostitución, desencanto y cinismo servirían para resumir una novela que es mucho más que sus temas: el retrato del pelotazo inmobiliario en la costa levantina, también un testamento. Literatura grande escrita a degüello, en tensión, sin consuelos. Ganó el Premio de la Crítica.
Por cuenta propia (2010). Junto a El novelista perplejo (2002), reúne los ensayos de Rafael Chirbes sobre literatura: de La Celestina a Max Aub pasando por Galdós o Aldecoa. La legitimidad del presente a la luz del pasado es otro de sus asuntos. Se abre con el magistral ‘La estrategia del boomerang’, donde el escritor se explica a sí mismo y explica su teoría de la novela.

lunes, 9 de mayo de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. "Supongamos que hablo de Chirbes. (P. M.)". Carmen Peire

Supongamos que hablo de Chirbes. (P.M.)

  • El autor valenciano aprendió a leer a los tres años por el empeño de su padre, peón ferroviario, que quería que su hijo tuviera más oportunidades
  • Chirbes demostraba que todavía había escritores que eran honrados en su oficio, que no se vendían a las exigencias del mercado 
  • Carmen Peire   6 mayo 2016

Supongamos que hablo de un Rafael Chirbes niño, con solo una hermana mayor y a quien su madre decide enviar a un internado para huérfanos ferroviarios, con apenas ocho años, al morir su padre. Aprendió a leer antes, a los tres, por empeño de ese padre peón ferroviario, para que su hijo tuviera más oportunidades. El libro con el que aprendió lo ha conservado toda su vida. Me lo imagino pequeño, delgado y asustadizo, con la mirada gacha, como les pasa a los que vivieron en internados. Supongamos también por añadidura que mamó la derrota sobre una victoria impuesta, lo que no contaba casi nunca por pudor, punto común en todos los de la cáscara amarga.

Supongamos que ahora hablo de un Rafael Chirbes joven, que llega a Madrid para estudiar, comparte piso y entusiasmo con otros estudiantes, se matricula en la facultad de Filosofía, en su caso, Historia. Y como no podía ser menos en aquella época de dictadura, con los grises en el campus y la esperanza en cada paso, militó mientras estudiaba. Fue detenido. Me lo imagino en aquellas sesiones de interrogatorios, digamos que duros, en los sótanos de la DGS (Dirección General de Seguridad, para los jóvenes que no lo sepan) temblando como haría también en el internado. De todo ello casi nunca hablaba y cuando lo rememoraba era con humor, como un episodio pasajero. Si lo mencionaba alguien, miraba por un instante a los ojos para bajarlos después, soltar una medio sonrisa y algo así como “bueno”, dándole más o menos la misma importancia que si hubiera ido a comprar el pan al pueblo de al lado. Porque para él fue más importante la etapa de alfabetización que hizo por barrios, fuente de aprendizaje en aquellos años, inspiración de personajes, acaso necesidad de devolver algo de lo que un hijo de peón ferroviario tuvo la fortuna de aprender y estudiar.
En la orilla
Supongamos que Rafael Chirbes es ya un licenciado que empieza a buscarse la vida, consigue trabajar en la librería de la Autónoma. La felicidad entre libros que devora y apunta mientras atiende de vez en vez a un cliente. Me lo imagino rodeado de Galdós, devorando a Dickens, estableciendo complicidades con Max AubLeón Felipe,César VallejoMiguel Hernández, leyendo a Braudel o lo que se publicaba en América Latina y lo que llegaba de Ruedo Ibérico, todos aquellos libros prohibidos que te acercaban a la realidad, que no la del régimen, y que solía encontrarse en las trastiendas de las librerías de entonces, no en todas, solo en unas cuantas, pero las suficientes para abrir los ojos y encontrar explicaciones a lo que aquí no se estudiaba. Siempre ha sido un devorador de libros.

