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sábado, 30 de enero de 2016

CUENTOS. "Vampiro". Emilia Pardo Bazán (1851-1921)


Doña Emilia Pardo Bazán. Retrato de Joaquín Vaamonde Cornide

Vampiro

No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince?
Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!
Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que.... ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.
Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.
-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino.
Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablose de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.
Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de tornaboda ya dejaron en paz a los cónyuges y en soledad la plaza.
Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez. Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo..., acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.
¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».
Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni rastro de compasión. Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había pagado? Pues Inés era suya.
Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún- cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:
-Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.
El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió -¡lástima de muchacha!- antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital. Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Artículo de Guillermo Cabrera Infante, sobre los vampiros en la literatura

Max Schreck, en la película "Nosferatu", de Murnau

LA LETRA CON SANGRE ENTRA
            “El moderno mito del vampiro no se originó en Hungría, con su archipiélago de Gulash, ni en la Rumanía de Ceaucescu, desfilando por el paso Borgo en Transilvania, sino en Inglaterra. O en una voluble variación de Londres en Suiza. Surgió, como era de esperar, una noche, una noche toda llena de murmullos literarios y música de monólogos, en la villa Diodati, junto al lago de Ginebra, mansión lacustre que compartían en 1816 los Byron; el poeta Shelley; su mujer, Mary, y una hermana de Mary, que era amante de Byron, poeta maldito. En esta elegante promiscuidad y aislados por una lluvia más tenaz que en Londres, pasan todas las veladas entre versos y besos. Un intruso necesario, el doctor John Polidori, médico de Byron, completa el quinteto doméstico. Pero en vez de tratar a Byron, el médico es tratado por el lord como un matasanos de manía literaria.
            Una noche, otra noche cerca de la medianoche, Byron, apuesto, propone una apuesta: a ver quién escribe mejor una historia de horror que él llama “de fantasmas”. Mary, dada a las pesadillas, es la única que hace el cuento. Hoy lo conocemos como Frankenstein, olvidando su apéndice pretencioso: El Prometeo moderno. Shelley, siempre serio, ni siquiera consideró  la  propuesta,  y  Byron, como era su costumbre, garrapateó unas líneas orales y se aburrió pronto: detestaba la prosa, amaba la prisa.   Pero, sorpresas de la escritura, el buen doctor Polidori, mal médico, pero experto en el sabor del láudano y sus posibles sueños, escribe, tres años más tarde, un cuento titulado El  vampiro.  Fiat  tenebrae!  El mito se hizo así  literatura de las tinieblas   por  primera  vez en inglés. Curiosidad literaria, el cuento publicado en 1819 arrebató   al continente, aunque llevaba, debajo del título, el entonces más comercial nombre de Byron. Pero Polidori, a quien el poeta llamaba doctor Peloduro, es la fuente y el origen. Como Bram Stoker, al otro extremo del siglo, es el aparato receptor de la leyenda para transmutarla en literatura. Polidori no es un escritor profesional, sino un aficionado de genio. Hay que esperar hasta 1897 para que el vampiro se llame Drácula, pero ya llega, ya está ahí. (...)
            Vampir viene del magiar, es decir, húngaro de origen, aunque una etimología remota lo remonta al turco uber, bruja. El término insiste en estas transformaciones. Súcubo tiene en latín una terminación masculina, pero el significado es femenino: un demonio con formas de mujer hechas para atraer a los hombres. La fornicación es la muerte. Los franceses todavía llaman al orgasmo la petite morte. Morir de amor, el ideal romántico, no significa otra cosa. Con el beso del vampiro (o la vampira) se cumplen los deseos más el reclamo de ocasión de la inmortalidad por la sangre. ¿Qué mujer inglesa o húngara, que lo desdeñan todo, según Stoker, podrá resistir la tentadora oferta del conde?
            Aparte del genio literario que, como el espíritu del mal le sopló en la oreja, el otro gran hallazgo de Bram Stoker fue el título de su novela, el nombre del mal: Drácula. Stoker lo encontró en sus investigaciones sobre el folclore de Hungría, pero todavía dos meses antes de publicarse su obra inmortal (como conviene al conde) no había decidido dar título al libro. Había encontrado una variante del nombre en Whitny, lugar que Drácula escoge para naufragar en Inglaterra, y le confiere el título de conde, que no existe en la nomenclatura inglesa, pero lo llama voivode, que es príncipe en húngaro. El más notorio de los voivodes, sin embargo, es rumano: ese tierno Vlad el empalador al que Ceaucescu cantó en su quintocentenario,en 1976. Vlad, cuyo deporte favorito era empalar a sus enemigos y de vez en cuando a sus amigos (alcanzó el notable récord de más de 250.000 empalados durante su reino de terror) era conocido   como Drácula  (la  terminación es femenina, pero todos sus oficios, como sus orificios,  eran masculinos). Es decir, hijo del diablo. Un temprano gusto rumano por los eufemismos lo convirtió  en  hijo  del  dragón.  El  dragón, su padre,  es  decir,  Vlad III,  venía  envuelto en las sombras de una leyenda  familiar. Este noble monarca salía de su tumba en tiempos difíciles para echar un ojo desvelado a sus demonios. (Perdón, a sus dominios.) Bram Stoker, con un toque de genio, confundió a los dos Vlades con un golpe de máquina de escribir (fue uno de los primeros escritores que la usó) y fundió raza y lenguas y mitos (pero no abolió el azar). (...)
Bela Lugosi, en el "Drácula" de Tod Browning

