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viernes, 23 de octubre de 2015

FRAGMENTOS LITERARIOS. Principio de la novela "El mar" (2005), de John Banville


   Este es el principio de la novela:


   Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo un cielo lechoso, habían crecido y crecido, alcanzando alturas inusitadas, las pequeñas olas inundaban una arena reseca que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las mismísimas bases de las dunas. El casco oxidado del carguero que permanecía encallado en la otra punta de la bahía desde tiempo inmemorial debió de pensar que iban a volver a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves marinas gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo de ese enorme cuenco de agua inflándose como una ampolla, de un azul plomizo y un brillo maligno. Tenían, aquel día, una blancura antinatural, los pájaros. Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte. No nadaría, no. Nunca más.
Alguien acaba de caminar sobre mi tumba. Alguien.

   El nombre de la casa es los Cedros, desde hace mucho. Un bosquecillo de esos rígidos árboles, de color marrón simio y hedor alquitranado, los troncos formando una maraña de pesadilla, crece aún en la margen izquierda, delante de un césped descuidado, y llega hasta la gran ventana en curva de lo que solía ser la sala de estar, pero que la señorita Vavasour prefiere denominar, en su argot de patrona, el salón. La puerta principal queda al otro lado, y se abre a un cuadrado de gravilla manchado de gasoil que queda detrás de la verja de hierro, que aún está pintada de verde, aunque el óxido ha reducido sus puntales a una trémula filigrana. Me asombra lo poco que ha cambiado en los más de cincuenta años transcurridos desde la última vez que estuve aquí. Me asombra, y me decepciona, e incluso diría que me aterra, por razones que se me hacen oscuras, pues ¿por qué iba a desear algún cambio, yo, que he vuelto para vivir entre los escombros del pasado? Me pregunto por qué construyeron así la casa, de lado, encarando a la carretera un muro sin ventanas de enlucido granuloso; quizá antiguamente, antes del ferrocarril, la carretera tenía una orientación completamente distinta, y pasaba directamente justo delante de la puerta de delante, todo es posible. La señorita V. se muestra imprecisa con las fechas, pero cree que, el siglo pasado —quiero decir, el siglo antes del anterior, todo esto de los milenios me está confundiendo—, aquí se construyó una casita de madera, a la que luego se le fueron haciendo añadidos de manera caprichosa a lo largo de los años. Eso explicaría el aspecto heterogéneo del lugar, con pequeñas habitaciones que dan a otras más grandes, y ventanas que dan a muros lisos, y techos bajos por todos los lados. Los suelos de pino tea le dan una nota náutica, al igual que mi silla giratoria con respaldo de listones. Me imagino a un viejo navegante dormitando junto al fuego, viviendo por fin en tierra, y la tormenta invernal haciendo vibrar los marcos de las ventanas. Quién pudiera ser él. Haber sido él.
   Cuando estuve allí, hace todos esos años, en la época de los dioses, los Cedros era una casa de verano que se alquilaba por quincenas o por meses. Cada año, durante todo el mes de junio, un médico rico y su familia numerosa y escandalosa la infestaban —no nos gustaban las sonoras voces de los hijos del médico, se reían de nosotros y nos tiraban piedras protegidos por la infranqueable barrera de la verja—, y después de ellos llegaba una misteriosa pareja de mediana edad que no hablaba con nadie, y que, con aspecto triste, en silencio, paseaban a su perro salchicha cada mañana a la misma hora por la calle de la Estación hasta la playa. Para nosotros, agosto era el mes más interesante en los Cedros. Era el mes en que los inquilinos eran diferentes cada año, gente que venía de Inglaterra o del Continente, alguna pareja de luna de miel a la que intentábamos espiar, y de vez en cuando una compañía de teatro itinerante que viajaba con todo el equipo, y que representaban alguna función vespertina en el cine del pueblo, de chapa. Y luego, aquel año, llegó la familia Grace.
   Lo primero que vi de esa familia fue su coche, aparcado en la grava, traspasada la verja. Era un coche de techo bajo, un modelo negro abollado y lleno de arañazos con asientos de cuero beige y un enorme volante de madera con radios. Libros de cubiertas descoloridas y con las esquinas dobladas estaban tirados de cualquier manera sobre el estante que había bajo la ventanilla trasera, inclinada al estilo de los coches deportivos, y se veía un mapa turístico de Francia, muy usado. La puerta principal de la casa estaba abierta de par en par, y dentro, en el piso de abajo, pude oír voces, y desde el piso de arriba me llegó el ruido de unos pies descalzos correteando sobre las tablas del suelo y de una chica riendo. Me había parado junto a la verja, escuchando sin disimulo, y de repente un hombre con una copa en la mano salió de la casa. Era de baja estatura y con un cuerpo desproporcionado, todo hombros y pecho y una gran cabeza redonda, y el pelo, muy corto, lo tenía ondulado, negro y brillante, con prematuras mechas grises y una barba negra y puntiaguda también agrisada. Llevaba una camisa verde y holgada sin abotonar, pantalones caquis e iba descalzo. Estaba tan bronceado por el sol que la piel tenía un matiz morado. Me di cuenta de que incluso tenía los pies morados en el empeine; según mi experiencia, la mayoría de padres eran de un blanco de leche por debajo de la línea del cuello de la camisa. Dejó el vaso —ginebra de un azul suavísimo y cubitos y una rodaja de limón— formando un peligroso ángulo sobre el techo del coche y abrió la puerta del copiloto y se inclinó para meter la cabeza y buscar algo bajo el salpicadero. En el piso de arriba de la casa, que no podía ver, la chica volvió a reír y soltó un grito medio desaforado, medio gorjeo de falso pánico, y de nuevo se volvió a oír el sonido de los pies que correteaban. Jugaban a perseguirse, ella y el otro sin voz. El hombre se enderezó y cogió el vaso de ginebra que tenía encima del techo y cerró de un golpe la portezuela. Fuera lo que fuera lo que había estado buscando, no lo había encontrado. Mientras regresaba a la casa me vio y me guiñó el ojo. No lo hizo al estilo habitual de los adultos, con esa mezcla de condescendencia y superioridad. No, fue un guiño de complicidad, masónico casi, como si ese momento que nosotros, dos desconocidos, habíamos compartido, aunque por fuera careciera de importancia, de contenido incluso, poseyera no obstante un significado. Sus ojos eran de un azul extraordinariamente claro y transparente. Volvió a entrar en la casa, comenzando a hablar incluso antes de haber cruzado el umbral.