Supongamos ahora que a ese recién licenciado trabajador en una librería le corroe algo por dentro, algo que le da vueltas y le inquieta. A ese niño huérfano de ferroviario de la cáscara amarga, de familia pobre, que escoge una carrera sin apenas salidas, que trabaja entre libros, le da por escribir. Porque no tiene nada que perder, y sin padre que le reprenda o que le haya dejado un oficio que pueda continuar, se pone a ello. Se va dos años de profesor de español a Marruecos y vuelve con su primera novela bajo el brazo, Mimoun. Con ella queda finalista del premio Herralde. Sigue escribiendo. De lo que sea. Durante una temporada, bastante, ya estamos en la Transición, en los años ochenta, en la cultura del pelotazo, de la gastronomía y del vino como señales de distinción de una nueva clase o sectores de profesionales a los que les va bien, parece incluso que el dinero cambia algo de bando, Rafael Chirbes consigue trabajo en una revista de gastronomía y vinos: Sobremesa. Escribe sobre eso, que le da de comer, para luego escribir lo que le interesa. Y qué curioso, ese ambiente sí lo refleja en sus novelas. La enología como religión, amigos que cambian de bando, traiciones entre sus filas, poso de amargura cuando lo que esperaba no sucede, cuando los ideales se van por la alcantarilla, cuando la amnesia lo invade todo y nadie quiere hablar de la dictadura, de los desaparecidos, de los derrotados y de una transición que así no, compañeros, así no.

Y entonces da una vuelta de tuerca más. Abandona la revista y decide que tiene que vivir solo de la literatura y sin presiones para que nada le condicione. Se retira a un pueblo, primero de Extremadura, después a otro en el interior de Alicante, allí no se tienen muchos gastos y Chirbes es austero. Pero se retira tras viajar y vivir mucho, un año en Marruecos, estancias en París, Barcelona, A Coruña; tras recorrer México de norte a sur en autobús introducido de la mano de Carlos Blanco Aguinaga, su gran maestro, la persona que, acaso, más ha influido en Chirbes, tras haber sido un gran comedor, un gran bebedor, un gran fumador.

Supongamos ahora un Rafael Chirbes que llega a Anagrama de la mano de Carmen Martín Gaite, una gran admiradora de su literatura, una admiración mutua y un agradecimiento perpetuo. Y tras Mimoun, todas las demás. Novelas que hablan de lo que siente y le preocupa. Las primeras tienen que ver con la posguerra: En la lucha finalLa buena letraLos disparos del cazador. Ay, La buena letra, esa voz femenina, materna, que desgrana en un lenguaje depurado y sencillo como las mujeres de campo, todos sus pesares, sus sentimientos, su vida. Después, la trilogía de la Transición: La larga marchaLa caída de MadridLos viejos amigos. En ellas cuenta lo que por aquel entonces casi nadie quiere oír, de lo que tenía que haber sido y no fue. Novelas no reconocidas en España pero con gran prestigio en Europa, sobre todo en Alemania. Plasma lo que está pasando en el país, sabiendo que así no, que la cultura del pelotazo no traería nada bueno, que de aquellas lluvias estos lodos.

Y llegó Crematorio. Y el Premio de la Crítica. Y la realidad acercándose a la literatura de Chirbes. Y los lectores empiezan a descubrirle. Hasta entonces había sido minoritario. Me imagino que comprábamos sus novelas una pléyade de admiradores y amigos que pensábamos lo que él, pero que Chirbes era capaz de plasmar, lo que nos confortaba, nos hacía ver que no estábamos solos, que todavía había escritores que eran honrados en su oficio, que no se vendían a las exigencias del mercado o lo que marcaban los grandes grupos editoriales. Y es capaz de presentarse en el Hay Festival en Xalapa, capital del estado de Veracruz, México, con sandalias y calcetines, una camisa a cuadros y unos vaqueros, y aprovechar el pequeño hueco de sus actividades para ir al Museo Antropológico y admirar la obra de los tloltecas, sus enormes esculturas de cabezas humanas, las diferencias con las pirámides y el arte de los mixtecas, la admiración profunda a los pueblos indígenas, para terminar en un restaurante comiendo uno de sus platos favoritos: los chiles en nogada.

