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jueves, 12 de mayo de 2016

ENTREVISTA A Rafael Chirbes, sobre "En la orilla"

Rafael Chirbes

Crematorio era el esplendor y En la orilla es la caída”

La cara oculta, el patio trasero y sórdido de Crematorio, que siempre estuvo ahí pero al que nadie miraba. Desde allí, desde las aguas podridas del pantano ha escrito Rafael Chirbes 'En la orilla', su nueva novela, que lanza el próximo día 5 la editorial Anagrama. Una historia llena de vidas derrotadas, de sueños rotos, de la mejor literatura. Hablamos con el escritor y publicamos en exclusiva los primeros tramos de su novela.


BLANCA BERASÁTEGUI | 01/03/2013 
Rafael Chirbes. Foto: Vicent Bosch
Que sólo escribe de lo que ven sus ojos ya lo sabíamos, pero es que ahora “ya ni anoto en mis cuadernillos”, dice Rafael Chirbes para confirmar su estado de narrador anárquico. Lo que ven esos ojos sabios de lecturas y descreídos de tanto mirar es obsesivamente desolador y huele a fracaso. Sí, Chirbes ha vuelto a hacerlo: se ha pasado estos seis últimos años plantado en el marjal, mirando y mirando, y ha escrito En la orilla. Al pantano lo ha hecho protagonista y por sus aguas fangosas ha lanzado a un coro de hombres y mujeres para que vivan sus pobres vidas sórdidas y desoladas, al borde del desahucio. La novela es de una densidad literaria y una carga simbólica apabullantes. Retumban las voces desde el estercolero, y en ese patio trasero que teníamos olvidado todo son sueños rotos.

Chirbes sabe bien que un escritor se carga mirando y leyendo. “Digamos que entre novela y novela, lo que hago es... novela. Últimamente me cuesta cada vez más escribir, e incluso dar mi opinión sobre las cosas. Yo antes escribía en unos cuadernitos y apuntaba lo que leía, ahora ni siquiera. Porque todo me da la impresión de estar ya dicho, de que todo está trillado. Además, no tengo suficientes datos, no sabemos casi nada de las cosas... Desconocemos los intereses que hay detrás de casi todo... Libia, Mali...las maniobras de los servicios secretos... ¿Qué hay detrás? Nadie lo sabe. Así que ya sólo escribo de lo que veo y no a través de lo que me cuentan, claro que, según se mire, porque siempre escribo de lo que me cuentan los distintos modelos literarios. De esos no te puedes escapar nunca. Cuando escribía Mimoun (1988) tenía en la cabeza Otra vuelta de tuerca, de Henry James; cuando La buena letra (1992), pues siempre andaba por ahí el Lazarillo, con su peculiar ingenuidad y sabiduría. Con cada libro, una referencia. Con Crematorio (2007), tenía a Lucrecio y La Celestina

-¿Y En la orilla...?
-No lo sé. Es un libro que no tiene trama, porque cada vez me interesa menos la trama. La trama es una dictadura, lo decía Benet... En esta novela hay voces, luego un río central, que es el personaje, y yo quise desde el principio que fuera como un concertante, donde las distintas voces tuvieran el mismo tono y formaran un coro que contara lo único que me interesa contar, que es lo que está pasando. Es un libro discursivo, un libro que se me va constantemente hacia los lados, pero bueno, pensaba, si eso me sirve para abarcar más y consigo que se mantenga la tensión.... y me acordaba mientras escribía de la Historia de una barrica, de Swift, que es pura digresión. ¿Por qué no se puede contar yéndose uno por las ramas, y que éstas formen parte del tronco? Esa era la idea. 

Seis años cociendo en la orilla

La novela sale el próximo día 5, y Chirbes se nota expectante y hasta temeroso. Inseguro. Es lo menos petulante que he visto en mi vida. Y vean qué sincero: “Ayer recibí el primer ejemplar, me abalancé sobre él, empecé a ponerme colorao colorao, y me llevé un berrinche tremendo. Yo antes terminaba las novelas en estado de éxtasis, y, en cambio, últimamente me siento abatido y digo ‘no es esto, no es esto'”. Las espléndidas páginas de En la orilla las ve más tarde, ya retirada la ansiedad y sobrevenida la cordura.

Han pasado seis años desde Crematorio y todo este tiempo ha tenido En la orilla cociendo en la caldera. “No todos somos Galdós, que en dos meses escribe un libro y ya quisiera el gato lamer el plato; otros escritores sólo podemos escribir cuando cocemos de tal manera las cosas que ya el plato parece que tiene otro sabor. ¿Que cómo lo preparo? Muy lentamente. De repente oigo voces, me llegan flashes, y escribo un diálogo, y lo dejo ahí, luego escribo un esbozo como de cuento, hasta que veo que esas cosas se van relacionando, y voy uniéndolas. Luego llega la etapa de las dudas, porque como todo lo hago a trozos, mezclando, como un rompecabezas...”

-Dice que hasta el final no conoce el final de la novela.
-Es cierto. Si lo tuviera en la cabeza, creo que no lo escribiría. Y si tuviera en la cabeza de lo que trata el libro... tampoco. Qué envidia me dan esos escritores que lo tienen todo tan claro. Yo nada. Sigo creyendo que me salen las cosas por puñetera casualidad y nunca sé si voy a volver a escribir otro. Soy un escritor amateur, sigo siéndolo.

Hace años Chirbes aseguraba que Crematorio le acabó resultando antipática, porque le ha tenido en un pozo oscuro. Pero En la orilla nace de las pavesas de Crematorio, del mal olor que deja la especulación y una crisis que trasciende lo económico.

-Digamos que Crematorio es la primera línea de playa, y ésta es el pantano.Crematorio es el esplendor, y ésta es la caída. Crematorio es el fuego que arde deprisa, y en ésta es el rescoldo, porque detrás de esta falsa modernidad que hemos vivido, hay un pozo y hay un pantano que siguen estando ahí, cada vez están más podridos. Porque todos somos ahora muy modernos pero aquí siguen funcionando los mismos esquemas, los viejos tópicos franquistas. No tengo la impresión de que haya cambiado tanto el nervio de la sociedad. Enseguida ves cómo, por debajo, los comportamientos tienen una continuidad con la España que conocí a los diez años. Esta novela tiene el afán de, además de que el pantano sirva como metáfora, ser una narración en la que estén imbricados el pasado y el presente, la guerra y la posguerra, porque los mecanismos por los que unos se enriquecieron siguen funcionando y todo es como una pasta espesa y pringosa.

Y entonces el escritor dice sentir miedo. Habla y habla, discursivamente, yéndose continuamente por las ramas, como las gentes de su novela, y ve que muchas de las cosas que ha escrito, que parecían exageraciones novelescas, luego han ido sucediendo y la gente las asume.