martes, 20 de octubre de 2015

FRAGMENTOS LITERARIOS. Principio de la novela policíaca "El secreto de Christine" (2006), de Benjamin Black (John Banville)


   Así comienza la novela:

   Se alegró de tomar el paquebote de la tarde, pues no creía que hubiese podido afrontar una despedida matinal. En la fiesta de la noche anterior, uno de los estudiantes de Medicina había aparecido con una petaca de alcohol etílico, que mezcló con naranjas exprimidas, y ella había tomado dos vasos del brebaje. Aún tenía el interior de la boca irritado, y algo parecido al redoble de un tambor constante detrás de la frente. Se había quedado toda la mañana en cama, todavía resacosa, incapaz de dormir, llorando sin descanso casi, oprimiéndose con un pañuelo los labios para acallar los sollozos. Le daba miedo pensar en lo que tenía que hacer a lo largo del día, todo lo que tenía por delante. Sí, estaba asustada.
   En Dun Laoghaire estuvo caminando de una punta a otra del espigón, tan agitada que no era capaz de estarse quieta. Colocó el equipaje en el camarote y volvió al muelle a esperar, tal como le indicaron. Ni siquiera sabía por qué accedió a hacer lo que se le había pedido que hiciera. Ya tenía una buena oferta de trabajo en Boston, y ahora surgía en perspectiva un dinero adicional, pero sospechaba que más bien lo hacía por miedo a la Comadrona, que le amedrentó la sola posibilidad de negarse cuando ella le pidió que llevara a la niña consigo. La Comadrona tenía un modo inconfundible de resultar mucho más intimidante cuando hablaba con voz queda. Veamos, Brenda, le había dicho, mirándola con los ojos saltones: Quiero que te lo pienses muy despacio, porque es una enorme responsabilidad. Todo le había resultado extraño, la sensación de náusea en la boca del estómago, la quemazón del alcohol en la boca y el hecho de no ir vestida con su habitual uniforme de enfermera, sino con un dos piezas de lana rosa que había comprado ex profeso para el viaje: un traje pensado especialmente para viajar, como si fuera a casarse, cuando en lugar de una luna de miel iba a tener que ocuparse de la niña, sin que hubiera ni asomo de marido. Eres una buena chica, Brenda, le había dicho la Comadrona con una sonrisilla aún peor que sus miradas. Que Dios te acompañe. E iba a necesitar, y mucho, de Su compañía, pensó melancólicamente: le quedaba la noche en el barco, y al día siguiente el viaje en tren a Southampton, y otros cinco días en alta mar, y ¿después? Nunca había salido del país, salvo una sola vez, cuando era pequeña y su padre se llevó a la familia a pasar el día en la isla de Man.