Sobre Crematorio hicieron una serie y aquello le dio un poco más de fama y reconocimiento. Porque Crematorio, novela que habla del pelotazo urbanístico, salió al inicio de la crisis y del fin de la burbuja inmobiliaria. Y tras CrematorioEn la orilla. A punto estuvo de no publicarla, de decirle a Herralde que se la devolviera, inmerso en esa duda escéptica que produce siempre lo nuevo, lo arriesgado, lo que rompe moldes. Y en su caso, por la constante duda que le ha producido su honradez profesional y el conocimiento de sus limitaciones. Él dijo que para escribir esta novela leyó de nuevo a Galdós, el de Las tormentas del 48, el Galdós mayor y pesimista que pensaba que este país no tiene remedio, ese mismo sentir que se entrevera en las páginas de En la orilla.

Supongamos a un Rafael Chirbes profundamente tímido e hipocondríaco, con esa peculiar misantropía como un escudo a su vulnerabilidad, pensando que el reconocimiento le pasa a una persona que no es él, que no es el Rafa Chirbes que vive solo, con sus perros y su huerto, en contacto con la tierra, con su oficio de escritor impregnado de honestidad, sin pertenecer a ninguna sociedad literaria, sin ser un personaje mediático, sin aparecer en los medios de comunicación. Incluso si le llamaba algún amigo para darle le enhorabuena contestaba: “Bueno, bien, pero, ¿me habré equivocado en algo? ¿Qué he hecho mal para que me reconozcan hasta en el ABC?”. Sus concesiones tecnológicas se reducían al móvil y al e-mail. En las manifestaciones se confundía entre la gente y era difícil descubrir, en esa persona tímida y huidiza de ojos desvalidos, un lúcido analista político y literario, que ha seguido, hasta el final, poniendo todo patas arriba, con su humor ácido y benevolente, su misantropía cariñosa, que siempre ha pensado en su última novela como su testamento, hasta que ha sido verdad.


*Carmen Peire es escritora.
















NOTICIAS LITERARIAS. "El legado de Chirbes perdura con su fundación"

El legado de Chirbes perdura con su fundación

La entidad da sus primeros pasos con familiares y amigos, según los deseos del autor



El escritor Rafael Chirbes en una fotografía tomada en febrero de 2013.


“Casi todos los fines de semana visitaba a su hermana. Aprovechábamos para convertir esa visita en un reto de puntos de arroces o gazpachos, junto a discusiones políticas o encargos de ropa y zapatos”. Manolo es sobrino de Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, 1949—Beniarbeig, 2015), el autor valenciano del que la editorial Anagrama acaba de publicar su novela póstuma: París-Austerlitz.

NOVELAS, ENSAYOS Y AHORA BIBLIOTECA


El escritor valenciano Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, 1949-Berniabeig, 2015) quiso mantener y dar a conocer su nutrida biblioteca con la creación de una fundación, que se encargará también por velar por sus derechos de autor y mantener vivo su legado.
NOVELAS:
Mimoun. Finalista del Premio Herralde.
En la lucha final (1991).
La buena letra (1992).
Los disparos del cazador (1994).
La larga marcha (1996).
La caída de Madrid (2000).
Los viejos amigos (2003).
Crematorio (2007). Premio de la Crítica de narrativa castellana.
En la orilla (2013). Premio de la Crítica de narrativa y Premio Nacional de Narrativa.
París-Austerlitz (2016).
ENSAYOS
Mediterráneos (1997).
El novelista perplejo (2002).
El viajero sedentario (2004).
Por cuenta propia (2010).
Todos estos libros han sido publicados por la editorial Anagrama.
Manolo es también, junto a su hermana María José, el encargado de que la Fundación Chirbes sea reflejo de lo que su tío imaginó. La familia del escritor prefiere no pronunciarse acerca de si su última obra corona una brillante trayectoria literaria —“No es el fin de nada: no somos la familia los que podemos encasillarla, los lectores decidirán”— y centra sus esfuerzos en dar a conocer un Chirbes íntimo y familiar, apartado del foco mediático y del poder, y lejos del huraño y solitario como a veces era tildado. “Al anochecer, podía telefonearte y sorprenderte con una noticia, hablar de una novela, de Ucrania o de la última gracia de Rita [Barberá] o [Francisco] Camps”.
“No me dijo nada del tema de la fundación hasta finales de julio de 2015. Fui a verlo y ya en su casa me habló de su idea: quería que toda su biblioteca estuviera en la fundación; que la sede fuera su casa y qué personas quería que estuvieran en la misma”. Alejandro Nogales era uno de los más íntimos amigos de Chirbes. Se conocieron en Valverde de Burguillos, un pueblo extremeño de 300 habitantes donde el escritor se trasladó en 1988 y vivió 12 años.
Allí escribió algunas de sus primeras obras —que calificaba como “épicas”, como La larga marcha o La caída de Madrid—. Nogales, exdirigente de IU, quedó fascinado ante la veracidad del Marruecos que Chirbes retrataba en Mimoun. Pronto supo que el valenciano se alojaba cerca de Zafra y le visitó: “Hablamos desde las siete de la tarde hasta las seis de la madrugada”.
Chirbes, animado por el político, se apuntó a la peña gastronómica de Zafra. El destino quiso que fuera Nogales quien le acompañara en su última comida. “Antes de que lo dejara de comer por la enfermedad, comimos tellinas, gambas de Dénia y un gran arroz a banda. Todo regado con botellas de buen vino. Estuvimos arreglando el mundo, como siempre”. El 15 de agosto de 2015 a las dos de la tarde, Alejandro era una de las personas, con familiares y amigos, que estaban a los pies de su cama en Beniarbeig.

