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viernes, 13 de noviembre de 2015

Sobre "La rubia de ojos negros", de Benjamin Black. Opinión de un componente del club de lectura


LA RUBIA DE OJOS NEGROS,  DE BENJAMIN BLACK

            Como el mismo autor reconoce, ha sido una aventura arriesgada volver a dar vida a un detective ya creado, dotado de vida propia y con plena autonomía. Un detective diseñado por el que ha sido un  gran escritor de obra negra, Raymond Chandler. El detective, Philip Marlowe, un ser al que entre otros rasgos de su personalidad se le atribuyó el disfrutar de su soledad, pues fue concebido como un ser solitario:

    “No te das cuenta de lo pequeño que es el espacio donde vives hasta que otra persona entra en él”.
    “Marlowe le replica con aspereza a la chica. Una vida solitaria te resulta inimaginable. Eres como uno de esos grandes y elegantes cruceros rebosantes de marinos, camareros, ingenieros, tipos con uniformes recién planchados y cordoncillos en la gorra. Requieres todo ese personal, sin mencionar a la gente guapa vestida de blanco que se entretiene jugando en la cubierta. Pero si te fijas bien, hay un pequeño esquife con una bandera negra que se dirige hacia el horizonte. Eses soy yo. Y me siento feliz allí, solo.”

            En mi opinión, el resultado de lo que podría haber sido un suicidio literario ha sido todo un éxito. Benjamin Black ha superado el difícil reto de conformar otra parte de la vida del detective Philip Marlowe. Ha dado una forma sublime y contenido entretenido a una obra que incluso podríamos decir que ha sido una continuación de otra novela de Chandler. Concretamente, como si fuese la segunda parte de El largo adiós
            La obra es de un lenguaje y estructuras gramaticales fáciles. Si bien un lenguaje lleno de comparaciones agudas, en el que abundan descripciones de  personajes y situaciones (descripciones que en mi opinión son oportunas y muy gráficas). Descripciones que no se hacen interminables y agobiantes, sino que contribuyen a adornar y dar sabor a la novela. Nos ayudan a efectuar una representación mental de lo que constituye el objeto de la descripción.

    “Aquella sonrisa... Era como los rescoldos de un fuego que ella hubiera prendido hacía mucho tiempo y luego dejado arder hasta consumirse. Tenía un hermoso labio superior, prominente como el de un bebé, tierno y un poco inflamado como si acabara de besar largamente otros labios y no precisamente de bebés”
    “Una casa vacía posee un modo especial de absorber los sonidos, igual que el cauce seco de un riachuelo se traga el agua”.
    “Me di la vuelta. Era un hombre mayor vestido con un peto vaquero desteñido y una camisa sin cuello. Su cabeza parecía un cacahuete, con un cráneo alargado y una gran barbilla separados por las mejillas hundidas. La boca desdentada colgaba entreabierta y las puntas de la barba plateada de siete días que cubrían su mandíbula brillaban al sol. Recordaba a un Gabby Hayes que hubiera envejecido mal. Tenía un ojo cerrado y con el otro me miraba desde el pie de las escaleras mientras movía lenta e incesantemente la mandíbula de un lado a otro, como una vaca rumiando.”

            Otro aspecto a destacar es la técnica utilizada por el autor para mantener la expectación, el interés sobre la trama de la novela, que, como se ve, está carente de toda acción. No por ello deja de entretener. Cuando el capítulo se puede hacer aburrido, siempre logra introducir un elemento que vuelve a despertarnos, para terminar el capítulo con el suspense que nos obliga a empezar el capítulo siguiente.
            Aun cuando la crítica social no hace acto de presencia con insistencia en la novela, como sí la encontramos en El largo adiós, sí merece destacar el siguiente párrafo, contenedor de la injusta situación que produce el poder del dinero. 

   “...Los años que iba a tener que pasar en San Quintín, a menos que su madre contratara a un abogado tenaz y lo bastante listo como para encontrar un resquicio legal que hubiera pasado inadvertido al resto del mundo y por el que pudiera librar a Everett  de la cárcel. No sería la primera vez que el hijo de una familia rica salía impune de un caso de asesinato.”