   Un coche negro y elegante avanzaba hacia el barco entre la muchedumbre que formaban los pasajeros. Se detuvo cuando aún se hallaba a diez metros de ella, y salió una mujer por la portezuela del copiloto con una bolsa de lona en la mano y un bulto envuelto con una manta en el hueco del brazo contrario. No era joven, rondaría tal vez los sesenta, pero iba vestida como si tuviera la mitad, con un traje gris de falda ceñida hasta la pantorrilla, ajustada a la cintura, una cierta barriga por debajo del cinturón y un sombrerito con velo azul que le cubría hasta la nariz. Echó a caminar sobre las losas con pasos desiguales por culpa de los zapatos de tacón, los labios pintados y fruncidos en una sonrisa. Tenía los ojos pequeños, negros, incisivos.

sábado, 3 de octubre de 2015

PRENSA. "La rubia de ojos negros". Entrevista con John Banville/Benjamin Black

LIBROS / ENTREVISTA

Banville recupera el espíritu de Raymond Chandler

John Banville ha adoptado una tercera personalidad para escribir 'La rubia de ojos negros'

La novela la firma su alter ego Benjamin Black y recupera el espíritu de Raymond Chandler


Según Banville, la novela negra actual es demasiado sangrienta. / SAMUEL SÁNCHEZ
Las razones de editores y herederos para confiar a novelistas contemporáneos la tarea de revivir a James BondHércules Poirot, Bertie Wooster o Philip Marlowe parecen claras: un nuevo libro puede despertar —al menos en teoría— un renovado interés por sus autores. En cambio, para muchos, las razones de un escritor reputado como John Banville (Wexford, 1945) para prestarse a escribir La rubia de ojos negros (que Alfaguara publicará el próximo 26 de febrero) son un enigma. “Si hace veinte años alguien me hubiera sugerido siquiera que algún día escribiría un libro como este mi reacción habría sido ‘¿cómo te atreves?, ¡estás loco!”. Sin embargo, la propuesta de que Benjamin Black —el seudónimo que reserva a su obra noir—firmase una novela que resucitase a Philip Marlowe, el célebre detective creado por Raymond Chandler, llegó con Banville ya instalado en la sesentena. “Tengo una edad en la que he de probar cosas nuevas para no marchitarme, para no consumirme. Siempre estoy escribiendo una novela de Banville, pero me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Chandler. Me divierte y estoy en un momento en el que me puedo permitir asumir riesgos, hacer estupideces”.