Un mundo de delatores

-Y eso me da miedo, porque aunque todo parece que cabalga desbocado, por otro lado veo a un país puritano, exigente, veo que nos vamos convirtiendo en un coro inquisitorial y eso me asusta. Un mundo de delatores, como si aquí nunca hubiéramos cobrado en dinero negro, como si nadie hubiera hecho trabajos sin factura... Y si a este espíritu inquisidor le acompañara una gente que se ha leído Las Tormentas del 48 de Galdós y entiende lo que es un movimiento, una revolución.... pues bueno. Pero no, aquí no tenemos formación política, y todo es improvisación y gamberreo. “Las redes sociales arden” oigo por ahí. Bueno, pues a mí las redes sociales me dan pánico. Para mí son como esas “tricoteuses” de la revolución francesa, esperando ver rodar cabezas, desde el anonimato, desde la cobardía más absoluta y esperando a ver qué cabeza cae para celebrarlo: ¡Ha caído la del rey!, ¡ha caído la de la princesa! ¡Uff! Todo eso me espanta. Y desconfío, sí, porque veo que todo se está volviendo muy judicial, y cuando se pone en marcha la justicia me echo a temblar. Yo veo que hay una lucha entre el modelo protestante y el católico, que no es sólo política y económica, también moral, entre el norte y el sur, ricos y pobres... y están las kikas esas que cortarían la cabeza a cualquier mujer que decide abortar, y está la sección femenina del PSOE que te fusilaría por mirarle las tetas a la que pasa. Me dan pánico unas y me dan terror las otras. Y me da terror Rubalcaba, y Cayo Lara persiguiendo con celo inquisitorial a sus camaradas extremeños que le fastidian sus pactos con Alfredo.

-Está claro que no le gusta la España de hoy.
-No me gusta nada y además, me da miedo, ya digo. Por eso estoy en mi casa, solo, dueño de mis palabras y de mis silencios. Y ... no sé por qué digo estas cosas.

Su fe en la capacidad de transformación de las cosas es cada vez menor, pero Chirbes admira a los que se esfuerzan en cambiarlas. Él no lo hace. No quiere dar falsas esperanzas, no quiere mentir, así que En la orilla resulta agobiantemente triste. Dice uno de sus protagonistas: “Con la edad, aumentan los conocimientos sobre lo desagradable de la vida”.
-¿Y no es así? ¿A ti no te pasa?

O “Encerrados en casa, cocían su tristeza en silencio”.
-Ese sería yo, sí.
O “Espero del ser humano solo lo peor”.
-Bueno, eso no tanto. ¿Sabes que pasa? Hay dos cosas terribles en la vida que no hay manera de despegarse de ellas: el sexo y el dinero. Y En la orilla es un libro sobre estas dos cosas. En realidad, casi todos los libros lo son. ¿Qué es La Celestina?
O “Los impagados apagan el amor”. Los impagados, es decir, las dificultades, ¿sacan lo peor del ser humano?
-En la vida privada es así, sale lo peor del hombre, “el depredador originario”, que dice el libro. En la vida pública, se esfuma la retórica que lo envuelve todo y disimula la cruel mecánica de la lucha de clases. La miseria devuelve la lucha de clases al primer plano. Queda a la vista que alguien se lleva la presa y nos deja con la barriga vacía.

El entorno, la degradación del paisaje que envuelve a los personajes y su denuncia son elementos sustanciales de la novela. Pero cree Chirbes que tenemos una idea romántica del paisaje que nos viene “de esa mentira de que los paisajes son eternos, y no lo son, muchas veces duran menos que nuestras propias vidas”. También denuncia el escritor a esos ecologistas que priman la naturaleza sobre el mismo hombre.

-Sí, ellos buscan el bien, caiga quien caiga. Cada día hay más leyes que supuestamente nos protegen y en cambio nos dejan más desamparados. Fíjate que, en tiempos de Franco, creo que había unos quince mil presos. Ahora me parece que he leído que hay más de cien mil, y no sé cuántos más en libertad provisional o a las puertas de cumplir condena. Crece el control, el lenguaje benevolente y políticamente correcto como una espada de Damocles. Se tipifican nuevos delitos, al mismo ritmo que se apodera de todo una violencia ambiental y se instala un sutil clima de sospecha. Todos nos sentimos culpables, todos parece que tenemos algo que esconderles a los nuevos inquisidores que se envuelven en el progresismo. Florecen los ejércitos de salvación. Líbrenos Dios de quienes quieren protegernos.

“Que los libros hablen por mi”

El que mejor definió a Rafael Chirbes fue Vázquez Montalbán, con el que tenía tantas afinidades. “Chirbes, una isla que se esfuerza por serlo”, escribió. Ciertamente Chirbes es un solitario, ajeno a modas y generaciones: “El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tienes que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa”. Lee a sus colegas contempóraneos, pero tiene poco que ver con ellos. “Los escritores que reniegan de la función de la literatura -capturar verdades, moldear sensibilidades- fingiendo hacerla un homenaje, y la convierten en una casa de muñecas, no me interesan”, dice sin ánimo de molestar. También dice que se siente próximo a Aramburu, que le ha gustado la última novela de Trapiello... Pero sobre todo lee a los alemanes, a los rusos, a los franceses... “¿Te das cuenta, dice, de lo mal que envejecen los libros literarios y qué bien se sostienen los libros que tienen voracidad por el exterior? La literatura sale cuando no la pretendes, si la pretendes, en lugar de un adorno sale una grieta. Pero si capturas eso que no existe, que es la verdad, resiste”.

-¿Por qué la narrativa española, con excepciones, rehúye hablar de la realidad con una crudeza similar a la suya y prefiere modelos americanos, tal vez más inofensivos?
-Quizá sigue existiendo cierto temor al realismo, herencia de los años en que se lo despreció: parece poco literario contar lo que pasa, como si la literatura fuera algo ajeno, un juguete aparte. Se olvida que la novela es una parcelita de eso que pasa, testigo de su tiempo. Los libros de historia la bajan al suelo y acaban poniéndola en su sitio.

En Alemania, donde Chirbes es leído y muy respetado (el gran crítico Reich-Ranicki le dedicó dos veces buen espacio en su programa de televisión, algo insólito), la novela mantiene su puesto y participa en debates sobre la construcción del país. ¿Por qué es impensable que eso ocurra aquí?
- No sé. Quizá porque Kant y Bach no nacieron en Tavernes de la Valldigna o en Castellón de la Plana.

- Pero Galdós nació aquí...
-Sí, sin Galdós no sabríamos casi nada del XIX ¿Es que se puede aprender de alguien mejor que de Galdós? Es que es maravilloso. ¡Qué pandilla de imbéciles supuestamente modernizadores hemos tenido aquí que han despreciado a Galdós! Lo de Las Tormentas del 48, que he leído mucho con esto de los indignados, es inmejorable. Ese Sebo intrigando, esos confidentes de la policía, ese pueblo pagándolo siempre como víctima entre militares y políticos, esa lucidez política... Esa capacidad para tocar a los personajes. ¿Te has fijado que a todos los personajes de Galdós los puedes pellizcar? Si eso no es escribir bien... Le ha pasado igual a Blasco Ibañez, que ha corrido todavía peor suerte, pero léete El intruso, sobre el País Vasco.