            La leyenda del vampiro es muchas veces milenaria. Hay, aparición temprana, un cuento de vampiros en El satiricón, que rima con Nerón, del siglo Primero de nuestra era, y una versión del vampiro en Las mil y una noches. Hay vampiros góticos, renacentistas y románticos. Hay vampiros para todos y en todo tiempo. ¿Por qué? Porque la leyenda (un espíritu del mal que desangra pálidas doncellas bajo la luna) no es más que una metáfora literaria de la menstruación, esa profusa, inexplicable pérdida de sangre que sólo sufren las mujeres. Su aparición es cíclica y es heraldo de la pubertad. Su ausencia, por otra parte, anuncia el embarazo o una enfermedad mortal. Pero, a pesar de Petronio y Scherehzade, el mito es esencialmente cristiano: la cruz es el único verdadero resguardo contra el vampiro. Hay un antídoto culinario, el ajo, pero se sustituye a veces por el acónito en flor, que es menos ofensivo al portador del amuleto: un diente de ajo puede más que un colmillo de Drácula. Por otra parte, no se concibe al conde ni judío ni musulmán, porque no temerían a la cruz y comerían con gusto el ajo.
            Drácula, nuestro vampiro favorito, sufre de una monomanía: su pasión dominante (su única pasión) es la sangre. No hay asombro cuando exclama: “La sangre es la vida”, porque proclama un axioma médico: la sangre es de veras la fuente de la vida. En realidad, el innoble conde no hace otra cosa que procurarse demoradas y sucesivas transfusiones. (...) Drácula es un aristócrata, pero es también, no hay que olvidarlo, a bloody foreigner, frase favorita para expresar el desdén inglés por los extranjeros todos, condes o condenados.
            Sin embargo, dos extranjeros, el doctor Polidori y el irlandés Bram Stoker (su nombre es apócope de Abraham), establecen y reclaman el mito para Inglaterra, y a la hora de considerar el mito moderno son algo mejor que sus originadores: son sus verdaderos creadores y, para el entretenimiento, sus recreadores. (...)
            A veces Drácula se lee como una película muda, y de hecho el primer Drácula (llamado Nosferatu porque su director, Murnau, se olvidó de comprar antes los derechos a la viuda del autor) es una lectura fascinante de la novela. El Drácula a que todavía remiten las películas Hammer (1958) no es más que una versión en colores de la puesta en escena en Broadway en 1927 y su puesta en imágenes de 1931 (la que para acentuar la relación entre Drácula y el amor consanguíneo se estrenó en Estados Unidos en 14 de febrero, ¡día de los enamorados!) es una repetición a la que la reciente invención del sonido permite hacer oír, como bienvenida al mal, la voz meliflua, entre argentina y húngara, de Bela Lugosi anunciándose: “I’m Dracula”. Drácula, qué duda puede caber, es la primera obra maestra de la literatura pop. (...)
            ...el único Drácula posible de Bram Stoker es su libro, que es, como su conde, inmortal. Siempre propone, como Bedier al principio de Tristán e Isolda, una invitación que nadie puede resistir: “¿Querrían ustedes oír una historia de amor, de locura y de muerte?”.
                       