 Conservar la obra

La Fundación Chirbes tendrá su sede en esta casa donde el escritor falleció. Una casa-laboratorio donde se gestaronlas novelas que él bautizó como “testamentarias” y que le lanzaron a una fama literaria que le provocaba cierta alergia: Crematorio y En la orilla. “La fundación se va a encargar de catalogar y valorar los textos que Rafael decidió no destruir, administrar sus derechos, conservar su obra y espíritu, mantener el contacto entre sus amigos, discípulos, admiradores y críticos. Y también conservar su nutrida biblioteca”, relata su sobrino.
El escritor de la descarnada París-Austerlitz vivía rodeado de gallinas, patos, perros, gatos... También con Israel, el trabajador que arreglaba el jardín, la huerta y le hacía compañía. En el bar, sus amigos le recuerdan en las tardes de gin tonic, hablando apasionadamente de Valencia o recordando sus viajes por el mundo. “Era una persona de una cultura tan vasta que se me hacía imposible que hubiera tenido tiempo para saber tanto. Él siempre respondía: ‘No sé nada Alejandro”, confiesa Nogales. Quienes le conocieron bien ensalzan su sentido del humor. “Quizás un humor oscuro”, conceden. Le recuerdan como un celebrador de la vida demasiado lúcido y cuya ausencia es todavía muy dolorosa. “Su muerte nos ha dejado un hueco imposible de cubrir”, admiten en el pueblo. “Nos ha dejado vacíos”, concluye su sobrino Manolo.

BENIARBEIG, ÚLTIMO REFUGIO


Tras dejar Extremadura, Rafael Chirbes buscaba una vivienda que guardara su intimidad, que le proporcionara aislamiento para escribir pero que, al mismo tiempo, le permitiera alojar su biblioteca, socializar, estar cerca de su familia y hacer “turismo sociológico” en Valencia. Le compró a un camionero jubilado una casa en las afueras de Beniarbeig, una localidad de la Marina Alta, de tradición agrícola, ubicada a los pies del monte Segària y cuyo centro urbano es atravesado por el meridiano de Greenwich. Apenas nueve kilómetros separaban a Chirbes de su admirado mar, al que solía ir a pescar con amigos en un bote. El escritor, como buen gastrónomo, disfrutaba de dos de los platos típicos de la región: el arrós en fessols i naps (habichuelas y nabo) y los mulladors (una sanfaina de pimientos, atún, tomate y berenjena).
Chirbes fue un gran viajero que siempre volvió a la Dénia de sus abuelos. Tenía unas profundas raíces familiares y “nunca dejó de llevarse temporadas a su corta familia allá donde residía: Madrid, Marruecos, Extremadura...”, explica su sobrino Manolo. Fue precisamente una desgracia familiar —el alzhéimer de su madre— la que hizo que Chirbes volviera a su Mediterráneo y se quedara para siempre en él.