-¿Qué me dice, por cierto, de los indignados?
-Que desconfío mucho porque en realidad no sabemos quién es el sujeto histórico de nuestro tiempo, y eso produce mucha confusión. Uno se ha lanzado a la calle porque está cabreado, el otro porque le resulta un entretenimiento; otros porque son confidentes de la policía, o infiltrados de partidos políticos; los otros se han lanzado porque han ganado los del PP... En fin, un tótum revolútum. Yo no firmo ya manifiestos ni acudo a manifestaciones. ¿Cómo me voy a creer a estas alturas a Cándido Méndez? ¿Y al otro, a su pareja? ¿A qué vienen esos aspavientos con la financiación de los partidos si ya lo dijo Alfonso Guerra: ‘Señores, el dinero de Europa se ha acabado. Ahora los ayuntamientos tienen que financiarse'? Y, por supuesto, no me creo al PP, que está en las antípodas de lo que pienso.

»Esta situación - continúa Chirbes- me recuerda a la descomposición de la época de la primera Restauración, cuando se daban esas alianzas tan contra natura entre carlistas y republicanos, y eso que entonces había un movimiento obrero sólido. No, lo de ahora es un régimen podrido, porque nació de los oportunistas de un bando y de otro. Aquí socialdemócratas no había ni uno. Aquí había comunistas y anarquistas por un lado, y fascistas por otro.¿Cómo se formaron los partidos? Se trataba de poder comer de la tarta europea y si para ello había que renunciar a la camisa azul y a la bandera roja pues se renunciaba. Todos los que entraron lo hicieron para comer de la tarta. Y vino el pelotazo, y toda esa gente del sindicalismo que acaba convirtiéndose en clase media y burguesía del nuevo régimen, y que es, por ejemplo, la que ha controlado todos estos años Andalucía. En los años ochenta empezó todo. Lo dijo Solchaga: “España es el país en el que se puede ganar más dinero en menos tiempo”.

-¿Y ahora?
-Con estos mimbres no creo que se pueda hacer gran cosa. Yo veo ahora mucha desenvoltura para dictar las obligaciones ajenas, para denunciar a la mínima y la gente se encuentra poco dispuesta a asumir sus culpas. Además, vivimos la cultura de la lástima. Todo el mundo quiere mostrar sus llagas. Hemos convertido en héroes a los pobres desgraciados. Esa moda que empezó con Callejeros de exhibir los despojos para entretener al personal me parece repugnante.

Otra vez En la orilla. Pese a la cordialidad de la conversación, a Rafael Chirbes no le gusta hablar de sus libros. Ya lo ha dicho. “Cuando me pregunten de qué trata el libro voy a decir: ‘Pues mire usted, empieza con una cita de Diderot y acaba poniendo Beniarbeig. De eso trata mi libro'. Porque, dime, ¿trata sobre la corrupción? No. ¿Sobre el crimen? No. ¿Sobre el suicidio? No. ¿De sexo? Tampoco. Al final, insistirán: ‘pero, estaban enamorados, o no'? Pues yo qué sé, contestaré. Si lo supiera, lo hubiera dicho. La literatura trata de la complejidad de la vida”.

lunes, 28 de marzo de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Entrevista a Javier Fernández, ganador del último 'Premio Ricardo Molina" de poesía

Javier Fernández. Escritor y editor

"El escritor tiene que crear desde la ingenuidad"

El cordobés regresa al panorama poético con 'Canal', un libro sobre la muerte de su hermano con el que obtuvo el premio Ricardo Molina y que acaba de publicar Hiperión.
ALFREDO ASENSI | ACTUALIZADO 27.03.2016 - 09:20
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JAVIER Fernández publica Canal (Hiperión), el libro con el que ganó la última edición del premio Ricardo Molina, sobre la muerte de su hermano a comienzos de los años 70 y las repercusiones en el ámbito familiar. Editor, traductor y crítico además de escritor, Fernández es responsable junto a su mujer, Ana Belén Ramos, de la colección Letras Populares de la editorial Cátedra, y este año son asesores literarios de la Feria del Libro de Córdoba.

-Da la sensación de que es un libro que lleva escribiendo toda la vida, y que de alguna manera seguirá escribiéndolo o reescribiéndolo...

-No he pensado mucho en ello, pero ahora que lo dices sí pienso que con Canal culminan dos cosas. Por un lado, es verdad que la cuestión temática es un proceso abierto en mi literatura desde hace más de 20 años, y llevo todo este tiempo tratando de comprender lo que sucedió y cómo nos ha ido afectando esa ausencia. Por otra parte, culmina un proceso formal que va desde Casa abierta hasta ahora. Paco Lira, el editor de Casa abierta, decía de los poemas posteriores que le iba pasando que eran "una rotura", no decía "ruptura" sino "rotura", y Canal culmina ese proceso de la literatura como rotura: está la fragmentación, la elipsis, hay una separación de dos partes que podrían ser el hueso y el músculo… Y respecto a que vaya a seguir escribiéndolo, pienso que en parte sí. Hay cuestiones de la intimidad de mi familia que me gustaría seguir explorando.

-Un libro en el que no solo se trata de leer los poemas sino de verlos. El componente visual es importante: el libro nos mete en un canal...
-Para mí la poesía siempre ha tenido un componente visual muy fuerte. Aquí las cuestiones estéticas, formales del libro son más sutiles que en Casa abierta o en algunos inéditos que tengo, pero está ahí: el libro está montado como si fuera un largo canal, con márgenes anchos y texto estrecho, buscando que el texto recoja la tensión de una forma visual.

-¿Cómo es el proceso mediante el cual un suceso de esta naturaleza se convierte en motivo de creación literaria?

-Todo es muy relativo. Hay determinados sucesos que afectan al alma del poeta de una forma especial. Evidentemente, este es uno de ellos. Pero el tema no es tanto el hecho en sí, la muerte del hermano, sino cómo esa muerte se prolonga a lo largo del tiempo a través de la ausencia: la huella se hace muy permanente. Y esa ausencia te va forjando el carácter, influye en las relaciones dentro de la familia, se convierte en una obsesión. Y cualquier obsesión es susceptible de formar un motivo de la literatura.