            En general, este libro puede ser recomendado para un momento de entretenimiento y disfrutar de una novela bien escrita.

sábado, 31 de octubre de 2015

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS. Sobre "La rubia de ojos negros", de Benjamin Black-John Banville. Rodrigo Fresán

John Banville-Benjamin Black

libros
DOMINGO, 9 DE MARZO DE 2014

TRISTE, SOLITARIO Y DE VUELTA

El caballero andante vuelve a las andadas. No contra su voluntad, pero sí de la mano de John Banville & Benjamin Black, la dupla encargada de resucitar al más duro de los detectives en La rubia de ojos negros, que en pocas semanas Alfaguara distribuirá en Argentina. Banville fue finalmente el escritor elegido por los herederos de Raymond Chandler para, a través de su alter ego, Benjamin Black, suscribir una novela protagonizada por Philip Marlowe. Y tan airoso sale de la tarea que muy probablemente haya un continuará.







 Por Rodrigo Fresán
En una de las últimas cartas enviadas por Raymond Chandler, el creador del detective Philip Marlowe deja ciertos lineamentos y voluntades finales para su personaje, con cuidado y melancolía casi testamentarios. Allí, leemos: “Marlowe es un solitario, un hombre peligroso, y aun así un hombre simpático (...). Nadie lo derrotará nunca porque es invencible por naturaleza (...). Lo veo siempre en una calle solitaria, en cuartos solitarios, desconcertado pero nunca del todo vencido”.
Solitario, está claro, es el sujeto/adjetivo clave aquí. Y a ello se aferra aquí el irlandés John Banville (Wexford, 1945) –luego de haber sido escogido por los herederos de Chandler y con una ayuda de su “gemelo idiota” Benjamin Black, creador del ya clásico patólogo Quirke– para volver a echar a investigar al tan romántico y cínico y muy fitzgeraldiano investigador privado de la Costa Oeste. No es la primera vez que se intenta pero (a diferencia del ya mencionado acto fallido de Robert B. Parker, cuando intentó cerrar en 1988 la inconclusa The Poodle Springs Story o, peor aún, cuando se atrevió a la secuela de El sueño eterno en Penchance to Dream, de 1991), esta vez el caso se abre a lo grande. Y, en tiempos en los que han vuelto James Bond y Sherlock Holmes y, pronto, Hércules Poirot, Banville se las arregla para trascender no sólo la maniobra comercial sino –lo que es más difícil– el fácil pastiche o el homenaje a secas.
Y Banville puso manos a la obra y volvió a la escena de los crímenes con las cosas claras y el mejor olfato: “Me apasionó la idea de seguir las grandes huellas dentro de los zapatos de Raymond Chandler. Comencé a leerlo en mi adolescencia, a menudo lo releo y la idea de alguna vez viajar a su territorio es algo que tuve germinando durante años y siempre me jugué con la posibilidad de ubicar algún libro mío en la California de Marlowe. Lugar en el que yo pienso –aunque no sea correcto ni cronológica ni geográficamente– con la textura de los cuadros de Edward Hopper. Imagino a mi Bay City con una atmósfera que cruza lo delicadamente surrealista con lo violentamente hiperrealista... Yo siempre admiré a Marlowe, pero ahora que he escrito La rubia de ojos negros lo cierto es que siento por él algo así como amor. ¿Suena esto muy cursi?”, preguntó Banville en una entrevista.
“No”, respondemos. Y está claro que Banville tiene una ventaja más que considerable por encima de cualquier médium/resucitador: no sólo es mejor escritor de lo que jamás lo fue Chandler sino que, además, probablemente sea el más exquisito estilista del idioma inglés en actividad. De ahí que a la hora de “blackizar” a Marlowe –Banville asegura no haber releído demasiado o haberse preocupado por respetar hasta el más mínimo detalle de marloweiana para conformar a obsesivos imposibles de satisfacer– no se conforme con la obviedad de un eficiente y poco personal parque temático del personaje, aunque se apoye con firmeza y elegancia en los dos títulos más canónicos del hombre: El sueño eterno (1939) y El largo adiós (1953). Porque –aunque no falten en la trama inevitables constantes en las idas y vueltas del detective incluyendo a la mujer fatal, un turbio amante desaparecido (con el inequívocamente chandleriano nombre de Nico Peterson), ricos que se lavan las manos con dinero sucio, mexicanos violentos, policías dentro y fuera de la ley, gangsters y starlets, una de esas palizas a las que el cuerpo de Marlowe ya está mal acostumbrado, las calles de Los Angeles y las noches de Bay City, y varias rondas de gimlets– Banville, al igual que Osvaldo Soriano en Triste solitario y final, tiene algo que Chandler nunca tuvo: un profundo respeto por el género y un amor arqueo-antropológico por el personaje y por la atmósfera noir que Chandler, por contemporáneo y obrero obligado del género, jamás pudo sentir–. De ahí que, en el clímax de la novela –donde el “ojo privado” piensa que “tal vez hubiera preferido una escena grandilocuente con espadas, discursos y cadáveres esparcidos por los rincones, del tipo que el otro Marlowe, el que vio la sangre de Cristo fluyendo por donde fuese”–, alguien comente: “¿Así hablan de verdad los detectives? Pensé que sólo era en las películas”.
De este modo, Banville honra y dignifica pero sin caer en la trama del eco o la repetición de tics como los famosos símiles chandlerianos. En La rubia de ojos negros, creo, hay sólo uno, como homenaje y guiño. Y es más bien extraño: “En aquel paraje hay días a mediados de verano en que el sol parece prestarte tanta atención como un gorila pelando un plátano”. Sí hay, en cambio, regocijantes descripciones del tipo “Parecía una versión en miniatura de Cecil B. DeMille cruzado con un domador de leones retirado”. Y ese instante perfecto –donde Chandler y Banville se funden en un solo Black– en el que el solitario Marlowe comprende que “No te das cuenta de lo pequeño que es el espacio donde vives hasta que otra persona entra en él”.
Los fans de Chandler recibirán, de entrada, el anzuelo de un título sin usar que el escritor dejó en una libreta, así como reapariciones de viejos conocidos y secundarios como Bernie Ohls, Linda Loring y, sí, el sinuoso Terry Lennox. Los admiradores de Banville (y de Black) tendrán su muy particular mirada sobre la serie negra y la posibilidad de que esto no sea más que el principio de una hermosa amistad y de hasta cruces interesantes.
Porque en La rubia de ojos negros todo se resuelve y encaja cortesía de una sorpresa final que, con audacia que emociona a la vez que conmueve por lo que allí arriesgan –y ganan– Banville & Black a la hora de proponer una coda a las ya sagradas escrituras de un El largo adiós, cuya placentera relectura previa no estará de más antes de decirle “hola” a esta rubia. Allí, aquel a quien Marlowe despidió en su momento con un “triste y solitario y final” surge detrás de una cortina para advertirle que “Los héroes pierden el brillo con el tiempo. Y, además, sabes tan bien como yo que la gente se cansa de tener que estar agradecida. Incluso empieza a irritarles estar en deuda contigo”.
Pero uno nunca sentirá irritación ante todo lo que le debe a Chandler (y ahora a Banville) y la verdad es que nada del heroico brillo de Marlowe se ha perdido aquí. Por lo contrario: en La rubia de ojos negros se recupera todo aquello que jamás olvidamos. Y abre la puerta a nuevos casos: “De hacer un próximo Marlowe, lo mostraría casado con Linda Loring. E inmediatamente divorciado. Y ya cincuentón y sabiendo que su cuerpo ya no se recuperará tan rápidamente de la próxima golpiza. Y no estaría mal cruzar a Marlowe con Quirke. Pero a mitad en camino. En Nueva York. Ambos fuera de su territorio. Y los dos buscando exactamente lo mismo, la misma persona. Y amigándose y peleándose para ver quién llega primero, quién lo resuelve todo antes, sabiendo que, al final, nunca nada se resuelve del todo”.
Buenas noticias entonces: triste, solitario y –crucemos los dedos– (continuará...). Aunque lo último que leamos en La rubia de ojos negros es que su cliente nunca le pagó a un Marlowe desconcertado pero nunca vencido por el trabajo para que lo contrató.
En lo que a mí respecta –y estoy seguro de que no soy ni seré el único– es un placer y un privilegio hacerme cargo de la deuda.
Y –cuando se pueda, lo más pronto posible– volver a emplear sus servicios.