            (Fragmentos extraídos de un artículo  de G. Cabrera Infante, publicado en el suplemento Babelia en EL PAÍS, el 6 de febrero de 1993.)

lunes, 14 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Vampiros en poesía y prosa. Sara Torres


VAMPIROS EN POESÍA Y PROSA
           
     “La figura vampírica aparece en literatura a comienzos del siglo XIX, de la mano de alguien tan ilustre como Goethe, que trata el tema en La novia de Corinto, aunque poco antes ya había sido insinuado por Burger en su Eleonora. La creación de Goethe entusiasmó a los románticos alemanes e ingleses, pero fue un autor mucho más oscuro el que escribió el primer cuento de vampiros del estilo “capa negra y colmillos” que luego se ha hecho famoso. William Polidori, médico y secretario personal del poeta Byron, escribió El vampiro en aquella misma noche célebre a orillas de un lago suizo en la que, por una apuesta, la casi adolescente Mary Shelley inventó a Frankenstein y su Criatura. (...) Lord Ruthven, el personaje creado por Polidori, es el padre de Drácula y los demás vampiros clásicos de la literatura fantástica contemporánea. La historia fue publicada en abril de 1819 en el “New Monthy Magazine”.
            En 1847 se publica una novela anónima titulada Varney el Vampiro o el Festín Sangriento, que muchos atribuyen al prolífico autor popular Thomas Preskett Prest. (...) Desde un punto de vista estrictamente literario, el cuento de Joseph Sheridan Le Fanu Carmilla es mucho más exquisito y contundente. Le Fanu, escritor irlandés, es sin duda uno de los mejores autores de relatos de fantasmas de todos los tiempos. Su Carmilla, publicada en 1872, es una historia turbadora y llena de sugerencias eróticas: la protagonista, una joven de origen desconocido recogida por un viejo militar inglés, resulta ser una reaparición de la condesa Mircalla Karstein, muerta años antes, y se apodera del alma y del cuerpo de la hija de su generoso huésped. Llena de insinuaciones homosexuales muy audaces para la época victoriana en que fue escrita, Carmilla ha sido llevada libremente varias veces al cine, destacando en estas adaptaciones la sublime Vampyr, de Dreyer (para algunos, la mejor película de vampiros jamás realizada) y la discreta Et mourir de plaisir, de Roger Vadim.
            (...) Pero la verdadera leyenda literaria del vampiro, de la que hoy se alimenta nuestra imaginación, comienza con la novela Drácula, de Bram Stoker. Éste nació en Dublín, en 1847, y sólo ocasionalmente se dedicó a escribir: su auténtica profesión fue la de empresario y representante teatral. (...) Drácula está escrita en forma de novela epistolar, un recurso muy típico de finales del siglo XVIII, pero que se mantuvo a lo largo de gran parte del XIX; logra mantener la tensión amenazante a lo largo de muchas páginas. No está claro cómo le vino a Stoker la idea de componer su libro. Según testimonio de su hijo, todo empezó con una pesadilla del escritor en la que soñó con un rey vampiro que se levantaba de la tumba para cometer diversos crímenes. Pero otras fuentes señalan que tomó la semilla del argumento de una cena con Arminius Vambery, profesor de Lenguas Orientales de la Universidad de Budapest, quien le contó numerosas historias sobre Vlad el Empalador y diversas leyendas de vampiros, usuales en los Cárpatos. Lo más verosímil es que Stoker mezclase varias fuentes y diversas inspiraciones para crear su historia.


            (De Sombra y asombro de los vampiros, de Sara Torres. Publicado en la revista de cine “Nosferatu”. Abril, 1991).

domingo, 13 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Fragmento del "Tratado sobre los vampiros", de Calmet (1751)


   "En este siglo, desde hace alrededor de unos sesenta años, una nueva escena se ofrece a nuestra vida en Hungría, Moravia, Silesia, Polonia: se ve, dicen, a hombres muertos desde hace varios meses, que vuelven, hablan, marchan, infestan los pueblos, maltratan a los hombres y los animales, chupan la sangre de sus prójimos, los enferman, y, en fin, les causan la muerte: de suerte que no se pueden librar de sus peligrosas visitas y de sus infestaciones, más que exhumándolos, empalándolos, cortándoles la cabeza, arrancándoles el corazón o quemándolos. Se da a estos revinientes el nombre de upiros o vampiros, es decir, sanguijuelas, y se cuentan de ellos particularidades tan singulares, tan detalladas y revestidas de circunstancias tan probables, y de informaciones tan jurídicas, que uno no puede casi rehusarse a la creencia que tienen en esos países, de que los revinientes parecen realmente salir de sus tumbas y producir los efectos que se les atribuyen". 

viernes, 11 de diciembre de 2015

DRÁCULA. Fragmento del Prólogo de Luis Alberto de Cuenca al “Tratado sobre los vampiros”, de Dom Augustin Calmet (1751).