-Aquí hay un sentido muy acusado de la contención, una falta total de retórica. Esto estimula la imaginación del lector.
-La desnudez y la falta de retórica son recursos muy interesante del arte contemporáneo; permiten al espectador sumarse a la obra, cubrir huecos, no verla como algo terminado y ajeno. Yo he trabajado mucho esta historia desde muchos puntos de vista. Empecé escribiéndola como un relato en prosa con un estilo muy desenfadado. Después intenté contarla en un poema con cierta retórica, mezclando elementos amorosos. Pero he tenido que descubrir que para ir a la verdad necesito un lenguaje directo y seco. Es el mismo proceso de secar el canal para descubrir el cadáver. Para conocer la evidencia necesitas secar el canal. A mí me sirve esta metáfora para explicar el proceso de secar el lenguaje, convertirlo en algo directo y comunicar esto que he llevado conmigo tanto tiempo. También es el tono que merece el tema: es una cuestión de respeto.

-Aquí están muy presentes su hermano, su familia… y usted. Hay una fuerte presencia del yo. ¿Cómo ha convivido con este canal?

-La tragedia forma parte de la vida de muchísimas personas y es algo que todos conocemos más cercana o lejanamente. Tenemos que convivir con ello a diario. En la infancia mis padres se preocuparon mucho de que a mi hermana y a mí no nos faltara nada, tuvimos una infancia muy normal, pero cuando llegan la adolescencia, la juventud, el escritor busca las grietas y encuentra ciertas fallas en su interior y las explora. Ahí es cuando empiezo a darme cuenta de que lo que yo consideraba normal en mi familia se había configurado a partir de una tragedia. Y desde entonces, digamos que desde que me convierto en escritor, he convivido con esto de una forma más consciente, tratando no de darle sentido, porque la tragedia nunca lo tiene, sino de averiguar en qué medida mi vida y la de mi familia estaban influidas por este hecho.

-Quien le conozca apreciará el hecho de que, siendo un enamorado tan declarado de los mundos fantásticos, la ciencia ficción…, ofrezca un poema tan intimista y personal.
-Pablo García Casado habla de hiperrealismo. El libro tiene una estructura que a lo mejor en una primera lectura puede pasar desapercibida porque el discurso sobre la tragedia es muy potente. Pero los textos están ordenados siguiendo una estructura bastante marcada y en la parte final el libro se abre a los sueños y las pesadillas, pasa de la realidad a la imaginación. En ese momento me niego a seguir ahondando. En mi literatura es verdad que tiendo a dejarlo todo a la imaginación. Aquí, por respeto a la figura de mi hermano, quise parar en ese punto. Al final es un juego literario, un juego necesario en la poesía contemporánea: hace falta crear un nuevo vehículo para la poesía. También de ahí el título.

-Un título que ofrece otra clave de lectura interesante. De la palabra canal se utiliza especialmente su acepción televisiva, y un canal de televisión es un espacio en el que pasan cosas reales que parecen ficciones y ficciones con apariencia de realidad...

-Así es. Ese juego sobre los límites de la realidad y la ficción está presente en Canal. A mí me parece muy interesante. Al final la literatura es su propia realidad. Aquí se explora la memoria desde un punto de vista fragmentario y llega un momento en el que el lector comprende que lo que se imagina, se recuerda, lo que pasó o no pasó forman parte de un mismo nivel.

-Parece pertinente la publicación de este libro en un momento en el que estamos tan acostumbrados a ver exhibiciones de intimidad en la Red de una manera tan frívola y banal…
-Tan burda. Sí, estamos en un momento de exhibicionismo. En mi caso, este proceso empezó hace más de 20 años, tenía necesidad de expresar esto y es verdad que coincide en un momento en el que el exhibicionismo puede ser considerado hasta un género literario.

-¿Cómo está siendo la experiencia de la Feria del Libro?

-Aplico se puso en contacto con nosotros y nos dijo que quería darle otro perfil a la feria. Ana se ha ocupado de la parte infantil y yo del programa general. La feria cumple 43 años, es probablemente el acontecimiento cultural más longevo de la ciudad y hay mucha experiencia alrededor de ella. La Feria del Libro no es solo una feria de venta de libros, es un acontecimiento cultural y nosotros nos hemos centrado en eso, en que no sea una sucesión de presentaciones de libros sin más sino que haya una interacción con el público, que haya mesas redondas, talleres…, ampliar la labor cultural en este aspecto. Lo hacemos entre todos, los libreros, el Ayuntamiento y otras instituciones. Nosotros hemos intentado asesorar y llevar la feria a donde nos interesa como artistas y lectores. 

-Letras Populares ha tenido un impacto muy positivo en el mundo literario...
-Es magnífica la oportunidad de sacar libros en Cátedra, a nuestro gusto, y que sean estos libros de literatura popular que hasta hace poco estaban considerados subcultura. El balance es muy positivo, tanto los lectores como los críticos y la editorial están contentos con el producto. Y nosotros también. Son ediciones muy cuidadas y estamos sacando los títulos que nos gustan. Queremos seguir disfrutando de esta fiesta de la literatura popular, rescatando clásicos, hacer apuestas… Aunque vivimos un momento en el que las  apuestas son complicadas: las tiradas han disminuido, las novedades han aumentado hasta un nivel increíble... Hay que seleccionar muy bien los títulos. Es difícil que con todo este ruido los libros más arriesgados encuentren su lugar.

-¿Hacia dónde va el mundo editorial? ¿Inevitablemente hacia el dominio absoluto de los grandes grupos?
-Hay un paradigma antiguo que subsiste, el del papel y los canales de distribución habituales, que están en manos de grandes grupos que siguen intentando apoderarse de todo. Pero frente a esto han surgido muchos francotiradores, editoriales pequeñas que en algunos casos van creciendo y teniendo éxito, y se sostienen. Esta resistencia va a ir en aumento. Hay una sensibilidad en libreros y lectores que demanda otras cosas frente al pensamiento dominante. E Internet es un soporte increíble para la distribución y la difusión de mensajes. No hay que tener preocupación: yo veo el futuro luminoso.

-Muchos lectores se acuerdan de Plurabelle, de Berenice en su primera etapa… ¿Se plantea recuperar alguno de estos proyectos o empezar otro de similar naturaleza?

-Yo también echo de menos algunas cosas de Plurabelle y Berenice, pero estoy muy centrado en la creación. Yo soy básicamente escritor, me gustaría acabar una novela y publicarla pronto, tengo un ensayo sobre superhéroes atrancado desde hace tiempo… El tiempo que dedicas a editar se lo restas a la creación. Y además la postura mental del editor es opuesta a la del escritor. El escritor tiene que crear desde la ingenuidad, desde la inocencia, desde la libertad absoluta, y el editor pone límites: el mercado, la realidad que te rodea… Quizá en el futuro nos apetezca hacer algo, pero de momento con Letras Populares esa parte está más que cubierta.

-Desde esos años de Plurabelle, a comienzos de la pasada década, ¿han cambiado en algo las dinámicas culturales de esta ciudad? 
-Hace 15 años había una ilusión en Córdoba que ahora mismo quizá no haya, aunque estoy notando ciertos brotes de gente que viene empujando con ganas de hacer cosas. Hace 15 años nos encontrábamos como en un momento histórico en Córdoba, se había dado una confluencia especial, pero decayó. Yo ahora, después de haberme ido a México y de volver, encuentro una Córdoba un poco silenciosa, más callada que aquella otra y más descreída. Pero si ampliamos el enfoque a lo mejor nos damos cuenta de que esta ciudad ha sido siempre así. Las oportunidades siguen estando ahí y hay gente con ganas de hacer cosas, y han quedado huellas de ese momento.