martes, 20 de octubre de 2015

FRAGMENTOS LITERARIOS. Principio de la novela policíaca "El secreto de Christine" (2006), de Benjamin Black (John Banville)


   Así comienza la novela:

   Se alegró de tomar el paquebote de la tarde, pues no creía que hubiese podido afrontar una despedida matinal. En la fiesta de la noche anterior, uno de los estudiantes de Medicina había aparecido con una petaca de alcohol etílico, que mezcló con naranjas exprimidas, y ella había tomado dos vasos del brebaje. Aún tenía el interior de la boca irritado, y algo parecido al redoble de un tambor constante detrás de la frente. Se había quedado toda la mañana en cama, todavía resacosa, incapaz de dormir, llorando sin descanso casi, oprimiéndose con un pañuelo los labios para acallar los sollozos. Le daba miedo pensar en lo que tenía que hacer a lo largo del día, todo lo que tenía por delante. Sí, estaba asustada.
   En Dun Laoghaire estuvo caminando de una punta a otra del espigón, tan agitada que no era capaz de estarse quieta. Colocó el equipaje en el camarote y volvió al muelle a esperar, tal como le indicaron. Ni siquiera sabía por qué accedió a hacer lo que se le había pedido que hiciera. Ya tenía una buena oferta de trabajo en Boston, y ahora surgía en perspectiva un dinero adicional, pero sospechaba que más bien lo hacía por miedo a la Comadrona, que le amedrentó la sola posibilidad de negarse cuando ella le pidió que llevara a la niña consigo. La Comadrona tenía un modo inconfundible de resultar mucho más intimidante cuando hablaba con voz queda. Veamos, Brenda, le había dicho, mirándola con los ojos saltones: Quiero que te lo pienses muy despacio, porque es una enorme responsabilidad. Todo le había resultado extraño, la sensación de náusea en la boca del estómago, la quemazón del alcohol en la boca y el hecho de no ir vestida con su habitual uniforme de enfermera, sino con un dos piezas de lana rosa que había comprado ex profeso para el viaje: un traje pensado especialmente para viajar, como si fuera a casarse, cuando en lugar de una luna de miel iba a tener que ocuparse de la niña, sin que hubiera ni asomo de marido. Eres una buena chica, Brenda, le había dicho la Comadrona con una sonrisilla aún peor que sus miradas. Que Dios te acompañe. E iba a necesitar, y mucho, de Su compañía, pensó melancólicamente: le quedaba la noche en el barco, y al día siguiente el viaje en tren a Southampton, y otros cinco días en alta mar, y ¿después? Nunca había salido del país, salvo una sola vez, cuando era pequeña y su padre se llevó a la familia a pasar el día en la isla de Man.

   Un coche negro y elegante avanzaba hacia el barco entre la muchedumbre que formaban los pasajeros. Se detuvo cuando aún se hallaba a diez metros de ella, y salió una mujer por la portezuela del copiloto con una bolsa de lona en la mano y un bulto envuelto con una manta en el hueco del brazo contrario. No era joven, rondaría tal vez los sesenta, pero iba vestida como si tuviera la mitad, con un traje gris de falda ceñida hasta la pantorrilla, ajustada a la cintura, una cierta barriga por debajo del cinturón y un sombrerito con velo azul que le cubría hasta la nariz. Echó a caminar sobre las losas con pasos desiguales por culpa de los zapatos de tacón, los labios pintados y fruncidos en una sonrisa. Tenía los ojos pequeños, negros, incisivos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Primera lectura: "La rubia de ojos negros", de Benjamin Black


   Este es el primer párrafo de la novela:

   "Era martes, una de esas tardes de verano en que la Tierra parece haberse detenido. El teléfono, sobre la mesa de mi despacho, tenía aspecto de sentirse observado. Por la ventana polvorienta de la oficina se veía un lento reguero de coches y a un puñado de buenos ciudadanos de nuestra encantadora ciudad, la mayoría hombres con sombrero, que deambulaban sin rumbo por la acera. Me fijé en una mujer que, en la esquina de Cahuenga y Hollywood, aguardaba a que cambiara la luz del semáforo. Piernas largas, una ajustada chaqueta color crema con hombreras, una falda azul marino. También lucía un sombrero, un accesorio tan diminuto como un pajarito que se hubiera posado en un lateral de su cabello y se hubiera quedado allí alegremente. Miró hacia la izquierda, luego hacia la derecha y de nuevo hacia la izquierda —debía de haber sido una niña muy buena — y entonces cruzó la calle soleada, avanzando con elegancia sobre su propia sombra".