El artista debe gozar de libertad y en la novela negra siempre debe haber un crimen, y eso
la restringe bastante”
El propio Chandler, Georges Simenon, James M. Cain y Richard Stark, enumera Banville, son los padres de Benjamin Black —“me temo que es huérfano de madre”—. Fue su hermano mayor, Vincent, quien le introdujo en la literatura del autor deEl largo adiós y La dama del lago —sus novelas predilectas—. “En esa época yo solo conocía a escritoras inglesas como Agatha Christie o Margery Allingham. No había leído a Ross Macdonald o Dashiell Hammett, por eso me fascinó encontrar a alguien que escribiese tan bien como Chandler”. Para Banville, a quien le gusta repetir que “la frase es el mayor invento de la civilización”, el lenguaje lo es todo. “Escribo frase a frase. Termino una y empiezo la siguiente. Joyce era un maestro del párrafo, yo preferiría prescindir de ellos”. La trama y los personajes le importan, pero desempeñan papeles secundarios. “Como al propio Chandler, a mí tampoco me importa saber quién mató al mayordomo: él siempre defendió que el estilo lo era todo. En buena parte de sus libros la trama no tiene sentido: cuando estaban rodandoEl sueño eterno le llamaron para preguntarle quién había matado al chófer y él respondió que no lo sabía. Yo he escrito La rubia de ojos negros en ese espíritu. He inventado y he reinventado Los Ángeles, como hiciera en su momento el propio Chandler”.
Ni ha releído sus obras completas ni se ha documentado a conciencia para recrear la Bay City de Marlowe. Se ha limitado a sentarse en su estudio y escribir. Como siempre. “La obsesión por los hechos sofoca la novela. Flaubert dijo que había leído miles de libros cuando preparaba Salambó, su novela sobre Cartago, y al leerla puedes sentir el peso de todas esas lecturas”. Según el irlandés, la invención puede ser tanto o más convincente que la verdad.
Banville escribió La rubia de ojos negros en su estudio de Dublín. Un apartamento pequeño y luminoso frente al río Liffey, ajeno al bullicio que se extiende a ambas orillas. “El silencio es absoluto”. Solo lo quiebran, explica, los hijos de los vecinos que juegan en el patio y a quienes Banville escucha conmovido. “Se entretienen con juegos anticuados, como el escondite y el fútbol, se enamoran, se pelean. Son fantásticos”. Lleva más de veinte años escribiendo en este lugar de moqueta granate —“hace poco advertí que solo está desgastado el tramo que va de mi mesa a la cocina, el resto está impoluto”—, mobiliario austero y riguroso orden. Todo está en su sitio: los libros, los diccionarios, las postales, los sombreros. Es la cara o cruz del espacio de trabajo de otro irlandés ilustre, Francis Bacon, cuyo estudio se encuentra a diez minutos a pie del refugio de Banville. “El desorden que me rodea se asemeja a mi mente: puede que sea un buen reflejo de lo que se está fraguando dentro de mí”, escribió el pintor. Esa cita sirve ahora de aviso a los visitantes desprevenidos a punto de asomarse a ese caos tan necesario para él.