-¿Ha visto ya Batman v. Superman?

-Aún no, pero la veré.

-¿Qué espera?

-Lo peor.

domingo, 20 de marzo de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Entrevista al narrador Ricardo Menéndez Salmón, sobre su novela "El sistema"

Menéndez Salmón, la literatura como insubordinación en ‘El Sistema’

 
Ricardo Menéndez Salmón.
Ricardo Menéndez Salmón.
Con ‘El Sistema’ (Seix Barral), Ricardo Menéndez Salmón ha obtenido el premio Biblioteca Breve 2016. Tras la ‘Trilogía del Mal’, el autor vuelve a indagar sobre el mal en el presente, un mal que adquiere el rostro del poder, la mentira y la ausencia de libertad. Enmarcada la acción en un tiempo poshistórico, ‘El Sistema’ es una dura reflexión sobre el contexto presente, una (re)lectura de lo sucedido política y socialmente en Grecia y España, y una exaltación del poder de la ficción narrativa como una forma de subversión al sistema y su propio lenguaje, que busca mantenernos en la minoría de edad intelectual.
Usted construye un cronomapa que se asienta referencialmente en el nuestro, pero que se distancia del mismo a partir no solo de una ubicación distópica, sino alejándose de la tradición de ‘los escritores de Realidad’ a los que usted mismo apela. ¿Es desde la anti-mímesis, desde el no realismo, desde donde mejor se habla del presente?
No necesariamente. Pero me siento más cómodo en otro clima de escritura. Siempre he trabajado desde una tradición poco frecuentada por los escritores de Realidad. Mis hermanos de leche, aquellos escritores a quienes siento hoy cercanos, y la mayoría de mis ancestros, aquellos escritores que reclamo en mi genealogía, no han nacido en Realidad. Me gusta mucho una frase de John Barth: “La realidad es un bonito lugar para ir de visita, pero uno no desearía vivir allí, y la literatura nunca lo ha hecho por mucho tiempo”.
Me gustaría preguntarle sobre el juego que usted plantea con el término Realidad, por un lado como país, como evocación de la España actual, pero también como mito: “Detrás de esa gran palabra no hay más que subterfugio del orgullo”.
Conviene precisar que, en la novela, en el contexto aludido, es la palabra Hombre, y no la palabra Realidad, la que provoca la sospecha del Narrador. En general, el empleo de la antonomasia, la enfatización de los vocablos, me resulta incómoda. Esa tentación del esencialismo, que tanto gusta a los metafísicos. En El Sistema, ya desde su título, se reflexiona a propósito de esa constante.
En oposición al mundo (país de) Realidad, usted contrapone el mundo de Empiria, tras el cual se puede ver el reflejo de Grecia. ¿Por qué decidió llamarlo Empiria, un término que por un lado alude, siguiendo la RAE, al empíreo, al cielo, al paraíso, y, por el otro lado, un término que se puede leer como referencia a lo empírico, es decir, a la experiencia vivida?
Porque Grecia, su legado, lo que significa para nosotros, los europeos de hoy, quienesquiera que sigamos siendo, apunta a esas dos instancias, un mundo ideal, en el cual se podrían hallar los frutos inmateriales que nos ha regalado (su amor por la forma, su abrumadora sensibilidad, buena parte de cuanto el enunciado de lo griego sugiere), y un mundo labrado sobre la experiencia, sobre la curiosidad, sobre la admiración por todo lo vivo, que es el otro gran venero que la filosofía, la ciencia y la literatura griegas nos regaló. Platón a un lado, Aristóteles al otro, y entre ellos Esquilo, Eurípides y Sófocles, pero también Arquímedes y Eratóstenes.
La referencia a la realidad actual de Grecia y de España y, por tanto, a la Europa actual y a la llamada crisis de la inmigración, ¿respondía a la necesidad de intervenir en tanto que autor? Es decir, ¿había un compromiso inevitable con su propio tiempo?
Respondo citando al escritor español que más admiro del pasado siglo, Juan Benet: “La literatura, por tener un estatus propio, tiene su propia moral, que no tiene por qué coincidir con el deber social, más general o más específico, impuesto por el momento histórico”. El compromiso de la literatura es consigo misma. El compromiso de escribir libros trascendentes, que apunten contra la banalidad. El compromiso de revelar, una vez más, lo que Bataille escribió en el prólogo de La literatura y el mal. Que la literatura es lo esencial o no es nada.
La Realidad y la Empiria, en cuanto territorios, se inscriben en un sistema insular, en un archipiélago de islas. Literariamente la isla evoca tanto el aislamiento y la condena como el paraíso o lo utópico. Y sin embargo, ¿me equivoco si digo que recurriendo a la figura del archipiélago busca desmontar dichas construcciones míticas?
Me interesa la isla como imagen que refleja el modelo de mundo hacia el que nos movemos. También como negativo del verso de John Donne. Quizá no seamos islas, pero lo cierto es que, sobre todo políticamente, la tentación de construir nuestra identidad por exclusión, insularmente, es cada vez mayor. El Sistema es un libro que reflexiona sobre el secuestro de la libertad en nombre de la seguridad. Entiendo que ese secuestro favorece la consideración de las comunidades como lugares opacos, islas en un mar amenazador.
Hago hincapié en la idea de deconstrucción del mito, porque en ese tiempo post-histórico en el que enmarca la novela, usted niega la existencia de toda épica. Muerta la historia, muerta la épica, ¿qué queda?
Quedan los relatos de esas muertes, la capacidad de la novela para ficcionar el fracaso de las religiones, el desvelamiento de los secretos de la Naturaleza, la conversión del arte en una parodia de sí mismo, incluso la sospecha que provoca una palabra como amor. De todos modos, no estoy tan seguro de que la Historia, y con ella la épica, hayan muerto. Quizá haya muerto un concepto occidental de la Historia y del héroe, pero no nos podemos arrogar la idea de que ese punto de vista sea el único coherente y válido. Hanif Kureishi, un escritor al que respeto mucho, dijo hace poco que el ideal de un mundo blanco había acabado. Es una lectura que comparto, y que insinúa otras direcciones del relato histórico y, por extensión, de su probable épica.