domingo, 4 de octubre de 2015

Sobre "La rubia de ojos negros", de Benjamin Black

Benjamin Black. Foto: Alberto Cuéllar ("El Cultural")

   Así empieza el artículo de Juan Carlos Galindo, en "El País":

   "Cuando alguien inicia una apuesta suicida como la de seguir la obra de un maestro, de un escritor influyente que creó un personaje que ha pasado a la historia de la literatura, acepta un envite del que solo puede salir victorioso o herido de muerte. Jonh Banville (Wexford, 1945), o más bien su alter ego para la ficción criminal Benjamin Black, aceptó de buena gana el encargo de los herederos de Raymond Chandler para escribir La rubia de ojos negros (Alfaguara, traducción de Nuria Barrios), una obra puramente chandleriana, con esa prosa, ese humor, ese estilo. Un homenaje desde el respeto, sin clichés ni tópicos, una continuación perfecta de la vida de ese detective maldito y adorable llamado Philip Marlowe".
                                                             SE PUEDE LEER COMPLETO, AQUÍ.


Raymond Chandler


   Esto dice Laura Fernández, en "El Cultural":

   No es habitual que un escritor reciba el encargo de resucitar a un muerto. Y menos aún si ese muerto es con toda seguridad lo mejor que le ha pasado a la novela negra jamás. Porque Raymond Chandler lustró el género como se lustran un par de zapatos viejos a los que nadie prestaba demasiada atención, o la prestaban de una manera que nada tenía de seria (“una vez cada tanto, una muy rara vez, un autor de policiacas es tratado como escritor”, dijo él mismo en una ocasión), y los convirtió en un nuevo par, en un par de rutilantes mocasines como guantes, en cisnes que hasta entonces habían pasado por ocas. ¿Y cómo lo hizo? Inyectándole altísimas dosis de sarcasmo, un sarcasmo poderosamente poético, poderosamente literario, al esquife de bandera negra en que convirtió su obra, un esquife comandado por un tipo solitario, el más memorable de todos los tipos solitarios a los que una vez se les ocurrió montar un despacho que podamos imaginar.
                                                              LEER COMPLETO

sábado, 3 de octubre de 2015

PRENSA. "La rubia de ojos negros". Entrevista con John Banville/Benjamin Black

LIBROS / ENTREVISTA

Banville recupera el espíritu de Raymond Chandler

John Banville ha adoptado una tercera personalidad para escribir 'La rubia de ojos negros'

La novela la firma su alter ego Benjamin Black y recupera el espíritu de Raymond Chandler


Según Banville, la novela negra actual es demasiado sangrienta. / SAMUEL SÁNCHEZ
Las razones de editores y herederos para confiar a novelistas contemporáneos la tarea de revivir a James BondHércules Poirot, Bertie Wooster o Philip Marlowe parecen claras: un nuevo libro puede despertar —al menos en teoría— un renovado interés por sus autores. En cambio, para muchos, las razones de un escritor reputado como John Banville (Wexford, 1945) para prestarse a escribir La rubia de ojos negros (que Alfaguara publicará el próximo 26 de febrero) son un enigma. “Si hace veinte años alguien me hubiera sugerido siquiera que algún día escribiría un libro como este mi reacción habría sido ‘¿cómo te atreves?, ¡estás loco!”. Sin embargo, la propuesta de que Benjamin Black —el seudónimo que reserva a su obra noir—firmase una novela que resucitase a Philip Marlowe, el célebre detective creado por Raymond Chandler, llegó con Banville ya instalado en la sesentena. “Tengo una edad en la que he de probar cosas nuevas para no marchitarme, para no consumirme. Siempre estoy escribiendo una novela de Banville, pero me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Chandler. Me divierte y estoy en un momento en el que me puedo permitir asumir riesgos, hacer estupideces”.