Mitos y franquicias

JUSTO NAVARRO
Philip Marlowe nació ya detective privado en 1939, en la primera novela de Raymond ChandlerEl sueño eterno. No habla jamás de sus padres, y no tiene parientes, que se sepa, o eso decía su creador. Marlowe sigue vivo y, a pesar de haber llegado al mundo hace 75 años, tiene la misma edad que en 1939. Pertenece al tiempo atemporal de los mitos, de donde ahora lo rescata John Banville, alias Benjamin Black. Los mitos tienen la gracia de la resurrección incesante y fabulosa: inmortales griegos, bíblicos, evangélicos, artúricos y caballerescos, dráculas, tarzanes y peterpanes, Sherlock Holmes y James Bond, Poirot y Maigret, por qué no. Toleran la repetición sacralizadora, pero también la broma y el pastiche.
Un mito es siempre nuestro contemporáneo, y Marlowe merece renacer en este instante: desconfía de la riqueza y de sus poseedores, ajedrecista solitario, incómodo para los policías serviles con los poderosos y peligrosos para la gente como él. “La ley protege al que paga”, decía en Adiós, muñeca. Emigrante, bajó del norte al sur sin salir de California. Según Chandler, no tiene mucho dinero, pero viste lo mejor que puede. Fuma, bebe cualquier cosa que no sea dulce. Se levanta tarde por gusto y temprano por necesidad. Es un tipo, en el sentido en que Umberto Eco utiliza el término: Don Quijote es un tipo, pero solo es tipo de todos los Don Quijotes, tipo de sí mismo. Invita al eterno retorno, a la repetición siempre nueva.
El renacimiento de Marlowe debería consagrar los rasgos inolvidables que su creador atribuyó al detective: “Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio corrosivo, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí”. ¿Tiene conciencia social? “Tanta como un caballo”, responde Chandler. “Tiene conciencia personal, que es algo totalmente distinto”. Es un santo: encarna “la lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta”. Mejor persona para el lector que para sí mismo, es más honorable que usted y que yo, dice Chandler, y concluye: “Si ver basura donde hay basura es un signo de inadaptación social, Marlowe es un inadaptado”.
Así, pero envejecido, era el Marlowe que Osvaldo Soriano imaginó en Triste, solitario y final (1974),donde el gordo Soriano formaba, personaje de su propia novela, pareja de aventuras con el flaco detective de Chandler, en un caso en torno al Gordo y el Flaco cinematográficos, también criaturas sagradas. Los recreadores de mitos no son ladrones de cadáveres, sino de seres vivos que reviven sin fin. Hay, sin embargo, una diferencia entre viejos inmortales como Jesucristo o Don Quijote y los inmortales recientes, que son héroes propiedad de los herederos de su creador, algo que probablemente Soriano ignoró. Si el nuevo uso de criaturas como Marlowe, Bond o Poirot se atiene a la lógica de los mitos, obedece forzosamente a la de la franquicia, que, según el diccionario de la Academia, significa “concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial”, licencia para repetir la atmósfera de una marca, el diseño, el modelo.
El irlandés odia el verano. “Es la estación más aburrida”, aduce, y desde hace casi una década combate el tedio estival —las vacaciones están descartadas, “me crispa no hacer nada”, se justifica— escribiendo novela negra. Ya ha escrito seis, cinco de ellas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por Quirke, un patólogo solitario y bebedor, aunque ahí terminan los paralelismos con Marlowe. “Quirke es simplemente un hombre curioso. En esa época en Irlanda no existía el concepto de justicia. Todo era una mentira, todo eran apariencias”. Marlowe, sin embargo, tenía otras ambiciones. “Siempre lo había admirado, pero me costaba creérmelo del todo: un hombre con su sensibilidad no podía ser tan duro. Pero me gusta su heroísmo, su caballerosidad, es un hombre que cree en un cierto tipo de justicia, que cree que es posible hacer algo de bien en el mundo. Estas son nociones muy anticuadas, pero por eso quiero que la gente joven lea a Chandler: la literatura negra de hoy es cada vez más violenta, más sangrienta, es hora de volver a la caballerosidad, al honor, a una ‘violencia educada’, que diría mi mujer”.
El verano es de Benjamin Black. El otoño, la estación más fértil, de John Banville. Black escribe en ordenador, sin reescrituras, tres meses de trabajo le bastan para terminar sus novelas. Banville escribe con inevitable lentitud —“entre ayer y hoy he escrito dos párrafos; el de hoy es más corto porque tenía esta entrevista”—, llenando las páginas en blanco de un libro que encuadernan especialmente para él con ayuda de una pluma, tarda entre tres y cinco años en poner el punto final. Black es un artesano; Banville, un artista. “Estoy muy orgulloso de los libros de Benjamin Black. Creo que son maravillosas piezas de artesanía. No digo que sean muy buenos libros, pero desde mi punto de vista están construidos con maestría, como si fuesen una silla o una mesa. En cambio, mi relación con los libros de Banville es muy complicada, tan oscura que apenas alcanzo a entenderla. No entiendo por qué los odio tanto. Supongo que simplemente porque son fracasos”. Banville es consciente de que la distinción no agrada a los escritores de novelas de detectives, pero nunca le ha preocupado demasiado medir sus palabras —para las hemerotecas queda su agradecimiento al jurado del Man Booker Prize que en 2005 premió su novela El mar y a quienes felicitó por atreverse a distinguir “una obra de arte” y romper la tendencia de premiar ficciones menos exigentes—. “Hace un par de semanas asistí a un festival de literatura negra en Key West y sé que los escritores presentes se molestaron, pero estoy convencido de que es verdad: para ser un artista, para hacer una obra de arte, debes gozar de libertad absoluta para hacer lo que te venga en gana, y cuando escribes novela negra en ella siempre debe haber un crimen. Eso restringe bastante tu libertad. Por eso creo que el género nunca podrá elevarse a la categoría de arte, aunque Chandler estuvo muy cerca”.
En sus cuadernos, Raymond Chandler dejó listados de posibles títulos para posibles novelas: La rubia de ojos negros es uno de ellos. Fue Ed Victor, agente del irlandés y representante del legado del estadounidense, quien le sugirió que lo utilizase. “Y le hice caso, aunque ya había empezado a escribir y [la protagonista] Clare Cavendish tenía el cabello oscuro y los ojos azules”. El lector de Benjamin Black, asegura Banville, encontrará en este libro una historia “mucho más ligera, más libre, con la luz y el sol de California, y el ingenio de Chandler”.