Resulta paradójico que usted defina, desde la distopía, el presente como un momento posthistórico. ¿No es, en cierta manera, una forma de negar la propia definición de post y de enmarcarse y reclamarse dentro de la historia?
Entroncamos con lo anterior. En 1992, cuando Fukuyama escribió El final de la Historia y el último hombre, construyó un relato falaz de nuestra época. Por un lado, la idea de que la democracia liberal era el modelo perfecto de toda política; por otro, la idea de que el capitalismo de las sociedades hiperindustriales constituía la panacea económica para un mundo feliz. El problema es que no todas las sociedades habitan el mismo relato histórico. En nuestro mundo conviven sociedades que se mueven en un registro poshistórico con otras que se manejan con formas medievales. Y además, hay sociedades que no aceptan la imposición de determinadas conductas económicas o políticas de intercambio y de convivencia. Es posible que la Historia no se repita, pero, como decía Mark Twain, tiene una curiosa tendencia a la rima. Lo que es seguro es que no se detiene. Nunca.
Con la figura del Narrador, la distinción entre la Historia Nueva y la Poshistoria se basa también en cuestiones estéticas y, sobre todo, en el modo de narrar el mundo.
En El Sistema se propone el término Poshistoria coincidiendo con la expulsión de Empiria del núcleo de los Propios. En el cuerpo narrativo de la novela, este es un momento decisivo porque informa de la falibilidad del relato original, de la evidencia de que, a pesar de los pesares, aquel omega del tiempo histórico, la buena nueva de un feliz final de los calendarios y, con él, de nuestras angustias, se revela como una mentira.
En relación a cómo narrar, en ‘El Sistema’ cuestiona los límites del lenguaje y de la consciencia del autor ante el acto de escribir. Le pregunto lo mismo que usted mismo se pregunta en la novela: ¿Cómo escribir desde la conciencia de aquel que sabe que va a ser leído en el futuro?
La respuesta nos la concede el propio Narrador. Hay que escribir y contar como si el destino último de lo que se escribe y cuenta fuera no ser leído, no ser escuchado. Yo he aplicado siempre esa máxima a mi trabajo. Que la escritura, y con ella el pensamiento, nazca de la pura necesidad y se oriente hacia la pura elucidación. La escritura como un órgano de la conciencia antes que como un mecanismo estético; la escritura como un forense eficaz e incorruptible. Si escribes para los otros, estás perdido. Hay que escribir sin esperar ninguna recompensa, como si no existiera ningún interlocutor en el mundo.
La consciencia crítica de ‘El Sistema’ se refleja a través del lenguaje, entendido como medio para ejercer el poder desde la mentira, el ocultamiento y la construcción de relatos ficticios. En cierta medida, ¿no prosigue en la línea que ya había trazado en ‘La luz es más antigua que el amor’?
En mi literatura, en especial desde El corrector, una novela en la que se identifica poder con manipulación, está presente la idea del lenguaje como generador no sólo de sentido, sino de realidad. Quien detenta el discurso detenta la capacidad de configurar la realidad. E incluso, en el límite, de crear una realidad donde antes no había nada. El lenguaje es el gran demiurgo. Pero es un demiurgo peligroso. La misma lengua que creó un poema como Fuga de la muerte, creó la ideología de Goebbels. Lo asombroso es que las mentiras de Goebbels, el demiurgo de un lenguaje malvado, se encarnara en seis millones de judíos asesinados. Y que sin esa atrocidad, amparada por el lenguaje, Celan no habría escrito uno de los poemas más bellos de la literatura universal.
En su novela, se hace referencia en más de una ocasión al velo de Maya de Schopenhauer, pero ya no como vía de descubrimiento de la verdad. Esto me lleva a la pregunta anterior, ¿el lenguaje está tan contaminado que ni tan siquiera a través de él es posible romper con los mitos del poder?
Lo está, cierto, pero es posible disputarle esa batalla con sus propias armas. Deleuze decía que, en tanto que no sirve a señor alguno, ni al Estado ni a la Iglesia, el objeto de la filosofía es combatir la estupidez, embridar la tentación constante que Estado e Iglesia, y cualquier forma de poder, tiene de mantenernos en una minoría de edad intelectual, la del pensamiento sin crítica, la de los dogmas establecidos. Creo que también desde la ficción se puede generar ese tipo de contradiscurso, otro relato que evidencie los sofismas, las mentiras del lenguaje que se reclama verdadero. Ese ha sido siempre uno de los logros de toda gran literatura: ofender, irritar, contravenir, entristecer.
En toda su obra ha indagado en torno al tema de la violencia y del mal, en esta ocasión, el tema vuelve a aparecer pero en estrecha relación con la función del arte, en concreto, de la literatura. Por eso me gustaría preguntarle por la figura del Narrador, alguien que narra, pero que no es libre de narrar.
El Narrador es el corazón de El Sistema. Así es definido en un momento de la novela, como el dueño del relato. Lo fundamental del personaje es que es mediante el expediente de la escritura como va cambiando de actitud ante el mundo en el que vive. Insisto en algo ya apuntado: la escritura es un lugar de iluminación, un ejercicio activo de la conciencia en diálogo consigo misma. La escritura es, en El Sistema, el lugar donde las cosas demuestran su verdadero ser. Por ello, el Narrador es un hombre condenado a la escritura.
La ausencia de libertad usted la plasma a través del control de un lenguaje que ya no nos es propio y a través de ese ‘Panóptico’ que nos observa. ¿La literatura, en su ejercicio, es el único punto de huida de todas estas constricciones?
No sé si es el único, pero sin duda es uno de los más fecundos. Y al menos tiene la virtud de ser incruento.
Y ya por último, hoy volvería a decir, como dijo al publicar ‘La luz es más antigua que el amor’, que usted entiende “la literatura como exhumación, como constatación y como consolación”.
Podríamos añadir una cuarta palabra, tomada precisamente de El Sistema: insubordinación.