El artista debe gozar de libertad y en la novela negra siempre debe haber un crimen, y eso
la restringe bastante”
El propio Chandler, Georges Simenon, James M. Cain y Richard Stark, enumera Banville, son los padres de Benjamin Black —“me temo que es huérfano de madre”—. Fue su hermano mayor, Vincent, quien le introdujo en la literatura del autor deEl largo adiós y La dama del lago —sus novelas predilectas—. “En esa época yo solo conocía a escritoras inglesas como Agatha Christie o Margery Allingham. No había leído a Ross Macdonald o Dashiell Hammett, por eso me fascinó encontrar a alguien que escribiese tan bien como Chandler”. Para Banville, a quien le gusta repetir que “la frase es el mayor invento de la civilización”, el lenguaje lo es todo. “Escribo frase a frase. Termino una y empiezo la siguiente. Joyce era un maestro del párrafo, yo preferiría prescindir de ellos”. La trama y los personajes le importan, pero desempeñan papeles secundarios. “Como al propio Chandler, a mí tampoco me importa saber quién mató al mayordomo: él siempre defendió que el estilo lo era todo. En buena parte de sus libros la trama no tiene sentido: cuando estaban rodandoEl sueño eterno le llamaron para preguntarle quién había matado al chófer y él respondió que no lo sabía. Yo he escrito La rubia de ojos negros en ese espíritu. He inventado y he reinventado Los Ángeles, como hiciera en su momento el propio Chandler”.
Ni ha releído sus obras completas ni se ha documentado a conciencia para recrear la Bay City de Marlowe. Se ha limitado a sentarse en su estudio y escribir. Como siempre. “La obsesión por los hechos sofoca la novela. Flaubert dijo que había leído miles de libros cuando preparaba Salambó, su novela sobre Cartago, y al leerla puedes sentir el peso de todas esas lecturas”. Según el irlandés, la invención puede ser tanto o más convincente que la verdad.
Banville escribió La rubia de ojos negros en su estudio de Dublín. Un apartamento pequeño y luminoso frente al río Liffey, ajeno al bullicio que se extiende a ambas orillas. “El silencio es absoluto”. Solo lo quiebran, explica, los hijos de los vecinos que juegan en el patio y a quienes Banville escucha conmovido. “Se entretienen con juegos anticuados, como el escondite y el fútbol, se enamoran, se pelean. Son fantásticos”. Lleva más de veinte años escribiendo en este lugar de moqueta granate —“hace poco advertí que solo está desgastado el tramo que va de mi mesa a la cocina, el resto está impoluto”—, mobiliario austero y riguroso orden. Todo está en su sitio: los libros, los diccionarios, las postales, los sombreros. Es la cara o cruz del espacio de trabajo de otro irlandés ilustre, Francis Bacon, cuyo estudio se encuentra a diez minutos a pie del refugio de Banville. “El desorden que me rodea se asemeja a mi mente: puede que sea un buen reflejo de lo que se está fraguando dentro de mí”, escribió el pintor. Esa cita sirve ahora de aviso a los visitantes desprevenidos a punto de asomarse a ese caos tan necesario para él.