Me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Raymond Chandler. Me divierte”
No lo ha meditado demasiado, pero cree que le fascinaría que otro continuase con la saga de Quirke —cuya adaptación, una miniserie protagonizada por Gabriel Byrne y producida por la BBC, se emite en estos momentos la televisión irlandesa—. “Probablemente sea relativamente sencillo escribir un libro de Quirke porque hay ciertas cosas que se repiten en todos: la bebida, la desesperanza, la extraña relación que mantiene con su hija… En la mayoría de los casos, la literatura noir consiste en trabajar con clichés. Es lo bueno que tiene: tratar de hacer algo nuevo dentro de un género propenso al tópico”. Aún no sabe si repetirá con Chandler —“todo depende de cómo funcione La rubia de ojos negros, aunque la segunda vez no será tan divertida como la primera”—, pero tiene claro que con él terminan los revivals. “Mi mujer me sugirió que escribiese una continuación de Retrato de una dama de Henry James porque Isabel Archer es un personaje muy interesante y la novela termina de forma muy ambigua. Pero James es un gran artista y yo sería como un buitre alimentándome de los restos de un gran autor. Dicho esto, me parece una gran idea y me encantaría saber cómo sigue la vida de Isabel Archer: todos los hombres estamos enamorados de ella”.
En una catastrófica crítica publicada en 1991 en The New York TimesMartin Amis concluía que Robert B. Parker nunca debería haber escritoPerchance to dream, secuela de El sueño eterno de Chandler —tan solo un par de años antes Parker había completado otra novela chandleriana, La historia de Poodle Springs—. Pero no había vuelta atrás: el daño ya estaba hecho, lamentaba Amis. Mientras apura la segunda copa de vino tinto, Banville asegura que está preparado para hacer frente a la controversia que sabe acompañará a La rubia de ojos negros. “Espero que me acusen de deshonrar la memoria de Chandler para escribir apasionadas defensas del libro, ¡habrá una gran polémica, será una gran campaña publicitaria! Seguro que habrá lectores adictos a Chandler y expertos que se deleitarán en señalar en dónde me he equivocado, pero mi respuesta será ‘escuchad, este libro es mío, no de Chandler. Además, es una obra de ficción: Philip Marlowe nunca existió”.
En estos momentos, la verdadera preocupación de Banville está muy lejos de Chandler. “Ya he escrito un tercio de mi próxima novela firmada por Banville y no tengo ni idea de qué va a suceder en la trama. No paro de pensar, ‘John, en algún momento tendrás que resolverlo. Estos personajes tienen que hacer algo”. Desde su escritorio, tan solo tiene que mirar de reojo para ver los ocho libros envueltos en papel de seda blanco que encargó al encuadernador y que aguardan a que empiece a cubrir, lentamente, sus páginas.

La rubia de ojos negros. Benjamin Black. Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014. 326 páginas. 19,50 euros (electrónico: 9,99).