miércoles, 3 de febrero de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Novela negra. Entrevista a Antonio Manzini

Antonio Manzini: “La novela negra por fin se ha convertido en literatura”

El escritor italiano cree que la ficción criminal es "un género social"

Antonio Manzini.
Antonio Manzini
Antonio Manzini (Roma, 1964), actor, director de cine y teatro además de escritor, ha regalado otro héroe a la novela negra italiana, el policía romano, algo amargado y corrupto Rocco Schiavone, protagonista de libros como Pista negra La Costilla de Adán (Salamandra). Manzini responde a esta entrevista por correo electrónico.
PREGUNTA. ¿Hay una nueva novela negra? ¿Un nuevo estilo? ¿Ha evolucionado lo negro?
RESPUESTA. La novela negra es el género narrativo del que más se desprende una sensación de descripción de la realidad, la que vivimos, y hoy ya no puede prescindir de contar y, a veces, denunciar los horrores y las distorsiones sociales de esa realidad. En mi opinión, esto es lo más importante que le ha sucedido al género en los últimos tiempos.
P. ¿Cómo lo definiría?
R. No sé definirla, aparte de su aspecto social, creo que la novela negra, por fin, se ha convertido en literatura, ha dejado de ser un entretenimiento o ficción de segunda categoría. Gracias a la narración, los temas y la madurez de los autores.
P. ¿Ha tenido la televisión impacto en la nueva novela negra?
R. Me parece que el lenguaje literario y el televisivo, hoy, se influyen el uno al otro. No cabe duda de que, en los últimos tiempos, he visto en la televisión nuevas narrativas apasionantes, novedades que los libros, al menos los que yo he leído, no consiguen expresar. La técnica narrativa de las series ha entrado ya con fuerza en los libros, y eso no es malo, en mi opinión. Hablo, por ejemplo, de las narraciones con un protagonista fijo, serial, precisamente, en las que se nota que el tiempo pasa también para el personaje. Antes no era así. Si pensamos en Maigret, Holmes, Poirot, estaban cristalizados, congelados en el tiempo. Hoy, por el contrario, los héroes envejecen, enferman, se casan y se divorcian, es decir, viven con el paso del tiempo y con la sociedad en la que habitan. Cambian, evolucionan, o sufren un proceso de involución. Y la razón es, creo, que para los autores de novela negra es cada vez más importante narrar el mundo en el que viven, estar lo más pegados posible a la realidad.
P. ¿Ha ampliado fronteras, temas?
R. Existe cierta manía de incluir en el término novela negra narraciones y relatos que no tienen nada que ver. Por ejemplo, la literatura fantástica no tiene ninguna relación con la novela negra.
P. ¿Cómo la definiría?
R. La definición se la dejo a otros.
P. ¿Cuáles son sus referencias?
R. No son autores de novela negra. Podría hacer una lista infinita de autores que me inspiran y me enseñan. Pero por decir uno, por simplificar, Chejov.
P. ¿Es novela social?
R. Como dije en mi primera respuesta, creo que sí. Se ha convertido en un género social. Y, repito, es lo mejor que le ha pasado al género en los últimos tiempos.

martes, 12 de enero de 2016

NOTICIAS LITERARIAS. Entrevista al escritor Andrea Camilleri

“Mi herencia es la incertidumbre”

A sus 90 años, Andrea Camilleri conserva intactos sus ideales de izquierdas y muestra un escepticismo radical hacia la política

FOTO: KICCA TOMMASI / VÍDEO: JAIME LÓPEZ


Hace 10 años, cuando cumplió 80, el escritor italiano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, Sicilia, 1925) pensó que tal vez la muerte o las brumas del alzhéimer ya no estaban tan lejos y escribió de un tirón la última entrega de la serie sobre el comisario de policía Salvo Montalbano. Se la envió a su editor con la orden de que la metiera en un cajón hasta que los cansancios de la vejez, la muerte o la desmemoria pusieran fin a una carrera literaria tan tardía —empezó a escribir a los 53 años— como prolífica y exitosa. Afortunadamente, Andrea Camilleri sigue imaginando historias, conversando con su lucidez de siempre y fumando como un carretero. Su único freno es un glaucoma: “Estoy al borde del abismo de la ceguera, ya, en vez de escribir, dicto”. Dentro de unos días se publica en España su libro Donne (Mujeres).
PREGUNTA. ¿Y no le ha causado problemas escribir sobre las mujeres de su vida?
RESPUESTA. ¿Usted lo dice por las reac­ciones familiares?
P. Sí, claro.
R. No, ja, ja, ja. De todo ha pasado ya más de 30 años. ¡Todo ha caído en prescripción!
P. Me ha llamado la atención que la novia de Montalbano se llame Ingrid por una aventura suya en Suecia…
R. Ja, ja, ja. Se lo puse en recuerdo de aquel día, que por mi culpa bajó la tasa de virilidad de los latinos, ja, ja, ja. Sí, fue así. Al final de un curso que impartí en Copenhague sobre Pirandello, me dejé tentar por aquella belleza sueca que me llevó a su casa, me presentó a su padre, a su madre, que por cierto era más joven que yo, y luego me llevó a su habitación. Le aseguro que empecé a sentirme mal y la empresa resultó imposible, ja, ja, ja. Fue triste, divertido, incluso cómico. Pero cuando tuve que ponerle un nombre a la amiga extranjera del comisario Montalbano, elegí el nombre de Ingrid en homenaje a la libertad de aquella joven sueca.

La dignidad del hombre es el trabajo. Cuando despiden con tanta facilidad a uno de 50 o 55 años lo insultan, lo humillan"
P. ¿Cuál ha sido la mujer más importante de su vida?
R. Se lo digo sin ninguna retórica. La mujer más importante de mi vida ha sido mi esposa. Porque, en el mundo en el que vivimos, alcanzar como hemos alcanzando el pasado mes de abril 58 años de matrimonio alguna cosa debe significar. Digamos que el 80% de todo esto es debido a la parte femenina, a la que empieza con el amor y se convierte en paciencia infinita, atención, cuidado, complicidad… Y después tenga usted presente que, cuando empecé a escribir y todavía ahora, era ella la primera lectora de lo que escribo, y que su juicio para mí es importantísimo. Si ella encontraba que cualquier página no estaba escrita bien, yo la reescribía. Ella ha sido siempre lúcida y casi despiadada. Temía más su opinión que la de los críticos. Si esta no ha sido la mujer más importante de mi vida, no veo cuál puede ser.
P. Acaba de cumplir 90 años. Cuando mira para atrás, ¿cuál es su mayor satisfacción?
R. La satisfacción mayor es la vida misma. Pero no deja de sorprenderme el hecho de haber sido capaz de tener una familia, hijos, nietos, bisnietos… Yo pensaba que no iba a tener la capacidad de comprender una familia, de hacerla, de afrontar las dificultades. Y, por esto, mi mayor éxito es el hecho de haber logrado vivir como todos los demás y de vivir sentimentalmente, emotivamente, bien. Esto lo considero una gran satisfacción. Otra es haber conseguido ganarme el pan haciendo siempre trabajos que me gustaban. Porque pienso que una de las cosas más tristes sea aquella de ganarse la vida haciendo aquello que no te apetece. En cambio, yo me despertaba por la mañana e iba a trabajar con la alegría de hacer aquello que debía hacer.
P. Ahora son muchísimas las personas que o no tienen trabajo o se ven abocadas a un trabajo precario que además no les satisface…
R. Yo veo que cada día preocupa menos la dignidad del trabajo. Y esto lo encuentro gravísimo. Porque la dignidad del hombre es el trabajo. Su trabajo. Cuando despiden con tanta facilidad a un hombre de 50 o 55 años lo insultan, lo humillan. Dejar sin trabajo a un hombre es infligirle una humillación. Tanto es verdad que los pequeñísimos industriales del norte de Italia, aquellos que venían de la clase obrera y que han conseguido una pequeña empresa, se han suicidado cuando sus compañías entraban en crisis. Ellos sabían perfectamente la humillación que significaría despedir a los trabajadores porque ellos mismos lo habían sido. Esto es gravísimo, pero nadie medita sobre eso…