Mitos y franquicias

JUSTO NAVARRO
Philip Marlowe nació ya detective privado en 1939, en la primera novela de Raymond ChandlerEl sueño eterno. No habla jamás de sus padres, y no tiene parientes, que se sepa, o eso decía su creador. Marlowe sigue vivo y, a pesar de haber llegado al mundo hace 75 años, tiene la misma edad que en 1939. Pertenece al tiempo atemporal de los mitos, de donde ahora lo rescata John Banville, alias Benjamin Black. Los mitos tienen la gracia de la resurrección incesante y fabulosa: inmortales griegos, bíblicos, evangélicos, artúricos y caballerescos, dráculas, tarzanes y peterpanes, Sherlock Holmes y James Bond, Poirot y Maigret, por qué no. Toleran la repetición sacralizadora, pero también la broma y el pastiche.
Un mito es siempre nuestro contemporáneo, y Marlowe merece renacer en este instante: desconfía de la riqueza y de sus poseedores, ajedrecista solitario, incómodo para los policías serviles con los poderosos y peligrosos para la gente como él. “La ley protege al que paga”, decía en Adiós, muñeca. Emigrante, bajó del norte al sur sin salir de California. Según Chandler, no tiene mucho dinero, pero viste lo mejor que puede. Fuma, bebe cualquier cosa que no sea dulce. Se levanta tarde por gusto y temprano por necesidad. Es un tipo, en el sentido en que Umberto Eco utiliza el término: Don Quijote es un tipo, pero solo es tipo de todos los Don Quijotes, tipo de sí mismo. Invita al eterno retorno, a la repetición siempre nueva.
El renacimiento de Marlowe debería consagrar los rasgos inolvidables que su creador atribuyó al detective: “Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio corrosivo, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí”. ¿Tiene conciencia social? “Tanta como un caballo”, responde Chandler. “Tiene conciencia personal, que es algo totalmente distinto”. Es un santo: encarna “la lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta”. Mejor persona para el lector que para sí mismo, es más honorable que usted y que yo, dice Chandler, y concluye: “Si ver basura donde hay basura es un signo de inadaptación social, Marlowe es un inadaptado”.
Así, pero envejecido, era el Marlowe que Osvaldo Soriano imaginó en Triste, solitario y final (1974),donde el gordo Soriano formaba, personaje de su propia novela, pareja de aventuras con el flaco detective de Chandler, en un caso en torno al Gordo y el Flaco cinematográficos, también criaturas sagradas. Los recreadores de mitos no son ladrones de cadáveres, sino de seres vivos que reviven sin fin. Hay, sin embargo, una diferencia entre viejos inmortales como Jesucristo o Don Quijote y los inmortales recientes, que son héroes propiedad de los herederos de su creador, algo que probablemente Soriano ignoró. Si el nuevo uso de criaturas como Marlowe, Bond o Poirot se atiene a la lógica de los mitos, obedece forzosamente a la de la franquicia, que, según el diccionario de la Academia, significa “concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial”, licencia para repetir la atmósfera de una marca, el diseño, el modelo.
El irlandés odia el verano. “Es la estación más aburrida”, aduce, y desde hace casi una década combate el tedio estival —las vacaciones están descartadas, “me crispa no hacer nada”, se justifica— escribiendo novela negra. Ya ha escrito seis, cinco de ellas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por Quirke, un patólogo solitario y bebedor, aunque ahí terminan los paralelismos con Marlowe. “Quirke es simplemente un hombre curioso. En esa época en Irlanda no existía el concepto de justicia. Todo era una mentira, todo eran apariencias”. Marlowe, sin embargo, tenía otras ambiciones. “Siempre lo había admirado, pero me costaba creérmelo del todo: un hombre con su sensibilidad no podía ser tan duro. Pero me gusta su heroísmo, su caballerosidad, es un hombre que cree en un cierto tipo de justicia, que cree que es posible hacer algo de bien en el mundo. Estas son nociones muy anticuadas, pero por eso quiero que la gente joven lea a Chandler: la literatura negra de hoy es cada vez más violenta, más sangrienta, es hora de volver a la caballerosidad, al honor, a una ‘violencia educada’, que diría mi mujer”.
El verano es de Benjamin Black. El otoño, la estación más fértil, de John Banville. Black escribe en ordenador, sin reescrituras, tres meses de trabajo le bastan para terminar sus novelas. Banville escribe con inevitable lentitud —“entre ayer y hoy he escrito dos párrafos; el de hoy es más corto porque tenía esta entrevista”—, llenando las páginas en blanco de un libro que encuadernan especialmente para él con ayuda de una pluma, tarda entre tres y cinco años en poner el punto final. Black es un artesano; Banville, un artista. “Estoy muy orgulloso de los libros de Benjamin Black. Creo que son maravillosas piezas de artesanía. No digo que sean muy buenos libros, pero desde mi punto de vista están construidos con maestría, como si fuesen una silla o una mesa. En cambio, mi relación con los libros de Banville es muy complicada, tan oscura que apenas alcanzo a entenderla. No entiendo por qué los odio tanto. Supongo que simplemente porque son fracasos”. Banville es consciente de que la distinción no agrada a los escritores de novelas de detectives, pero nunca le ha preocupado demasiado medir sus palabras —para las hemerotecas queda su agradecimiento al jurado del Man Booker Prize que en 2005 premió su novela El mar y a quienes felicitó por atreverse a distinguir “una obra de arte” y romper la tendencia de premiar ficciones menos exigentes—. “Hace un par de semanas asistí a un festival de literatura negra en Key West y sé que los escritores presentes se molestaron, pero estoy convencido de que es verdad: para ser un artista, para hacer una obra de arte, debes gozar de libertad absoluta para hacer lo que te venga en gana, y cuando escribes novela negra en ella siempre debe haber un crimen. Eso restringe bastante tu libertad. Por eso creo que el género nunca podrá elevarse a la categoría de arte, aunque Chandler estuvo muy cerca”.
En sus cuadernos, Raymond Chandler dejó listados de posibles títulos para posibles novelas: La rubia de ojos negros es uno de ellos. Fue Ed Victor, agente del irlandés y representante del legado del estadounidense, quien le sugirió que lo utilizase. “Y le hice caso, aunque ya había empezado a escribir y [la protagonista] Clare Cavendish tenía el cabello oscuro y los ojos azules”. El lector de Benjamin Black, asegura Banville, encontrará en este libro una historia “mucho más ligera, más libre, con la luz y el sol de California, y el ingenio de Chandler”.