   "La fuerza más importante del vampiro radica en que nadie cree que existe", solía repetir Van Helsing en la novela de Stoker. Calmet no afirma ni niega nada, pero ofrece un sinfín de testimonios. Entre ellos, el del escritor francés Joseph Pitton de Tournefort, quien fue testigo de la gran epidemia vampírica que, entre los años 1700 y 1702, diezmó la población de Mícono, pequeña isla del archipiélago de las Cícladas, en el Egeo.
   Empezaron a aparecer centenares de personas con pequeñas incisiones en el cuello y en las arterias de los brazos que daban de inmediato signos de agotamiento y que acababan por morir. Los afectados eran, indistintamente, hombres y mujeres jóvenes y niños de ambos sexos. Se utilizaron diferentes métodos curativos sugeridos por médicos y curanderos, pero sólo una acción fue eficaz para terminar con tan extraña epidemia: grupos de aldeanos armados con estacas de fresno afiladas en una de sus puntas recorrieron todos los cementerios de la isla y abrieron todas las tumbas; aquellos cadáveres que no se hallaban en evidente descomposición o que presentaban un aspecto saludable fueron atravesados con las estacas de fresno a la altura del corazón. Como la epidemia de vampirismo desapareció a partir de entonces, se generó entre los nativos y entre quienes presenciaron los hechos un argumento de peso en favor de la existencia de los muertos vivientes que, por las noches, abandonan sus tumbas para, en forma de vampiros, ir a buscar entre los vivos la sangre que les es necesaria para prolongar su precaria existencia ultraterrena.
   Los anales históricos de la Baja Hungría —sigue contando el inefable Dom Calmet— relatan otro curioso ejemplo de vampirismo. El 10 de septiembre de 1720 un grupo de ciudadanos de Krislova pidieron al comandante austriaco de la zona permiso para exhumar y destruir por el fuego el cadáver de Pedro Plogojowitz, quien varias semanas después de su muerte había sido visto en aquella ciudad lanzándose al cuello de varias personas para chuparles la sangre. Todas las personas que habían tenido el fatal encuentro habían muerto al día siguiente, dictaminando el médico "falta total de sangre". El comandante austriaco no quiso dar crédito a tan fantástico relato y denegó el permiso de exhumación. Pero tuvo que reconsiderar su decisión cuando la delegación de ciudadanos de Krislova volvió a visitarle informándole que otras nueve personas habían muerto durante los últimos días en las mismas extrañas circunstancias que las anteriores. Finalmente, el militar, precedido por el párroco, fue al cementerio e hizo abrir la tumba en que estaba enterrado el tal Plogojowitz, quien apareció intacto, con un aspecto sonrosado y con la boca llena de sangre fresca. Se trataba, por tanto, de un vampiro, y como tal se procedió con él: se afiló una estaca de fresno y se le clavó entre las costillas hasta alcanzar el corazón, y luego se quemó el cadáver.
   En el pueblo de Blow, en Bohemia, un vampiro dio muerte a mucha gente. Los campesinos abrieron la tumba del monstruo y le clavaron en tierra con un palo afilado. "Qué amables sois —dijo el vampiro— al proporcionarme un bastón con el que ahuyentar a los perros". Esa misma noche, se levantó y ahogó a cinco personas. Al día siguiente, fue entregado al verdugo, quien le atravesó varias veces con un hierro. Cuando era llevado a la hoguera en un carro, fue rugiendo todo el camino y moviendo desordenadamente los brazos y las piernas. Tras su ejecución, en 1706, el pueblo pudo vivir tranquilo. "Gracias a Dios —añade Dom Calmet— no somos crédulos como la gente sin cultivar. Pero debemos admitir, sin embargo, que la luz de la ciencia no ha sido capaz de iluminar con sus rayos un caso como éste".
   Hasta aquí algunos casos de vampirismo expuestos por Calmet en su Tratado.

      LUIS ALBERTO DE CUENCA. Prólogo al “Tratado sobre los vampiros”, de Dom Augustin Calmet (1751).

DRÁCULA. Sobre el vampiro. Louis Vax

Ilustración de Fernando Vicente

     "El vampiro es un ser ambivalente:  nos horroriza, pero nos fascina. Ha prolongado su vida más allá de los límites normales, y es bien sabido que uno de los personajes más inquietantes de la leyenda es el individuo que no envejece. Pero el hombre siente vagamente que no puede prolongar en forma indefinida su propia vida si no es hurtando una parte de la vida de los demás; deseo este que nace en el hombre y le produce horror; lo proyecta entonces fuera de sí mismo en la figura de un monstruo.”

                                                 Louis Vax. Arte y literatura fantásticas