Andrea Camilleri, en su casa de Roma. /KICCA TOMMASI
P. ¿Es por eso por lo que usted sigue siendo fiel a sus ideas comunistas?
R. Mis ideas políticas ya no son realizables. Porque han fracasado en todos sitios, como es evidente. Pero yo continúo siendo fiel a aquel ideal que es el de dar a todos la misma base de partida. Digo, madre mía, he vivido tanto, he luchado políticamente, y estoy dejando en herencia a mis nietos y a mis bisnietos la incertidumbre absoluta sobre su futuro. Yo me despertaba mejor. Yo por la mañana me levantaba sabiendo que tenía un trabajo, que además, como le decía antes, me gustaba, y la jornada ya tenía un color particular. Pero si te despiertas y sabes que no tienes trabajo y que es dificilísimo encontrarlo, tan complicado casi como ganar a la lotería, entonces la perspectiva de tristeza es terrible. Son ya bravos estos jóvenes por no cometer actos de desesperación. Se ve que la vida es más fuerte que toda esta situación desgraciada.
P. Una desesperación que va más allá de un sector de la población —los jóvenes sin futuro, los parados mayores— y afecta a países enteros de Europa. Fíjese Grecia…
R. Lo que le han hecho a Grecia yo lo considero un matricidio, es matar a la propia madre. Toda nuestra cultura nace de allí. Pido al menos un poco de respeto. Aunque ellos también hayan cometido errores enormes, siempre hay que ser un poco indulgente con la propia madre. ¿O no? Y todo viene del nuevo concepto de Europa, que casi se limita a una cuestión económica. Los grandes europeístas que hemos conocido, incluso Adenauer, tenían otro concepto de Europa. Hace falta repasar cuáles eran aquellos ideales comunes. No tan solo el de poner junto el dinero. Porque razonar en exclusiva sobre la economía te lleva, como ha sucedido, al matricidio.
P. Le veo muy desengañado con la política europea. ¿También con la italiana?
R. La sigo cada vez menos. Lo que veo no me gusta. Me parece incluso feo decir que son hombres políticos. Porque ya no lo son. A mí me enseñaron que la política es el arte del compromiso. Muy bien. Yo ahora veo el compromiso sin arte, que es otra cosa. Para mí es inconcebible que el secretario de un partido que es también el jefe del Gobierno [Matteo Renzi] firme un pacto con un personaje que ha sido presidente del Consejo de Ministros y que ni siquiera es senador porque lo expulsaron tras ser condenado por estafa al fisco [Silvio Berlusconi]. Que Renzi haya firmado un acuerdo sobre la revisión constitucional de Italia con este hombre es degradante. Yo, en estas condiciones, no voto. Yo siempre he votado a la izquierda, pero en estas circunstancias ya no puedo votar y seguir en paz con mi conciencia.

Lo que le han hecho a Grecia lo considero un matricidio, es matar a la propia madre. Nuestra cultura nace de allí"
P. ¿Dónde está la izquierda?
R. Eso, ¿dónde está? Si en Italia se consiguieran unir los jirones de una verdadera izquierda, sería importantísimo, fundamental. Porque si la izquierda se retira como un tsunami y deja un vacío grande, puede ser cubierto peligrosamente fuera del arco constitucional, y entonces empiezan los grandes riesgos sociales. Antiguamente, los extremismos se definían como las enfermedades infantiles del comunismo, pero desgraciadamente no son enfermedades infantiles. Cuando estallan lo hacen de una manera muy peligrosa. ¿Se escandaliza si fumo?
A sus 90 años recién estrenados, Andrea Camilleri sigue fiel al vicio del tabaco, solo que ahora se ve obligado a buscar a tientas la cajetilla y el encendedor que una de sus hijas le ha dejado en la mesa de la biblioteca. La última vez que nos vimos, hace ahora año y medio, aún podía leer algo y escribir tres horas al día gracias a las letras grandes del ordenador. Ya no puede.
P. ¿Cómo se las apaña?
R. No tengo más remedio que dictar y, claro, no es lo mismo. Cuando escribes, de la frase que acabas de escribir nace otra. Cuando dictas, aquello que apenas has dicho se pierde en el aire.
P. ¿Y se enfada con esta situación?
R. No, enfadarme no. Me dificulta las cosas. Ya no tengo ritmo de escritura y le tengo que pedir a la pobre Valentina [su asistente] que me lea cuatro veces aquello que he dictado. Pero tengo 90 años, no es que… Me puedo dar por contento.
P. Decía Tolstói que la mayor sorpresa en la vida de un hombre es la vejez. ¿También lo fue para usted?
R. No, la vejez no me sorprendió. De hecho, no tuve ninguna crisis que mis amigos sí tuvieron, por ejemplo, al inicio de la falta de la virilidad, o cuando los escalones se iban convirtiendo en más altos. Yo siempre me lo esperé. Sí experimenté la sorpresa, esta sí, de descubrir que en mi tarjeta estaba escrito que tendría una vida muy larga. Porque de joven estaba siempre enfermo, de cualquier cosa, y me había convencido de que jamás iba a llegar al año 2000…

La vejez no me sorprendió. No tuve ninguna crisis que mis amigos sí tuvieron, por ejemplo, al inicio de la falta de la virilidad"
P. Déjeme que le pregunte finalmente por una circunstancia curiosa de su trayectoria. Usted no ha escrito sobre la Mafia, pero, si no me equivoco, cuando era muy joven se entrevistó con el mafioso Nicola Gentile y escribió su historia… ¿Por qué aquella vez sí y desde entonces nunca más?
R. Sí, es auténtica la historia de mi encuentro con Nicola Gentile. Su discurso era el de los viejos mafiosos. No es que la vieja Mafia fuese menos sanguinaria que la de Totò Riina, pero tenía sus normas. Reglas terroríficas, pero reglas que observaban. Es un discurso interesante. Gentile decía: si yo le disparo es porque usted no me ha obedecido, y por tanto usted muere, pero la derrota es mía, porque no he logrado convencerlo. Para la vieja Mafia, el asesinato era la consecuencia de un rechazo. La nueva, en cambio, disparaba para lograr que ninguno la rechazara. Se trataba casi del disparo preventivo. Pero no es por eso por lo que yo no volví a escribir de la Mafia.
P. ¿Por qué entonces?
R. Porque tuve la oportunidad de cono­cer a dos o tres mafiosos y tenían la fascinación de la simpatía. No eran ni mucho menos personas siniestras. Había que estar atento para no sentir simpatía.
P. O sea, que tenía miedo a…
R. Sí, tenía miedo de hacer aparecer a los mafiosos como héroes simpáticos. Si usted mira El Padrino y ve la gigantesca interpretación de Marlon Brando, usted se olvida de que es un asesino. Lo olvida. Aquel es un asesino que ordena homici­dios, pero se le mira con fascinación. Ese es el riesgo. Yo temía caer en el mismo error involuntario en el que cayó Leonardo Sciascia cuando escribió Il giorno della civetta y retrató al personaje simpático de don Mariano. Yo no quería eso.