Me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Raymond Chandler. Me divierte”
No lo ha meditado demasiado, pero cree que le fascinaría que otro continuase con la saga de Quirke —cuya adaptación, una miniserie protagonizada por Gabriel Byrne y producida por la BBC, se emite en estos momentos la televisión irlandesa—. “Probablemente sea relativamente sencillo escribir un libro de Quirke porque hay ciertas cosas que se repiten en todos: la bebida, la desesperanza, la extraña relación que mantiene con su hija… En la mayoría de los casos, la literatura noir consiste en trabajar con clichés. Es lo bueno que tiene: tratar de hacer algo nuevo dentro de un género propenso al tópico”. Aún no sabe si repetirá con Chandler —“todo depende de cómo funcione La rubia de ojos negros, aunque la segunda vez no será tan divertida como la primera”—, pero tiene claro que con él terminan los revivals. “Mi mujer me sugirió que escribiese una continuación de Retrato de una dama de Henry James porque Isabel Archer es un personaje muy interesante y la novela termina de forma muy ambigua. Pero James es un gran artista y yo sería como un buitre alimentándome de los restos de un gran autor. Dicho esto, me parece una gran idea y me encantaría saber cómo sigue la vida de Isabel Archer: todos los hombres estamos enamorados de ella”.
En una catastrófica crítica publicada en 1991 en The New York TimesMartin Amis concluía que Robert B. Parker nunca debería haber escritoPerchance to dream, secuela de El sueño eterno de Chandler —tan solo un par de años antes Parker había completado otra novela chandleriana, La historia de Poodle Springs—. Pero no había vuelta atrás: el daño ya estaba hecho, lamentaba Amis. Mientras apura la segunda copa de vino tinto, Banville asegura que está preparado para hacer frente a la controversia que sabe acompañará a La rubia de ojos negros. “Espero que me acusen de deshonrar la memoria de Chandler para escribir apasionadas defensas del libro, ¡habrá una gran polémica, será una gran campaña publicitaria! Seguro que habrá lectores adictos a Chandler y expertos que se deleitarán en señalar en dónde me he equivocado, pero mi respuesta será ‘escuchad, este libro es mío, no de Chandler. Además, es una obra de ficción: Philip Marlowe nunca existió”.
En estos momentos, la verdadera preocupación de Banville está muy lejos de Chandler. “Ya he escrito un tercio de mi próxima novela firmada por Banville y no tengo ni idea de qué va a suceder en la trama. No paro de pensar, ‘John, en algún momento tendrás que resolverlo. Estos personajes tienen que hacer algo”. Desde su escritorio, tan solo tiene que mirar de reojo para ver los ocho libros envueltos en papel de seda blanco que encargó al encuadernador y que aguardan a que empiece a cubrir, lentamente, sus páginas.

La rubia de ojos negros. Benjamin Black. Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014. 326 páginas. 19,50 euros (electrónico: 9,99).